DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
CAPÍTULO III
{ 14:38, 29/03/2007 }
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CAPÍTULO III Aquella noche en su cuarto no le llegaba el sueño a los ojos, el cielo se le había abierto como si hubieran saltado mil cerrojos. No podía creerlo, su cama jamás conoció tantas vueltas, tantos insomnios, tantos desvelos: mañana a aquellas horas conocería por fin a Carmelo. Y no le llegaba el día: el reloj nunca conoció tanta fama, tanto honor, tanto reconocimiento, tanta atención. Y por cada estrella encendida en el cielo, como candilejas viejas de un callejón, dejaba escapar Clara un sueño, una ilusión, una risa, una lágrima y una canción. Y nada más despuntar el alba, con los ojos llenos de sueño y en los labios un bostezo, la mente enfebrecida y doloridos todos los huesos, saltó Clara de la cama. Nunca nadie estuvo tan hermosa con esas ojeras bajo sus párpados, con la larga cabellera despeinada y una luz danzarina en sus pupilas veladas. Pensó que era la primera vez que no se cambiaría por nadie: ni por su compañera de sobresalientes, ni por quien vivía en una ciudad grande, ni siquiera se cambiaría por la novia de Jaime. Ahora estaba en el paraíso. ¡El paraíso! ¿Quién pudiera decirlo? Cuando tantas veces aquel sitio lo había odiado tanto y tanto lo había aborrecido. Se vistió deprisa, se peinó el cabello, se lavó la cara y de pronto se dio cuenta que no eran ni las siete de la mañana. Y allí sentada en la penumbra apretó el botón que de su soledad la sacaba, y a través de un auricular sonó la voz de Carmelo, siempre tan ronca, siempre tan áspera. Nunca supo cuánto tiempo estuvo allí sentada, en medio de las sombras, en medio del todo y de la nada, sin saber siquiera qué era lo que ya esperaba. Hasta que se quitó el pinganillo, alerta a algo que escuchaba. Y aunque todo estaba en silencio, volvió a repetirse la llamada. Eran toques discretos en la puerta de la entrada, provocados por una discreta mano que tocar el timbre no osaba. Con las piernas flaqueando y el corazón disparando metralla, rezando porque sus padres de su sueño no despertaran, llegó, no supo cómo, de tanto como temblaba, a la puerta tras la cual se escondían las llamadas. Y más blanca que la leche, aunque el calor el cuerpo le abrasaba, abrió Clara la puerta dejando franca la entrada. Jamás pudo olvidar aquellas siete y cuarto de la mañana, cuando ante ella encontró tan triste y, a la vez, tan orgullosa estampa. Entraba Carmelo en los cuarenta, y su cabello negro empezaba a blanquear: sus sienes pintadas de canas y su cabello peinado hacia atrás. Traía en los ojos tristeza, miradas pintadas de melancolías, la risa perenne en los labios y aromas de experiencias vividas. Los ojos negros la atravesaron penetrando en su mirada cristalina, enseñando en una sonrisa sus dientes amarillos de tabaco y cafeína. Tras él, una maleta vieja, la tintura por el tiempo desvaída que lo había acompañado desde siempre en todas las etapas de su vida. "¿Tú eres la pequeña Clara? ¿Tú eres mi sobrina? Pero qué cambiazo has dado, cuando te vi sólo eras una niña" Y Clara lo miraba embobada, las palabras atravesadas en la garganta, en el pecho un grito contenido que amenazaba con reventarle las entrañas. La duda pasó por la cabeza de Carmelo. "¿Me he equivocado de casa?" preguntó. Y lo siguiente que supo fue que Clara se le había abrazado al cuello y le había plantado en cada mejilla un beso. Fueron sólo segundos los que se quedó prendida entre el cielo y su cuello, pero lo suficiente para que le llegara el olor a tabaco desde su cuerpo. "¿Pesa mucho la maleta?" Y quiso ayudarle a llevarla. "No te preocupes, deja" Y Carmelo siguió adentro a Clara. "Mis padres siguen durmiendo" "No me esperarían hasta más entrada la mañana" "Pasa a la cocina. Prepararé café y tostadas." "Estás hecha una mujer, toda un amita de su casa". Clara se dio la vuelta, entre apenada y ruborizada. No sabía si él hablaba en serio o si de ella se burlaba. El timbre de Carmelo le llegaba al alma. Cuando le hablaba y no lo miraba podía reconocer aquella voz ronca que le cantaba nanas de rock y baladas. A la luz de la cocina tuvo valor de mirarlo a la cara: las huellas del paso del tiempo en el entrecejo y los ojos se le pintaban. Su mirada era profunda, cuando te miraba, te desnudaba. Eran como compuertas de presas que torrentes peligrosos encerraban. Aún conservaba figura y atractivo, y un aire varonil lo acompañaba y a sus espaldas una vida de misterio y aventuras que intrigaban a Clara. Pero había también algo más que la oscuridad del portal había ocultado: y eso era un labio partido y un ojo morado. Clara nada dijo, preparó el café mientras su tío tomaba asiento, y tras sentarse frente a él, en un silencio incómodo, ambos comiendo, se atrevió a preguntarle la razón del quebrantamiento: "¿Tanto se me nota? Hace unos días que los hicieron. No fue nada: diferentes opiniones en un mal momento". "Puedo ponerte una pomada, secará enseguida y cicatrizará las marcas." "Las heridas que necesito sanar son las heridas del alma y para esas cicatrices aún no se han inventado curas que valgan" Clara lo miraba embelesada: "Hablas como en tus canciones. No son meras palabras." Carmelo la miró con la sorpresa en la cara pintada: "¿Tú oyes mis canciones?" "Tengo todos los discos, todas las recopilaciones". "¿Y han sobrevivido a la censura de tus padres?" "Hasta ayer por la mañana" "Que supongo que fue cuando se enteraron de mi llegada" Una sonrisa triste e irónica cruzó por su mal afeitada cara, de barba de tres días y de mirada cansada. Clara no contestó nada, se levantó de la silla a sacar las últimas tostadas. Escuchó tras ella el chasquido de las cerillas y enseguida el olor a tabaco inundó toda la cocina. Entre sus dedos temblorosos, encontró Clara, al volverse, encendido un cigarrillo Marlboro. Carmelo la miró, soltando el humo poco a poco: "¿Te molesta?" Clara negó. "¿Quieres uno?" "No, gracias. No fumo." "Ni lo hagas, es un mal consumo." "¿Entonces tú por qué lo haces?" "Porque a mí esta mierda ya me tiene bien agarrado. Y qué coño, porque me sienta bien fumarme al día tres o cuatro." Clara sonrió y lo miró un rato. "¿Qué?" "Que no prediques por tanto lo que predican los curas: Haz lo que yo te diga, pero no hagas lo que yo hago". Carmelo la miró a su vez, estudiándola con cuidado. Luego sonrió y movió la cabeza de uno a otro lado. "¡Qué jodía la niña! Touché, mademoiselle, me has dejado clavado. Mejor me acabo el café y apago el cigarro". Porque al acabar la primera frase, sus ojos se habían entornado y un aire grave le atravesaba el rostro mal rasurado. Tras Clara se encontraban su hermana y su cuñado, que lo miraban de forma fría y le dieron un saludo forzado. { Publica un comentario Comment } { Pagina anterior } { Pagina 848 de 1059 } { Pagina siguiente } |
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