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Arruillo

Ambrosio

Publicado el 25/06/2007 a las 13:44 en Relatos

Avatares en Yahoo! España                                   AMBROSIO

Su camisa era lisa de manga corta. Había estado en los grandes almacenes en la sección de fotografía, y allí le dijeron que su cámara enfocaba perfectamente, y que lo único que necesitaba era disparar más a menudo, para adquirir la precisión necesaria. Dentro se estaba a gusto, el aire acondicionado rebajaba a 18ºC la temperatura exterior; por eso Ambrosio se entretuvo curioseando por entre las bien nutridas vitrinas de toda la planta, luego consultó su reloj de pulsera y salió a la calle...
Apenas caminó cincuenta metros, cuando sintió que unos gruesos dedos presionaban en su brazo; giro la cabeza y antes que pudiese fijarse en la cara que se había colocado junto a él, otros dedos presionaban el miembro opuesto. Se estremeció. De súbito, se encontró que le faltaba el suelo, mientras una fugaz placa – para él desconocida – cruzó por sus ojos. Alguien preguntó:
- ¿Qué llevas ahí?.
Reaccionó con furia, y trató de zafarse de la sujeción lateral.
- ¡Policía!.
Por la espalda sintió dos terribles golpes a la altura de la cintura, que le impidieron abrir la boca para defenderse con palabras. Tan sólo un quejido pudo emitir, y al instante se encontró en la parte trasera de un vehículo al que no conocía de nada. Con la bolsa de la compra aún en sus manos, se reclinó sobre el asiento, fuertemente custiodados los hombros por agentes de paisano. Procuraba coger aire. Se respiraba, por el contrario, una mezcla asfixiante, mezcla de tabaco y ambientador de pino añejo;l a emisora de radio emitía sonidos ininteligibles. Ambrosio fue calmándose. Tardaron apenas cinco minutos en llegar a la comisaría, donde un guardia uniformado tenía la barrera levantada y el subfusil en banderola- El auto se detuvo bruscamente en el aparcamiento subterráneo y como una exhalación se abrieron sus puertas. A empujones, el fornido joven abandonó el asiento, mientras protestaba:
- Pero bueno...¿qué pasa aquí?.
La fría presencia del cañón de una pistola, contactó con su nariz.
-¡Que te calles!

                      http://joroin.jubiiblog.com.es/upload/Cerezas.jpg

El miedo corrió por sus venas desgarrador, y en ese instante se le cayo la bolsa al suelo. Uno de los agentes la tomó en sus manos, subieron los escalones a toda velocidad para pasar a un lóbrego pasillo y terminar en una pequeña habitación con un par de sillas y una mesa ridícula de madera carcomida. Una barra de neon iluminaba la estancia cuya única ventana de sólidos barrotes daban a un patio interior. Se oía no muy lejos el teclear de máquinas de escribir y la música perdida de una aparato de radio colocado sobre cualquier fichero. Con las manos en la cabeza, Ambrosio trataba de poner un poco de orden en tan disparatada historia, sin ser capaz de colocar ni una sola pieza en el enmarañado puzle. Nervioso, miraba una y otra vez su reloj de pulsera y los minutos parecían no decidirse a dar el relevo; se levantó, caminó de un lado a otro, observó que le faltaban dos botones en la camisa y al palpar el bolsillo trasero de su pantalón pudo darse cuenta que no tenía la cartera. ¿Se la habría dejado en casa?.¿La habría perdido?. ¿Qué podría hacer sin documento alguno en una situación semejante?. La mente no cesaba de imaginar estampas dantescas, contradictorias y hasta cómicas. Los dígitos iban demasiado lentos, ¿se habría quedado sin pilas?. No era posible; la lucecita roja de reserva se hubiese encendido. Tenía que calmarse y mantenerse sereno hasta que todo quedase aclarado. Se trataba de una confusión y él era una víctima inocente, ¡seguro!. Pero, ¿porqué no venían ya a darle explicaciones? ¿A qué esperaban?. En unos segundos pudo oír el tintineo de llaves que sonaban a resolución inmediata de una situación absurda. Aparecieron sus dos acompañantes –agrios, con la piel sudorosa y en mangas de camisa -, el entregaron un folio a máquina y esperaron una respuesta...
- ¡Que yo!.

Los dos hombres se cuadraron y antes de que Ambrosio volviese a emitir sonido alguno, dejaron su huella brutal de netos golpeadores. El joven trató de defenderse, consiguiendo encrespar a los policías, que con saña le dejaron en el suelo, retorciéndose febrilmente. La máquina de escribir volvió a funcionar estrepitosa, mientras el cuerpo dolorido recobraba el aliento. Otra vez se oyeron las llaves y de nuevo se abrió la puerta:
- ¡Toma cabrón!.

Ambrosio, sentado en el suelo, leyó despacio el contenido del arrugado folio y casi sin mirar a las dos moles que aguardaban, les alargó el papel, negando con la cabeza. Le cogieron por los hombros, le golpearon sin más y adornaron el trabajo con una guarnición de insultos, capaz de rebajar el apetito del más glotón de los idealistas...pasaron dos horas...
La máquina de escribir cesó en su cometido, y le tocó el turno al milagroso teléfono. Los dos golpeadores desaparecieron y otro rostro se encargó de cruzarse ante los ojos del joven. Fue invitado a pasar a otra dependencia, donde pudo asearse y contemplar el estado lamentable de su cara. Sereno, trató de recopilar datos, pero le costaba dolor reconstruir la película. ¿Soñaba?. A veces solía ocurrirle que confundía – de tanto como volaba- la ficción con la realidad. No le dio tiempo a ponerse de acuerdo consigo mismo. Del lavabo le llevaron a una especie de botiquín para que fuese examinado por una sanitario. Le aplicaron – desnudo -, masajes y pomadas refrescantes allí donde más necesitado estaba, para terminar en otra habitación, donde le indicaron que se pusiese cómodo. Se trataba de un despacho pulcro y con detalles de buen gusto. Un retrato del rey y una bandera nacional prestaban oficialidad y respeto a la estancia. Estuvo sólo un instante hasta que casi sin darse cuenta llegó junto a él una risueña dama que le ofreció algo de beber. Como le hacía falta y continuaba sin entender nada de lo que le estaba pasando, aceptó de buen grado la oferta y recuperó parte de las energías perdidas. Un policía uniformado, de aspecto bonachón, le pidió por favor que le acompañase. Llegó a un mostrador donde le entregaron la bolsa de los grandes almacenes perdida y su cartera de bolsillo.
Pasadas unas horas, Ambrosio se encontró en el seno de la unidad familiar, donde a pesar de la amistad con las autoridades policiales, resultó vano todo intento de esclarecer los hechos: jamás estuvo en los calabozos, ni fue golpeado, ni existía ningún agente que respondiese a las características que decía el muchacho, ni se había llevado a cabo ninguna operación especial para detener a nadie en grandes almacenes, ni posiblemente hubiese cruzado nunca por sus puertas...

JOSÉ RODRÍGUEZ INFANTE


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