Dicen que los dioses están en los templos. Mi dios está en mis brazos hasta el fin de los tiempos.
Vivimos en la edad de piedra, libres, silvestres como animales, nuestros cuerpos desnudos y nuestros estómagos con hambre. Salías a cazar temprano y no volvías hasta la tarde. Yo pintaba las paredes con manos rojas de sangre. Y en las noches frías y estrelladas, cuando me poseías con ansia salvaje nuestros cuerpos eran dos antorchas humanas entre los pastos largos de las llanuras verdes, bajo la luna de plata y los luceros celestes. Y tenía tu cuerpo olor a tierra, a fuego, a aire, a naturaleza y alhucema. Y dejabas en mi ser, con tu apasionada tosquedad, ríos resplandecientes de dulce ansiedad por volver a tenerte en la inmensa soledad.
Dicen que los dioses están en los templos. Mi dios está en mis brazos hasta el fin de los tiempos.
¿Y recuerdas, mi amor, las cálidas noches en las orillas sinuosas del Nilo?¨ ¡Cuántas tardes fui a esperarte en sus riberas! Llegabas cargado de peces. Bajo el peso de las cestas iba encorvada tu espalda morena: esa espalda que amé tanto en las noches cargadas del perfume de los nardos. ¡Qué vida tan dura! ¡Y, sin embargo, qué encanto! Porque, aunque pobres, nunca nadie se amó tanto, ni hubo mujer más dichosa que la que estaba a tu lado cuando lavaba tus cabellos con agua del río sagrado y cubría tu cuerpo de aceites perfumados. Y de rodillas te lavaba con wabw tus ásperas manos y besaba cada una de las marcas que las redes y el sedal en ellas habían dejado. ¡Y qué misterioso estabas con tus ojos maquillados! ¡Y qué olorosa tu piel y qué fuertes tus brazos, y qué ardor entre tus piernas que nos consumía a ambos!
Dicen que los dioses están en los templos. Mi dios está en mis brazos hasta el fin de los tiempos.
¡Ahí va mi guerrero; miradlo, miradlo! Con los cabellos al aire y su torso desnudo y pintado, y su lanza sujeta fuerte en su mano. Sus pies de cuero calzados van pisando fuerte el suelo, la tierra por la que tanto han luchado. ¡Y miradlo, ahí va de nuevo! Su cuerpo de cicatrices surcado de cien batallas fieras contra los invasores romanos. Ése es mi esposo, mirad qué orgullo, sus piernas no tiemblan ante los hombres de Julio. Miradlo vosotras, que las lágrimas ya no me lo permiten. Lo dejo marchar a la guerra, lo entrego a manos de la muerte. La vieja canina será mañana la que acaricie su duro vientre, la que me arrebate su cuerpo marcado por nuestra seguridad y nuestra suerte. Ya sé lo que me queda: noches de vigilia gimiente, pero ya no será mi esposo el que los arranque de mi garganta con sus manos y su lengua ni sus movimientos ardientes. Serán gemidos de lágrimas de soledad amarga e hiriente. ¡Pero aún tengo mi daga cuando me anuncien su muerte, la que me reunirá con mi amado para amarlo eternamente!
Dicen que los dioses están en los templos. Mi dios está en mis brazos hasta el fin de los tiempos.
¿La mesa redonda? ¿La corte del rey Arturo? Sólo son historias, leyendas inventadas que no las cree nadie en el mundo. Eso dicen los profesores, los sabios historiadores todos de largas barbas y aires superiores. ¿Y qué sabrán ellos? Tú y yo lo sabemos, tú y yo lo vivimos: yo la reina y tú el guerrero. Y aquella primera vez que te vi: tu cuerpo cubierto de hierro, rodilla en tierra, mano al corazón: el más fiel caballero se adueñó de mi amor. A las justas llevabas, como penacho, mechones morenos de mis cabellos trenzados. Nuestros ojos echaban fuego cada vez que nos mirábamos; teníamos que callar lo que murmuraban los labios; el corazón ardiendo en llamas silenciados por el pecado. Yo era mujer casada, mi esposo: tu rey y tu amo. Cuanto más nuestros sentimientos de callar tratábamos, más difícil era mirarnos sin delatarnos. Y por callar tus pasiones saliste en busca de los malvados, y a todo el que en los caminos vencías les ordenabas venir a mis pies postrados. Yo en mi s aposentos, mientras tanto, de rodillas juntos a la ventana, oraba a Dios con trémulos labios: "Es mi dueño y mi amo, y aunque Tú no bendigas este amor de pecado, te suplico con humildad que lo mantengas a salvo" Mi marido alababa tu grandeza: yo lo escuchaba con encanto, los ojos cubiertos de lágrimas, los pensamientos embelesados. Te vi regresar aquella tarde de Mayo, cubierto de sangre de heridas en los costados. En el rincón más oscuro del jardín, del caballo caíste en mis brazos. Mirándome maltrecho, tu aliento de tu boca escapando, enredaste tus dedos en mis cabellos y el cielo, casi ennegrecido, fue el único testigo del beso de Ginebra y Lancelot. Te llevaron a mis aposentos
y permanecí a tu lado mañana y noche tu sueño velando. Venía Arturo a la alcoba a preguntar por tu estado y yo, temerosa de alguna marca que delatase el beso apasionado, bajaba la cabeza y ocultaba los labios. Y Arturo ponía en mi frente un beso de marido casto, justo en esa parte donde debía estar la marca del pecado. No recuerdo quién fue el primero en dar el paso: fui a cambiarte las vendas y me encontré entre tus brazos. Tenías los ojos velados por la fiebre y por tu estado. Tus manos temblorosas mi vestido desabrocharon; mi resistencia era nula ante la pasión de tus labios. Terminó por vernos la luna, desnudos y agotados, los alientos escapaban de nuestros pechos abrasados. Nunca fui más mujer que cuando estuve en tus manos. No volví a aparecer cerca del lecho donde estabas encamado; traté de huir del embrujo de tus brazos. Pero el veneno que me diste en mis entrañas se había instalado, es imposible luchar contra el destino deparado. Fueron las riberas de los ríos las que vieron nuestros cuerpos enlazados, yo te quitaba la armadura, tú me desnudabas apasionado, mi boca bajaba por tu pecho mis dedos asían tu falo: aquel miembro tuyo que se endurecía en mis manos. Tomabas la iniciativa y me tumbabas en los pastos, tu boca en mi pecho, mi pezón en tus labios endurecidos como puntas de peligrosos dardos. Mis manos en tus cabellos, los dedos en ellos enredados, mi espalda arqueada, mis ojos cerrados. Y te volvía acostado y quedaba yo ama: mi boca en tu garganta, mis manos en tus costados. Mi lengua que quemaba bajaba por tu estómago, bebía de tu ombligo y te daba bocados. De tu boca escapaban gemidos de placer ahogados. Los pájaros del bosque callaban por oír nuestro canto: dos corazones a un mismo tiempo cabalgaban desbocados. Y seguía mi boca bajando más allá de lo permitido, mis cabellos por tu pecho desparramados mi aliento en tus ingles detenido. Oí tus jadeos cuando sentiste mi lengua, tembló tu cuerpo, se estremecieron tus piernas y yo bebí de tu fuente como pobre sedienta. Quedaste agotado sobre tu espalda echado, yo dormí en tu pecho en la protección de tus brazos. ¡Cuántas noches nos vieron así de vulnerables los astros! Por culpa de nuestra confianza nos descubrieron los soldados. Tú y yo huimos desnudos entre los almendros blancos; cabalgamos más allá de su reino en las estepas amándonos, y en los collados, y en los prados: nuestros cuerpos sólo desnudos amándose sobre tu caballo albo. Los cabellos al viento y el corazón en las manos.
Dicen que los dioses están en los templos. Mi dios está en mis brazos hasta el fin de los tiempos.
¿Y ahora dónde estamos? En las guerras de judíos y apostólicos romanos. Nuestra España dividida como siempre lo ha estado. Yo vivo en la antigua judería tú en el barrio de los viejos cristianos. Desde mi reja te veo pasar con tu dama de la mano. Retiro los ojos cuando me has mirado: cien puñales de celos en el corazón clavados. Pero sigo bordando el paño como si no me hubiera enterado. Una noche te encontré en un callejón tirado. Una mala estocada abría tu jubón dorado. Vi a uno de los míos huir bajo la luna de Marzo: las cosas ya estaban maduras entre los dos bandos. Te metí a escondidas en lo oscuro de mi cuarto por salvar tu vida y también la de mi hermano. Entre juramentos y espasmos por la estocada en el pecho conseguí arrancar la promesa de tus labios de no tomar represalias contra el judío embozado, y tú también arrancaste una promesa de los míos: a las afueras de la ciudad, encontrarnos cerca del río. Y yendo y viniendo pasó todo un año. Yo tu amante en las sombras, tú mi único amor adorado. Y estallaron las guerras para expulsarnos de nuestro suelo amado. La noche que yo partía huí al encuentro de tus brazos. Llevaba en el pecho una cruz que me hacía daño, iba a renunciar a mis raíces y a todo mi pasado por unirme contigo a los ojos de tu Dios amado. Yo lo dejaba todo por quedarme con un cristiano, tú arriesgabas tu nombre por una judía de honor manchado. Los míos me escupieron a la cara cuando de mi bautismo se enteraron y a ti los tuyos te desheredaron. Huimos lejos de la guerra, yo marcada por el pecado, tú con tu nombre manchado. ¡Dejemos que se maten esos de conciencias tan limpias! Que mi cuerpo lo recorran tus manos y que el tuyo se deje acariciar por mis sedientos labios. Prefiero mil veces ser pecadora y estar con mi amado, que empuñar un arma y matar a mi hermano.
Dicen que los dioses están en los templos. Mi dios está en mis brazos hasta el fin de los tiempos.