DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Luz del Norte (Extracto)
{ 18:03, 22/11/2008 }
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PRIMERA VISITA No recuerdo muy bien cuándo fue la primera vez que mi tío me llevó a ver a Úrsula. No puedo decir si era verano o invierno. Lo que sí recuerdo es el primer impacto. Cuando la puerta de la casa se abrió, tuve la sensación de estar ante la bruja de Blancanieves recién salida del cuento. No es que Úrsula fuera vieja o fea, pero sin duda había algo en ella que recordaba a un personaje de cuento. El cabello, aún moreno, lo tenía inusualmente largo y la falda y blusa gris que vestía, así como el chal plateado, le daban un aire de otro mundo; casi de otra época. Creo recordar que apreté fuerte la mano de Manuel, más pequeño que yo, y que él también estrujó con fuerza la mía. Úrsula sonrió a mi tío y le dio dos besos mientras le sujetaba con ternura el rostro entre sus dos manos enfundadas en mitones blancos. Parecían estar vendadas. -Estos son Pedro y Manuel- dijo mi tío haciendo un gesto hacia nosotros. No sé por qué, pero no me gustó la sonrisa de la mujer. Se inclinó sobre nosotros y nos dios otros dos besos. Manuel quiso retroceder, pero fue demasiado tarde y dos segundos después, se restregaba contra mi manga para limpiarse las mejillas. Mi tío nos instó a pasar y Úrsula se echó a un lado para facilitarnos la entrada. Aquello me pareció una emboscada, como la de la bruja de la Casita de Caramelo. Cuando aquella mañana mi tío había dicho que hoy era el momento de conocer a Úrsula, me había sentido excitado. Germán llevaba mucho tiempo hablándonos de Úrsula. Decía que sabía más cuentos que nadie que conociera. Que sabía por lo menos dos millones; y Manuel ya no había podido dormir más, obsesionado con la idea de que alguien pudiera conocer tantas historias. Preguntándose cómo era posible. Así que aquella tarde, los dos le habíamos dicho a Dominique que íbamos a pescar. -¿Por qué tenemos que mentirle a la tía?- Porque Úrsula es sólo nuestro secreto-. Contestó nuestro tío. -¿Por qué?- Pregunté de nuevo. -Pues porque Úrsula es especial. No le gustan las visitas y tu tía querría venir y eso sería demasiado para la pobre Úrsula. Miré pensativo la barbilla llena de cicatrices de mi tío y sus orejas perforadas. Finalmente asentí. Y, de pronto, la fascinación que durante tanto tiempo había sentido por Úrsula se desvanecía para dar paso a la timidez y la desconfianza. Mientras traspasaba la puerta de la casa, miré por encima de mi hombro para ver si Germán nos seguía y suspiré aliviado cuando lo vi entrar tras nosotros. La casa de Úrsula nada tenía que ver con mi casa o con cualquier otra que yo hubiera conocido. Las paredes estaban cubiertas de libros del techo al suelo: Los pasillos, el salón, las habitaciones. Creo que me asombró no encontrar libros en el baño. La primera impresión podía ser un poco caótica -¿No hay televisión?- Preguntó Manuel. -La televisión pudre el cerebro- fue la seca contestación de Úrsula mientras se arropaba aún más en el chal y pasaba por nuestro lado con paso rápido y ligero. Capté el olor de su cabello. Olía como la casa; a algo antigüo que no pude definir hasta que no vi humear sobre una mesa un incienso. Germán a veces lo ponía, aunque creo que no le gustaba demasiado. Aquel olor flotaba en el aire algunas horas hasta desaparecer. Pero allí, en aquella inmensa biblioteca privada, el aroma era distinto, añejo. Todo olía a incienso: Úrsula, los libros, la ropa, los sillones, la mesa… incluso nosotros acabamos liendo a incienso. No era desagradable. De hecho uno terminaba por comprender que era necesario, pues, de otra forma, ni Úrsula hubiera sido Úrsula, ni su maravilloso mundo tan maravilloso. El salón era otra biblioteca con una mesa camilla redonda en medio, no muy grande. Me recordó a las adivinas de feria. Sólo le faltaba la bola de cristal en el medio. Los sillones eran orejeros y cómodos, aunque Me pregunté si el hecho de que los abuelos le hubieran retirado la palabra se debía a sus pintas, pero como siempre me mordí la lengua. Úrsula apareció al poco rato con una caja de galletas y varias tazas en una bandeja. Puso todo sobre la mesa y volví a recordar a Hansel y Grettel. El chocolate de nuestras tazas humeaba acogedor y el azúcar de las galletas relucía bajo la luz de la lámpara del techo. Manuel y yo sólo necesitamos una palabra de nuestro tío para abalanzarnos sobre aquellas delicias como si hiciera meses que no probábamos bocado. -Te dije que eran unos zampabollos maleducados- dijo riendo Germán, sorbiendo su taza de café, que olía inusualmente raro. Traté de advertirle con una mirada, pero no la captó. Manuel me miraba. -Me alegra ver que las nuevas generaciones tienen tan buen apetito.- Y la mirada de Úrsula Las galletas se me atragantaron. -Tenía muchísimas ganas de conoceros.- Su voz era suave, con cierta simpatía que me pareció falsa. -Ellos también lo estaban deseando- respondió Germán, quizás un poco impresionado por la repentina timidez de mi hermano, que generalmente siempre sufría algún accidente. -Ya veo.- Úrsula abrió mucho sus ojos color avellana, incrédula. Dientes blancos, inmaculados me atrevería a decir, con los caninos ligeramente más afilados que los demás. Era varios años más joven que Germán. -Les dije que sabías más cuentos que nadie y estaban deseando venir. Úrsula se echó hacia atrás en su asiento, con su taza de café, también extrañamente olorosa, entre sus manos enguantadas. -Muy propio de los niños. -¿Qué es propio de los niños?¨Preguntó Manuel, tímido. Úrsula clavó en él su mirada penetrante. Creo que a veces podía leer los pensamientos, pero de -El egoísmo, por supuesto. -Úrsula…- ése era mi tío, aunque la sonrisa no desaparecía de su rostro. -¿Qué?- dijo ella, enarcando las cejas-. Es la verdad, ¿no? Están aquí por los cuentos, no porque quisieran conocerme. -Germán nos dijo que los cuentos forman parte de ti, así que de alguna forma sí que veníamos a verte a ti-. Sentía mi boca seca como un estropajo. El calor del chocolate pareció subir a mis mejillas. Úrsula se volvió hacia mí y sonrió: -Un sabihondillo, ¿eh? No supe si sentirme ofendido o halagado. Nunca sabías a qué atenerte con Úrsula. -Muy bien-, suspiró-. Vamos a darle a estos niños lo que vienen buscando. -Te advierto que va a ser difícil complacerlos-. Mi tío se hallaba retrepado cómodamente en el sillón. En raras ocasiones se le podía ver tan relajado. Mi tía Dominique decía que era un culo inquieto. -¿Tú crees?- preguntó Úrsula, volviéndose -Es un ratón de biblioteca- dijo mi tío haciendo un gesto hacia mí con la cabeza y dando otro sorbo a su taza. -¡No lo soy!- respondí. Odiaba que me llamara ratón de biblioteca. Y lo odié aún más en aquel momento. Si Úrsula resultaba ser una bruja realmente y terminaba hincándonos el diente, al menos que lo hiciera con un mínimo de respeto. Úrsula se volvió hacia mí: -Con que un ratón de biblioteca-.Suspiré. Se acabó la dignidad-. Veamos hasta qué punto. Se levantó de su sillón, se dirigió a la puerta, dejando tras de sí el típico olor a incienso, y apagó las luces mientras salía de la estancia. El tío Germán se inclinó sobre la mesa para dejar su taza de café y nos susurró a Manuel y a mí: -A veces necesita un empujoncito. Un reto-. Añadió ante la mirada inquisitiva de Manuel. Volvió a retreparse en el sillón y a relajarse con una sonrisa. Las cortinas obscurecían por completo el saloncito, dejando penetrar en él tan sólo una En aquel silencio podía oir la respiración tranquila y algo ruidosa de Germán y mis sentidos comenzaron a captar detalles insignificantes: el olor a tinta y a páginas mezclado con el aroma dulzón y pesado del incienso y los restos de cacao y café de nuestras tazas, el tacto aterciopelado de los brazos del sillón contra las palmas de mis manos, el calor que producía en mis piernas el mantel de tela roja y gruesa, el olor a piel de mi tío y el mío. Podía captar cada mínimo detalle. Por eso me sobresalté cuando, de pronto, surgido de la nada, un pesado volumen desgastado por el tiempo y el uso cayó a mi lado. No había percibido la vuelta de Úrsula. En el centro de la mesa colocó un enorme candelabro de seis brazos con todos los velones Los rostros de mi tío y de mi hermano volvieron a hacerse visibles. La luz de las llamas lanzaban sombras danzarinas sobre todos nosotros y la estancia tomó una apariencia aún más lóbrega que en la oscuridad. Se me erizaron los vellos del cogote; pero si en algún momento a lo largo de aquella tarde pensé que no podía sentir más aprensión en toda mi vida, era porque aún no conocía a Úrsula y su maravilloso y terrible mundo particular. Úrsula cruzó los brazos sobre el pecho para cerrar aún más la estola y con su pálida mano enguantada, donde destacaban unas uñas oscuras, abrió el libro polvoriento. El olor húmedo y apolillado de las páginas se alzó sobre nuestras cabezas y miré a mi tío en busca de seguridad. Sonreía levemente y sus ojos tenían un brillo soñoliento. Tragué y me dije que aquello sólo podía deberse a su estado relajado. ¿O acaso tenía algo que ver con el extraño olor que aún desprendía su taza vacía? La vocecita retumbaba en mi cabeza aunque trataba de acallarla. Me resultaba -Bien, veamos qué podemos sacar de aquí-. De pronto la voz de Úrsula me pareció muy anciana, muy antigüa, aunque no podía llegar ni a los treinta y cinco años. Aquella voz no podía pertenecer a Úrsula. ¿Qué estaba pasando? El corazón me latía a mil por hora. ¿Serían sólo aprensiones mías? Miré a Manuel. Él también estaba tenso. -¿De dónde has sacado eso?- Preguntó mi tío con la sien apoyada en sus dedos índice, corazón y pulgar y con una sonrisa indulgente en los labios-. ¿Otra ganga llena de polillas? Úrsula le lanzó una mirada altiva, aunque cariñosa, de alguna forma. -Vas a terminar de arruinar los otros libros y hasta los muebles si sigues yendo a esos mercados a comprar. -Tú nunca entenderías- se limitó a responder ella. -Si tú lo dices… -¿Qué sabrás tú?- Tuve la sensación de que Úrsula estaba acostumbrada a tener siempre la Con un ademán afectado, comenzó a pasar páginas hasta que dio con lo que andaba buscando. -Ah, aquí lo tenemos… La Extraña Historia de la Señora Ensangrentada. Vi cómo Manuel se aplastaba contra el respaldo del sillón. Úrsula también se había percatado, porque sonrió de una forma extraña. Cuando me miró a mí, le sostuve la mirada, aunque mis manos temblaban como hojas a punto de caer de su rama. Su rostro, bajo el resplandor quebradizo de las velas, parecía el de un cadáver. Con voz lenta y algo ronca, comenzó la lectura. Conforme avanzaba en la narración, mi cuerpo se fue relajando. Las palabras sonaban extrañamente fuertes en el silencio de la casa y debo reconocer que nunca había experimentado tantos sentimientos encontrados como aquella tarde, cuando la voz de Úrsula se tensaba en los momentos de angustia del relato, o callaba en las partes de suspense. Nunca vi tan claros los personajes, el entorno. ¿Cómo era posible que una sola persona tuviera una voz tan rica en Germán seguía en la misma posición, con los ojos ya totalmente cerrados, aunque creo con casi total seguridad, que no dormía. Sólo Manuel seguía encogido y clavando las uñas en los brazos del sillón. Supe que aquella noche tendría pesadillas. Quise ir y abrazarlo, pero algo me mantenía pegado al asiento y pendiente de todas y cada una de las palabras de Úrsula. Cuando por fin el cuento llegó a su fin y Germán abrió los ojos, la luz de la calle hacía algún tiempo que había desaparecido. Al levantarse del sillón, Manuel y yo pegamos un brinco y nos arrimamos a sus costados. Bueno, yo no mucho. No quería que luego hubiera broma a mi costa. -Creo que será mejor que nos marchemos. Ya es tarde. Úrsula sopló sobre las velas, dejándonos a oscuras durante unos segundos. La luz eléctrica nos deslumbró durante algunos instantes. -Gracias por todo. -Gracias a ti- contestó Úrsula. Espero que os haya gustado,- nos dijo a Manuel y a mí ya en la puerta. La miré a los ojos. -Podía haber estado mejor. Ella enarcó las cejas. -Eso no es un cuento. Es un extracto del Drácula de Bram Stocker. Lo leí este verano y no da tanto miedo. No sé por qué contesté así. No suelo ser impertinente, pero veía a Manuel tan asustado y yo en ciertos momentos lo había pasado tan mal, llegando incluso a temer por Germán, que aquello fue como un desquite. -Te dije que era difícil complacerlos- dijo mi tío con la sonrisa temblándole en los labios. Úrsula me clavó pensativa su mirada, como si quisiera leer mi mente. -Ya veo- dijo, seca. Y nos cerró la puerta sin más en las narices.
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