DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
LA FUERZA DEL AMOR I
{ 11:29, 22/03/2007 }
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A P.C. Lloraba la anciana mujer a los pies del patíbulo; sus manos crispadas se aferraban, débiles e impotentes, a las lanzas de los soldados de corazones de granito. Los sollozos ya sin fuerzas, ahogaban las palabras de protestas y sentía que el corazón se rompía en mil trozos de angustia y de pena. La gente abrió entonces paso por toda la plaza entera a la carreta del reo que llegaba traqueteante y siniestra. Venía dentro un joven de mirada cándida y perdida, las ropas hechas jirones y la piel llena de heridas. Los brazos en alto de los ciudadanos, con sus manos llenas de frutas podridas, quedaron petrificados en el aire sin atreverse a lanzar la mercancía. Nunca habían visto a un reo saludar con risas: los blancos dientes brillando y su mano hacia su madre extendida. Comprendieron bien pronto que la mente del chico no era consciente de lo que sucedía. Y ante aquella mirada que nada temía, bajaron sus manos de frutas podridas. Salía por aquellos ojos y a través de su mirada, desde el corazón le surgía la inocencia inmaculada de las conciencias tranquilas. Ante el silencio súbito, los reyes, en su balcón palaciego, se quedaron también mudos. No entendían por qué, como en otras ocasiones, ante un ajusticiamiento, ya no existía júbilo. La anciana se precipitó, de rodillas, ante el balcón, implorando para su hijo el real perdón. "Mirad, Majestad, que no es culpable, que si robó aquel pan fue porque así lo quiso su anciana y hambrienta madre. Ponedme a mí ne la horca, que si no fui yo la que robó fue porque no podía con mis huesos y el dolor". Pero el rey no escuchaba, la reina, con sus manos cruzadas sobre el abultado vientre, también la ignoraba. Y la anciana, con el corazón ardiendo de rabia, cruzó los dedos de sus manos señalando hacia los monarcas que estaban sentados en la balconada, y gritó con voz rota de furia: por vuestros oídos sordos a súplicas, yo maldigo el fruto que lleváis en las entrañas. Que no encuentre felicidad hasta que consiga que por sus sueños lo busque una dama. Que lo abandone todo por él, sin importarle perder la comodidad y la tranquilidad del alma. Que pueda amarlo aunqeu su olvido le rompa las entrañas." Y el golpe del cuello de su hijo roto se oyó al terminar sus palabras. El rey la miraba con asombro, la reina con mirada aterrada, un guardia atrevesó con su lanza el pecho de la bruja anciana. El tiempo pasó deprisa: transcurrió del príncipe toda su infancia entre penas y lágrimas, y al crecer, aunque ya no lloraba, ni una sola sonrisa iluminó nunca su cara. Siempre estaba enfermo, con salud desmejorada y sólo encontraba descanso entre las sábanas de su cama, siempre y cuando las pesadillas cruelmente no lo acosaran. Sus padres le buscaron esposa que alegrara su existencia penosa, pero ninguna fue capaz de llevar sonrisas a su boca. Una noche el príncipe, asomado a su ventana, "Señora iluminada, tú que ves todo el mundo, que a tu rostro bello nada se oculta: si la dama que me desencante existe en algún lugar, lleva mi reflejo hasta ella y yo, a cambio, haré lo que tú quieras". Y la luna, con voz hechicera, respondió al príncipe con palabras sensuales de erotismo llenas: "Si yo llevo a la dama tu reflejo para que tu alma pueda ser por fin desencantada, tú tendrás que venir a mi morada y habitar allí conmigo entregándome tu vida entera". El príncipe pensó que por sentir paz y calma que le hacían tanta falta, podría soportar estar lejos de su casa y prometió lo que se le pedía sin saber que se condenaba. Y la luna llevó su reflejo a otra ciudad lejana, entró en la habitación de una niña a través de su ventana y, posando sus rayos de plata en la blanca almohada, hizo penetrar en los sueños de la joven muchacha, del príncipe triste la cara. Despertó la joven con la primera alborada con los ojos preñados de lágrimas. Su corazón lo había robado aquel príncipe de oscura mirada... Ya no encontró la joven descanso, ni siego ni paz ni calma, sólo veía aquellos ojos que le habían quemado el alma. Ella era pobre pero de virtud honrada y, pobre de espíritu, siempre callada, notó esta vez, sin embargo, que el amor le daba alas, que su corazón se llenaba de valor. Se escapó una noche de su cuarto por la ventana, llorando por sus padres a los que, sin haberse despedido, abandonaba. En los bolsillos dinero no llevaba, ni pulseras en sus manos ni collares en su garganta; tan sólo tenía cuentos en su cabeza y poesías en el alma. Y anduvo la niña durante meses a la condición de pordiosera relegada, con las manos preñadas de sueños y con aquella mirada ante su mirada. Caminó por secos valles, ascendió montañas escarpadas, se dejó zapatos y jirones de prendas en ramas de zarzas espinadas. Su piel la helaron los vientos, su cuerpo lo mojó la lluvia helada y cuando, por fin llegó hasta su príncipe, totalmente rota y con voz quebrada, "Aquí estoy, amor mío, para entregarme a ti en cuerpo y alma." Con toda aquella suciedad, la mugre incrustada en su cara, al príncipe le pareció que de él se burlaban; pero entonces miró sus ojos y vio la luz que los iluminaba y comprendió que aquel despojo estaba así por su causa. Mandó que la atendieran, que la cuidaran y alimentaran y aquella noche en sus aposentos, entre poemas y cuentos de hadas, el joven príncipe sintió por primera vez paz en su esencia maltratada. Y pasaron los días y las risas acudieron a su alma, el ceño se descontrajo y la complicidad y el amor se alojaron en ambos. Pasaron muchas noches uno en brazos del otro con besos, risas y cantos, amándose hasta que el sol entraba por la ventana con sus rayos dorados. Pero una noche en que la niña descansaba en el abrigo de su pecho y sus brazos, dormida y tranquila, sus sueños de amor preñados, entró la luna fría por la ventana del príncipe enamorado. alta y esbelta con manos, cabellos y ojos de plata. Era de una belleza oscura, cautivadora y terrible, de tacto frío y duro de corazón que no siente. "Vengo a que cumplas tu promesa, que me sigas a mi morada, ahora serás mi esclavo y mi amante en mis noches solitarias." El príncipe no quería abandonar a su niña de tiernas palabras, pero sabía que no podía romper la promesa de su palabra dada. Dejó la habitación dejando sola a su enamorada y ésta despertó inquieta a altas horas de la madrugada. Sobre su pecho descansaban una rosa y una carta y una gota de sangre de una espina en su pecho clavada. Lloró por muchas noches, fue de la desaparición del príncipe acusada y la condenaron a la hoguera para ser en ella quemada. En la oscura prisión el alma la sentía helada y se moría de amor y de soledad abandonada. En su pecho seguía teniendo la espina de la rosa clavada: no quiso arrancársela por ser de su amor el único recuerdo que le quedaba. Una noche de invierno, un ruiseñor moribundo entró por la ventana. La joven cuyo amor no habían podido apagarlo todas las calamidades pasadas, lo cogió entre sus manos { Pagina anterior } { Pagina 1032 de 1059 } { Pagina siguiente } |
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