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DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE

CAPÍTULO V

{ 16:34, 6/04/2007 } { 0 comentarios } { Link }

 

CAPÍTULO V

"¿No crees que llegas un poco tarde?"

Clara, aún con el enfado,

a punto de estallar, miró a su padre:

 

"He estado en casa de Marcos"

 

"¿Y quién es ese Marcos?"

 

"Un compañero de clase

al que se dan muy bien

los cálculos al cuadrado"

 

José esbozó una sonrisa de satisfacción y agrado:

"¿Así que has estado estudiando?"

 

"Sí."

 

"Muy bien, muy bien. Así me gusta.

Que el día de mañana

no tengas que ir a limpiar portales.

Que te vengan a limpiarlos."

 

Con una bocanada de bilis en la boca,

soltó Clara los zapatos y bolsa

y fue a su habitación

a encerrarse en su mundo de mariposas rotas.

 

Vio la luz del cuarto de su tío encendida,

la puerta abierta y sonidos de pasos

que, sin parecerse a los de él, iban y venían.

 

Y al asomarse a la puerta

para ver qué era lo que hacía,

encontró que era su madre

que la vieja maleta, con la ropa de Carmelo,

a llenarla volvía.

 

"¿Qué haces?

¿Por qué vuelves a guardar su ropa?"

"El tito se marcha de viaje,

ya en esta casa no quiere quedarse"

 

"Pero si ha llegado hoy,

no le ha dado tiempo ni a sentarse.

¿Qué le habéis dicho

para que se molestase?"

 

"¿Estás tonta?

¿Qué vamos a decirle?"

 

"Lo que vosotros llamáis cuatro verdades."

Y lo dijo con un tono tal,

de odio e indignación tanto tiempo guardados,

que al volverse para irse

el bofetón de su padre le dejó los dedos marcados.

 

"Aquí no grita nadie más que yo,

¿te queda eso claro?

Cuando vivas en tu casa

gritas lo que te dé la gana.

Pero ahora vives bajo mi tejado.

Y en mi casa se hace lo que yo mando."

 

Clara bajó la cabeza,

una mano en la mejilla herida

y preguntó en voz baja,

sin osar alzar la vista:

"¿Y dónde va a dormir?

La noche está muy fría."

 

Irónicamente, contestó José:

"Que eche mano de la visa."

 

La cena transcurrió negra y callada:

serrín por comida,

por música las noticias

en las que siempre pasaba algo

y en las que nunca pasaba nada.

 

Y mientras, el pensamiento de Clara,

volaba a las calles frías

donde la luz de las farolas, mortecina,

rodeada de salamandras y polillas,

alumbrabas aceras con olor a vómitos y orina.

 

Y a las doce de la noche,

cuando ya la casa dormía,

proveyéndose de una manta, salió;

bajo el brazo una fiambrera con comida.

 

En la primera cabina que encontró,

decidió llamar a los dos hoteles

que en el pueblo había,

pero en ninguno supieron darle razón de Carmelo.

 

Un grupo de motos

con jóvenes pasados de alcohol,

atronaron la negra noche

queriendo aprovechar la ausencia del sol.

 

Y en un cubo de basura

bufó y maulló un gato,

y en la esquina de la calle,

doblado sobre sí, vomitó un borracho.

 

¿Qué otra cosa podía hacerse

en aquel pueblo solitario,

más que ir de barra en barra

y tratar de olvidar el yo acabado?

 

Olvidar los sueños

que una vez fueron dorados,

olvidar las camas

que se había vuelto frías de empalago.

 

Ver pasar a las tres familias con dinero

conduciendo sus coches caros,

a sus hijas ricas casarse con hijos ricos

sin conformarse con trabajadores de banco,

e ir a pedirles cada día trabajo

cabeza gacha y sombrero en mano.

 

Porque así era la aldea de Clara:

aldea de trabajadores del campo,

y su familia una de las que tuvieron suerte

de estar entre los privilegiados.

 

Familia anclada a la aldea,

sabiendo que en la ciudad

serían aún más catetos

de lo que ya ellos

consideraban a los aldeanos.

 

Y aquella vida asfixiaba a Clara:

sus leyes, su hipocresía, su moral tan falsa;

donde se iba a misa cada día

y se escupía al mendigo que se acercaba.

 

Por eso en las letras de Carmelo

había encontrado las alas de las que se le privaba.

Por eso se dejaba arrullar cada noche

por su voz y su guitarra.

 

Por eso le había dolido

que como a una niña la tratara,

porque en su chupa de cuero

había olido la libertad tan deseada,

 

el romper con las normas

con las leyes absurdas que la ataban.

Escuchar de su voz cascada

consejos que a escapar la ayudaran.

 

Y se le rompía el corazón

al pensarlo bebiendo solo en la barra,

pero por más que lo buscó

no lo halló donde pensaba.

 

Y ya volvía, perdida la esperanza,

cuando desde un punto alejado,

un silbido cantaba "Noche de Brujas"

de forma un tanto desafinada.

 

Y siguiendo aquel silbido

lo encontró tendido en un banco,

con las estrellas por manta

y entre los dedos un cigarro.

 

Se dejó caer Clara

sobre el verde y duro respaldo

y sonrió a la sonrisa

que esbozó Carmelo cuando sus ojos se encontraron.

 

"¿Qué haces aquí?"

Dijo dejándole un lado.

 

"Te traigo una manta,

croquetas y un caldo"

 

"Y supongo que tus padres

de nada se han enterado."

 

"Durmiendo los he dejado."

 

Le quitó el cigarro de la boca

y le dio una calada larga.

"Creía que no fumabas."

 

"Yo también lo pensaba."

 

Mientras Carmelo comía croquetas,

Clara atenta lo miraba:

"¿Por qué no has ido a un hotel?"

 

"No me gustan las camas.

Estoy acostumbrado a dormir en bancos."

 

"Estás sin blanca."

 

Carmelo la miró,

entre los dientes medio bocado:

"A ver, listilla,

¿en qué te basas para afirmarlo?"

 

"En que sigues comiendo con ansia

a pesar de estar medio ahogado."

 

Clara sacó el termo

y le tendió el caldo:

"Anda, bebe,

que vas a terminar engollipado."

 

Dejaron pasar los minutos,

los dos en silencio;

la una mirando,

el otro comiendo.

 

"Eres un ángel. No sé cómo agradecértelo."

 

"Agradécemelo contando

por qué mis padres te odian tanto."

 

Y Carmelo se le quedó mirando,

sin saber qué responder a aquello.

Y en vista que no pensaba soltar prenda,

Clara miró hacia otro lado:

 

"No hace falta que intentes

engañarme en lo que ha pasado.

Sé que mis padres no son santos."

 

"¿Y acaso de mí no dudas?

¿Piensas que yo no tengo pecados?"

 

"Ya sé que no eres un ángel,

más bien, demonio desterrado;

pero al menos tú no lo ocultas,

no te molestas en negarlo."

 

Carmelo asintió,

en sus gestos un desgano:

"Me siento demasiado viejo

y sólo tengo cuarenta años."

 

"¿Has discutido con mis padres

por aquello de lo que te acusaron?"

 

"Es una historia larga,

te la contaré en otro rato."

 

Vio el entrecejo fruncido de Clara

y su gesto de enfado:

"No te molestes, chiquita,

éste no es el momento ni el lugar apropiado."

 

"Pues vuelve entonces a casa,

y me lo cuentas mañana o pasado.

No puedes dejarme sola

ahora que me has encontrado."

 

"¿Pero qué esperas que haga,

que esperas de mí,

si sólo soy un viejo recuerdo acabado?"

 

Y al mirarla a los ojos comprendió

que jamás podría olvidar aquellos luceros

que brillaban enormes como las estrellas del cielo:

 

"Quiero que no me sueltes,

que no te vayas y me dejes

en medio de este infierno.

Aunque sólo puedas cantarme

bajito mientras me duermo.

No me dejes sola

ahora que estás a mi lado, Carmelo."

 

Y aquellas palabras

etéreas como el viento,

le removieron en el alma

antiguos y nuevos recuerdos.

 

Le quitó de entre los dedos

la colilla apagada,

la tiró lejos y sonrió:

"Al final va a ser verdad

que soy una influencia mala."

 

"¿Eso significa que vuelves?"

 

Carmelo la envolvió en la manta:

"Aunque sólo sea

para echar a perder el honor de una dama."

 

Y caminando el uno junto al otro,

en las aceras y paredes rebotando las pisadas,

que rompían la noche con sus suelas descaradas,

tío y sobrina regresaron a la casa.

 

Issis-Gabriel 18 Marzo 2007 (17:05)

Copyright © 2007 [Issis-Gabriel]. Reservados todos los derechos.
Revisado el: 15 de marzo de 2007 07:04:56 -0600.

 


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