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DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE

MIL VIDAS CONTIGO I

{ 14:10, 28/03/2007 } { Link }

  MIL VIDAS CONTIGO

                               A P.C.

Dicen que los dioses
están en los templos.
Mi dios está en mis brazos
hasta el fin de los tiempos.



Vivimos en la edad de piedra,
libres, silvestres como animales,
nuestros cuerpos desnudos
y nuestros estómagos con hambre.
Salías a cazar temprano
y no volvías hasta la tarde.
Yo pintaba las paredes
con manos rojas de sangre.
Y en las noches frías y estrelladas,
cuando me poseías con ansia salvaje
nuestros cuerpos eran
dos antorchas humanas
entre los pastos largos
de las llanuras verdes,
bajo la luna de plata
y los luceros celestes.
Y tenía tu cuerpo olor a tierra,
a fuego, a aire,
a naturaleza y alhucema.
Y dejabas en mi ser,
con tu apasionada tosquedad,
ríos resplandecientes
de dulce ansiedad
por volver a tenerte
en la inmensa soledad.


Dicen que los dioses
están en los templos.
Mi dios está en mis brazos
hasta el fin de los tiempos.


¿Y recuerdas, mi amor,
las cálidas noches
en las orillas sinuosas del Nilo?¨
¡Cuántas tardes
fui a esperarte en sus riberas!
Llegabas cargado de peces.
Bajo el peso de las cestas
iba encorvada tu espalda morena:
esa espalda que amé tanto
en las noches cargadas
del perfume de los nardos.
¡Qué vida tan dura!
¡Y, sin embargo, qué encanto!
Porque, aunque pobres,
nunca nadie se amó tanto,
ni hubo mujer más dichosa
que la que estaba a tu lado
cuando lavaba tus cabellos
con agua del río sagrado
y cubría tu cuerpo
de aceites perfumados.
Y de rodillas te lavaba
con wabw tus ásperas manos
y besaba cada una de las marcas
que las redes y el sedal
en ellas habían dejado.
¡Y qué misterioso estabas
con tus ojos maquillados!
¡Y qué olorosa tu piel
y qué fuertes tus brazos,
y qué ardor entre tus piernas
que nos consumía a ambos!


Dicen que los dioses
están en los templos.
Mi dios está en mis brazos
hasta el fin de los tiempos.


¡Ahí va mi guerrero;
miradlo, miradlo!
Con los cabellos al aire
y su torso desnudo y pintado,
y su lanza sujeta fuerte en su mano.
Sus pies de cuero calzados
van pisando fuerte el suelo,
la tierra por la que tanto han luchado.
¡Y miradlo, ahí va de nuevo!
Su cuerpo de cicatrices surcado
de cien batallas fieras
contra los invasores romanos.
Ése es mi esposo,
mirad qué orgullo,
sus piernas no tiemblan
ante los hombres de Julio.
Miradlo vosotras,
que las lágrimas ya no me lo permiten.
Lo dejo marchar a la guerra,
lo entrego a manos de la muerte.
La vieja canina será mañana
la que acaricie su duro vientre,
la que me arrebate su cuerpo marcado
por nuestra seguridad y nuestra suerte.
Ya sé lo que me queda:
noches de vigilia gimiente,
pero ya no será mi esposo
el que los arranque de mi garganta
con sus manos y su lengua
ni sus movimientos ardientes.
Serán gemidos de lágrimas
de soledad amarga e hiriente.
¡Pero aún tengo mi daga
cuando me anuncien su muerte,
la que me reunirá con mi amado
para amarlo eternamente!


Dicen que los dioses
están en los templos.
Mi dios está en mis brazos
hasta el fin de los tiempos.


¿La mesa redonda?
¿La corte del rey Arturo?
Sólo son historias,
leyendas inventadas
que no las cree nadie en el mundo.
Eso dicen los profesores,
los sabios historiadores
todos de largas barbas
y aires superiores.
¿Y qué sabrán ellos?
Tú y yo lo sabemos,
tú y yo lo vivimos:
yo la reina y tú el guerrero.
Y aquella primera vez que te vi:
tu cuerpo cubierto de hierro,
rodilla en tierra,
mano al corazón:
el más fiel caballero
se adueñó de mi amor.
A las justas llevabas,
como penacho,
mechones morenos
de mis cabellos trenzados.
Nuestros ojos echaban fuego
cada vez que nos mirábamos;
teníamos que callar
lo que murmuraban los labios;
el corazón ardiendo en llamas
silenciados por el pecado.
Yo era mujer casada,
mi esposo: tu rey y tu amo.
Cuanto más nuestros sentimientos
de callar tratábamos,
más difícil era
mirarnos sin delatarnos.
Y por callar tus pasiones
saliste en busca de los malvados,
y a todo el que en los caminos vencías
les ordenabas venir a mis pies postrados.
Yo en mi s aposentos,
mientras tanto,
de rodillas juntos a la ventana,
oraba a Dios con trémulos labios:
"Es mi dueño y mi amo,
y aunque Tú no bendigas
este amor de pecado,
te suplico con humildad
que lo mantengas a salvo"
Mi marido alababa tu grandeza:
yo lo escuchaba con encanto,
los ojos cubiertos de lágrimas,
los pensamientos embelesados.
Te vi regresar
aquella tarde de Mayo,
cubierto de sangre
de heridas en los costados.
En el rincón más oscuro del jardín,
del caballo caíste en mis brazos.
Mirándome maltrecho,
tu aliento de tu boca escapando,
enredaste tus dedos en mis cabellos
y el cielo, casi ennegrecido,
fue el único testigo
del beso de Ginebra y Lancelot.
Te llevaron a mis aposentos

y permanecí a tu lado
mañana y noche tu sueño velando.
Venía Arturo a la alcoba
a preguntar por tu estado
y yo, temerosa de alguna marca
que delatase el beso apasionado,
bajaba la cabeza y ocultaba los labios.
Y Arturo ponía en mi frente
un beso de marido casto,
justo en esa parte
donde debía estar
la marca del pecado.
No recuerdo quién fue
el primero en dar el paso:
fui a cambiarte las vendas
y me encontré entre tus brazos.
Tenías los ojos velados
por la fiebre y por tu estado.
Tus manos temblorosas
mi vestido desabrocharon;
mi resistencia era nula
ante la pasión de tus labios.
Terminó por vernos la luna,
desnudos y agotados,
los alientos escapaban
de nuestros pechos abrasados.
Nunca fui más mujer
que cuando estuve en tus manos.
No volví a aparecer cerca del lecho
donde estabas encamado;
traté de huir
del embrujo de tus brazos.
Pero el veneno que me diste
en mis entrañas se había instalado,
es imposible luchar
contra el destino deparado.
Fueron las riberas de los ríos
las que vieron nuestros cuerpos enlazados,
yo te quitaba la armadura,
tú me desnudabas apasionado,
mi boca bajaba por tu pecho
mis dedos asían tu falo:
aquel miembro tuyo
que se endurecía en mis manos.
Tomabas la iniciativa
y me tumbabas en los pastos,
tu boca en mi pecho,
mi pezón en tus labios
endurecidos como puntas
de peligrosos dardos.
Mis manos en tus cabellos,
los dedos en ellos enredados,
mi espalda arqueada,
mis ojos cerrados.
Y te volvía acostado
y quedaba yo ama:
mi boca en tu garganta,
mis manos en tus costados.
Mi lengua que quemaba
bajaba por tu estómago,
bebía de tu ombligo
y te daba bocados.
De tu boca escapaban
gemidos de placer ahogados.
Los pájaros del bosque
callaban por oír nuestro canto:
dos corazones a un mismo tiempo
cabalgaban desbocados.
Y seguía mi boca bajando
más allá de lo permitido,
mis cabellos
por tu pecho desparramados
mi aliento
en tus ingles detenido.
Oí tus jadeos
cuando sentiste mi lengua,
tembló tu cuerpo,
se estremecieron tus piernas
y yo bebí de tu fuente
como pobre sedienta.
Quedaste agotado
sobre tu espalda echado,
yo dormí en tu pecho
en la protección de tus brazos.
¡Cuántas noches nos vieron
así de vulnerables los astros!
Por culpa de nuestra confianza
nos descubrieron los soldados.
Tú y yo huimos desnudos
entre los almendros blancos;
cabalgamos más allá de su reino
en las estepas amándonos,
y en los collados, y en los prados:
nuestros cuerpos sólo desnudos
amándose sobre tu caballo albo.
Los cabellos al viento
y el corazón en las manos.


Dicen que los dioses
están en los templos.
Mi dios está en mis brazos
hasta el fin de los tiempos.


¿Y ahora dónde estamos?
En las guerras
de judíos y apostólicos romanos.
Nuestra España dividida
como siempre lo ha estado.
Yo vivo en la antigua judería
tú en el barrio
de los viejos cristianos.
Desde mi reja te veo pasar
con tu dama de la mano.
Retiro los ojos
cuando me has mirado:
cien puñales de celos
en el corazón clavados.
Pero sigo bordando el paño
como si no me hubiera enterado.
Una noche te encontré
en un callejón tirado.
Una mala estocada
abría tu jubón dorado.
Vi a uno de los míos
huir bajo la luna de Marzo:
las cosas ya estaban maduras
entre los dos bandos.
Te metí a escondidas
en lo oscuro de mi cuarto
por salvar tu vida
y también la de mi hermano.
Entre juramentos y espasmos
por la estocada en el pecho
conseguí arrancar
la promesa de tus labios
de no tomar represalias
contra el judío embozado,
y tú también arrancaste
una promesa de los míos:
a las afueras de la ciudad,
encontrarnos cerca del río.
Y yendo y viniendo
pasó todo un año.
Yo tu amante en las sombras,
tú mi único amor adorado.
Y estallaron las guerras
para expulsarnos de nuestro suelo amado.
La noche que yo partía
huí al encuentro de tus brazos.
Llevaba en el pecho
una cruz que me hacía daño,
iba a renunciar a mis raíces
y a todo mi pasado
por unirme contigo
a los ojos de tu Dios amado.
Yo lo dejaba todo
por quedarme con un cristiano,
tú arriesgabas tu nombre
por una judía de honor manchado.
Los míos me escupieron a la cara
cuando de mi bautismo se enteraron
y a ti los tuyos te desheredaron.
Huimos lejos de la guerra,
yo marcada por el pecado,
tú con tu nombre manchado.
¡Dejemos que se maten
esos de conciencias tan limpias!
Que mi cuerpo lo recorran tus manos
y que el tuyo se deje acariciar
por mis sedientos labios.
Prefiero mil veces ser pecadora
y estar con mi amado,
que empuñar un arma
y matar a mi hermano.


Dicen que los dioses
están en los templos.
Mi dios está en mis brazos
hasta el fin de los tiempos.





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