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DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE

CAPÍTULO VIII

{ 21:39, 7/04/2007 } { 0 comentarios } { Link }

  CAPÍTULO VIII

Clara corrió hacia él

y al arrodillarse

y ayudarlo a incorporarse,

de la frente le brotó

un reguero rojo de sangre.

 

Al sacar un pañuelo

para la herida limpiarle,

él le retiró la mano

de forma brusca y tajante:

 

"¿Eres feliz

bajando la cabeza como una oveja,

acatando sin protestar siquiera

las órdenes y dictaduras de tu padre?"

 

"¿Y qué otro cosa podía hacer?

¿Acaso hubiera sido mejor que escapase?"

Acercó su mano a su cara

para, llena de ternura, acariciarle.

 

Pero Carmelo volvió a pararla

y acercó su rostro al de ella,

para mirarla bien con ojos graves.

 

El aliento agrio de alcohol

le abofeteó el rostro:

"Me estás asustando, Carmelo.

Por favor, trata de tranquilizarte."

 

"¿Ahora vas a llorar?

¿Siempre lo haces así?

¿Lloras por lo que no supiste luchar?"

 

"No me hables de esa forma..."

 

"¡¿Ves esta mano

que prometiste no soltarla?!

¡¿Ves este pulso nervioso

al que siempre has rogado que te ayudara?!

¡Hoy por ti dejó de temblar,

se volvió firme e inamovible

y tú lo apartaste de ti,

huiste de su salvaguardia!

Dime niña, ¿por qué merece la pena

seguir en esta vida de miserias?"

Y aquel tono de voz bajo y calmado

la asustó más que las anteriores neuras.

 

La risa nerviosa le salió del alma,

sin alegría, sin rabia,

una risa tan impersonal

que ponía los vellos como escarpias.

 

"¿Por qué no morir

en esta noche desolada,

tan irreal como el más irreal

de todos los irreales cuentos de hadas?

¿Por qué no morir, Clara,

ahora que abandonaste el refugio de mis alas?"

 

Y tal como lo decía,

se alzó con ayuda de manos y rodillas

y se abalanzó contra el muro de la tapia,

y golpeó su cabeza contra las piedras blanqueadas."

 

Y Clara corrió hacia él,

se abrazó a su espalda y lo hizo caer,

y ambos quedaron tendidos en el suelo,

fláccidos como viejos muñecos de lana.

 

Aún luchó débilmente Carmelo

por incorporarse y volver a las andadas,

pero su mente estaba nublada por el alcohol

y las fuerzas eran demasiado escasas.

 

Clara quedó sobre él,

llorando sobre su rostro de barba mal afeitada:

"Nunca te abandoné, amor mío.

Siempre estuve contigo, incluso en la distancia."

 

Y besó aquella herida abierta

sin asco ni repugnancia,

pintando de rojo sus labios

y llenando su boca de la sustancia agria.

 

"¿Qué haces, loca?"

Y antes de sentir el beso,

sus labios paladearon

el sabor de una lágrima.

 

Se miraron durante segundos,

los hilo del tiempo fueron cortados por las Parcas:

sólo existían en su rostro barbudo

las blancas y frías manos de Clara.

 

"Vas a perderme"

"Perdámonos juntos"

"Ya quisieron prenderme

por semejante bulo"

 

Se le nubló la visión,

las estrellas se le movieron

y dieron mil y una vueltas

las antenas de televisión.

 

"Necesito mis pastillas"

"¿Qué pastillas son?"

"Antidepresión"

"¿Dónde las tienes?"

"Arriba, en la habitación"

 

Lo ayudó a levantarse

y en medio de la incorporación,

una amarga arcada

consiguió doblarlo en dos.

 

No supo como lo subió,

sólo se recuperó cuando

se encontró tendido

sobre el duro colchón.

 

"¿Cómo...?"

"No eres más que un saco de huesos,

podría contigo hasta un gorrión".

Lo miró con ternura y le acarició el cabello.

 

"Ve a tu habitación".

"¿Acaso no sientes lo mismo que yo?"

"Sabes que no puede ser:

tú tienes diecisiete y yo soy cincuentón"

 

"¿Y qué importa la edad

si lo que late es el corazón?"

La miró entonces Carmelo

con cierto aire socarrón:

 

"¿Tú sabes por qué estoy aquí?

¿Sabes por qué tus padres

no pueden ni verme

o por qué huí de Madrid?"

 

Ella negó:

"¿Vas a contármelo por fin?"

La sonrisa de él parecía la de un loco:

"Siéntate aquí."

 

Clara obedeció y Carmelo

la obligó a acercar su cara a su rostro:

"Estoy casado con una mujer

a la que unas veces amo

y otras veces odio.

 

Tengo una casa fija

y un estudio alquilado,

éste siempre es el cielo.

El hogar... el hogar a veces

la prisión de mi libertad y de mis sueños.

 

A veces mi mujer no es más

que mi amante de turno,

y mis amantes de turno a veces son,

las compañeras que quiero por siempre jamás.

 

Y en estas escapadas

en las que el estudio es mi lar,

conocí a Nicolasa

y a su hija María del Mar,

 

y antes de que me diera cuenta

habían acabado las dos con mi soledad.

Que Nicolasa tuviera más amantes,

a mí eso me daba igual.

 

Tengo más cuernos ya puestos

que los toros de lidiar...

aunque cuando se enteró de los suyos,

lo llevó bastante mal.

 

Quiso que me divorciara,

que pusiera a su nombre

el estudio y la casa,

y como me negué a esa locura,

 

al día siguiente me vi abandonado,

el estudio desvalijado

y una orden judicial

por acoso a una menor entre las manos.

 

Y dios o el demonio

bendiga a María del Mar,

que a pesar de las amenazas y los llantos

decidió decir la verdad.

 

Tu abuelo era militar,

su hijo le salió rojo republicano

y por no callarme lo que pensaba

me vi en la calle desheredado.

 

Cuando hizo falta el dinero,

con mis canciones bien lo estaba ganando

y nada más mandarlo a casa

a vuelta de correo me fue reenviado.

 

Cuando tu abuela enfermó,

yo estaba en los juzgados.

Nicolasa era de Granada

y allí me había demandado.

 

No pude llegar a tiempo

y mi carrera se había frustrado,

no encontré a nadie que quisiera

volver a darme trabajo.

 

Y tocando de nuevo en las calles

conocí a la Candela:

gitana morena de ojos negros,

rojos labios y suaves manos.

 

Y lo que no me dijo era

que hacía poco se había casado,

aunque de haberlo sabido

tampoco me hubiera importado.

 

Y fuimos amantes cerca de un año,

hasta que una noche con su marido

lo llamó Carmelo

en lugar de llamarlo Carlos.

 

Y allá que se me vino el hombre

enardecido como un toro bravo,

cosa más que lógica

en este tipo de astados.

 

Si algo admiro en los nobles gitanos

es esa fidelidad, esa lealtad

que se profesan unos a otros

como si realmente fueran hermanos.

 

Te quiero decir que cuando me di cuenta

la Candela me manda un encargo:

que salga de Madrid y que no vuelva

hasta que las aguas se hayan calmado.

 

La llamo cinco veces al día

y no hay forma que me coja los recados.

No estaba enamorado

pero no me perdonaría que le hicieran daño.

 

Ahora sé que está bien

y yo me quedé calmado

hasta que me llegó ayer

un breve comunicado:

 

´Sus letras no son aptas,

el contenido flojo e inadecuado,

la música: barata,

lo sentimos, pero no hay mercado´

 

Y luego vino tu padre

tocándome mis cojones santos

con su despotismo

y sus discursos baratos.

 

Y tú que bajas la cabeza

ante el pequeño y absurdo Franco.

Dime ahora, Clarita,

¿Vas a olvidar a tu príncipe azul

y vas a huir proscrita

a lomos del impúdico sátiro?"

 

"Antes que un camino de rosas

al lado de un príncipe encantado,

prefiero un camino de espinas

para andarlo a tu lado"

 

"No puede ser, chiquilla"

"Dime que no sientes lo mismo

que yo te he declarado"

 

"Anda, ya has hecho bastante.

Vuelve ahora a tu cuarto."

"Carmelo, no me apartes así,

no me alejes de tu lado"

 

"¡Te digo que no puede ser!

¿Quieres verme entre rejas

esta vez con razón acusado?"

 

Clara quiso protestar,

pero Carmelo le cerró los labios:

 

"Que no puede ser, amor mío.

Que yo no voy a dejar a mi mujer.

Que serías una amante

a la que no podría serle fiel."

 

"Pero yo estaría a tu lado,

no te quitaría tu libertad

y te acogería cuando quisieras volver

a sentir mi cuerpo bajo tu cuerpo

y mi pecho entre tus labios."

  

Dijo estas palabras sin mirarlo

y cuando alzó lo ojos

para reflejarse en los de él,

lo encontró dormido, casi roncando.

 

Acercó su boca a la suya

y lo besó con avidez

y apoyó su rostro en su mandíbula

para sentir la aspereza de su piel.

 

"Te amo con mi vida"

Volvió a besarlo y lo tapó bien.

Apagó la luz y salió.

Y en la oscuridad, Carmelo susurró:

"Y yo a ti también”

Issis-Gabriel 29 Marzo 2007 (13:15)

Copyright © 2007 [Issis-Gabriel]. Reservados todos los derechos.
Revisado el: 15 de marzo de 2007 07:04:56 -0600.

 


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