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DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE

BERLÍN

{ 14:58, 9/09/2008 } { 0 comentarios } { Link }

Bueno, estas son ya las últimas fotos de mi viaje. Esto fue en Berlín, que fue donde me pasó la desagradable aventura, que sin embargo volvería a repetir porque me hizo aprender de mí muchas cosas que no sabía uqe estuvieran ahí.

Esta es la torre de televisión

El crucero que hicimos por el río.

Esta es la parte trasera del parlamento.

El museo berlinés

Y esta es la catedral de Berlín. Se intentó reproducir El Vaticano por fuera y la verdad es que quedó bien, aunque por dentro es más sencillo. El interior lo pondré más adelante.

Zona muerta. Impresionante. En este trozo de cesped aparentemente normal murieron cientos y miles de personas al tratar de saltar el muro. No me atrevía a poner el pie en esta zona ni a acercarme a los muros, pero cuando lo hice todo fue peor. Se me vino encima lo que debía haber sido aquello y cómo la desesperación te hace hacer cosas imposibles. Los muros tienen una altura considerable y son totalmente lisos, sin nada a lo que sujetarse, y aún así, se las arreglaban para sortearlos. Hay que estar allí para darse cuenta de la realidad. Todo lo que diga aquí no puede describir todo lo que aquello significa ni te hace sentir cuando estás allí mismo.

La inscripción: Aquí murió el primer hombre que abrió el muro, Gunter Litfin. Este es un monumento a todos aquellos que abrieron el muro.

Por aqui pasaba el muro, estoy justo encima de él. Hice un experimento curioso. Mido 1.54 y por mis pisadas medí la distancia que separaba una orilla de otra. Siete pasos. Sólo siete. Y parecían estar a miles de kilómetros sólo por un trozo de muro que yo podía abarcar con mis piernas.

La puerta de Brandenburgo. ¿Cuántas personas pueden decir que se han caído a los pies de este emblemático monumento? PUES YO SOY UNA DE ELLAS.Mirando hacia arriba, toda embobada, dejé de ver el escalón y caí a todo lo larga qeu era en una de esas columnas. Puedo decir que caí rendida a los pies de Irene.

Mis pies. La mitad de mí estaba en lo que fue parte rusa y la otra mitad en lo que fue parte americana.

Monumento a los muertos en el holocausto judío.

Iglesias destruidas en la guerra

Casa de la ópera y del teatro.

Y ahora la catedral por dentro.

Y ahora debo disculparme por estas últimas fotos, pues están totalmente descentradas y no son ni mucho menos las mejores que podría haber hecho. Pero mi desafortunada aventura comienza aquí.

Algo que había comido empezó a sentarme mal. Yo iba con dos compañeras más porque las tres estábamos muy enfadadas con la organización del grupo, cuyos organizadores eran dos jóvenes de 18 y 24 años, cosa que pongo aquí porque con esa edad yo era ya mucho más madura que ellos. ¿Por qué estábamos enfadadas? Pues porque habíamos llegado allí el viernes por la tarde y volvíamos a casa el domingo por la tarde. El viernes, como es natural, mientras llegábamos al hotel y todo no vimos apenas nada. PEro el sábado a las seis y media ya los organizadores querían volver para ir de clubbing (beber en pubs). No habíamos visto nada, sólo el viajito por el río, la catedral por fuera, en el río, la puerta de Brandenburgo y el Parlamento. Había mucha gente enfadada, pero yo fui la única que quizás mostraba un poco más el mosqueo. Esa noche bebieron en el hotel sin salir siquiera por ahí y no se acostaron hasta las cinco de la mañana. Un grupo de gente decidimos levantarnos temprano para visitar un poco más Berlín, porque esta gente no se iban a levantar hasta las once o doce de la mañana, y luego nos encontraríamos en algún punto común, como Checkpoint Charlie. Fuimos a la habitación de los organizadores y se lo dijimos. Gruñeron que estaban de acuerdo y volvieron a dormir. Una vez en la catedral, yo comencé a sentirme mal. Muy mal. Al cabo de una hora, no podía más con mi cuerpo y dije que me iría a la estación de trenes y que allí esperaría al grupo, pues no me veía con fuerzas para ir a ver siquiera Checkpoint Charlie. Ya no podíamos volver al hotel porque habíamos cerrado la estancia.

Así que pedí un taxi y me enviaron a la estación mientras ellos iban a reunirse de nuevo con el grupo. Y aquí comenzó mi peor pesadilla. Durante una hora estuve bien, pero luego comencé a sentirme otra vez peor. Llamé a los móviles de los organizadores, pero estaban desconectados... o quiero creer mejor que había un problema de líneas. Quiero y creo que fue eso. Quiero dejar un margen de inocencia. Mi peor pesadilla siempre ha sido verme sola, tirada en la calle y sin nadie a quien acudir. Y me encontré tan mal que, en efecto, me vi tirada en el suelo de la estación de trenes, sin fuerzas para levantarme. La única vez que conseguí ponerme en pie fue para ir al baño, que por cierto, hay que pagar para entrar, y vomitar. Y luego no tuve más narices que volver al suelo. Nadie me echaba cuenta, todo el mundo pasaba de mí, creo que pensaban que estaba drogada o algo, porque cuando conseguí mirarme más tarde en el espejo, mi pinta era horrible, apenas me reconocí. Por fin se me acercaron dos mujeres y viendo que tenía fiebre y lo mal que me encontraba, pidieron una ambulancia. La ambulancia me llevó al hospital y allí me tuvieron un par de horas. Me entendí bastante bien con los médicos, me hice entender y los entendí.

Llegaban las ocho, la hora en que teníamos que coger el tren para volver a Dusseldorf, pero por más que llamaba a los móviles, éstos seguían sin responder. A las siete y media pedí el alta voluntaria. No querían dármela, pues tenía casi 39 de fiebre, pero al final me hicieron firmar un papel y me llamaron a un taxi.

Cuál fue mi sorpresa cuando al llegar a la estación, no hallé a nadie de mi grupo. Los busqué, aún muy mal por todo el recinto y no hubo forma. Desesperada, compré un billete de vuelta a Dusseldorf. Lo único que quería era volver a mi casa y tumbarme y olvidarme de todo aquello. Mi tren no salía hasta las nueve y seis minutos. Desesperada, temiendo que el grupo estuviera buscándome por Berlín, seguí llamando a los móviles y a mis padres, pues necesitaba escuchar una voz conocida, una voz amiga. Gracias a mis padres no me quedé sin saldo, pues los contestadores de los móviles de los organizadores del viaje saltaban una y otra vez.

A las nueve, seis minutos antes de mi salida de Berlín, me llama uno de los oganizadores y me dicen, como la cosa más natural del mundo, que ya están a medio camino de Dusseldorf, que dónde estaba yo. Sin fuerzas, les conté todo y les dije que cuando llegara a la estación de Dusseldorf necesitaba ayuda para llegar a mi casa.

Me colgaron.

El viaje de cinco horas fue horrible. Al llegar a la estación de destino a la una y media de la madrugada, allí no había nadie. Tuve que cruzar yo sola la estación entera, llena de vagabundos con la cabeza perdida, y de personas bebidas... daba mucho miedo. Afortunadamente, al llegar a la casa donde me alojaba, todos estaban despiertos, esperándome, preocupados. LA gente de la casa es maravillosa.

Al día siguiente no pude levantarme y estuve sin comer durante cuatro días porque nada aguantaba dentro de mí. ¿Con qué sorpresa me encontré cuando a los dos días volví al instituto? Que nadie era capaz de mirarme a los ojos, que los organizadores ni siquiera vinieron a preguntarme qué tal estaba, que estaban contando mentiras sobre mí por todo el instituto, como que me puse hecha una fiera y grité que quería estar sola. Sí, claro, sola, en una ciudad que no conocía, con gente que no conocía y con un idioma que no domino muy bien. Fui a hablar con el director, que no tenía ni idea de nada y tenía tanta rabia dentro de mí por aquella injusticia de la mentira, que lo solté todo en un alemán casi perfecto. No me entendáis mal, no estaba siquiera enfadada porque me hubieran dejado allí en Berlín, tirada como un perro, sino porque nadie era capaz de decir: No, Isabel no quería estar sola, se cometió un error con ella. Pues sigo creyendo que la obligación de los organizadores sería quedarse allí hasta que se supiera lo que ha pasado con un miembro desaparecido. HAbía dos organizadores, por lo tanto uno podía haber vuelto a Dusseldorf con el grupo y el otro haberse quedado hasta el último tren. Pero bueno, me devolvieron el dinero de mi billete (que tuve que comprar porque los organizadores habían comprado un billete para todos) y me recuperé. El grupo no fue capaz de volver a dirigirme la palabra y los pocos que lo hicieron a algunos les acepté las disculpas y les dije que ellos no tenían por qué disculparse, y a otros les llamé a la cara lo que eran: mentirosos, por esparcir cosas que no eran sobre mí.

Descrito así, puede parecer poco elegante, pero debo decir que en ningún momento me alteré, eso sí, hablé las cosas muy claritas. De todas formas, sabiendo lo que sé, volvería a repetir el viaje. ME quedo con lo bueno y esta anécdota un poco desagradable me la quedo para mí como algo también en cierto punto positivo por todo lo que me ha enseñado.


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