DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
CAPÍTULO IX
{ 21:54, 7/04/2007 }
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CAPÍTULO IX Dos días se mantuvo en la cama sin poder alzarse por culpa de los mareos y las náuseas. Los dos golpes en la cabeza habían sido más fuertes de lo que ambos pensaran. La tensión entre ellos era intensa, dolorosa como hojas de navajas, lacerantes como alfileres y pequeñas agujas de plata. Las bocas estaban mudas, los ojos eran los que hablaban y al más leve roce de sus manos toda la piel se les erizaba. Sentir el roce cálido de sus pequeñas manos blancas, era un deleite para Carmelo, que sus pasiones despertaba. Y sentir su mano oscura de vieja piel áspera, le ponían a Clara del revés el estómago con mil mariposas que batías sus alas. Se llevaban treinta y tres años, eran tío y sobrina: lo tenían todo en contra y la pasión les abrasaba. Carmelo volvía a sentir las llamadas de las musas. Y aunque la sensatez le obligaba, se sentía arder en las noches y su corazón montaba en montañas rusas. "Me iré mañana", anunció el primer día que a desayunar se sentaba. A Clara se le volvió serrín en la boca la tostada. El mundo giró ante ella y bajo los pies se le abrió la tierra. Tuvo la sensación que el tiempo pasaba deprisa; pero cuando marcó el reloj, sólo dieron nueve campanadas precisas. Carmelo la miró. Le pareció una flor marchita: la piel blanca de muerte y bajo los ojos, sombras oscurecidas. Dos lágrimas cayeron en la leche, resbalando por sus mejillas, mientras sus padres, José y Teresa, trataban de ocultar su alegría. Carmelo no la vio en todo el día y se alegró por ello. No podía soportar su mirada triste y vacía. Aquella noche ella se negó a cenar en su compañía y alegó que no se encontraba bien: que le dolían la cabeza y la tripa. La luna no la vio aquella noche: se metió a las ocho en la cama. No quería despedirse de Carmelo. Lo odiaba tanto como lo amaba. No quería despedidas que le destrozaran más el alma, sólo quería dormir y dormir y que nadie nunca la despertara. El sueño no llegó a sus ojos, las lágrimas saladas la ahogaban, el corazón no hallaba reposo: quería correr a él y que la abrazara. Y pasó la noche en vela retorciéndose entre las sábanas, muriendo de pena sin morir y ahogando los sollozos en la almohada. Y cuando ya enfebrecida quedó, boca abajo, rendida, sintió pasos ahogados que el silencio interrumpían. Una sombra tapó la claridad que anunciaba ya un nuevo día. Y por la ventana vio cómo Carmelo, bajo una maceta, una nota le escondía. Se hizo la dormida con el corazón batiendo deprisa, y oyó abrirse la puerta y a su tío que salía. Cogió la carta enseguida y la leyó con respiración contenida: "Sabes que no puede ser, pero te amo con mi vida." Y cuando se asomó a la ventana, con una nota de alegría vibrándole con fuerza en las entrañas, vio un taxi que partía. La lluvia comenzó a caer, ocultando el coche en la lejanía, y la esperanza pareció renacer con aquellas palabras y su melancolía. Copyright © 2007 [Issis-Gabriel]. Reservados todos los derechos.
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