Tú eras negro y yo blanca, tú eras esclavo y yo ama. Y, sin embargo, nunca fuiste más amo que cuando mi cuerpo montabas en el granero de casa, en esas noches de mayo en que los grillos cantaban. Me abriste los ojos a un mundo nuevo, un mundo de libertades por completo carente de falsas moralidades. Desatabas con tus oscuras manos los cordones de mi corpiño de encajes y caían con ellos las reglas asfixiantes. Las ropas que te pusieron no domaron tu orgullo salvaje, y nunca vi en un cuerpo tanta elegancia y fuerza indomables. La primera vez que te tuve delante de mí con tu desnudez brillante, el corazón me fue tan deprisa que creí desmayarme. Me cogiste mis manos entre tus manos llenas de asperezas, las condujiste a tu cuerpo y fue cuando quedé presa. Cuántas veces besé tus cicatrices con mi húmeda lengua. Cuántas veces quedé a tu merced para que hicieras de mi lo que quisieras. Me convertí de ama y dueña en tu esclava apasionada, y aún en esa esclavitud ya no tenía cadenas que mi libertad cortaran. Recorrí mil veces tu cuerpo, lo aprendí como si fuera el mío: cada recoveco cada rincón escondido. Aprendí el tacto de tu piel, el roce de tus dientes y tus labios. Todo eso merecía la pena a pesar del riesgo que corríamos. Hice mil locuras contigo: mis deseos reprimidos liberados pues sólo sabía que al montarte todo lo demás quedaba olvidado. ¡Y qué calor de fuego atravesaban mis entrañas, clavada en tu sexo y por tus manos acariciada! ¡Qué de posturas vio aquel granero, qué de gemidos y palabras de amor las que allí se oyeron! Las barreras de las diferencias caían ante nuestros cuerpos: el mío blanco entregado, el tuyo negro embistiendo. ¡Y cómo adoraba sentir tu sexo entre mis pechos y que me dijeras al oído que eras mi amo y mi dueño! Y cuántas veces sobre tus caderas, me derramaba en silencio, y sangraban mis labios por estar mordiéndomelos, por no gritar cuánto te quería al mundo entero. Mis días se convirtieron en sueños y mis noches en realidades de anhelos. Besaba tus axilas, tus brazos y tu cuello, la sal de tu cuerpo era mi alimento. Cada noche, prendida de tus alas, entre caricias y besos, me transportabas al cielo. Jamás hubo algo tan glorioso como sentirte en mis adentros, como el sudor de tu piel sobre mi piel y mis pechos, ni tus gemidos en mis oídos cuando bebía de tu cuerpo, y cuando quedábamos ambos, en brazos del otro, agotados y sonriendo. Y qué dulces tus caricias y qué felices éramos, a pesar que me dolía ver los grilletes en tus manos. "Llévame contigo, a tu tierra y a tu lado, quiero tener la libertad que tú me has enseñado." Y tú me lo prometiste con tu sonrisa noble y tus dientes blancos. Y la noche siguiente los dos escapamos. No tardamos en oír los ladridos de los alanos. Venían persiguiéndonos por el camino de avellanos. La noche era oscura: no sabíamos dónde pisábamos, nos creímos libres y terminaron acorralándonos. Bajo nuestros pies se abría el acantilado. "Si vuelves con los tuyos no recibirás daño." ¿Pero cómo iba a abandonarte después de haberte amado? ¿Dónde encontraría yo otro amor apasionado? Volvimos las espaldas al camino, en la cara el vacío y el viento helado, enlazamos nuestros dedos y al abismo saltamos. Me enseñaste a ser libre. Nada doblegó tu cuerpo, saltamos sin redes con las alas preñadas de orgullo, y en aquel salto sin aliento alguno, asimos la libertad con las manos y los brazos.
Dicen que los dioses están en los templos. Mi dios está en mis brazos hasta el fin de los tiempos.
-¿Dónde vas, bandolero, de pelo y ojos negros? -Voy a luchar por la libertad de mi patria y de mi suelo. -Llévame contigo a la grupa, que acompañarte quiero. -Eres una mujer... -Que en las noches te dará consuelo Llévame contigo, misterioso bandolero, quiero cabalgar a tu lado por los desiertos senderos, ver la luna en tus ojos y la noche en tu cabello. -No sabes lo que dices: mis días son sangrientos, de cruces de navajas y corazones abiertos. -Y tengo yo mis noches llenas de olor a incienso y es mi carne joven y mi cuerpo inquieto, para que cuando vengas cansado, allá arriba en tu cueva, encuentres descanso en mi pecho. Llévame bandolero sobre tu oscuro caballo, te llevaré por caminos de olivos sembrados, donde la guardia nunca vigila y podremos amarnos bajo la luna de Abril y las estrellas de Mayo. -Si vienes conmigo, se acabó tu paz, tu antigua vida y tus caprichos caros. -Y me darás a cambio orgullo y libertad y amor y trabajo para hacerme mujer digna del hombre amado. -Tú lo has querido, sube a la grupa de mi caballo, te llevaré por caminos de luna plateados, tu cama serán las estrellas y tu almohada el cielo raso, pondré en tu pelo luceros y la libertad en tus manos y te daré blancas alas para cruzar los océanos.
Dicen que los dioses están en los templos. Mi dios está en mis brazos hasta el fin de los tiempos.
Mil vidas pasadas contigo y mil vidas más, todo vale la pena si sé que al final del camino he de volverte a encontrar. Nos hemos amado tanto que ni la muerte nos ha logrado separar.
Dicen que los dioses están en los templos. Mi dios está en mis brazos hasta el fin de los tiempos.