Tú no sabes lo que es asomarte al espejo y ver a un extraño y que sus ojos lloren por ti. Tú no sabes lo que es levantarte cada mañana y tocar tu cuerpo para sentir que por fin estás ahí, que todo fue un mal sueño, una pesadilla que acabó, una mala ilusión que al abrir los ojos desapareció. Tú no sabes lo que es el llorar de un corazón, el miedo de tener que sacar tu verdadero yo a un inhóspito exterior. Que tomen por una liebre a un fiero león, o por caimán al elegante ruiseñor. Pero yo te puedo hablar de la soledad interior, de la lluvia torrencial dentro del corazón. Te puedo contar lo que es mirar y mirar mis manos, y escuchar y oir mi voz y asustarme ante el extraño que todos dicen que soy yo. No sabes lo que es que cinco iluminados traten de quitarte tu fe y apartarte de tu Dios, que te condenen al infierno por algo que no sabes por qué diablos sucedió, que no lo buscaste, que no se eligió. Que se queden con su cielo, que ahí no quiero entrar yo, donde se acusa y se condena por un error que no se cometió. Que todos ellos se queden con su fe y su moralidad, no pueden condenarme a un infierno en el que yo estoy metido ya, desde que me concibió mi madre en el paritorio del hospital. Tanta misa y rosario diarios y no les importa en vida matar a su hijo y a su hermano. Y que Dios no me perdone por mi falta de humildad, porque no me arrepiento de pensar que Él tiene mayor humanidad. Y ahora te hablaré de lo que es la soledad, cuando nadie te escucha o no quieren entenderte ni siquiera por piedad. Piensan que eres raro, que eres loco de encerrar. Nadie se va a tomar la molestia de conocerte antes de juzgar. Te miran con ojos llenos de frialdad, como si no fuera bastante el camino de espinas que te ha tocado ya. Y pasan los años y sigues siendo el raro, no se paran a escuchar tu grito de siglos silenciados: "¡Estoy aquí, miradme, estoy en este cuerpo encerrado!" Y llega un momento que, cansado de luchar, en el colmo del pasotismo, la molestia y desazón, acabas por comprender que no quieren explicación. No les importa lo que sientes, sólo tienen una máscara y es lo que merecen. Deja de cerrar los ojos, mira más allá de tus narices, porque hay mucho más que siempre las mismas directrices. Es un camino duro haciendo de tripas corazón sin desfallecer en el camino, con nudos en el interior. Pero serán esas espinas las que nos hagan comprender que poseemos alma de león. Aún queda mucho camino, pero se terminará por entender que sólo el corazón es lo que hace ser a una persona hombre o mujer. Que somos dignos de una vida de una calidad mejor. Que tenemos voces que gritan que esto no es un juego, un capricho o una ilusión, que nadie se complica la vida por una estúpida elección, que no hay enfermedad mental que valga frente a la ley de la razón. Que tenemos corazones que sienten la indiferencia, la invisibilidad, el morbo y el error de una sociedad que tira piedras pero no miran la viga en su ojo acusador. Me dicen que sólo soy un vil pecador, pero no veo sangre en mis manos ni por las noches duermo junto a la bala de un cañón, ni me he quedado en casa ante una injusta guerra e invasión. No masacro al hermano que es más débil que yo. La verdadera esencia del ser humano se lleva en el corazón. Que el físico no determina ser hembra o varón. Y el día que veas la lluvia caer y formar extrañas siluetas de personas que tus ojos no ven, deja que te guíe el corazón, porque esa persona invisible... esa persona soy yo. No tomes por liebre al fiero león, ni por caimán al dulce ruiseñor. Mira con los ojos que tienes en tu interior, aleja los prejuicios, dame la mano y averigua en realidad quién soy yo. Sólo entonces verás lo infundados que éstos están, que sólo soy una persona con un sólo problema y por lo demás alguien muy normal, con mis gustos y disgustos, mis penas y alegrías, amores y desamores... sólo una persona que busca, como tú, su sitio en la vida.