1/12/2008 - El cuento del psicópata espongiforme
Publicado por el deshollinador

(Basado en hechos reales)
Había una vez, en una ciudad llamada Barcelona, cuatro jóvenes estudiantes que compartían piso. En el mismo rellano, justo en la puerta de enfrente, vivía un cuarentón casado y con una hija. Éste, supuestamente, padecía la clásica y conocida "crisis de los 40”. Digo supuestamente, queridos amigos, porque la causa de su entrecejo permanentemente fruncido y su mala leche agria bien podía ser, asimismo, fruto de una falta de sexo continua y prolongada, bien por un estreñimiento agudo, trauma preadolescente o parálisis facial que le impedía sonreír.
Puesto que la alegría y el buen humor supuraba por todos los poros de la piel del vecino, éste, con el fin de no despegar los labios más de lo estrictamente necesario (no fuera que subiera el pan), había ideado un ingenioso sistema para advertir a los aventureros que se atrevieran a visitar su morada de ciertas reglas que se debían cumplir sine qua non. El sistema consistía en un Post-it, escrito a lápiz, con la siguiente leyenda: “Espacio libre de humo”. Fácil, barato y simple.
Cierta mañana de otoño, una de nuestras dicharacheras estudiantes tuvo que acudir a cierta conferencia relacionada con su carrera académica. Al regresar a casa, el resto de los habitantes percibieron cierto estado de desesperación en la muchacha. Le preguntaron la causa, a lo que ella replicó que la conferencia no había resultado todo lo académica y fructífera que esperaba. Y aclaró que no había sido causa del tema de la conferencia, sino del pésimo conferenciante escogido para la misma. Concretamente, los adjetivos empleados para describirlo fueron: prepotente, pedante, borde... y continuó por el espacio de unos cinco minutos más lanzando florecillas al susodicho. Éste hecho hubiese pasado casi desapercibido por nuestros angelicales jovenzuelos a no ser que aquella misma tarde nuestra aplicada estudiante se topó en el ascensor... ¿adivináis con quien? ¡Exacto! Con nuestro caluroso y amable vecino de enfrente, que, casualidades de la vida, coincidía exactamente en cuerpo y presencia con el alabado conferenciante. Y por arte de birlibirloque, lo que hasta entonces no había sido más que un rostro agriado y barbilampiño con el que coincidían en el ascensor, se convirtió en el vecino de enfrente. Y este hecho desencadenó el futuro inmediato de nuestros protagonistas.
El hecho de haber localizado al causante del enojo de la compañera tan cerca de casa causó un sentimiento de solidaridad inusitado en el seno del grupo. Casi inmediatamente la imaginación desplegó sus alas y echó a volar, hasta que un día regresó con una maravillosa, divertida e inocente venganza: decidieron arrancar aquel Post-it feo, sucio, cutre y maloliente de la puerta del vecino. Lo que no calcularon nuestros ingenuos chiquilluelos fue con la perseverancia y paciencia de aquel oscuro habitante lindante con su piso.
Así fue cómo tras arrancar por primera vez la sentenciosa advertencia, surgió la sorpresa en sus virginales rostros al comprobar la aparición de una nueva nota, exactamente igual que la primera, colocada justo en el mismo lugar. Evidentemente, ésta fue arrancada casi de inmediato. Una, dos, tres veces y las que fueran necesarias harían desaparecer el ambarino papel, decidieron. Pero en cada ocasión ésta era recolocada. ¿Acaso creéis que nuestros amigos cejaron en su empeño? No, mis adorados lectores. Al contrario. La causa se convirtió en un hábito, un juego divertido y cómplice. Pero un día Darth Vader decidió variar el rumbo de su estrategia.
Intentando demostrar que los traviesos, y aún desconocidos, ladronzuelos habían consumido su paciencia pero no su ingenio, elaboró un nuevo plan: el insulto sorpresivo. Éste nuevo ingenio del diablo consistía en la superposición de dos Post-it. En el primero de ellos, que era el que estaba a la vista del publico, escribió la conocida advertencia “Espacio sin humo”. En el segundo, de tamaño más reducido, escribió la palabra “idiota”. De este modo, cuando uno de nuestros vivaces estudiantes arrancara el primero de ellos se encontraría con una nueva sorpresa. Se relamía solo con imaginar el resultado y esperanzaba que este nuevo ardid le reportaría la victoria final. Pero las reacciones humanas son tan variopintas como los seres vivos que habitan nuestro planeta azul, y lejos de hacer desfallecer a nuestros angelicales rateros, les redobló el interés, puesto que supusieron que la victima había entrado en el juego. De este modo continuaron sus fechorías, colmados de impaciencia ante la futura reacción de éste.
Entre tanto, Gargamel sucumbía ante la desesperación. La impertinencia y el descaro del desconocido rufián habían herido su orgullo, y por ende, resolvió zanjar la cuestión de una vez por todas.
Transcurría la madrugada de un sábado. Tras haber visitado durante gran parte de la noche algunos de los más intachables, correctos y abstemios locales de la ciudad, una de nuestras inocentes almas estudiantiles dispuso a recogerse en casa, puesto que ya no eran las horas adecuadas para que una señorita de bien rondara por las calles. Entró en el portal del edificio y enfiló sus pasos hacia el ascensor. Tañeron las campanas de una iglesia cercana, anunciando las cuatro de la madrugada. El elevador llegó a su destino. Ella salió al rellano. Cuando se disponía a introducir la llave en la cerradura de su vivienda, una sensación de sentirse vigilada la obligó a girar la mirada. Allí estaba, sobre el fondo marrón de la puerta, tentándola, como tantas otras veces. Vive Dios que luchó contra aquella fuerza que parecía provenir del mismísimo diablo. Pero esta vez no pudo resistirse ante tal poder de atracción. El Post-it la reclamaba: “Mi tesoro”. Cuatro rápidos y seguros pasos la emplazaron ante aquella fuente inagotable de maldad. Su conciencia se debatía en una lucha sin cuartel, mientras que su mano, dotada de vida propia, se elevaba hacía el anillo de poder. Cuando por fin sus dedos rozaron la presa...
“¡Hijo de puta!, ¡Hijo de puta!, ¡Ya te tengo, hijo de puta!”, resonó repentinamente por todo el rellano.
En este álgido instante de la narración, me veo en la obligación de interrumpir brevemente nuestra historia e informar a mis estimados lectores, que los hechos que a continuación se relatan son el producto de un largo trabajo de investigación e interpretación, puesto que la víctima de los gritos antes descritos, tras el susto, se quedó en profundo estado de shock y fue internada posteriormente en un centro psiquiátrico, en el que aún hoy, un mes después de los hechos, continua ingresada bajo sedación y tratamiento psicológico.
Según hemos podido saber, nuestra estudiante, presa del pánico, se abalanzó hacia la puerta de su piso, la abrió y la cerró de un portazo. A continuación dio dos vueltas a la cerradura y atrancó la entrada con una silla y un par de muebles. Realizó una llamada a una amiga suya desde su habitación, también atrancada por una mesa de escritorio, y esperó la llegada del resto de sus compañeros.
Cuando el resto de los habitantes de la casa llegaron de un inocente paseo nocturno, tras cumplir con el habitual rito (es decir, arrancar el Post-it), estuvieron cerca de veinte minutos para convencer a su compañera de que les abriera, tras lo cual, y viendo el estado catatónico de la susodicha, llamaron a una ambulancia.
En lo referente al psicópata espongiforme del piso de enfrente, hemos podido deducir que, harto de verse humillado, decidió montar un puesto de guardia permanente ante la mirilla de su vivienda. Tras pedir vacaciones a sus superiores y tras treinta y seis horas (una más, una menos) de concienzuda vigilancia, por fin logró identificar al ladrón, tal y cómo hemos descrito anteriormente. Lamentablemente para él, el ratero no pudo ser denunciado, puesto que las fotografías que hubieran servido cómo prueba no pudieron ser reveladas tras el misterioso velado del carrete, contradiciendo gravemente sus intenciones iniciales.
Por supuesto el Post-it ha sido repuesto, pero con una nueva leyenda: “Espacio libre de humo y ruido”.
Actualmente, el resto de los integrantes del piso intentan encontrar una nuevo método de venganza, barajando diversas posibilidades. Nos han anunciado que cualquier sugerencia por parte de nuestros lectores será jugosamente recompensada.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
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