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DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE

LAS FUERZAS OSCURAS

{ 16:27, 4/04/2007 } { 0 comentarios } { Link }

Fotografía tomada de la página de estrella (http://www.estrella.ws/canal1/galeria2.html)

LAS FUERZAS OSCURAS

 -Pero quién eres? nunca te había visto por aquí.

Era la quinta vez que el muchacho le había hecho aquella pregunta y, por quinta vez, la única respuesta que había recibido volvió a repetirse: una carcajada alegre, sonora y cristalina que se partió en mil ecos y se perdió en el cielo nocturno y festivo.

   La había visto avanzar entre la gente como si fuera una aparición, completamente vestida de blanco y mirándolo todo con una mezcla de alegría y envidia. Las antorchas brillaban por toda la larga calle y la gente bailaba y se paraba en los puestos de los buhoneros y comerciantes. La muchedumbre entraba y salía de los bares abiertos, las prostitutas hacían su negocio en los callejones más recónditos y oscuros y, desde la iglesia, salían los cánticos religiosos de los monjes.

   Era San Juan y la gente lo celebraba por todo lo alto. Era una buena fecha para los comerciantes, pues la nobleza estaba dispuesta, al menos una vez al año, y a pesar de la fiesta religiosa, a gastar buena parte de sus dineros en cintas, zapatos y echadores de cartas que, escondidos bajo disfraces de vendedores de telas o dulces, sacaban un buen pellizco a costa de la ingenuidad y superstición de jóvenes enamoradas, hombres de negocios y capitanes de barcos mercantes que deseaban saber cómo les iría en su próxima travesía.

Gerardillo, impresionado por la belleza de la recién llegada, no había dudado en acercarse a ella para comprobar si en realidad era tan hermosa de cerca como le había parecido de lejos.

   Sin duda era extranjera o se había mantenido apartada del mundo durante algún tiempo, pues la túnica con la que iba ataviada hacía varias temporadas que estaba pasada de moda y ni las más humildes damas las vestían ya. Pero a aquella hermosa desconocida le sentaban como anillo al dedo.

   A Gerardillo se le secó la boca y la lengua se le pegó al paladar cuando los ojos de la desconocida atravesaron los suyos como si se trataran de dos puñales. El corazón se le aceleró de golpe, el estómago se le puso del revés y un leve temblor le recorrió entero. Era hermosa como un ángel, pero también le pareció peligrosa como un demonio y se asombró al descubrir que la fascinación que en un principio sentía por su belleza, se había convertido en un terror tan profundo que lo había dejado clavado en el suelo.

   Ella se había acercado a él y lo había cogido de la mano como si lo hubiera estado buscando desde que llegó. Su sonrisa consiguió que Gerardillo olvidara su terror.

   La desconocida lo condujo a través del gentío hasta donde las doncellas bailaban alrededor del pirulí y, asiendo una de las cintas que quedaban, bailó ante él, incitándolo.

   Antes de que pudiera darse cuenta, la extraña mujer lo había alejado del barullo, de las calles iluminadas por las antorchas y lo había llevado cerca del río, sin decir una sola palabra, tan sólo riendo ante las insistentes preguntas de él sobre su identidad.

   -Por favor, decidme quién sois-insistió una vez más Gerardillo.- Necesito saberlo. ¿Sois de aquí o sois extranjera? ¿Sois noble y por eso queréis mantener el anonimato? ¿O es que sois casada?

   A esta pregunta, la risa de la hermosa se cortó como hendida por un cuchillo y la mirada luminosa se heló de odio. sus dientes rechinaron y soltó un leve gruñido que hizo que al joven se le helara la sangre.

   -Hermosa dama, no quiero ser el causante de vuestro enfado. No os lo toméis a mal. Me importa bien poco lo que seáis, extranjera o del país, soltera, prometida o casada. Ni siquiera si sois ángel o demonio, que bienvenido sea lo que seáis. Sólo quiero una prueba para encontraros donde vayáis, aunque sólo sea para serviros como esclavo.

   La risa volvió a salir de la garganta de la mujer.

   Empujó a Gerardillo sobre la hierba mojada. Mantuvo el pie sobre el pecho del muchacho y luego lo subió hasta su boca.

Gerardillo lamió aquellas palomas blancas y pequeñas, sorbiendo y metiendo su lengua entre aquellos dedos largos y elegantes, mientras la risa de la dama lo excitaba cada vez más.

   La mujer se levantó su túnica blanca hasta la cintura, sonriendo maliciosamente ante la cara de bobo de Gerardillo. Con el mojado pie levantó la túnica del joven hasta la cintura, dejando al descubierto un miembro enorme y endurecido.

   La dama se agachó y lo montó; cabalgó sobre él enloquecida como si lo estuviera haciendo sobre un caballo desbocado.

Ella llegó al clímax mucho antes que él, corriéndose sobre su pubis y caderas.

   Gerardillo sintió su humedad chorreándole sobre su piel, notó sus convulsiones últimas de placer y cuando ella, medio lánguida, quedó quieta sobre él, el muchacho, no queriendo renunciar a su placer y sin salir de ella, la tumbó sobre la hierba y empujó fuerte. Sintió cómo los dientes de la mujer se clavaban en su brazo y el dolor terminó por hacer que se derramara sobre sus piernas, retirándose justo a tiempo para no hacerlo en su interior.

   Quedó tendido sobre los pechos de alabastro, abrazado a aquel cuerpo duro y firme, blanco como la leche, que casi parecía refulgir en la oscuridad.

   Ella acarició la señal que su mordedura había dejado en el antebrazo de Gerardillo.

   -Por piedad, dejadme saber vuestro nombre.

   Y, por primera vez, escuchó Gerardillo la voz de la dama: una voz firme, segura, algo ronca.

   -Llámame como quieras.

   -¿Volveré a veros?

   La mujer rió de nuevo:

   -Si quiero volver a verte, ya sabré encontrarte, mi joven panadero.

   -¿Como sabéis...?

   -Por tu olor a harina y a masa recién cocida. Y porque te he visto muchas veces llevar el pan a mi casa. Hace tiempo que cuando como tu pan, imagino que te como a ti todo entero.

   Y, acto seguido, la boca de la dama recorrió a Gerardillo desde la barbilla hasta sus ingles, donde se entretuvo hasta que la boca se le llenó de la esencia de su amante.

   Y siguieron amándose durante toda la larga noche.

   Los golpes en los cristales lo despertaban cada noche y, con el paso de las semanas, los esperaba ansioso.

   Se amaban como fieras, con tal frenesí que se lastimaban, llegando a disfrutar de los mordiscos, arañazos, magulladuras, cortes y torceduras.

   Gerardillo volvía con el alba, con el tiempo justo para vestirse y salir a trabajar. En todo aquel tiempo no pudo averiguar su nombre, ni en la casa en que vivía y el sonido de su risa lo seguía durante todo el día, fuera donde fuese, como si de un fantasma se tratase. Ella jamás le dirigió una palabra, a no ser que fuese imprescindible y Gerardillo, lo único que recibió de aquella voz, fueron las risas y los jadeos.

   Aquella noche la luna brillaba grande y redonda en el cielo, los árboles levantaban sus desnudas ramas hacia ella, como largos dedos escuálidos que quisieran atraparla, y del río se elevaba una niebla fantasmagórica que se extendía, como una plaga, sobre la hierba y se enroscaba alrededor de los troncos de los árboles, como si deseara ahogarlos. El agua brillaba como si fuera plata y un olor penetrante a humedad agobiaba los pulmones de Gerardillo.

   La blanca túnica de la dama parecía salir de aquella misma neblina, confundiéndose con ella.

   Aquella noche era diferente. Todo era extraño. El muchacho captaba cosas con sus cinco sentidos que nunca antes había notado. Sus ojos lo veían todo de color blancuzco, como nebuloso, captaba el ojo amarillo del búho en aquella rama, el agua hecha ondas por el salto de una rana que no había llegado a ver, aquella niebla que se había enroscado alrededor del cuello y las muñecas de su amante, como queriendo paliar la ausencia de pulseras y collares.

   Su oído cogía al vuelo palabras sin sentido que él atribuía al sonido del viento entre la hierba o el agua del río. Oía la risa inconfundible de su amante que, en aquellos momentos, lo dejaron aterrado.

   Había veces que adoraba esa risa, había otras que la aborrecía y lo hastiaba, y había otras, como aquella noche, que lo aterraban por creer oír las carcajadas de los infiernos.

   Sentía bajo sus pies el contacto viscoso de las tripas de algún gusano o caracol que hubiera pisado sin verlo.

   La piel del rostro estaba tirante y entumecida por el frío y el deseo comenzaba a despertar en él como una enfermedad mortal, asombrosamente despertada no por la joven, sino por aquella neblina mística, por el entorno...

   La boca se le llenó de bilis amarga y la respiración casi se le quedó cortada al captar un leve aroma a putrefacción de la que no comentó nada por creerla un engaño de su mente, como todas las demás cosas.

   Sin embargo, algo le decía que aquella noche era peligrosa.

   -Espera...-la voz no le salió del cuerpo-. Quizás sea mejor que esta noche no hagamos nada. Siento algo extraño.

   La mujer se paró en seco y Gerardillo creyó oír el rechinar de dientes que ya había oído una vez y que le había aterrado más que su risa.

   Pero cuando la dama se volvió, él no pudo vislumbrar más que una mirada triste y seria.

   Gerardillo entornó las cejas: ¿eran lágrimas lo que estaba viendo brillar en los ojos de su amante? Y sin embargo... esa sonrisa tan extraña en sus labios... ¿tristeza, crueldad?...

   -¿Qué os pasa, señora? No he querido dañaros. No penséis que ya no me interesáis. Sois por lo que vivo y respiro. Mis días son sueños y mis noches la vida real. Me habéis hecho vuestro esclavo y nunca imaginé que la esclavitud fuera tan dulcemente morbosa. Mis patronos han insistido en que vaya al médico, que parezco un fantasma desde hace unos meses, y yo sé que he adelgazado y que mi palidez y ojeras son excesivas, pero confome mis días pasan y más demacrado estoy, más disfruto de los servicios y placeres con que me otorgáis y eso es lo único que me importa. Esta languidez hace que os deseé más a cada segundo. El doctor ha dicho que moriré si continuo así, ha intentado descubrir mi mal sin resultado. ¡Mi mal! Llama mal a esta dulce dejadez en que se encuentra mi alma, llama mal a este placer que, desde hace varias semanas, no se concentra sólo en mis ingles y en mis riñones, sino que se extiende por todo mi cuerpo como si se tratara de las olas del mar. Os cuento todo esto para que no penséis que ya no me interesáis. Es sólo que esta noche... esta noche, señora, hay algo raro en el ambiente-. Gerardillo se arrodilló y extendió sus manos con frenesí hacia la dama, su cuerpo totalmente convulsionado y las lágrimas rodándole por las mejillas-. Os lo ruego, no me abandonéis por esta nadería.- Luego, callando de pronto y con la mirada extraviada de loco, se arrastró hacia los pies de la mujer-. Pero si vos me decís que no pasa nada, entonces me entregaré a vos aquí mismo. Ahora.

   La mujer se arrodilló ante él:

   -Tu muerte por la mía, Gerardillo.

   Y desnudándose, se echó sobre la hierba y permitió, por primera vez, que él llevara las riendas, que le hiciera lo que quisiera, sin tener siquiera voluntad, lánguida, como agotada, como si fuera ella la que padeciera la enfermedad que sufría Gerardillo, su languidez. Y él, cada vez más loco, más salvaje por el cambio producido en sus juegos sexuales, por ser el dominante, trató aquel cuerpo como ella lo había tratado a él tantas veces antes. Al irse en su interior, pues ya no quería más marcha atrás, quería hacerla suya de todas, todas, no pudo por menos que quedarse quieto y mudo, permitiendo que aquel orgasmo, que se alargó por espacio de diez segundos, lo recorriera entero. La mujer sollozó como una poseída y dijo con voz entrecortada:

   -Ya llegaron.

   Y antes de que estas palabras lo desconcertaran, cuatro manos lo agarraron y lo sostuvieron de pie.

   -¿Qué pasa?-preguntó el desgraciado, casi sin darse cuenta.

   -Gerardillo Ruiz, quedas detenido por prácticas sexuales ilícitas con una monja. Serás conducido a las mazmorras, juzgado por la Santa Inquisición y ajusticiado y quemado en la hoguera.

   El infeliz ni siquiera protestó, no podía asimilar toda aquella avalancha de noticias: el descubrimiento de que su amada era una monja, que iba a ser encarcelado, torturado y quemado. Quemado. Una muerte horrible e ignominiosa.

   Mientras lo alejaban del escenario de su espantoso aunque inocente crimen, casi creyó escuchar la risa ahogada y sólo perceptible para él de su amante, que quedaba con la priora de su orden.

   No osó mirar hacia atrás por miedo a que aquella risa no fuera una ilusión de sus oídos.

   -Hermana Prisca, quedarás recluida en tu celda hasta que el pequeño nazca. Cuando suceda, lo daremos en adopción y tú, en castigo a tu falta, quedarás eternamente confinada entre estos muros, sin derecho a que te de jamás la luz del sol ni a respirar aire puro. Las puertas de la calle y las que dan al patio te están vedadas a partir de ahora y tu nueva celda carecerá de ventanas y tragaluz. Permanecerás encerrada bajo llave durante nueve meses, se te servirán las comidas a través del ventanuco de la puerta de tu celda y no se te dirigirá la palabra durante todo este tiempo.

   Prisca rechinó los dientes de forma horrible, los ojos le echaron fuego y dos de las hermanas hubieron de sujetarla para que no se lanzara sobre la abadesa:

   -¡Puta puerca, que me recluyes aquí en contra de mi voluntad! ¡Malditas seáis todas y ardáis en las llamas del infierno! ¡Que Satán se lleve vuestras negras almas!

   La abadesa la calló de un golpe seco que le cruzó la cara.

   -¡Cállate! ¡Agradecida deberías estarnos! Te sacamos de aquel antro en el que tu madre, una pecadora como tú, te abandonó. Si no hubiera sido por nosotras, te habrías entregado a todos los hombres por un puñado de monedas desde los diez años, si no hubiera sido por nosotras ahora estarías siendo quemada en una pira por bruja, si no hubiera sido por nosotras estarías muriéndote de hambre en cualquier esquina, vendiéndote por una miseria. Así que calla y arrepiéntete por todo el mal que has hecho, porque ese pobre muchacho, inocente de toda culpa, puesto que no sabía tu condición, va a ser ajusticiado. Prisca, en su lugar debieras estar tú.

   -¿Y por qué no lo salvas, vieja bruja? ¿Por qué no dices la verdad?

   La abadesa la miró:

   -¿Yo? No. Hazlo tú. Tú eres la que debes confesar y salvarlo. Ponte en su lugar, sacrifícate, hermana Prisca-. La cogió del brazo-. Vamos, yo te acompañaré hasta el juez.

   Prisca se vio por un momento atada a la pira, las llamas lamiendo sus pies y un aullido horrible escapó de sus labios.

   Retrocedió hasta la pared.

   -Llevadla a su celda

   La puerta se cerró tras ella y no volvió a abrirse por completo hasta una semana después.

   Dos gruesas monjas entraron y, asiéndola cada una por un brazo, sin decir palabra, la llevaron ante la abadesa.

   -Ahora, Prisca, arrepiéntete de tu cobardía.

   Fueron las últimas palabras que escuchó hasta que nació su hijo.

   La llevaron frente a un ventanuco y la obligaron a asomarse.

   Justo enfrente se levantaba una enorme estaca a la que habían amarrado a un irreconocible Gerardillo, destrozado por las torturas y las vejaciones, con un montón de leña a sus pies.

   Prisca comprendió que la abadesa había debido hablar con el juez para pedir que la quema se realizara frente al convento en lugar de a las afueras de la ciudad como era costumbre, para hacerle ver su obra. Pero con lo que la priora no había contado es que, lejos de sentirse mal, Prisca estaba deseando que comenzara el calvario de Gerardillo para verlo con sus propios ojos.

   Al estar asomada al ventanuco sobre un taburete y dando la espalda a sus compañeras, ninguna podía ver el fulgor en sus ojos y la sonrisa siniestra.

   Los gritos de Gerardillo no se hicieron esperar cuando las llamas comenzaron a lamer sus desnudos pies.

   Prisca se estremecía a cada alarido con oleadas de un extraño placer que todas tomaron por horror.

   Pronto, un desagradable olor a carne quemada comenzó a inundar toda la plaza.

   Entonces ocurrió: la mirada de Gerardillo fue a parar sobre el rostro que asomaba a la ventana y que él tan bien conocía.

   La vio pegada a los barrotes, sus ojos entornados sin querer perderse ni un pequeño detalle, por nimio que fuera, de su sufrimiento, y con su lengua rosada y húmeda lamiendo sus carnosos labios.

   -¡Maldita seas, bruja! ¡Confesad vuestra falta! ¡Os entregasteis a mí sin decirme quién erais! ¡Confesad, bruja!

   Los asistentes al castigo de Gerardillo y que se congregaban al pie de la pira, comenzaron a murmurar, y los murmullos se convirtieron pronto en gritos de "¡Blasfemia!".

   Todos creían a Gerardillo un violador, un ayudante del mismísimo Satán y aún ni en la hoguera se arrepentía, sino que se afirmaba en su pecado y pretendía culpar a una monja devota y piadosa. Levantaba su dedo contra una esposa del Señor.

   Comenzaron a llover sobre el cuerpo chamuscado de Gerardillo grandes piedras y así murió el infortunado: quemado y lapidado.

   El niño nació con la misma mirada estúpida de su padre una noche a las doce en punto. Nadie se enteró.

   Prisca tuvo a su hijo sin emitir un solo grito.

   Cuando el pequeño nació, Prisca lo ahogó con la almohada para evitar que llorara. No quería a aquel niño, lo odiaba con su alma y ni siquiera quería que viviera aunque fuera lejos de ella.

   Aquella misma noche, tras haber matado a su hijo y echado fuera la placenta, Prisca renegó de Dios y de Sus enseñanzas.

   Y así la encontraron a la mañana siguiente las hermanas, con aquella mirada extraviada de loca y el cuerpecillo del recién nacido contra un rincón, frío.

   Todas dieron por sentado que el bebé había nacido muerto.

   -Ha sido un castigo por tus pecados, hermana. Arrepiéntete.

   Pero Prisca, lejos de obedecer a la abadesa, lo único que hizo fue maldecirla.

   A partir de entonces, la vida de Prisca fue gris y monótona y el odio se fue haciendo cada vez más fuerte hasta el punto de ahogarla en ocasiones.

   Rehuía siempre que podía la vista de los santos de piedra y las cruces, las misas y sermones y fiestas religiosas.

   No volvió a ver el cielo ni a respirar el aire de la calle; incluso la salida a la pequeña huerta le estaba vedada. La única ventaja que este castigo tenía era que, al estarle prohibido recibir aire de la calle, tenía una celda para ella sola.

   Con el paso de los años, Prisca llegó a adquirir tal palidez, que podía confundírsela fácilmente con una de las esculturas de mármol blanco que adornaba las pocas tumbas que existían dentro del convento.

   Una tarde, habiendo conseguido librarse de la misa, donde en aquel momento se encontraban las demás hermanas, Prisca decidió acabar de una vez con aquel suplicio.

   Alcanzó las escaleras que llevaban a la torre para lanzarse desde las alturas.

   Pero al llegar a la mitad de las escaleras, la voz de la priora al principio de las mismas, la hizo detenerse en seco.

   -¡Prisca!

   Prisca echó a correr escaleras arriba, dispuesta a terminar lo que había empezado.

   El susurro de los hábitos de la abadesa la alertó que ésta subía tras ella.

   Apresuró el paso, con la espalda transpirándole, dispuesta a lo que fuera porque no le impidieran lo que había decidido.

   Se dijo que si la abadesa la obligaba, la estrangularía con sus propias manos sin vacilar.

   De pronto, cuando comenzaba a sentirse como una fiera acorralada, una pequeña puerta en la pared de la izquierda apareció bruscamente ante sus ojos.

   Tan sólo faltaba un tramo para llegar a la torre, pero la puerta la atraía irresistiblemente.

   Los pasos de la abadesa se escuchaban cada vez más cerca y Prisca, empujando la puerta, de la que cayó bastante polvo, señal inequívoca de los años que no se había utilizado, la atravesó y cerró tras ella.

   Se encontró en una estancia espaciosa, con un ventanuco en la pared. Sin duda aquello era un trastero ya hacía mucho tiempo olvidado.

   Había allí cachivaches de todas clases, viejos cirios, calaveras que habían servido como pisapapeles, viejos libros tan cubiertos de polvo que ni siquiera se distinguía el canto de las hojas, desgastados hábitos marrones comidos por la polilla, botafumeiros que aún conservaban el olor añejo del incienso y la enorme cama que ocupaba todo el centro de la habitación.

   Oyó pasar a la priora de largo y volver a bajar gritando su nombre.

   Se acercó, como hipnotizada al gigantesco lecho, sin duda alguna perteneciente antaño a algún obispo y que, en estos días, ya nadie se acordaba de su existencia.

   Tenía un enorme cabecero todo tallado con figuras de santos. Se daban cita allí los más importantes. Las cabezas de las figuras aparecían resquebrajadas.

   Toda la cama era de madera de caoba, carcomida por la polilla, caído el barniz.

   Del cabecero y de los pies se levantaban cuatro columnas talladas con cabezas de querubines y angelotes de vacíos ojos sin pupilas, y, al final de estas columnas, se curvaba un techo cóncavo totalmente grabado de arabescos.

   Prisca se dejó caer en aquel lecho, levantando una densa nube de polvo que la cubrió entera, y con los ojos clavados en el artesonado de techo de la bóveda de la cama, que la hacía parecer una cueva, se quedó dormida, invadida de pronto por un horrible sopor.

   Y él se le presentó en sueños, poderoso y terrible como jamás lo había imaginado, erguido sobre sus patas de macho cabrío, su torso de hombre fuerte y musculoso, su rostro de guerrero bárbaro y rubicundo. Una diadema de diamantes coronaba sus rubios cabellos rizados y dos cobras le salían de ambos lados del cuello. Su boca, carnosa y sonrojada, al abrirse, mostraba dientes de cuchillas, todos picudos y afilados, y su lengua era como la de un sapo: gruesa, viscosa, babosa, chasqueante. La nariz bien proporcionada tenía, sin embargo, las aletas abiertas como si estuviera siempre olfateando. Y lo más horrible de todo... sus ojos eran cuencas vacías, sin párpados, supurantes que, junto con aquella sonrisa sardónica, preñada de horror, le daban un aspecto macabro, pavoroso, casi insoportable a la visión de un ser humano.

   Pero Prisca poco o nada tenía en común con los demás seres humanos.

   Dejó que aquel ser de horror se le acercara, que sus manos de mujer acariciaran por encima de su traje sus pechos, recreándose en ellos, endureciendo de forma insoportable sus pezones.

   Permitió que se arrodillara ante ella, que rajara con sus manos su hábito y que hundiera su lengua repugnante en su intimidad, obteniendo tanto placer de ella que creyó morir del mismo.

   Y a través de ese placer, partiendo desde ese sitio tan suyo, siempre ardiendo en llama viva, le subieron hasta el cerebro, las palabras que aquel demonio escribía con su lengua en su sexo:

   "Créame...yo hundiré este templo con todos sus habitantes dentro y tú me crearás, me sacarás de esta dimensión de espíritu para darme un cuerpo. Y yo traeré al señor oscuro desde tu vientre. El Anticristo nacerá de ti. Créame tal y como me ves para que pueda preñarte y tendrás tanta lujuria, tanto morbo como desees. Serás mi esclava y usaré tu cuerpo para mayor gloria de los ángeles caídos y para proporcionarte lo que sientes ahora."

   Prisca abrió los ojos de pronto, totalmente despierta; el corazón latiendo tan deprisa que se le iba a salir por la boca.

   Se pasó la mano por los ojos y se levantó del lecho para encontrar que el hábito, totalmente desgarrado desde la cintura, caía sobre el suelo.

   Miró a su alrededor, nada había cambiado a excepción de que el sol se había oscurecido en un eclipse completo y que las cabezas de los santos de madera de la cama y los angelotes de las columnas aparecían degollados, el suelo cubierto por sus cabezas cercenadas.

Prisca, con un pesado candelabro en la mano y desnuda tal y como estaba bajó las escaleras.

   En el último rellano le salió al paso la priora, que volvía a subir para buscarla.

   Ni tiempo le dio a asombrarse; Prisca alzó el candelabro y lo descargó sobre la cabeza de la abadesa, sintiendo cómo los huesos del cerebro crujían al machacarlos el brutal golpe.

   Y cayendo la priora a los pies de Prisca, completamente embadurnada en sangre, el templo se removió hasta los cimientos.

Sujetándose a la pared para no caer por el temblor, Prisca terminó de bajar los escalones.

   Las hermanas corrían de un lado a otro despavoridas, sin comprender qué sucedía y Prisca, a toda la que se encontraba en su camino, le abría la cabeza sin dudarlo un segundo.

En el altar mayor encontró caída la cruz enorme de mármol, hecha trizas.

   -¡Las puertas están cerradas! ¡No podemos salir!

   Y Prisca, con una sonrisa infernal en su rostro, cruzó el templo de un lado a otro, como si de un ángel vengador se tratara, aplastando cráneos, arrancando a mordiscos las gargantas, como si se hubiera convertido en un animal salvaje.

   En un instante pararon los temblores.

   La única superviviente miró a su alrededor: todo eran ruinas y cadáveres.

   Con la horrible sonrisa manchada de sangre y el corazón palpitándole de contento en el pecho, se dispuso a volver al trastero.

   Llegó a las escaleras y saltó con alegría juvenil por encima del cuerpo de la priora; y ya comenzaba a subir cuando, de pronto, se detuvo y volvió sobre sus pasos.

   Se agachó frente al cadáver y examinó las manos. Eran iguales a las del demonio de sus sueños... Por allí tendría que empezar.

   Corrió de nuevo a las cocinas y con el hacha que encontró cortó las manos de la priora.

   Alcanzó con ellas el cuarto, que había quedado ileso al terremoto, y se tendió en la cama.

   Puso aquellas dos manos sobre sus pechos y con los brazos en cruz, cerró los ojos.

   Él se le volvió a presentar en sueños:

   "Te mantendré joven, te protegeré para que lleves a cabo la misión. Te daré cuanto placer desees en sueños y no será nada comparado con lo que sentirás cuando construyas mi cuerpo y me des vida."

   A partir de ese momento comenzó a forjarse la leyenda de la Dama Encapuchada; una leyenda urbana que nadie tenía por cierta aunque corriera de boca en boca.

   Monjas y hombres religiosos desaparecidos misteriosamente, recién nacidos robados de sus cunas en las madrugadas, mientras dormían: siempre criaturas de corazón inocente o relacionadas con Dios.

   A veces se encontraban sus cuerpos mutilados, otras veces no volvía a saberse nada de ellos, pero lo cierto era que jamás se encontró un culpable y poco a poco las desapariciones se iban olvidando.

   Pasaron las décadas, los siglos... y Prisca siempre igual de joven; su cuerpo fresco y lascivo.

   Su creación sobre el lecho, incorrupta y poco a poco más avanzada.

   La habitación: cubierta de santos descabezados, ennegrecida por el paso de los años, llena de símbolos demoníacos, de conjuros, de olor a velas, oculta ahora sobre un museo de cera dedicado a los instrumentos de tortura de la Santa Inquisición.

   Él se le seguía apareciendo en las noches frías, poseyendo su cuerpo en sueños de trance mientras la luz plateada de la luna entraba por el ventanuco y envolvía todo en una claridad blanco-azulada y fría de muerte, acompañada de un halo de niebla que se deslizaba por el piso y ascendía hasta el lecho donde yacía el cuerpo arqueado de Prisca, tumbado junto a la horrenda abominación. Aquella niebla era como manos heladas que quisieran arrastrarla con ella a algún sitio de penumbras.

   Durante el día, la diabólica mujer cerraba las ventanas y se dedicaba a pasear de arriba abajo de la estancia, acariciando al monstruo que iba componiendo, pasando sus manos por aquel tórax fuerte, pareciéndole la criatura más hermosa jamás vista, sintiendo bajo sus pies el tacto viscoso y pegajoso de la sangre de sus víctimas, deleitándose con el hedor de los despojos corruptos que no le servían.

   De noche se dedicaba a recorrer las calles, encapuchada de negro, como la misma Muerte. De hecho, ésta huía de su presencia, horrorizada por sus crímenes, odiando tener que trabajar mano a mano con alguien que la superaba, con mucho, en dolor y horror.

   Entraba por rendijas imposibles para quien no fuera aire, se desvanecía en las sombras como si fuera una más. El suelo santificado no la detenía y en las horas tardías, cuando ya las misas de madrugadas terminaban, el templo se quedaba desierto y el sacerdote cerraba las puertas, ella salía de las penumbras y se lo llevaba a los infiernos, que en aquel momento tenía lugar en un sitio tan terrenal como una buhardilla sobre un museo de cera.

   Otras veces atravesaba barrotes, entraba, lúdica y lasciva, en los dormitorios de las monjas y la joven novicia, al despertar por la mañana, se sentía sucia por aquel sueño extraño donde una mujer hermosa y voluptuosa como un pecado, había poseído su cuerpo y había seducido su alma.

   Los crímenes cometidos, los horrendos actos de lascivia, los rituales negros en suelo sagrado... todos quedaban sin castigo, y el príncipe de las tinieblas la recompensaba cada noche haciéndola suya con actos sangrientos, brutales, masoquistas, morbosos y oscuros.

   -Ahora, ya está todo, mi amo. Sólo tenemos que esperar a la noche de luna nueva.

   Él sonrió de forma horrible, complacido. Pronto tomaría forma terrenal, nacería el mal de su simiente y de aquel vientre maldito y homicida. Después de tantos años...

   La risa de él resonó, pavorosa, en cada rincón de la noche oscura.

   Y llegó el momento.

   La camarilla se hallaba cubierta por completo de coronas de flores muertas, robadas del cementerio pero que aún conservaban un aroma dulzón de podredumbre que agobiaba la estancia.

   Las velas encendidas de llamas vacilantes despedían un fuerte olor a cera, y hasta el techo se elevaban columnas de humo negras que tiznaban las paredes.

   Y, como siempre, la densa niebla de dedos helados que se arrastraba por el suelo y se enroscaba en el sublime cuerpo de Prisca.

Luna nueva, sí, pero cuando la bruja comenzó a bailar lascivamente sobre el cuerpo del engendro, apareció en todo su esplendor en el cielo, roja de sangre, como un melocotón maduro.

   Cuando, agotada por el frenético baile, se dejó caer sobre su creación, llorando de desesperación por creer que no había resultado, la horrible cabeza se ladeó de forma que ella quedara ante su visión.

   Parpadeó tres veces y sonrió de forma horrible con aquella boca cuajada de dientes afilados que Prisca había arrancado de los niños y había pulido.

   -Vives- rió ella, toda desencajada- ¡Vives!

   -Vivo.- Y la voz de ultratumba despidió un olor a podrido que se sobrepuso al perfume de rosas marchitas y cera caliente.

   Ambos se miraron a los ojos durante segundos interminables.

   -Prisca...-Y había ternura en aquella voz y pena y congoja y, al mismo tiempo, algo duro y cruel.

   -Sí, mi amo y señor, sí...- Y en un arrebato se despojó de sus prendas, esperando ser poseída.

   Las manos de la criatura subieron por su pecho, le acariciaron el rostro, la asieron por el cuello y la atrajeron hacia sí:

   -Mírame.

   Prisca obedeció, sonriendo:

   -No puedes- dijo despacio la criatura- ¡¡¡NO PUEDES HACER ALGO DEMONÍACO DE SUELO SAGRADO E INOCENTE!!!

   Y las cabezas de santos de madera esparcidas por el suelo abrieron sus ojos, mirándola, y Prisca, llena de horror, no vio ante sí a su creación, sino una espada de fuego, reluciente, seguida por doce pares de alas blancas.

   Y sintió la punta de acero y llamas clavarse en su corazón negro y putrefacto.

   Contempló sus manos arrugarse, envejecer, llenarse de gusanos que, con sus cuerpos viscosos, se retorcían y alimentaban de su carne.

   Junto a las alas, una luz potente.

   Y con la desaparición de la luna ensangrentada, el viento nocturno barrió las cenizas que habían quedado sobre el lecho vacío

 

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