E internado (Tercera parte)
20:16, 27/11/2008. Por Sherezade
Esperé durante minutos (que parecieron horas) a que el sacerdote, terminase su afeitado y abriese la llave del agua para salir de debajo de la cama, estaba helada y temí que mis temblores hicieran constancia de mi presencia. Respirando muy despacito y con tiendo, comencé a resbalar mi diminuto cuerpo hacia un lado de la cama, saqué en primer lugar las piernas, luego el tronco y por último la cabeza, el sonido del agua al caer disimularía el mío, que era mínimo…
La puerta de la ducha estaba entornada, por ella salía gran cantidad de vapor y a su vez, los cánticos del padre Ángel. Me acerqué a la puerta y miré con mucho cuidado, volví a verle de espaldas a mí, con el pelo alborotado y húmedo. Las gotitas de agua resbalaban por su espalda e iban a parar a sus nalgas firmes, desapareciendo en la oscuridad del vello y volviendo a aparecer deslizándose por sus perfectos muslos, una vez allí, descendían hacia el mar del suelo…
Contemplé al hombre por primera vez ante mí, despojado de todo cuanto lo unía a su fe. Dios me ofrecía la más hermosa imagen que podría volver a ver en muchos años y permanecí allí, quieta, ruborizada hasta la médula, nerviosa y serena a la vez, hipnotizada en cualquier caso….
El sonido inoportuno de las campanas que advertían que la cena estaba cerca me sacó de mi aturdimiento infantil, despacito y con mucho cuidado deslicé la llave sobre la cerradura de la puerta, una vez abierta asomé la cabeza para asegurarme que nadie deambulaba por aquel pasillo y salí como una exhalación volviendo a cerrar la puerta tras de mí, sin llave.
Corrí todo lo que pude por aquel pasillo interminable, crucé la secretaría la iglesia y el comedor de las mayores, bajé a toda prisa las escaleras como si el demonio me persiguiese enfurecido y alcancé el patio jadeante, sudorosa, agotada…
Madre Pilar había hecho el recuento, todas las chicas estaban sentadas en el comedor, cuando llegué, entré con cuidado para pasar desapercibida a ojos de Madre Pilar, pero era imposible…
-¿A estas horas llega, señorita?-
-Sí, hermana…
-¿Cómo llega tan tarde?
-Me entretuve, hermana…
-¿En?
Recordé entonces el día que Magdalena llegó tarde, se quedó leyendo un tebeo y madre Pilar dijo que la cena tenía un horario y la lectura otro. Madre Pilar la invitó a abandonar el comedor y seguir leyendo el tebeo porque según ella, la cena era más importante y como no había respetado el horario, no cenaría…
-Estaba leyendo la Biblia madre, se me pasó el tiempo volando, cuando me quise dar cuenta ya había hecho usted el recuento-
Había dicho las dos palabras mágicas a oídos de madre Pilar; “Biblia y usted”
-Bien, lávese las manos y siéntese, la esperaremos para dar gracias antes de cenar-
No pude dormir en toda la noche recordando al padre Ángel, la ventaja que me separaba de las demás satisfacía parte de mí, me hacía sentir diferente, eran sentimientos encontrados que, de ser conocidos por madre Pilar, sentenciarían mi condena a ser exorcizada públicamente.
De momento, sólo yo conocía mi secreto, por mi bien, tendría que seguir siendo así, por lo menos, hasta llegar a conseguir el tercer grado…
La sacristía a las ocho de la mañana estaba helada, pensé que sería inútil encender la estufa con los techos tan altos, la arrimé un poquito más a mí para sentir el calor.
Los pañitos de encaje del altar mayor habían llegado de la lavandería, comencé a plancharlos tal y como madre Pilar me había enseñado, con mucho cuidado para no quemar el encaje. Se planchan, doblan y acumulan sobre las bandejas, si alguno tiene un hilo suelto, se pasa a un cestillo especial para la costura.
Sonaron las campanadas que lo indicaban todo allí, esta vez indicando que en breve, las hermanas de más edad, comenzarían a llegar para la misa de ocho y media. Yo tenía todavía que ojear la ropa del padre; sotana de misa, capa y accesorios, dejé la plancha e intenté escrutarlo todo en el mínimo tiempo posible y volví a oír el cántico, era el padre que llegaba a la sacristía para comenzar el ritual diario, alegre, como cada mañana.
La voz que le acompañaba me pareció familiar, sin dudarlo, era madre Isabel, la directora del colegio, ambos entraron en la sacristía y dieron los buenos días correspondientes, madre Isabel comenzó casi de inmediato a colocar sobre los cajones los paños que yo había planchado, el padre Ángel se dispuso a coger su ropa para vestirse cuando la hermana, formuló la inoportuna pregunta que desencadenaría el holocausto:
-¿Qué le parece Fátima como ayudante, padre?-
Todo mi cuerpo comenzó a temblar sin conocer aún la contestación del cura…
-Me parece una señorita muy afable hermana, aunque creo, que nos ha salido demasiado curiosa-
………….
Continuará

















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