
Estos años pasados muchos nos quedamos perplejos al ver el ascenso del precio de la vivienda, sorprendidos de ver como mucha gente hipotecaba toda su vida por un piso mejor. Al grito de “la vivienda siempre sube” una fiebre consumista incitaba a endeudarse a millones de personas. Los créditos fáciles facilitaban todo, vivienda, vacaciones, coche, etc. “Consuma hoy y ya pagará…” Y parece ser que ha llegado la hora de pagar y el que tanto invitaba ha desaparecido.
Los bancos cada vez daban más y con mayores facilidades para comprar vivienda y miles de personas, en contra del mínimo sentido común, se lanzaban al monstruoso mercado inmobiliario con el convencimiento de que la vivienda siempre subía de valor.
Los bancos aumentaban su cuenta de beneficios mientras la población, inconscientemente, encadenaba su futuro a un puñado de ladrillos.
Hoy el pago de esos ladrillos no permite a muchos cambiar de coche, comprar un libro, ir al teatro o de vacaciones. Muchos ni aún así pueden cumplir con las deudas contraídas y los bancos cada día almacenan más pisos a la vez que bajan de valor.
Todos los analistas vaticinaban esta crisis. Era evidente que no podía mantenerse indefinidamente el crecimiento del valor de la vivienda y por supuesto que tampoco la capacidad de adquirirla de los potenciales compradores. Pero muchos se enriquecían mientras duraba el boom inmobiliario, sin reparar en el futuro más inmediato.
Ahora la crisis nos afecta a todos, al que se dejo arrastrar por el derroche y el endeudamiento fácil y al austero empleado en Martorell que contemplaba preocupado la fiebre consumista. Ahora para todos más paro, menos actividad económica, menos oportunidades, recortes, etc.
Evidentemente, yo, como la inmensa mayoría de la población, deseo que pase esta crisis lo antes posible. Que vuelva haber trabajo y oportunidades para todos, que la gente pueda preocuparse de otras cosas además de pagar su hipoteca. Pero tampoco me parece justo que los responsables de este desaguisado, los que se enriquecían con el sobreendeudamiento de la población, ahora se encojan de hombros y tengamos que ser todos quienes financiemos esta crisis.
Estamos aguantando el temporal, y lo primero es arrimar el hombro e intentar frenar esta crisis lo antes posible, pero después, cuando lo logremos y evaluemos nuestras heridas, es poner las medidas para protegernos de esos grupos de especuladores que nos han empujado a esta situación.