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EL EXTRAÑO --- H. P. LOVECRAFT

Publicado por snake peter punk el miércoles 23 julio 2008 a las 19:28 . 0 comentarios. Permalink.

EL EXTRAÑO --- H. P. LOVECRAFT

 

 

 

TODO OSCURO

 

http://arkaiko.activoforo.com/index.htm

 

ESTA DIRECCION DE ARRIBA, ES UN FORO OSCURO, QUE ESTAMOS INTENTANDO ABRIR, ESTA ABIERTO, LA GENTE ENTRA, PERO... NO DICE NADA, ESTAN CORTAICOS, DIGO YO, O ABRA QUE MOTIVARLOS DE ALGUNA MANERA, ESTAIS TODOS INVITADOS, TODOS TENEMOS UN SITIO EN EL PISITO, Y SI ALGUIEN SUPIERA ALGO DE  CONFIGURACION DE FOROS, BUENO, NO LE DOY UN BESO, PORQUE SOY UN TIO, BUENO, SI FUERA UNA LADY..., QUE ESTAIS INVITADOS, HABER QUE PASA...

ATENTAMENTE                                   SNAKE

 

 

EL EXTRAÑO --- H. P. LOVECRAFT <--------enlace

 

H. P. Lovecraft
El extraño



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Infeliz es aquél a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquél que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro. No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio. Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día. A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba. De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos. Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, extendíase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna. Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas.
Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas. Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados. Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué una fría e inexorable superficie de pulido espejo.

MISS POISSON -- PRINCESA SANGRIENTA .. CENA PARA TRES

Publicado por snake peter punk el martes 22 julio 2008 a las 22:17 . 0 comentarios. Permalink.
CENA PARA TRES
Dejé caer mis bragas al suelo y caminé hacia tí arrastrándolas con el tacón, desgarrando sus encajes con cada paso, desgastando las baldosas con el eco de cada pisada.
 
Llegué hasta tí perturbada y hambrienta y me paré en seco justo en frente, a observar tu cuerpo desnudo, tiritando sobre esa silla minimalista y te dediqué una caída de ojos repasándote lentamente, cada forma de tu cuerpo, cada perfecto pliegue que formaba tu postura.
 
Me arrodillé y coloqué mis manos sobre tus rodillas de nácar y deslizando mi cuerpo sobre ellas, acerqué mi boca a tus labios y te besé obscenamente, apretando tus pechos con mis manos, convirtiendo el temblor en convulsión.
 
Separé mi cara de tu boca y bajé la mirada, abrí tus piernas resbaladizas y me adentré en tu interior con los labios temblorosos, recogiendo tus fluidos afrutados con la lengua y nutriéndome de tu lujuria, con gula, ansiosamente, rozando mis cabellos en tu regazo y erizándote la piel, haciéndote estremecer sabiamente, intuyendo que ningún hombre supo hacértelo mejor que yo, me recoges el pelo y tiras de mí hacia tus pechos, puedo sentir tus latidos alterados y arrítmicos golpeando mis pómulos y aturdiendo mis sentidos.
 
Sentí como hundías tus uñas en mi cintura, arañándome la vida y convirtiéndome en sumisa, arrodillada con mi cuerpo sobre tí, me percaté de otras manos por mi espalda, que me abrazaban robándome de tu atención, otros labios humedeciendo mis nalgas, introduciéndose dentro de mí, hábilmente, con recelo.
 
Otro cuerpo me esclavizaba por detrás, sumergiéndose en mi interior con fuerza. Cerré los ojos fuertemente sobre tí y me dejé llevar por aquel vaivén de placer que arrastraba mis caderas, jadeando sobre tu sexo, estimulando tu demencia con mis dedos, inundando mi locura y alimentando mi boca con tu dulce ambrosía.
 
Deslicé mis dedos entre mis piernas y los humedecí para llevarlos a tu boca y que me los lamieras para que tú también te nutrieras de aquel exquisito fluido blanco que me estaba enloqueciendo.

AVENTURAS DE MAGIA Y ESPADA -- CONAN, EL BARBARO

Publicado por snake peter punk el jueves 17 julio 2008 a las 15:34 . 0 comentarios. Permalink.

AVENTURAS DE MAGIA Y ESPADA -- CONAN, EL BARBARO

AVENTURAS DE MAGIA Y ESPADA
CONAN, EL BARBARO
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EMPIEZO, Y SI PUEDO, CONTINUARE CON LA SAGA DE "CONAN, EL BARBARO"; UNA DE LAS SERIES DE AVENTURAS FANTASIA Y ESPADAS MAS FAMOSAS QUE HA EXISTIDO.
ROBERT, EL ESCRITOR,CONTEMPORANEO Y AMIGO DE LOVECRAFT, Y DE Clark Ashton Smith, LOS TRES ESCRITORES DE LO FANTASTICOS, Y AMIGOS, INTERCAMBIABAN IDEAS, SIENDO EN AQUEL TIEMPO EL MAS FAMOSO ROBERT HOWARD, PERO NO EL MAS ESTABLE, YA QUE SE SUICIDO CON 30 AÑOS, AL SABER DE LA ENFERMEDAD DE SU MADRE; PERO LA HISTORIA QUE NOS INTERESA, ES LA DE UN REY QUE FUE PIRATA, UN LUCHADOR LADRON, UN AMANTE ASESINO, Y UNA PERSONA, QUE LA MAYOR PARTE DE NOSOTROS, LO HEMOS VISTO LUCHAR CONTRA MEDIO MUNDO HABITABLE EN SU EPOCA; " LA EPOCA DE CONAN, EL CIMERIANO"
ESPERO QUE DISFRUTEIS CON SUS AVENTURAS COMO YO LO HAGO; ADEMAS,HAY TRES ESTRAÑOS "DOCUMENTOS", QUE MAS PARECEN UN DIARIO DE UN BLOG, QUE UN LIBRO EN SI, ENCONTRADO ENTRE LBROS DIGITALES PARANORMALES,OTRO DE UFOLOGIA, DEL TRIANGULO DE LAS BERMUDAZ, Y UN PAR DE RELATOS DE SCIFI; Y UN PEQUEÑO RELATO, QUE LA VERDAD, NO DEJA DIFERENTE SI LO COMPRENDES, TANTO SE PUEDE CONTAR EN UNAS LINEAS...; UN CUENTO/RELATO, DE HUGO MUJICA: "UNA PEQUEÑA HISTORIA PIADOSA".

EN TOTAL, TENEIS UNA BUENA LITERATURA OSCURA,DE TERROR,MAGIA Y AVENTURAS, INDIFERENCIA, E INCONFORMISMO, TODO CON UN POCO DE CUENTOS MACABROS Y OCULTISTAS, Y LO QUE ME HABIA CAYADO, LOS TRES DOCUMENTOS, TIENEN UN TONO SATANICO; TOTAL, PARA TODOS LOS GUSTOS.


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Robert E. Howard y Conan -- Biografia e Historia
http://darkbiografhy.blogspot.com/2008/07/robert-e-howard-y-conan-biografia-e.html

CONAN - ROBERT E.HOWARD
La cosa de la cripta
La Torre del Elefante
El Aposento de los Muertos
El dios del cuenco
Villanos en la casa
La Mano de Nergal
La ciudad de las calaveras
http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/2008/07/conan-robert-e-howard.html

EL VALLE DE LAS MUJERES PERDIDAS -- ROBERT E. HOWARD -- (CONAN)
http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/2008/07/el-valle-de-las-mujeres-perdidas-robert.html

EL TEMPLO DE LA ABOMINACION -- ROBERT E. HOWARD -- (CORMAC)
http://desdeelladoobscuro.blogspot.com/2008/07/el-templo-de-la-abominacion-robert-e.html

UNA PEQUEÑA HISTORIA PIADOSA -- Hugo Mujica
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/una-pequea-historia-piadosa-hugo-mujica.html

2ª parte -- Narraciones Ocultistas y Cuentos Macabros -- H. P. BLAVATSKY
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/2-parte-narraciones-ocultistas-y.html

Narraciones Ocultistas y Cuentos Macabros -- H. P. BLAVATSKY
*** *** EN EDICION *** ***


EL LIBRO NEGRO DE BLACKFER I
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/el-libro-negro-de-blackfer-i.html

EL LIBRO NEGRO DE BLACKFER II
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/el-libro-negro-de-blackfer-ii.html

EL LIBRO NEGRO DE BLACKFER III
http://666-dark-666.blogspot.com/2008/07/el-libro-negro-de-blackfer-iii.html

EL CASO DE LOS VIEJITOS VOLADORES -- ADOLFO CASARES
http://busquedaspeticiones.blogspot.com/2008/06/el-caso-de-los-viejitos-voladores.html

EL VAMPIRO DE SUSSEX -- ARTHUR CONAN DOYLE
http://mitosyleyendas-snake.blogspot.com/2008/07/el-vampiro-de-sussex-arthur-conan-doyle.html

EL TRIANGULO DE LAS BERMUDAS -- CHARLES BERLITZ
http://enloslimites.blogspot.com/2008/07/el-triangulo-de-las-bermudas-charles.html

2ªparte -- EL TRIANGULO DE LAS BERMUDAS -- CHARLES BERLITZ
http://enloslimites.blogspot.com/2008/07/2parte-el-triangulo-de-las-bermudas.html

CHICKAMAUGA -- AMBROSE BIERCE

Publicado por snake peter punk el miércoles 16 julio 2008 a las 19:29 . 0 comentarios. Permalink.

CHICKAMAUGA -- AMBROSE BIERCE

 

CHICKAMAUGA
Ambrose Bierce
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En una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica
vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda
vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus
antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas
memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos
críticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en
peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a
través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en
un terreno donde recibió como herencia la guerra y el poder.
Era un niño de seis años, hijo de un pobre plantador. Este, durante su primera
juventud, había sido soldado, había luchado en el extremo sur. Pero en la existencia
apacible del plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida,
nunca se apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las
había comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo,
sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallardía,
como conviene al hijo de una raza heroica, y separaba de tiempo en tiempo en los
claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las actitudes de agresión y
defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad
con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el
error táctico bastante frecuente de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y
se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas rápidas
aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que
acababa de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido guerrero no iba a dejarse
amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado el ancho mar ardía, invencible,
dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del río
descubrió un lugar donde había algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un
brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cayó de nuevo sobre la
retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pasó a todos a cuchillo.
Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia exigía que se replegara sobre la
base de sus operaciones. ¡Ay!, como tantos otros conquistadores más grandes que él,
como el más grande de todos, no podía ni refrenar su sed de guerra ni comprender
que el más afortunado no puede tentar al Destino. De pronto, mientras avanzaba
desde la orilla, se encontró frente a un nuevo y formidable adversario. A la vuelta de
un sendero, con las orejas tiesas y las patas delanteras colgantes, muy erguido, estaba
sentado un conejo. El niño lanzó una exclamación de asombro, dio media vuelta y
escapó sin saber qué dirección tomaba, llamando a su madre con gritos inarticulados,
llorando, tropezando, con su tierna piel cruelmente desgarrada por las zarzas, su
corazoncito palpitando de terror, sin aliento, enceguecido por las lágrimas, perdido
en el bosque. Después, durante más de una hora, sus pies vagabundos lo llevaron a
través de malezas inextricables, y por fin, rendido de cansancio, se acostó en un
estrecho espacio entre dos rocas a pocas yardas del río. Allí, sin dejar de apretar su
sable de madera, que no era ya para él un arma sino un compañero, se durmió a
fuerza de sollozos. Encima de su cabeza, los pájaros del bosque cantaban
alegremente, las ardillas, castigando el aire con el esplendor de sus colas, chillaban y
corrían de árbol en árbol, ignorando al niño lastimero, y en alguna parte, muy lejos,
gruñía un trueno, extraño y sordo, como si las perdices redoblaran para celebrar la
victoria de la naturaleza sobre el hijo de aquellos que, desde tiempos inmemoriales,
la han reducido a la esclavitud. Y del otro lado, en la pequeña plantación, donde
hombres blancos y negros, llenos de alarma, buscaban afiebradamente en los campos
y los cercos, una madre tenía el corazón destrozado por la desaparición de su hijo.
Pasaron las horas y el pequeño durmiente se levantó. La frescura de la tarde
transía sus miembros; el temor a las tinieblas, su corazón. Pero había descansado y
no lloraba más. Impulsado a obrar por un impulso ciego, se abrió camino a través de
las malezas que lo rodeaban hasta llegar a un extremo más abierto: a su derecha, el
arroyo; a su izquierda, una suave pendiente con unos pocos árboles; arriba, las
sombras cada vez más densas del crepúsculo. Una niebla tenue, espectral, a lo largo
del agua, le inspiró miedo y repugnancia; en lugar de atravesar el arroyo por
segunda vez en la dirección en que había venido, le dio la espalda y avanzó hacia el
bosque sombrío que lo cercaba. Súbitamente, ante sus ojos, vio desplazarse un objeto
extraño que tomó al principio por un enorme animal: perro, cerdo, no lo sabía; quizá
fuera un oso. Había visto imágenes de osos y, no abrigando temor hacia ellos, había
deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o en el movimiento de
aquel objeto, algo torpe en su andar, le dijo que no era un oso; el miedo refrenó la
curiosidad, y el niño se detuvo. Sin embargo, a medida que la extraña criatura
avanzaba con lentitud, aumentó su coraje porque advirtió que no tenía, al menos, las
orejas largas y amenazadoras del conejo. Quizá su espíritu impresionable era
consciente a medias de algo familiar en ese andar vacilante, ingrato. Antes de que se
hubiera acercado lo suficiente para disipar sus dudas, vio que la criatura era seguida
por otra y otra y otra. Y había muchas más a derecha e izquierda: el campo abierto
que lo rodeaba hormigueaba de aquellos seres, y todos avanzaban hacia el arroyo.
Eran hombres. Trepaban con las manos y las rodillas. Algunos sólo usaban las
manos, arrastrando las piernas; otros, sólo las rodillas, y los brazos colgaban, inútiles,
de cada lado. Trataban de ponerse en pie, pero se abatían en el curso de su esfuerzo,
el rostro contra la tierra. Nada hacían normalmente, nada hacían de igual manera,
salvo esa progresión pie por pie en el mismo sentido. Una por uno, dos por dos, en
pequeños grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hacían
un alto, otros se les adelantaban, arrastrándose con lentitud, y aquellos, entonces,
reanudaban el movimiento. Llegaban por docenas y por centenares; se extendían a
derecha e izquierda hasta donde podía escrutarse en la oscuridad creciente, y el
bosque negro detrás de ellos parecía interminable. El suelo mismo parecía
desplazarse hacia el arroyo. De tiempo en tiempo, uno de aquellos que habían hecho
un alto no reanudaba su camino y yacía inmóvil: estaba muerto. Algunos se detenían
y gesticulaban de manera extraña: levantaban los brazos y los dejaban caer de nuevo,
se tomaban la cabeza con ambas manos, extendían sus palmas hacia el cielo como
hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en común.
El niño no reparó en todos estos detalles que sólo hubiera podido advertir un
espectador de más edad. Sólo vio una cosa: eran hombres, y sin embargo se
arrastraban como niñitos. Eran hombres, nada tenían pues de terrible, aunque
algunos llevaran vestimentas que desconocía. Caminó libremente en medio de ellos,
mirándolos de cerca con infantil curiosidad. Los rostros de todos eran singularmente
pálidos; muchos estaban cubiertos de rastros y gotas rojas. Esto, unido a sus actitudes
grotescas, les recordó al payaso pintarrajeado que había visto en el circo el verano
anterior, y se puso a reír al contemplarlos. Pero esos hombres mutilados y
sanguinolentos no dejaban de avanzar, sin advertir, al igual que el niño, el dramático
contraste entre la risa de éste y su propia y horrible gravedad. Para el niño era un
espectáculo cómico. Había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre las manos
y las rodillas para divertirlo: en esta posición los había montado, «haciendo creer»
que los tomaba por caballos. Y entonces se aproximó por detrás a una de esas formas
rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a horcajadas. El hombre se
desplomó sobre el pecho, recuperó el equilibrio, furiosamente, hizo caer redondo al
niño como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y después volvió hacia él un
rostro al que le faltaba la mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta,
se abría un gran hueco rojo franjeado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de
hueso. La saliente monstruosa de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces,
daban al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho
enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorporó sobre las rodillas. El
niño se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin aterrorizado,
corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y después encaró la
situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastrándose, lenta,
dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de
escarabajos negros, sin hacer jamás el menor ruido, en un silencio profundo,
absoluto.
En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenzó a iluminarse. Más allá del
arroyo, a través de la cintura de árboles, brillaba una extraña luz roja sobre la cual se
destacaba el negro encaje de las ramas; golpeaba las siluetas rampantes y proyectaba
sobre ellas monstruosas sombras que caricaturizaban sus movimientos en la hierba
iluminada; caía en sus rostros, teñía su palidez de un color bermellón, acentuando las
manchas que distorsionaban y maculaban a tantos de ellos, y centelleaba sobre los
botones y las partes metálicas de sus ropas. Por instinto, el niño se volvió hacia aquel
esplendor siempre creciente, y bajó la colina con sus horribles compañeros; en pocos
instantes, había pasado al primero de la multitud, hazaña fácil dada su manifiesta
superioridad sobre todos. Se colocó a la cabeza, el sable de madera siempre en la
mano, y dirigió la marcha, adaptando su andar al de ellos, solemne, volviéndose de
vez en cuando para verificar que sus fuerzas no quedaban atrás. A buen seguro,
nunca un jefe tuvo semejante séquito.
Esparcidos por el terreno que enangostaba lentamente aquella marcha atroz de
la multitud hacia el agua, había algunos objetos que no provocaban ninguna
asociación de ideas significativa en el espíritu del jefe: en algunos lugares, una manta
enrollada a lo largo, con las dos puntas atadas por una cuerda; aquí, una pesada
mochila de soldado; allá, un fusil roto; en suma, esos desechos que se encuentran en
la retaguardia de las tropas en retirada, jalonando la pista de los vencidos que han
huido de sus perseguidores. En todos lados junto al arroyo, bordeado en aquel sitio
por tierras bajas, el suelo había sido hollado y transformado en lodo por los pies de
los hombres y los cascos de los caballos. Un observador más experimentado habría
advertido que esas huellas iban en ambas direcciones; dos veces habían pasado por el
terreno: avanzando, retrocediendo. Algunas horas antes, aquellos heridos sin
esperanza habían penetrado en el bosque por millares, en compañía de sus
camaradas más felices, muy lejos ahora. Sus batallones sucesivos, dispersándose en
enjambres y reformándose en líneas, habían desfilado junto al niño dormido, por
poco lo habían pisoteado en su sueño. El ruido y el murmullo de su marcha no lo
habían despertado. Casi a la distancia de un hondazo del lugar en que estaba
acostado, habían librado batalla; pero el niño no había oído el estruendo de los
fusiles, el estampido de los cañones, «la voz tonante de los capitanes y los clamores».
Había dormido durante casi todo el combate, apretando contra su pecho el sable de
madera, quizá por inconsciente simpatía hacia el conjunto marcial que lo rodeaba,
pero tan insensible a la magnificencia de la lucha como a los caídos que allí habían
muerto para hacerla gloriosa. Más allá de los árboles, del otro lado del arroyo, ahora
el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su bóveda de humo y bañaba todo
el paisaje, transformando en vapor dorado la línea sinuosa de la niebla. Sobre el agua
brillaban anchas manchas rojas, y rojas eran igualmente casi todas las piedras que
emergían. Pero sobre aquellas piedras había sangre: los heridos menos graves las
habían maculado al pasar. Gracias a ellas, también, el niño cruzó el arroyo a paso
rápido; iba hacia el fuego. Una vez en la otra orilla, se volvió para mirar a sus
compañeros de marcha. La vanguardia llegaba al arroyo. Los más vigorosos se
habían arrastrado hasta el borde y habían hundido el rostro en el agua. Tres o cuatro,
que yacían inmóviles, parecían no tener ya cabeza. Ante ese espectáculo, los ojos del
niño se dilataron de asombro; por hospitalario que fuera su espíritu, no podía aceptar
un fenómeno que implicara pareja vitalidad. Después de haber abrevado su sed,
aquellos hombres no habían tenido fuerzas para retroceder ni mantener sus cabezas
por encima del agua: se habían ahogado. Detrás de ellos, los claros del bosque
permitieron ver al jefe, como al principio de su marcha, innumerables e informes
siluetas. Pero no todas se movían. El niño agitó su gorra para animarlas y, sonriendo,
señaló con el sable de madera en dirección a la claridad que lo guiaba, columna de
fuego de aquel extraño éxodo.
Confiando en la fidelidad de sus compañeros, penetró en la cintura de árboles,
la franqueó fácilmente, a la luz roja, escaló una empalizada, atravesó corriendo un
campo, volviéndose de tiempo en tiempo para coquetear con su obediente sombra, y
de tal modo se aproximó a las ruinas de una casa en llamas. Por doquiera, la
desolación. A la luz del inmenso brasero, no se veía un ser viviente. No se preocupó
por ello. El espectáculo le gustaba y se puso a bailar de alegría como bailaban las
llamas vacilantes. Corrió aquí y allá para recoger combustibles, pero todos los objetos
que encontraba eran demasiado pesados y no podía arrojarlos al fuego, dada la
distancia que le imponía el calor. Desesperado, lanzó su sable a la hoguera: se rendía
ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.
Como cambiara de lugar, detuvo la mirada en algunas dependencias cuyo
aspecto era extrañamente familiar: tenía la impresión de haber soñado con ellas. Se
puso a reflexionar, sorprendido, y de pronto la plantación entera, con el bosque que
la rodeaba, pareció girar sobre su eje. Vaciló su pequeño universo, se trastocó el
orden de los puntos cardinales. ¡En los edificios en llamas reconoció su propia casa!
Durante un instante quedó estupefacto por la brutal revelación. Después se
puso a correr en torno a las ruinas. Allí, plenamente visible a la luz del incendio,
yacía el cadáver de una mujer: el rostro pálido vuelto al cielo, las manos extendidas,
agarrotadas y llenas de hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro,
enmarañado, cubierto de sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y
del agujero desgarrado salía el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y
espumosa coronada de racimos escarlata obra de un obús. El niño hizo ademanes
salvajes e inciertos. Lanzó gritos inarticulados, indescriptibles, que hacían pensar en
los chillidos de un mono y en los cloqueos de un ganso, sonido atroz, sin alma,
maldito lenguaje del demonio. El niño era sordomudo.
Después permaneció inmóvil, los labios temblorosos, los ojos fijos en las ruinas.

 

SALVATORE, R.,A., - LAS GUERRAS DEMONIACAS

Publicado por snake peter punk el lunes 7 julio 2008 a las 21:14 . 0 comentarios. Permalink.

SALVATORE, R.,A.,
LAS GUERRAS DEMONIACAS

 


El Dáctilo demoníaco despertó. No sucedió de repente sino que fue un despertar lento en una profunda caverna, en una lejana y desierta montaña. Nadie lo advirtió ni lo vio salvo los gusanos de las cavernas y algunas criaturas insomnes que forman parte de las bandadas de murciélagos que penden de los techos.
Pero el espíritu demoníaco había despertado, había regresado de su largo sueño dentro de la forma estatutaria a que había sido reducido tras su última visita al mundo llamado Corona. El ser corpóreo, tangible, se acoplaba bien al espíritu errante. El Dáctilo podía sentir su sangre, su sangre caliente, fluyendo a lo largo de las alas y de las fuertes patas, podía sentir las contracciones de sus robustos músculos; sus ojos se abrían parpadeantes pero sólo veían negrura, pues la figura, detenida en una mágica inactividad en la profundidad de la caverna, con la cabeza inclinada y las alas envolviéndole estrechamente el torso, estaba recubierta de magma. La mayor parte de la ardiente materia de aquel tiempo remoto había borbotado y fluido fuera de la caverna, pero dentro había quedado la suficiente para endurecerse sobre la forma corpórea del Dáctilo. ¡El maligno, encerrado en obsidiana, había vuelto a Corona!
El espíritu demoníaco descendió a lo más profundo de su ser y convocó sus poderes, tanto físicos como mágicos. Con una voluntad absoluta y una fuerza brutal, el Dáctilo plegó las alas. Una fina grieta rajó el sarcófago de obsidiana. El Dáctilo volvió a plegarlas, y la grieta se ensanchó; entonces, con un potente y repentino frenesí, la bestia se desprendió de la obsidiana, desplegó las enormes alas hacia un lado, arañó y hendió el aire con las puntas de las garras. Lanzó la cabeza hacia atrás y abrió la bocaza; chirrió por el absoluto placer del retorno, por el caos que reinaría otra vez en los tranquilos reinos humanos de Corona.
Su torso parecía el de un hombre alto y esbelto, formado y dibujado por apretadas fibras de tensos músculos, con un par de tremendas alas semejantes a las de un murciélago pero de seis metros de envergadura y con fuerza suficiente para levantar un toro en un rápido vuelo. En cierto modo la cabeza también era humana, aunque más angulosa, con mandíbula estrecha y barbilla puntiaguda. Sus orejas eran asimismo puntiagudas y asomaban entre el escaso copete de pelo negro de la demoníaca criatura. El pelo no llegaba a ocultar los cuernos del Dáctilo, del tamaño del pulgar y curvados uno hacia el otro en la parte superior de la frente.
La textura de la piel era rugosa y gruesa, un pellejo acorazado, de color y brillo rojizo, como encendida por su propia luz interior. Los ojos eran brillantes; casi siempre parecían estanques de líquido negro, pero se convertían en ardientes órbitas rojas, en llamas vivas, en una luz de odio cósmico, cuando el demonio estaba agitado.
La criatura se flexionó y desperezó, desplegó majestuosamente las alas, se elevó y batió el aire con los brazos humanoides. El demonio extendió las uñas hasta transformarlas en garras como garfios, al tiempo que le crecían los dientes, dos caninos afilados que sobresalían por encima del labio inferior. Cada parte de su cuerpo era un arma devastadora y mortal. Pero, por muy impresionante que fuera su apariencia, su verdadero poder residía en la mente y en la intención: tentar almas, torturar corazones y sembrar la mentira. Los teólogos de Corona discutían sobre si el Dáctilo diabólico era el origen o el resultado del mal. ¿Era él quien había traído al género humano la debilidad y la inmoralidad? ¿Era él el origen de los pecados mortales, o simplemente había aparecido en el mundo cuando esos pecados habían madurado y estaban a punto de explotar?
Para la demoníaca criatura de la caverna, tales cuestiones carecían de importancia. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí?, se preguntaba el Dáctilo. ¿Cuántas décadas, incluso siglos, habían transcurrido desde su última visita a Corona?
La criatura recordaba aquellos tiempos remotos y saboreaba los recuerdos de ríos de sangre mientras un ejército tras otro se enzarzaban en una deliciosa y desesperada batalla. Maldecía en voz alta el nombre de Terranen Dinoniel, que había aliado a humanos y elfos, y perseguido a los ejércitos del Dáctilo hasta la base de aquella montaña, Aida. El mismo Dinoniel había penetrado en la caverna tras la bestia y había atravesado al Dáctilo de parte a parte...
El demonio de alas negras miró el desgarrón de color rojo oscuro que le afeaba la piel, por lo demás suave. Con un repugnante crujido de huesos, la cabeza de la criatura giró por completo, y se inclinó para examinar la segunda imperfección de su figura, una informe cicatriz debajo del omoplato izquierdo. Ambas cicatrices estaban perfectamente alineadas con el corazón del Dáctilo, y así, con aquel desesperado ataque, Dinoniel había derrotado la esencia corporal del demonio. Pero, incluso en su agonía, éste había resultado vencedor al usar su poderosa voluntad para desprender el magma de las entrañas de Aida. Dinoniel y buena parte de su ejército habían sido arrasados y destruidos, pero el Dáctilo...
El Dáctilo era eterno. Dinoniel había muerto, y ya era un lejano recuerdo; pero el espíritu del demonio había regresado, con sus heridas físicas curadas. «¿Qué hombre, qué elfo tomará el lugar de Dinoniel?», se preguntaba el demonio en voz alta, con una voz cavernosa y llena de resonancias, como el estruendoso rugido de un animal. Una nube de murciélagos despertó a la vida ante el inesperado ruido y voló hacia afuera a través de uno de los túneles formados por la lava. El Dáctilo soltó una carcajada, sintiéndose poderoso por ser capaz de ahuyentar a tales criaturas —¡a cualquier criatura!— con un simple sonido. ¿Y qué resolución podría tomar esta vez la asamblea de humanos y de elfos? Si es que los elfos todavía existían, pues incluso en tiempos de Dinoniel ya se encontraban en decadencia.
Sus pensamientos pasaron de sus enemigos a aquellos que convocaría como sirvientes. ¿Qué criaturas podría reunir esta vez para librar su guerra? Ciertamente, los trasgos perversos, tan llenos de cólera y de codicia, tan fascinados por el asesinato y la lucha; los gigantes fomorianos de las montañas, poco numerosos pero cada uno de ellos con la fuerza de una docena de hombres y con una piel tan gruesa que ni una daga podía traspasarla; los powris, sí, los powris, los enanos astutos y ansiosos de guerra de las Julianthes, las Islas Desgastadas, que odiaban a los humanos más que a nadie. Siglos antes, los powris habían dominado los mares en sus sólidas y achaparradas embarcaciones con aspecto de toneles, cuyos cascos estaban hechos con un material más resistente que el de los barcos de los humanos, del mismo modo que los diminutos powris estaban hechos de una materia más resistente que los hombres.
Un hilo de baba caía de la boca del Dáctilo mientras pensaba en sus anteriores aliados y en los futuros, en su ejército maligno. Los llevaría a su redil, tribu a tribu, raza a raza, y el ejército crecería como crece la noche cuando el sol toca el horizonte por el oeste. El crepúsculo de Corona estaba en sus manos.
El demonio despertó.


SALVATORE, R.,A.,


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LAS GUERRAS DEMONIACAS

SALVATORE, R.,A.,

vol. 1:EL DESPERTAR DEL DEMONIO
vol. 2:BARBACAN; LA GUARIDA DEL MALIGNO
vol. 3:EL ESPIRITU DEL DACTILO
vol. 4:MARKWART, EL ABAB MALEFICO
vol. 5:EL APOSTOL DEL DEMONIO
Vol. 6:EL HIJO DE ELBRIAN
 



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Tema de Roy Tanck adaptado por Bublegum.net