
Las ciudades de provincias se llenan en primavera de carteles. Carteles en los que un segador sonriente, fuerte, bien nutrido, abraza un haz de espigas solares; a su vera, un niño de amuñecada cara nos mira con ojos serenos: a sus pies, una hucha de barro recibe por la recta abertura del ahorro –boca sin dientes, como de vieja, como de batracio- una espuerta de monedas doradas. Son los anuncios de las Cajas de Ahorro. Son anuncios para los labradores que tienen parejas de bueyes, vacas, maquinaria agrícola y un hijo estudiando en la Universidad o en el Seminario. Estos carteles tan alegres, tan de primavera, tan de felicidad conquistad, nada dicen de las cuadrillas de segadores que, como una tormenta de melancolía, cruzan las ciudades buscando el pan del trabajo por los caminos del país.
Este texto fue escrito por Ignacio Aldecoa a finales de los años 50 del pasado siglo. Esa España que tan magistralmente describe, muchos de nosotros tadavía la conocimos en nuestra niñez. Recuerdo perfectamente los carteles con esos hercúleos baturros que anunciaban las fiestas de mi tierra y el contraste con los enjutos campesinos de verdad.
La imagen que adjunto fue dibujada por Ángel Lalinde y fue la portada del Heraldo de Aragón en las fiestas del Pilar de 1952. Imagino que el dibujante tuvo que rebuscar bastante para encontrar un modelo adecuado entre una población que todavía vivía el racionamiento de los alimentos básicos, que el aporte calórico que ingerían apenas superaba el mínimo vital y que la carne la probaban literalmente de Pascuas a Ramos.
En 1951 la talla media de los reclutas españoles no alcanzaba 163 cm. y el peso medio apenas superaba los 56 kg.
Como hemos cambiado... hemos pasado de segadores escuálidos a tractoristas obesos, aunque el modelo de los carteles siga siendo el mismo.
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