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DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE

Road (Carretera)

{ 16:22, 23/03/2007 } { 0 comentarios } { Link }
    Aquella tarde lo habían castigado en el orfanato por partirle la cara a aquel cabroncete de Jack.

   Jack tenía dieciséis años, tres más que él, pero estaba hasta las narices de que aquel gigantón se hiciera el amo del cotarro por ser el mayor y más fuertote de todos.

   Aquel día Jack había estado molestando a Peter Hawkins y Leonard se la había tenido guardada.

   Así que lo dejaron allí, en el despacho del director, mientras éste acompañaba a Jack a la enfermería y los psicólogos y profesores trataban de calmar a los demás internos, que habían perdido los estribos al ver toda aquella sangre en el suelo.

   Recordó las palabras del director antes de encerrarlo:

   -Ya tendremos tú y yo una conversación, jovencito. Mientras tanto será mejor que te quedes aquí pensando en lo que has hecho. Y sigue así, que te irá muy bien en la vida, ¿eh?

   Se había quedado enfurruñado y pateó la puerta cuando vio que lo habían dejado encerrado.

   Saltó por la ventana, y escapó, con el pensamiento de no volver jamás allí.

   Deambuló por la ciudad durante todo el día, perdiéndose por entre sus calles, puesto que las pocas veces que había salido del orfanato había sido con todos los internos y los profesores en autocar, de excursión.

   La noche lo sorprendió vagando por el barrio chino, completamente despistado.

   Su boca segregaba saliva al oler los deliciosos aromas que provenían de las cocinas e inundaban las calles, y se veía obligado, cada dos por tres, a escupir.

   Ella lo encontró en una esquina, con la cabeza apoyada contra la pared y encogido sobre sí mismo, con los ojos fuertemente cerrados y temblando de frío, intentando olvidar el hambre que sentía.

   Recordó que había sentido una mano fría sobre su brazo y que al mirar se había encontrado con los ojos más hechiceros y negros que había visto en su vida. Eran almendrados y soñolientos y la noche parecía tener su origen en ellos. Y su espíritu quedó enredado en los oscuros cabellos que caían sobre unos hombros blancos y hermosos y que enmarcaban aquel rostro de ensueño. Las cejas eran trazos negros y finos en forma de arco y sobre su tez, pálida como la cera, destacaban, rojos, dos labios sensuales y carnosos.

   Era delgada y etérea como aquellos espíritus de los bosques que eran protagonistas de tantos cuentos de hadas. Toda ella parecía salida de un sueño que algún loco febril y enamorado hubiera imaginado. Más bonita que la luna y las estrellas. Y su voz era como un mágico hilo de plata que se lió entre sus cabellos y lo atrajo fantasmagóricamente.

   -¿Estás bien?

   Leonard había asentido, incapaz de hablar.

   -¿Te has perdido?

   Él se encogió de hombros.

   La muchacha, cuya edad era indefinible, se mordió aquellos labios de pecado.

   -¿Tienes dinero?

   -No.- Su voz salió estrangulada.

   -¿Y hambre?

   -Sí.

   Ella lo cogió de la mano y lo condujo a través de todo el barrio chino, deslizándose más que andando y con un movimiento de caderas que hubieran envidiado incluso las modelos más cotizadas.

   Lo introdujo en un sucio portal y lo hizo subir unas mugrientas escaleras hasta la primera planta. Lo hizo pasar y Leonard vio el piso más misterioso que jamás volvería a tener ocasión de ver.

   No había muchos muebles, sólo cojines en el suelo y paredes llenas de tapices de arriba abajo. Todas las habitaciones eran iguales. Nada de cocina, nada de televisión, nada de puertas, sólo cortinas rojas. Todo era en tonos rojizos, incluso la luz de los pequeños farolillos que colgaban del techo junto con unos cartoncitos rectangulares con extraños dibujos. Más tarde supo que eran palabras mágicas contra los malos espíritus.

   Ella (nunca supo su nombre porque nunca quiso decírselo y tampoco le preguntó el suyo), lo dejó sentado en la primera estancia, sobre unos cojines y, al rato, volvió trayendo en una bandeja arroz y algunas carnes, todo delicioso. A Leonard le hubiera gustado preguntarle de dónde lo había sacado, pero no lo hizo, embobado aún por los delicados gestos de ella.

   Cuando terminó de comer, la muchacha gateó hasta él y lo besó con aquellos increíbles labios. Fue un beso intenso, como creía que nadie se lo volvería a dar nunca, un beso que le abrasó hasta el alma.

   -¿Eres virgen?- casi susurró ella.

   Él había asentido y, por primera vez, la vio sonreír. No era una sonrisa bonita, pero había algo atrayente en ella.

   Quizás en otra ocasión la pregunta habría estropeado todo, pero aquella vez no.

   Leonard había sentido cómo las frías manos de ella habían sacado su camisa fuera de sus vaqueros y se habían introducido bajo ella, acariciando su espalda.

   -¿Quieres que siga? Dilo ahora que hay vuelta atrás.

   Él había asentido sin poder pronunciar palabra y ella lo había desnudado lentamente, con sus manos y con sus dientes y luego había quedado desnuda ante él, como una diosa de porcelana casi perfecta, de no ser por las innumerables cicatrices que surcaban su blanco cuerpo. Cicatrices rojas que destacaban indecorosamente sobre su piel.

   Los ojos de Leonard se cuajaron de lágrimas al verlas y ella las secó a besos. Y él comprendió aquélla tristeza en sus ojos y ella le enseñó secretos que a muy pocos mortales les está permitido conocer.

   Y el alba los sorprendió gozando del amor sin parar.

   La noche había dejado un niño. El nuevo día encontró un hombre.

   Y lo mismo encontraron los psicólogos cuando, entrada bien la mañana, un chino lo llevó de nuevo al orfanato.

   En su mirada había algo nuevo, más maduro y todos lo temieron de tal modo que no hubo castigo. Sólo unas casi proféticas palabras del director:

   -Eres carne de presidio.

   Aquel oriental había entrado en casa del “hada” y lo había despertado. No había ni rastro de la muchacha y Leonard aún podía sentir el calor de su cuerpo y la frialdad de sus manos contra él.

   No hizo preguntas y se dejó conducir al orfanato.

   Nunca había vuelto a verla, pero las últimas palabras de ella aún le resonaban en la cabeza:

   -Enséñale esto sólo a la persona que realmente te interese mantener a tu lado.- Le acarició el rostro con aquéllas manos de nieve.- Jamás amará a otro que no seas tú. No cambiará esos tesoros por ningún otro. Jamás se lo enseñarás a prostituta alguna o a chicas de una noche. Promételo.

   -Lo prometo.

   Y tras aquello se quedó dormido, totalmente agotado.

   Desde entonces había gozado a muchas mujeres, pero jamás había practicado aquellos actos con nadie. Lo había prometido.

   A los tres meses había sido adoptado por una familia de Texas y se había ido a vivir con ellos haciendo gran amistad con el hijo más pequeño, Edward, y conociendo al fin lo que era pertenecer a una familia y sentirse arropado por ella.

extracto de Road (Carretera)

Copyright © 2006 [Issis-Gabriel]. Reservados todos los derechos.
 Revisado el: 05 de marzo de 2007 06:33:52 -0600.


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