A pedales

China es un país que todavía anda sobre dos ruedas, tres en el caso de las bicicletas con carrito adosado. Están deseando, y se nota en la congestión del tráfico, pasarse a los cuatro neumáticos del sueño americano. Pero todavía son muchísimas las bicicletas que cada día transportan en una urbe de veinte millones de almas a los cuerpos que éstas ocupan. Las estadísticas muestran una clara imagen, los usuarios de transporte público y de automóviles privados suman un 66,5% de los desplazamientos. Esta es ciudad es demasiado grande como para que el resto se muevan a pie. Pocos son los afortunados que tienen su vivienda a una distancia mensurable en zancadas del trabajo.
Los pedales, además, sirven para todo, para ir al trabajo y para trabajar. Los vendedores ambulantes de batatas asadas (ay, cuanta nostalgia cabe en un aroma) transportan pedaleando sus barriles oxidados donde el carbón logra el milagro de convertir en un dulce pastel las duras raíces de la tierra. La fruta al alcance de todo viandante en cualquier esquina crece en los remolques de latón de los triciclos. Lo que en otros lugares son camionetas de distribución, aquí son bicicletas.

Qué modernos los chinos. Nosotros intentando agarrarnos al carro de la modernidad ecológica y ellos, que, paradójicamente, son considerados la mayor amenaza (China es un país con pocos automóviles en términos relativos, hay 50 vehículos por cada mil habitantes, frente a los 550 de la UE y los 700 de Estados Unidos), deseando desterrar el subdesarrollo y abrazar el todopoderoso futuro de los motores de explosión. Y tienen razón en querer abandonar la prehistoria. La bicicleta es en China un medio de transporte, no una forma de reducir la celulitis ligada al excesivo consumo de carnes rojas, ni, por supuesto, una muestra de respeto por el entorno.

Sin embargo, el mundo tiembla, porque los chinos parecen querer consumir lo que es nuestro y llevarnos a la destrucción del planeta, con lo digna que es la pobreza bien llevada. Los ciclistas de hoy han decidido que ya está bien de combustibles limpios (sudor en este caso) y nos va a costar una buena guerra (con armas o económica) hacerles cambiar de opinión. Sobre todo, si seguimos pretendiendo predicar con nuestro bienintencionado pero cínico ejemplo.
Y cuando se acaben las bicicletas yo seguiré soñando con ir a la guardería dormido sobre la espalda de máma, al colegio agarrado a papá y al instituto con esa chica que se sube sobre la rueda trasera de lado, como al caballo, con las piernas colgando y asiendo mi cintura mientras ríe con el pelo enmarañado por la velocidad.
