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Somos la primeraSOMOS
Publicado en Huelva Información omos la primera es la frase publicitaria de la primera cadena de TVE, con la que de manera insistente y machacona nos castiga habitualmente. Este eslogan que TVE utiliza para vender su producto, bien se pudiera emplear, si no fuera porque se incurre en plagio, para dar a conocer todo lo onubense hasta en los lugares más recónditos de nuestra geografía, porque Huelva ha sido, es y seguirá siendo la primera. La primera en la gesta del descubrimiento de América, la primera en experimentar la pólvora, la primera en poner en práctica el deporte rey por excelencia, la primera en producción y explotación fresera; la primera en un sinfín de acontecimientos que han dejado su nombre marcado en lo más alto del listón. Recientemente, Huelva volvía a inscribirse en el registro de la historia por ser de nuevo la primera. Alguien pensó que este pueblo cargado de historia tenía sobradas cualidades para poner en práctica un ensayo singular, y le concedió el privilegio de volver a ser la primera. La primera provincia española en implantar un nuevo impuesto, Sin ningún tipo de información al respecto, los contribuyentes onubenses hemos comenzado a recibir en nuestros domicilios el aviso para hacer efectivo este nuevo impuesto ecológico. Como es natural por el desconocimiento de la implantación de la nueva tasa, la sorpresa es mayúscula, y lógicamente nos hemos quedado atónitos e indignados. ¡Otro impuesto! Aunque al parecer Quien contamine que pague, este parece ser el lema de La política de los residuos sólidos urbanos no ha de estar enfocada exclusivamente a su tratamiento y destrucción, sino a evitar su producción. Es necesario fomentar un plan de recogida selectiva desde los domicilios. La mayoría de los países tienen leyes que obligan a la recogida selectiva de los residuos, sobre todo de los envases, ya sean de plástico, papel, cartón, hojalata o vidrio. Según un estudio realizado por Si pagamos para que otros nos solucionen el problema, es decir, para que seleccionen nuestros residuos, las basuras nos preocuparán sólo una vez al año, cuando hagamos efectivo el impuesto. En cambio, si día a día vamos seleccionando cartón a un lado, vidrio a otro, estaremos tomando conciencia del enorme problema que suponen las basuras, y seguro que terminaremos generando la mitad. Todo lo que se tira a la basura se puede recuperar, y esa recuperación supone un ahorro energético y material, pero lo más importante es que evitamos contaminar. La recogida selectiva y su posterior reciclado tiene una importante rentabilidad. El vidrio, por ejemplo, evita el tratamiento del 8% aproximadamente del volumen total de residuos urbanos. El ahorro económico se estima en 1.200 kilos de materia prima y en 130 de fuel por tonelada reciclada. Además, los ayuntamientos al no tener que encargarse de recoger y eliminar el vidrio se ahorran una sustanciosa cantidad. Según datos de la propia Agencia de Medio Ambiente, en 1991, cuando todavía no existía una conciencia sólida respecto al reciclaje, el ahorro fue de 1.800 millones de pesetas. La planta de reciclaje de Villarrasa obtendrá importantes beneficios por la fabricación de abono y la recuperación de vidrio, cartón plástico y chatarra. Sin embargo, el coste anual de su funcionamiento y la amortización de la instalación, será sufragado íntegramente por el contribuyente onubense. El medio ambiente no solo es un motivo de preocupación ciudadana, a veces también es un negocio. José Antonio Mayo Abargues Estamos enganchadosESTAMOS ENGANCHADOS Publicado en Huelva Información el día 9 de junio de 1992
odos tenemos una dependencia de algo, todos estamos de alguna manera enganchados a algo, hasta nuestros propios sueños están enganchados, no son libres. Si leemos a freud es muy fácil interpretar lo que hemos soñado y comprobaremos que nuestros sueños tienen dependencia. Por ejemplo, cualquier cosa que no hayamos visto realizada el día anterior: la compra de un televisor. No lo hemos comprado por ser demasiado caro y no disponer de ese dinero. De noche soñamos, y no necesariamente con el televisor, sino con algo relacionado: imágenes, colores, etc. De esta forma nuestro subconsciente se siente mejor. Desde el momento en que nos levantamos estamos enganchados, unos con el café, otros con el tabaco, y algunos con el alcohol. Estamos enganchados a las tarjetas de crédito, al fascículo coleccionable, a los culebrones televisivos, al préstamo que nos ofrecieron cuando aún éramos niños y que desde entonces no podemos vivir sin él. Los legales traficantes nos tienen acosados. Abrimos el buzón de correos y, ¡Toma propaganda! «¡Desde hoy y sólo hasta el 31 de junio!» «¡No dejes pasar la oportunidad!». El trabajo también crea dependencia, sana, por supuesto. Esto puede causar risa, pero es cierto. Aunque generalmente el trabajo se realice como medio de subsistencia, muchísimas personas encuentran en él otras sensaciones que, con el paso del tiempo pueden degenerar en una dependencia. Esto explica por qué algunas personas cuando les llega la hora de la jubilación continúan trabajando sin afán de lucro. El bingo, las máquinas tragaperras, el casino. Hay personas que tienen serios problemas con estos juegos. Nos duele la garganta o la cabeza y tomamos ácido acetil salicílico, en vez de recurrir a sustancias naturales como la miel o la jalea real, porque creemos que eso nos pone mejor. ¿Se imaginan ustedes si después de todo esto nos diera por la heroína, la coca o algo parecido? ¡Qué barbaridad! Drogas, no, gracias. José Antonio Mayo Abargues El líderEL LIDER No publicado La multitud es un dócil rebaño incapaz de vivir sin amo. Gustavo Le Bon
uestra especie es sin duda alguna la más compleja de todas las que habitan el planeta. Los antropólogos, psicólogos, sociólogos y demás estudiosos de nuestro comportamiento, saben perfectamente que esa masa carnosa de El hombre, que está obsesionado en alcanzar las mayores cotas de superioridad y poder y en dominar a sus semejantes hasta los límites más extremos, paradójicamente, tiene una necesidad innata de obedecer. Según el sociólogo francés Gustavo Le Bon, cuando un cierto número de seres vivos se reúnen, bien sea un rebaño o una multitud humana, sienten la necesidad de que alguien les dirija, y se someten instintivamente a aquel que se erige en su jefe. Aristóteles hizo la más perfecta definición del ser humano: El hombre es un animal social. El mundo está dividido entre ricos y pobres, entre cristianos y musulmanes, entre socialistas y conservadores, y cada uno de estos grupos tiene su jefe, su cabecilla, su líder. Tras la muerte de un líder, bien sea civil, religioso o militar, inmediatamente surge otro que le sustituye. Ningún grupo puede estar mucho tiempo sin líder. Es necesario que alguien muy seguro de sí mismo les transmita confianza, les oriente y les dirija. Para Sigmund Freíd, este fenómeno obedece a un impulso del subconsciente. Al obedecer y seguir al líder, subconscientemente sentimos realizar nuestro propio yo, por identificarnos con él. Algunas personas piensan que los líderes son de origen innato «Estaba predestinado para ello» «Desde niño ya era un dirigente» «Nació para ser un líder». Otros, sin embargo, creen que son personas que se encuentran en el sitio adecuado en el momento preciso. Quizá esto sea lo más acertado ¿Habría sido José Luís Rodríguez Zapatero un líder si hubiera nacido en otra época? Tal vez no. Quizá hubiera sido lo que era antes de ser líder, profesor de Derecho Político, o empleado de banca, o simplemente un parado más. En alguna etapa de nuestra vida, todos nos hemos sentido especialmente fascinados por alguien al que hemos seguido fielmente: el compañero de trabajo por su capacidad para resolver conflictos laborales, el deportista por su constitución atlética o sus victorias, o el amigo que organiza y dirige fiestas y reuniones. Pero quizá la figura más influyente en nosotros sea la del líder político. Hombres con un gran poder persuasivo, como Mao Tse-Tung o Lech Walesa han cambiado el curso de un país en todos sus aspectos. Hay un refrán chino que dice: “Dios libre a los pueblos de los grandes hombres”. Recordemos las atrocidades cometidas por los regímenes de Hitler, Franco, Ceaucesco o Pinochet. En las sociedades modernas el líder político no surge de repente, como ocurría antes con los revolucionarios salvadores de El electorado espera mucho de la figura del líder, por eso, éste ha de dar ejemplo de laboriosidad y disciplina. Tiene que ser algo así como el jefe de los boy-scouts, el primero en levantarse, el primero en comenzar la tarea y el primero en afrontar cualquier eventualidad con coraje y valentía. El líder ha de poseer unas características personales extraordinarias. Debe tener autoridad, carisma, energía, inteligencia, dotes de mando y capacidad para tomar decisiones con rapidez y firmeza. Pero los factores más importantes que avalan su labor son la legitimidad y el altruismo. El prestigio depende de su éxito y desaparece ante el fracaso. José Antonio Mayo Abargues En reservaEN RESERVA Publicado en Huelva Información en 1992
os estamos quedando sin agua. El calentamiento del planeta, debido al grave deterioro de la capa de ozono, la contaminación, la deforestación y el despilfarro que hacemos con ella tienen la culpa. En los últimos diez años ha llovido un diez por ciento menos que en la década anterior, y hemos aumentado el consumo de agua en un veinte por ciento. Es lógico, somos más, por lo tanto, si no ponemos remedio dentro de muy pocos años el problema será irreversible. El agua es como el oxígeno que respiramos, imprescindible, y el uso que hacemos de ella es desastroso. Desperdiciamos el cincuenta por ciento. ¿Qué podemos hacer? Las autoridades tienen que poner en marcha campañas de mentalización de forma muy insistente para que todos los ciudadanos tomen conciencia. Se deben evitar los riegos excesivos en la agricultura, ya que esta consume la mayor parte del agua potable —sesenta y nueve por ciento—, pues hoy la mayoría de los cultivos son de regadío. La industria, que se lleva el veintitrés por ciento, también debe reducir el consumo recuperando y reciclando el agua contaminada. El consumo doméstico sólo supone el ocho por ciento, pero es este el que paga más directamente las consecuencias, por las temidas restricciones. Tenemos que ser conscientes y reducir en lo posible el consumo, corrigiendo fugas en grifos, cisternas y manteniendo los grifos abiertos sólo el tiempo necesario. En las comunidades de propietarios sería conveniente la instalación de contadores individuales, de esa forma cada vecino se sentiría más responsable del agua que consume. Esto acarrea un desembolso económico, pero a corto plazo sería un beneficio para todos. No debemos abusar de la cisterna, a veces tiramos por tirar. El consumo oscila entre 10 y El baño, aunque es muy relajante no es higiénico, pues siempre se termina debajo de la ducha y el agua que se consume es bastante superior a la de una ducha. Llenar la bañera supone Los cortes programados son medidas muy drásticas que no son eficaces. El ciudadano, por miedo a quedarse sin agua llena la bañera, el lavabo, el cubo y la garrafa, aumentando el consumo innecesariamente. El aumento de la tarifa doméstica como método de ahorro puede ser eficaz, pero no justo. El rico continuará utilizando la bañera hidromasaje y el pobre no podrá hacer uso de su humilde ducha, y el ahorro de agua es responsabilidad de todos. Existen muchos datos sobre el consumo de agua, por ejemplo, el consumo por habitante y día es de José Antonio Mayo Abargues Y el dios Julio bajó de MiamiY EL DIOS JULIO BAJÓ DE MIAMI Publicado en Huelva Información el día 15 de julio de 1995
ino como casi siempre lo hace, a decir que nos quiere; a nosotros y a su “tierra”, a lucir su cuidada dentadura con esa sonrisa “Profiden” que le caracteriza, a presumir de su permanente bronceado, y como no, a vender su producto. Julio Iglesias, el gran Julio, el monstruo, el divo, ese cincuentón que a pesar de su antipatía y su acartonada figura, sigue enamorando a jovencitas, estuvo en Sevilla para presentar su último disco, “La carretera”, y de camino llevarse unas pesetillas para su Miami beach con los conciertos que dará durante este mes de julio por varios escenarios españoles. Este español, que no ejerce como tal desde hace ya muchos años, tuvo el atrevimiento de hablarnos de política, de nuestra política. En la rueda de prensa que Julio Iglesias ofreció en el hotel Alfonso XIII de Sevilla, espectacular como todas sus apariciones, según cuentan los que tuvieron el privilegio de verle, o al menos de avistar su fugaz aureola, dijo cosas como: El poder a largo plazo corrompe, y que nadie debería gobernar más de ocho años. Que este país no funciona porque el gobierno está cansado, y añadió: si lo están haciendo mal, pues se les quita. Hizo referencia también a la sequía y al Plan Hidrológico del gobierno, y criticó la corrupción política y social que estamos padeciendo. Increíble, Julio. Nos has dejado de piedra. Desconocíamos esta faceta tuya. No sabíamos de tus inquietudes políticas. Gente como tú es la que hace falta en este país. Que pena que estés tan lejos. Qué lástima que nos separen Que este país no funciona bien, es cierto, que hay sequía y corrupción, también. De todo esto somos conscientes y en ello estamos para tratar de subsanarlo, pero ningún “extranjero” debe inmiscuirse en nuestros asuntos, si no es con la sana intención de ayudarnos. Las declaraciones políticas de un personaje de esta talla, pueden influir decisivamente en un amplio sector de la sociedad, máxime en situaciones tan delicadas como las que estamos atravesando, pues es obvio que estas personas cuentan con un enorme poder persuasivo. Comprendo perfectamente que los cubanos que no están de acuerdo con el gobierno de Castro, se refugien en Miami, pero aquí, en España, convivimos los unos con los otros con total libertad. Además, qué le importa a Julio Iglesias si esto funciona o no, si él sigue viajando en coches de lujo, en aviones privados y alojándose en los mejores hoteles. Es evidente que para Julio la vida sigue igual. José Antonio Mayo Abargues Seamos exigentesSEAMOS EXIGENTES Publicado en Huelva Información el día 7 de agosto de 1992
s difícil encontrar un bar, restaurante o cafetería que reúna las condiciones: calidad, servicio e higiene. Digo que es difícil, no imposible. Los hay buenos, muy buenos, pero no son estos el motivo de mi crítica, sino aquellos que ofrecen un servicio deficiente o no cumplen las mínimas normas de higiene y que deberían ser clausurados por la autoridad sanitaria. Pues la higiene, es condición indispensable para que un negocio de este tipo abra las puertas al público. Cuando se entra en un local de estos, uno se puede encontrar de todo: el suelo sembrado de desperdicios, papeles o colillas, fuerte olor a aceite quemado de la freidora, servicios donde hay que entrar de lado por lo reducidos que son; servicios de señoras cerrados o de caballeros con solo un urinario, alimentos preparados fuera de las vitrinas, y un sinfín de cosas que el consumidor tiene que soportar. El WC de un bar lo dice todo sobre el establecimiento. Un servicio sucio o mal equipado pone en duda la limpieza en el resto del local. La cocina y sus útiles podrían estar en las mismas condiciones. Es lamentable, que bares que han adquirido un prestigio por calidad y servicio, descuiden lo más importante, que es la limpieza, y ya de nada sirve un pescado fresco o un trato esmerado. Los servicios deben estar abiertos. Una señora no tiene que molestarse en pedir la llave al camarero, es hasta humillante, y encima tener la obligación de dejarlo cerrado y devolver la llave. El cliente no debe tener estas obligaciones. En los servicios no tiene que faltar: jabón, toalla, papel higiénico ni papelera, esto es un derecho que tiene el cliente y una obligación del establecimiento. El desprecio hacia el cliente de algunos establecimientos, llega hasta el punto de servir una consumición en un vaso con el contorno roto o picado. Tenemos que rechazar los vasos rotos, porque ellos son las vías de transmisión más rápida de las enfermedades contagiosas, y exigir que nos cambien la consumición, pero no de un vaso a otro, como es costumbre de muchos camareros, porque el riesgo de contagio sería el mismo. Nos tienen que servir una nueva consumición en un vaso en perfectas condiciones de higiene. En lo que se refiere al lavado de la vajilla, un bar que cuente con lavavajillas, nos ofrece toda garantía. El vaso es lavado a una temperatura de Respecto a esos garrotes o bastones que se exhiben detrás de las barras con el texto “libro de reclamaciones”, son una broma de mal gusto que ofende al cliente. A mí se me ocurre que tendrían que estar más al alcance del público por si tuviéramos necesidad de reclamar. Huelva tiene condiciones para acoger a un turismo de primera. Que no falle lo más importante. José Antonio Mayo Abargues ReciclarRECICLAR ES PROTEGER EL MEDIO AMBIENTE Publicado en Huelva Información el día 5 de diciembre de 1992
ivimos en un mundo rodeados de plástico. Nuestro primer contacto con esta materia es el biberón, el juguete, el plato; después el peine el cepillo de dientes, la botella de leche, todo es plástico. El plástico ha sustituido al vidrio, a la madera y a la cerámica, encontrándose hoy en cualquier esquina del hogar, del trabajo o del automóvil. Desde que el químico Alexander Parkes descubrió el plástico a partir de la celulosa (1865), hasta hoy, química y técnica han evolucionado de manera galopante. Sin duda alguna, este descubrimiento ha contribuido a mejorar las condiciones de vida del hombre, pero su destrucción presenta un grave problema a la sociedad. Estamos muy preocupados en fabricar y consumir, y no prestamos demasiado interés sobre las repercusiones que tienen los desechos en el medio ambiente. El plástico desechado termina su vida de diferentes formas: en vertederos incontrolados, incinerado o reciclado. En Europa son almacenados en vertederos incontrolados el cincuenta por ciento de los desechos, cifra muy alarmante, pues debido a su estructura química, esta materia permanece intacta hasta cincuenta años. Incinerar, es el modo más habitual de desprenderse de los desechos en todos los países, pero también el más equivocado. El plástico al quemarse produce emanaciones nocivas. Dependiendo del tipo de plástico puede desprender: dióxido de carbono, monóxido de carbono, ácido prúsico (cianhídrico), y clorhídrico, este último se desprende de la combustión del cloruro de polivinilo (PVC), es muy corrosivo y afecta al sistema respiratorio. Incinerar, es por tanto, envenenar más el aire que respiramos. La solución no está en fabricar plásticos degradables o descomponibles, porque cuando estos se descomponen contaminan las aguas y el suelo, sino en reciclar. Para ello contamos con conocimientos, medios y razones suficientes, pero es necesaria una normativa que comprometa a fabricantes y consumidores. No obstante, antes de reciclar debemos reducir el consumo rechazando todos aquellos envases voluminosos que no sirven nada más que para llamar la atención del consumidor. Los gobiernos comienzan a preocuparse y están tomando medidas para tratar de recuperar el plástico desechado. Hace algunos años, hablar de reciclar era una utopía, hoy es una realidad. Sin ir más lejos, aquí en Andalucía se recuperan anualmente cinco mil toneladas de plástico agrícola procedente de las cosechas de fresa y algodón. Este plástico, que antes el agricultor quemaba o vertía incontroladamente, es recuperado en su totalidad para volver a ser empleado en la agricultura o transformado en otros artículos de mayor demanda. Además, en el proceso de reciclado se obtienen unos lodos con gran contenido de materia orgánica que son empleados como fertilizantes, evitando así un mayor consumo de productos químicos. El plástico reciclado tiene muchas posibilidades de mercado. Se utiliza para la fabricación de contenedores, papeleras, bolsas, etc. En cuanto a su calidad, se ha comprobado que algunas piezas del automóvil fabricadas con plástico reciclado, son incluso más resistentes a la rotura por impacto que los productos nuevos. Reciclar es pues, la mejor solución, pero entre las enormes ventajas que ofrece el reciclado, existe un inconveniente, reciclar en España resulta caro por falta de subvenciones e instalaciones, y desgraciadamente los argumentos económicos prevalecen sobre los ecológicos. José Antonio Mayo Abargues Un tren equivocadoUN TREN EQUIVOCADO Publicado en Huelva Información el día 15 de octubre de 1992
uando salió de casa, no sabía que jamás volvería a ser el mismo, que su vida iba a dar un giro irreversible de desastrosas consecuencias, quizás si lo hubiera sabido… no lo sé. Javier salió de su casa y tropezó con lo peor que el ser humano puede tropezar, la heroína, y desde ese momento su vida fue un calvario. El ya conocía las drogas, las denominadas blandas. Había comenzado por el hachís, fumando porros esporádicamente en fiestas y reuniones de amigos, así se inician generalmente todos los heroinómanos, es el comienzo de la escalada. Y no es el consumo de esta droga en sí lo que incita a pasar a la heroína, sino el ambiente en que se consume. Después pasó de lo esporádico a lo frecuente, llegando a sentir una verdadera pasión que lo dominaba constantemente. El ánimo de buscar nuevas sensaciones fue lo que empujó a Javier a tropezarse con la heroína. Le habían hablado del flasch que se experimenta a los pocos segundos de inyectarse y quiso probarlo. El flasch, que así lo llaman los adictos, consiste en una sensación de placer parecido al del orgasmo, y desaparece a los quince segundos. Pasado este flasch, se viven dos o tres horas de un agradable bienestar: sensación de alegría, de poder y de fantasía. A esta euforia le sigue otra de relajación, un periodo de agotamiento y sueño. Poco tiempo hizo falta para que quedara atrapado en las redes de la heroína. Fueron suficientes tres aplicaciones para que dependiera psíquicamente de la droga y, a las tres semanas la dependencia pasó a ser física. El organismo requería la droga para que su funcionamiento fuera normal. Javier fue dejando a un lado a sus amigos de siempre y se hizo un mundillo de falsos paraísos, donde la droga era su dios. Comenzó a vestir de forma descuidada, se mostraba violento, embrutecido, fue perdiendo el interés por la comida y su aspecto era abatido y desolador. Pronto apareció la tolerancia. El organismo se iba adaptando paulatinamente a la acción de la droga y el efecto producido era menor, por lo que necesitaba mayores dosis, pero ni así conseguía los mismos resultados. Ya no sentía el flasch, ni la posterior sensación de placer, pero la droga era necesaria para aplacar esos efectos tan desagradables que se presentan aproximadamente doce horas después de la última toma (el mono): lagrimeo, bostezos, emanación de líquido acuoso por la nariz y estornudos. Él no estaba ya acostumbrado a soportar molestias físicas, ni siquiera un simple dolor de cabeza, pues se había habituado al poder analgésico de la heroína. Los múltiples abscesos de los brazos, la piel seca, agrietada y grisácea, delataban su enfermedad. Se sentía incapacitado para realizar cualquier actividad que no estuviera relacionada con la droga, lo que le llevó a perder su puesto de trabajo y con ello su fuente de ingresos. Las dosis iban en aumento y los recursos económicos eran nulos. Durante un tiempo vendió todo tipo de drogas para financiar su vicio, para comprar esa felicidad devastadora que lo iba consumiendo día a día. Después optó por el robo, de esa forma el dinero lo conseguía de inmediato. Javier viajaba a gran velocidad en un tren equivocado cuyo destino era la muerte. Llegó un momento en el que la venta de droga y el robo, no le proporcionaban el suficiente dinero para la dosis diaria e hizo presencia el temido síndrome de abstinencia. El síndrome de abstinencia es la otra cara de la moneda: si con la administración de la droga se siente un placer, con la suspensión se origina angustia y ansiedad. Aumentan los síntomas antes mencionados en el mono, las pupilas se dilatan enormemente, la piel está fría y en carne de gallina, al mismo tiempo siente acaloramientos y escalofríos. El cuerpo se ve sacudido por fuertes temblores. Sufre dolores óseos y musculares y la respiración se hace lenta. En este estado el adicto siente una gran inquietud, no puede dormir ni descansar. Se producen diarreas continuas, vómitos teñidos de sangre, dolorosas erecciones y eyaculaciones constantes. En su mente sólo está el deseo de consumir de nuevo la droga. Javier pasó por todo esto, volvió a conseguir la droga, volvió a deambular por las calles, aturdido y sin rumbo, como un vagabundo, y una mañana amaneció sin vida en la cama. Una jeringa colgaba de su vena, en la mesilla su inseparable botella de agua y una cuchara con la parte inferior ennegrecida de disolver la heroína en agua caliente. ¿Sobredosificación por la pureza de la droga, a la que él no estaba acostumbrado y su organismo no pudo soportar? ¿Heroína adulterada con quinina, polvos de talco o arsénico? Cualquier cosa, quién sabe. Incluso, pudo ser sobredosificación intencionada con el propósito de suicidio, porque Javier, a pesar de su corta edad se había hartado de la vida. El médico no pudo determinar con exactitud la causa de la muerte y dijo que se debía a un fallo respiratorio. La heroína fue descubierta en 1898 por el profesor y doctor Heinrich dreser, de la empresa Bayer, y se aplicó con fines terapéuticos para rehabilitar a los adictos a la morfina, eliminar la tos en los enfermos de tuberculosis y suprimir el dolor en general. Seis años después del inicio de estas aplicaciones, Morel Levallée demuestra científicamente que origina hábito, incluso más peligroso que el de la morfina. En 1912, el acuerdo de José Antonio Mayo Abargues El AbortoEL NUEVO SUPUESTO Publicado en Huelva Información el día 27 de octubre de 1992
l proyecto de la ley aprobada por el gobierno, sobre la reforma del código penal que contempla una nueva legislación del aborto, está provocando una crítica excesiva en algunos sectores de la sociedad. Unos consideran la ley exagerada, otros creen que no cambia nada, que no dice nada nuevo porque la mujer, la verdadera protagonista, continúa sin poder decidir libremente sobre su maternidad, y es cierto. Pero la nueva legislación, donde se introduce el supuesto de angustia y ansiedad, aunque tímida e insuficiente, es un nuevo triunfo de la lucha de la mujer por la despenalización del aborto, es una liberalización parcial en la que médicos y jueces deben ser objetivos en sus decisiones. La futura ley reconoce un derecho, el derecho a abortar, y estará ahí para quien la quiera utilizar, pero de ninguna manera obliga a abortar a quien no lo desee o a quien sus creencias religiosas no se lo permitan. Por otro lado el médico puede negarse a la práctica de la intervención alegando razones morales o religiosas. Es también justa y razonable porque da más valor a la vida humana que a la de un ser no nacido. La angustia que invade a la mujer ante un embarazo no deseado puede provocarle un trauma psíquico, si no encuentra salida a su desesperada situación. Cuando de una relación amorosa inestable surge un embarazo, cuando una mujer tiene dos o tres hijos, el marido parado y, a pesar de haber utilizado medios anticonceptivos queda embarazada, es posible que provoque la angustia en la mujer y no desee ese hijo. Además los hijos no deseados, en la mayor parte de los casos son rechazados por los padres, que les niegan todo tipo de afecto, cariño y en algunos casos son objeto de malos tratos. El niño rechazado vive con un sentimiento de soledad, inseguridad y aislamiento, comportándose de forma agresiva y antisocial. Los que rechazan esta ley basándose en la defensa de la vida y los derechos humanos, deberían defender con el mismo ímpetu a los niños mendigos que son asesinados en Brasil, a los que mueren por falta de alimentos en Somalia o las masacres de niños en Sarajevo. El aborto se está practicando de forma clandestina, a veces por personas que nada tienen que ver con la profesión médica, con escasos medios, en pésimas condiciones de higiene y sin ninguna garantía. José Antonio Mayo Abargues La sonrisaPublicado en Huelva Información el día 19 de mayo de 1993
n los últimos años han proliferado de forma exagerada los profesionales del humor, y no han surgido de manera casual, no, hemos sido nosotros los que hemos demandado su presencia porque estamos perdiendo el medio de comunicación más primitivo y universal, la sonrisa. Nos hemos transformado en auténticos témpanos, incapaces de sentir o padecer. Tal vez no estemos motivados, debido al ritmo de vida tan acelerado que llevamos y necesitamos que alguien nos arranque la sonrisa de los labios. Si subimos por la escalera de unos grandes almacenes y miramos al otro lado, o sea, hacia los que van bajando, observaremos que en sus rostros no hay una mínima muestra de alegría. Bajan con la mirada al frente, hacia un punto fijo, solamente miran, sin saber lo que miran. A primera vista uno puede pensar que la culpa la tiene la factura de la compra, pero si alguien de los que baja nos observa a nosotros, verá en nuestros rostros la misma expresión: caras largas, rígidas, como de no haber obrado en quince días. Es posible, que la máscara que nos hemos curtido equivocadamente nos obligue a reprimir los sentimientos. Sonreímos poco, y cuando lo hacemos, raras veces corresponde a un verdadero sentimiento. Sonreímos para encubrir la tristeza del estado de ánimo en que nos encontramos, para demostrar al compañero que nos ha gustado el chiste, cuando al mismo tiempo lo estamos calificando de pésimo, para mostrarnos ante los demás agradables y simpáticos, en una palabra, para engañarnos a nosotros mismos. Otras veces, ese aire de superioridad que todos tenemos en mayor o menor grado, nos lleva a utilizar la sonrisa irónica o despectiva, producto de la degeneración de la sonrisa natural, poco social y nada comunicativa. La sonrisa es una respuesta muscular momentánea a una situación determinada, sujeta a un proceso de socialización que hace que varié su sistema de motivaciones. Nace hacia la quinta o sexta semana de la vida de un bebé. Se puede decir que nace con nosotros. A lo largo de nuestra vida la vamos matizando, puliendo y adaptando a la situación social en que nos encontramos. Este es el motivo de que la sonrisa pierda su naturalidad y se convierta en una sonrisa social, esa que utilizamos varias veces al día, cuando nos ceden el paso, cuando damos los buenos días o cuando damos las gracias. Aunque es difícil distinguir la sonrisa natural de la forzada por lo bien que la imitamos, hay un detalle que delata su autenticidad o falsedad. La natural se presenta de forma lenta y tarda en desaparecer, pues quien sonríe con ganas no mide el tiempo. En cambio, la forzada es de muy poca intensidad y desaparece con la misma rapidez que aparece. Tanto un gesto como otro son positivos en cuanto a la comunicación que transmiten, pero existe entre ambos una diferencia abismal. El primero obedece a una reacción fisiológica de satisfacción, mientras que el segundo intenta ofrecer lo que no siente con el propósito de complacer. La televisión nos ofrece a diario toda una gama de sonrisas carentes de sinceridad, sonrisas forzadas, congeladas o fijas, estudiadas y entrenadas; bien simuladas, pero vacías de todo contenido sentimental. Por muy bien que una sonrisa se imite, siempre será una pobre copia de la auténtica. Sonreír es símbolo de alegría, es sano, saludable y tiene un gran valor terapéutico. Al sonreír se olvidan conflictos y se desdramatizan situaciones tensas. Cuando dos personas sonríen mutuamente, experimentan un sentimiento de unión, de camaradería. Con este gesto se exteriorizan una serie de emociones internas, es agradable y grato. Sonriendo disfrutamos, agradamos y complacemos. Sonriamos pues, pero si es posible con sinceridad. José Antonio Mayo Abargues El verde, el mejor disfrazEL VERDE, EL MEJOR DISFRAZ Publicado en Huelva Información el día 20 de febrero de 1993
o verde está de moda, y hay que decir que desgraciadamente, porque cuando la moda surge, trae consigo intereses económicos que enturbian hasta la última letra de su nombre. El comportamiento ecológico de la sociedad no debe ser una moda que mañana sea sustituida por otra, sino una disciplina que perdure y un deber cívico que todo ciudadano está obligado a cumplir. Las organizaciones ecologistas, acusadas en numerosas ocasiones de sembrar la alarma en la sociedad, son hoy imitadas por prestigiosas empresas que afirman ser defensoras de la naturaleza y en realidad lo que buscan es una salida a sus productos, manipulando de esta forma al sufrido consumidor. Un motivo evidentemente económico, las ha llevado a explotar el problema ecológico: la competencia del mercado es enorme y el consumidor está sobresaturado de publicidad. Alguien pensó que había que hacer algo, había que buscar algo que lo atrajera, algo por lo que se sintiera motivado. Era necesario proyectar un mensaje publicitario hacia las inquietudes más urgentes del consumidor, y nada mejor que la protección del medio ambiente, por la que todos estamos muy sensibilizados. Se habían dado cuenta de que no era suficiente seducirnos con fabulosas ofertas, quizás sea porque nos estamos haciendo adultos en esto del consumo y no nos dejemos llevar por el sensacionalismo publicitario. Entonces pensaron en disfrazar sus productos, en vestirlos de verde, como si de una fiesta se tratara. Sirva como ejemplo de todo un rosario fraudulento, la botella no retornable, fabricada con cristal reciclado. Estas botellas que están en auge, nada tienen que ver con lo verde, con lo ecológico, por muy fabricadas que estén con cristal reciclado. Cuando el fabricante se encargue de la recuperación de los envases para su posterior reciclado, entonces podrá hacer alusión con propiedad al símbolo verde que algunas de ellas llevan estampado en la etiqueta, mientras tanto, son una amenaza para el medio ambiente. Según la normativa Europea, un producto verde es aquel que no perjudica el medio ambiente, tanto en su proceso de fabricación como en su destrucción. Y las botellas no retornables distan mucho de ser un producto verde, pues al no repercutir en la economía del consumidor, son abandonadas en cualquier lugar, deteriorando la imagen de la ciudad, del campo y de la playa. Asimismo constituyen un peligro inminente de accidente. En el mejor de los casos son incluidas en la basura doméstica, contribuyendo a engrosar más los problemáticos vertederos. Otras empresas, aunque no venden sus productos como verdes, utilizan la “defensa” de la naturaleza como bandera de su cruzada comercial, aprovechando los desastres ecológicos para eslogans y mensajes publicitarios. Hay que reconocer que este tipo de publicidad no es agresiva, todo lo contrario, es dulce y sabe llegar al corazón del consumidor e incluso sirve de concienciación, pero no deja de ser una publicidad engañosa. Sin duda alguna, la técnica del marketing es capaz de vestir con bañador a un esquimal. No estaría bien generalizar, puesto que hay empresas que sin hacer una publicidad excesiva, ofrecen al cliente un producto auténticamente verde, como es el caso de Trtra Pak, fabricante de los envases Tetra Brik, la cual se ha comprometido con una industria valenciana para reciclar sus productos y transformarlos en papel y bolsas de papel. José Antonio Mayo Abargues Legalización del hachísLegalización, historia y consecuencias del hachís Publicado en Huelva Información el día 28 de noviembre de 1994
a reciente propuesta del delegado de gobierno para el Plan Nacional contra ¿Qué se pretende con la legalización de hachís?, ¿terminar con los narcotraficantes o un adormecimiento social? Es más probable que sea lo último, pues evidentemente, las mafias de narcotraficantes seguirán existiendo, ya que no van a desmantelar sus sólidas estructuras, sino que darán un giro hacia otras drogas no legales. Recordemos lo que ocurrió en Galicia con el contrabando de tabaco. El hachís fue introducido en Europa por los soldados de Napoleón a su regreso de Egipto. Napoleón, al darse cuenta de las peligrosas consecuencias de su empleo, prohibió el consumo en una Orden del 8 de octubre de 1800, pues según decía en la misma, los que consumen esta sustancia pierden la razón y son presa de delirios violentos que los hace entregarse a excesos de toda clase. Cuarenta y cuatro años después, fue creado en París el famoso “Club del Hachís”, por el doctor Moreau de tours, quien puso de moda el consumo de la sustancia canábica entre los intelectuales de la época. Pintores, artistas y escritores se daban cita semanalmente en un hotel de Pero el hachís no fue conocido popularmente hasta la década de los 60, convirtiéndose primero en el símbolo del movimiento contracultural y más tarde del movimiento hippie. Fue entonces cuando los científicos comenzaron a tomar interés sobre sus efectos e iniciaron investigaciones en los campos de la psiquiatría social y de la psicología. Los primeros estudios mostraron que el consumo de esta sustancia provoca alteraciones en el desarrollo de la personalidad y produce efectos perjudiciales desde el punto de vista social. En 1972 una comisión de científicos y expertos en materia de drogas, presentó al presidente del Congreso de los Estados Unidos un informe sobre el consumo del canabis y los cambios de comportamiento que ocasiona al consumidor. Según la comisión, el esteriotipo del consumidor es el siguiente: son agresivos, irresponsables, no tienen autodominio, son personas mentalmente enfermas con inclinaciones hacia la criminalidad, siendo peligrosos para la seguridad pública. En los consumidores abusivos, continúa el informe, se advierte una tendencia a contraer lesiones orgánicas y pueden llegar a presentar un cambio específico en el comportamiento. Hoy, afortunadamente, contamos con un amplio conocimiento sobre esta droga, la droga de consumo más extendida en todo el mundo, debido a su fácil acceso. Sabemos que los efectos son nefastos y muy similares a los de otras drogas alucinantes y, al mismo tiempo son muy complejos, pues su acción puede ser euforizante o analgésica. En los efectos psicológicos influye el ambiente, la compañía y la personalidad del consumidor. No produce dependencia física, por lo que dejar de consumir no provoca síndrome de abstinencia, pero sí produce dependencia psíquica o síndrome de querencia, tanto en los consumidores habituales, como en los esporádicos. Esta dependencia, menos grave que la física, es sin embargo más difícil de vencer. Durante mucho tiempo permanece el deseo de seguir consumiendo la droga y puede tardar años en desaparecer. APARICIÓN DE RASGOS OCULTOS Los primeros efectos son estimulantes, se experimenta una sensación de bienestar, los sentidos se agudizan, aumenta la sensibilidad a los sonidos y a las visiones. Algunos pueden creer que poseen una capacidad física y mental superior a la que realmente tienen. Si a esto le unimos la aparición de rasgos ocultos de la personalidad, como la agresividad, será sumamente peligroso, máxime cuando se realizan actividades delicadas que requieren mucha destreza, por ejemplo, conducir un coche. ¡Cuántos accidentes serán debidos a los efectos del hachís! Los daños que produce al organismo son numerosos. Afecta a órganos vitales, como los pulmones, el cerebro, el hígado y el corazón. Produce sequedad de boca, sudoración, irritación de las conjuntivas, taquicardia, bronquitis, depresión, sensación de angustia y pérdida de apetito. El efecto excitante de las dosis elevadas produce náuseas, vómitos y lipotimias. A veces la sensación de angustia se convierte en terror. También es frecuente la pérdida de memoria y se ha observado una disminución en el rendimiento escolar y profesional, que puede incluso llegar al abandono de los estudios y del trabajo. Hay investigaciones clínicas que indican que es nocivo hasta en el aspecto hereditario. No podemos utilizar como ejemplo para la legalización del hachís a las drogas legales como el tabaco y el alcohol, creo que ya tenemos bastante con sus desastrosas consecuencias, y mucho menos podemos decir que los efectos del hachís son inferiores a los de estas drogas. Cito un comentario de Charles Beaudelaire, escritor del Club del hachís: El hachís no consuela como el vino; no hace más que desarrollar desmesuradamente la personalidad humana en las circunstancias presentes en que está situada. Un curioso relato persa pone de manifiesto las acciones psíquicas respectivas del opio, del alcohol y del hachís. Unos adictos a cada una de estas drogas llegaron a las puertas de una ciudad que encontraron cerrada. Entonces el alcohólico propuso derribar la puerta; el opiómano dijo: será mejor descansar y esperar a que abran las puertas; pero el adicto al hachís dijo con toda naturalidad ¿Por qué tanto alboroto? ¡Con lo fácil que es colarse por el ojo de la cerradura! Como hemos visto, el alcohólico se muestra agresivo; el opiómano apático e indiferente, y el adicto al hachís muestra un desorden mental que distorsiona la realidad, debido a que la percepción de sus sentidos se encuentra alterada. Hay que señalar que nadie pasa del alcohol a otro tipo de drogas más duras, sin embargo, según un estudio efectuado por Si el hachís se legaliza existe el inevitable peligro de que muchos jóvenes desinhiban sus temores y se inicien en el asqueroso mundo de la droga, asimismo perderá el respeto a otras drogas más peligrosas. Si por el contrario continúa siendo ilegal, evidentemente los riesgos se limitan. José Antonio Mayo Abargues Los hijosLOS HIJOS
os escandalizamos cuando un ser humano le quita la vida a otro, reacción muy natural de todo ser bien nacido, sin embargo, no nos escandalizamos —y si lo hacemos, no en el mismo grado—, cuando un ser humano le da la vida a otro sin tener la capacidad suficiente para formarle como persona y hacerle feliz. Pues tan dramático e ilícito es un caso como otro. Salvo contadas excepciones, los hijos se tienen por puro egoísmo. La inmensa mayoría tiene los hijos por satisfacción personal al querer realizarse como padres, o por condicionamiento social. Cuántas veces hemos escuchado: «¿A qué estáis esperando, lleváis dos años casados y todavía no habéis pensados en los niños? Otras veces, los hijos se tienen porque los abuelos quieren un nieto, o simplemente, porque ese hijo puede suponer la salvación de la pareja. ¿Qué padre piensa: voy a tener un hijo para hacerle feliz? Ser padre es una tremenda responsabilidad y todos no están preparados para esta difícil tarea. Por eso el mundo está lleno de infelices. Los amigosLOS AMIGOS
iento un afecto especial hacia otras personas, y en la mayor parte de los casos, ese afecto es recíproco. Necesito estar rodeado de esta gente y me gusta su compañía, creo es bueno para el equilibrio psíquico de las personas. Pero no creo en los amigos, y mucho menos en esos a los que algunos llaman incondicionales. No existen. Los amigos son personajes de ficción, una invención del ser humano por temor a la soledad. Pero la realidad es esta, no nos engañemos. Estamos solos. Campo de minasCAMPO DE MINAS Publicado en Huelva Información el día 22 de junio de 1994 La paz no hay buscarla, pues está ahí, es la sombra de la guerra que impide verla.
e vez en cuando sacaba con mucho misterio aquel librito de pastas azules y escasas hojas, que guardaba como oro en paño entre sábanas y alcanfor. Apenas se podían distinguir las gastadas letras escritas a pluma, pero no importaba mucho porque ella nunca leía. Sabía de memoria el texto, lo había leído tantas veces… Abría el librito, acariciaba las páginas, miraba al cielo y luego suspiraba. Era necesario hacerlo porque sólo con eso se sentía bien. Aquel librito contenía un mensaje que no podía ser más dramático: Hoy a las dos de la tarde me llevan al paredón. El mensaje, firmado en Trubia (Asturias), en octubre de 1937, terminaba con ¡Viva la república! Yo no alcanzaba a comprender muy bien todo aquello porque aún era un niño, pero me daba cuenta por la expresión de sus ojos, de que había sufrido mucho. María María El resto de sus días vivió con un sentimiento de miedo, de persecución, y fue por eso, por lo que unos días antes de morir, cuando ya presentía lo inevitable, quiso deshacerse del librito para no comprometer a los suyos. Y en el fogón de aquella inmensa cocina, justo debajo de un azulejo donde rezaba: Dios bendiga cada rincón de esta casa, María No es el comienzo de una novela, es una historia tan real como dramática. Es la triste historia de una mujer de Como en todas las guerras, en esta tampoco hubo vencedores, sino vencidos, todo un pueblo arruinado y destruido. Se derramó mucha sangre y muchas lágrimas, y aunque ya se han olvidado los rencores, hoy aún quedan muchos corazones heridos. Ha pasado más de medio siglo desde que terminó aquella vergonzosa guerra, de la que ningún español se ha de sentir orgulloso, porque si al menos hubiera servido para que el mundo aprendiera de nuestro error, si aquella hubiera sido la última, habría valido la pena. Pero no, no fue así. Cinco meses después, Alemania se enzarzaba en una fanática guerra mundial en la que se vio complicada el 80% de la población del planeta y que provocó la escalofriante cifra de 55 millones de muertos. En la antigua Yugoslavia, un país desintegrado por completo, se vive una situación similar a ambas guerras. Desde hace tres años, servios, croatas y musulmanes, se enfrentan en una encarnizada guerra civil. Este es el primer enfrentamiento bélico que tiene lugar en Europa después de la segunda guerra mundial. La agresión Serbia contra Bosnia-Herzegovina no está dirigida únicamente hacia los puntos estratégicos militares. El objetivo Servio es la propia población y todo lo que signifique su historia. Se destruyen monumentos, iglesias, museos, archivos, obras de arte, aquello que simboliza su identidad es salvajemente aniquilado. Este Estado independiente, civilizado y culto, que pretendía vivir en armonía a pesar de sus diferencias étnicas, es ahora víctima del hambre y de la enfermedad. Asediado entre las ruinas, sin agua y sin luz, intenta sobrevivir al genocidio. En esta terrible guerra no existen límites, todo vale, nada se respeta. Los francotiradores disparan contra niños, mujeres y ancianos. Se cometen torturas, violaciones, saqueos, crímenes. Algún día, cuando se sepa toda la verdad, quizás nos sorprenda saber que los campos de Menjaka y Bosanti-Novi, no eren muy diferentes a los de Auschwitz y Mauthausen. El éxodo hacia otros países obliga a separarse a muchas familias. Algunos padres se desprenden de sus hijos con el fin de salvarlos de las masacres, y tal vez jamás los vuelvan a ver. Los pobres niños son las grandes víctimas de la guerra. Las imágenes que nos llegan de Sarajevo o de Mostar, son espeluznantes, aunque vistas desde el sofá y ante una lata de cerveza, nada tienen que ver con la realidad, aparte de ser un triste contraste por muy solidarios que nos mostremos. Debido al avance de la tecnología militar, las guerras son cada vez más terroríficas. En la guerra del Golfo Pérsico se experimentaron nuevas armas, nuevos radares, nuevas estrategias. En todas las guerras se experimenta algo nuevo y siempre con resultados más desastrosos para la humanidad. En tan solo siete meses hubo 100.000 muertos, entre militares y civiles. ¡Qué barbaridad! Si los autores de esta guerra, George Bush y Saldan Hussein se hubieran batido en un duelo personal, el conflicto entre Estados Unidos e Irak, habría quedado zanjado y no hubieran muerto criaturas inocentes. Las guerras no tienen presupuesto, ni importa los millones que cueste un arma, lo que importa es la capacidad de destrucción, y la envergadura del daño que provoque, cuantas más víctimas, mejor. Pero lo que es tremendamente peligroso de una guerra, es que la población se acostumbre a vivir entre las balas, porque entonces puede ser interminable. En un estado de guerra, el hombre se vuelve inhumano. Recuerdo con que frialdad describían los pilotos americanos lo excitante que les resultaba derribar un avión iraquí. Increíble. La historia demuestra que las guerras no son la solución a ningún conflicto, pero a pesar de ello se siguen sucediendo. El mundo se está convirtiendo, poco a poco, en un campo de minas. Antes de que termine una guerra ya se está gestando otra. En febrero de 1991 finalizaba la guerra del Gofo o la guerra negra, como luego se le llamó por el desastre ecológico que causó, y en octubre de ese mismo año, era invadida Bosnia-Herzegovina. El demonio de la guerra nunca descansa. ¿Serán estas guerras un ensayo para una gran representación? Esperemos que no, y esperemos que algún día no muy lejano, la convivencia se restablezca en los países en conflicto y la paz sea posible en todo el mundo. Es evidente que las guerras son para algunos un negocio, un sucio negocio que arruina la vida del hombre. Se construye un túnel para unir dos países, una obra casi inconcebible hace unos años, y paradójicamente, se sustenta una guerra para desunir otros países. Todo es cuestión de intereses. Las guerras son inútiles, absurdas y necesitan una falsa justificación. Es necesario encontrar un culpable: moros o cristianos, republicanos y nacionales, croatas o musulmanes: los buenos y los malos. Es una forma de librar de culpas a la conciencia y de justificarse cada uno ante su Dios. Pero no hay justificación para lo injustificable, nada, absolutamente nada, justifica una muerte; ni una religión, ni un color, ni una ideología. Nada. Las guerras son simplemente el resultado de unas mentes retorcidas y enfermizas, que por contagio terminan en una demencia colectiva. José Antonio Mayo Abargues Tocar maderaTOCAR MADERA Publicado en Huelva Información el día 15 de abril de 1994 Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene, y aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue, en los venenos del pueblo desde ahora y desde siempre. Varios tragos es la vida y un solo trago la muerte. Miguel Hernández La vida y la muerte, el bien y el mal, dos fuerzas antagónicas que circulan en paralelo. La vida, vigilante y desconfiada; la muerte a su lado, como una sombra, constante e inevitable. Y por ser inevitable tendríamos que aprender a familiarizarnos con ella, para cuando llegue la hora decirle «Aquí estoy para morir». Pero no es fácil, al gran enigma se le tiene respeto, pone carne de gallina y provoca escalofríos. Esto se debe fundamentalmente a la falta de preparación que tenemos para enfrentarnos a la muerte. Nos preparamos para afrontar la vida, pero no para afrontar la muerte. La extinción del cuerpo, el día final o el último viaje, como la definió Machado, es cruel y siniestro, ya sea de muerte súbita, senil o violenta, y por lo tanto, el temor hacia ella es completamente natural. Nos enfrentamos con algo que nos amenaza con el peor de todos los males, con algo que casi siempre sobreviene de modo inesperado, y a lo que nadie escapa, así es la muerte de inexorable. Por si esto fuera poco, nosotros nos encargamos de hacerlo más dramático todavía. Cada vez que representamos la muerte, en vez de hacerlo de la manera más significativa y menos cruel, por ejemplo, con un reloj de arena, utilizamos figuras y motivos macabros, como el esqueleto empuñando la guadaña, la calavera, etc. Es herencia de nuestros antepasados, ellos siempre la pintaban con un rostro horrible. Hay que romper con todas estas figuras tan repulsivas para que la muerte no sea una continua obsesión y poder entenderla como el modo más lógico de terminar la vida. El cuerpo se atrofia, se degenera, se desgasta, y, aunque se pudiera prolongar la vida más allá de su término habitual, sería absurdo, no tendría sentido vivir por el solo hecho de existir. A veces la vida nos hace pasar malos tragos e hipócritamente reaccionamos descalificándola, despreciándola con frases come esta: la vida no vale nada, la vida es una mierda, qué asco de vida. Sin embargo mostramos un respeto absoluto hacia la muerte, que es lo que verdaderamente nos repugna. De la muerte ni hablar, toca madera. Es un hecho demasiado trágico sobre el que se han creado un montón de mitos y leyendas. La muerte ha sido siempre importante tema de estudio. La psiquiatra americana Elisabeth Kübler-ros, hizo un estudio en el año 1969 con algo más de 200 moribundos, con el fin de conocer el proceso de agonía, y descubrió que el paciente pasa por cinco etapas diferentes antes de la inminencia de la muerte: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. El paciente comienza por negarse a aceptar el pronóstico, piensa que se trata de un error y visita a varios médicos con el propósito de encontrar un pronóstico favorable. En la segunda etapa pasa a aceptarlo y siente ira y resentimiento, siendo víctimas de ello todas las personas que estén a su alrededor. En la tercera etapa el paciente pretende negociar con Dios o con la propia enfermedad, fijando objetivos: vivir hasta la boda del hijo, hasta el nacimiento del nieto, etc. La cuarta etapa tal vez sea la más dura, admite la proximidad de la muerte y cae en una terrible depresión. Y por último el paciente, cansado, débil y apático, termina aceptando la muerte con total serenidad. El rechazo a la muerte es la actitud más normal, todos nos aferramos a la vida, pero como hemos visto hay un momento en el que se llega a aceptar. Además, el moribundo, siendo consciente de su inevitable muerte, no sufre por ello, es la gente de su entorno la que sufre por su desaparición, en esto coinciden varios científicos. Llegue a conocer a una persona relacionada con la sanidad, que por su trabajo estaba muy familiarizado con la muerte. Cuando murió su padre no derramó ni una sola lágrima por él, incluso en el velatorio, cuando todos estaban presos de dolor, tuvo el atrevimiento de gastar alguna broma entre los asistentes, lo que le costó más de una crítica, y no es que sintiera alegría por la desaparición de su padre, ni mucho menos, sentía un cariño especial por él. Lo que ocurre es que entendía que le había llegado la hora y estaba tan concienciado que no soportaba ver sufrir a la familia. He reflexionado mucho sobre la muerte y he llegado a la conclusión de que no es la muerte en sí lo que me preocupa. Soy consciente que desde que nací estoy caminando hacia ella y que el camino es cada vez más corto, que cada día que pasa es un día menos de vida, que voy muriendo poco a poco, y de que la vida no es más que un suspiro. Lo que me preocupa es la clase de muerte que tendré. No quisiera una muerte violente ni prematura; pensar que sea así me produce dolor y amargura. Mi idea es enfrentarme a ella cuando la máquina esté desgastada, y hacerlo con plena conciencia. Y lo que más me preocupa de la muerte es su actitud traicionera, a veces te deja ganar un pulso y después… La muerte lo arrebata todo de un plumazo: sensibilidad, respiración, pulso; todo. Con ella también se va algo que la vida jamás tenía que haber traído: la mentira, la envidia, el odio y el rencor. Pero mientras llega, su abstracta presencia nos hace amar la vida. José Antonio Mayo Abargues Viaje a ninguna parteVIAJE A NINGUNA PARTE Publicado en Huelva Información el día 25 de septiembre de 1993 Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos del mar. Antonio Machado Toda vida tiene su fin, y la humana no iba a ser una excepción. Somos conscientes de nuestra mortalidad, pero sólo pensar en ella nos produce una terrible angustia, y es que la muerte nos horroriza. Nos horroriza por temor a lo desconocido, al dolor físico, a la separación de los seres queridos y a su incierto futuro; pero lo que más nos horroriza es la desaparición perpetua de nuestro ser. Según algunos sociólogos, la preocupación por la muerte es mayor hacia los treinta años, pues es cuando se toma más conciencia de la mortalidad y, al mismo tiempo coincide con el deseo más intenso de vivir. De la muerte hablamos poco o casi nada, es un tema tabú que preferimos no tocar, solamente su nombre resulta aterrador. Pero es evidente que nuestro cuerpo morirá, se corromperá y se lo comerán los gusanos. Ante esta clara evidencia hemos creado un hipotético más allá, donde una hipotética alma inmortal seguirá fantásticamente subsistiendo, o sea, que moriremos pero seguiremos viviendo, y de esta forma hacemos que la vida triunfe sobre la muerte. ¡Qué absurdo! Las diferentes religiones encuentran en esta teoría un excelente caldo de cultivo e inventan una vida futura en la que los adeptos que les sigan encontrarán su premio y los que no lo hagan, su castigo eterno. Dado que la muerte se concibe como una entidad maligna, es lógico que la gente se refugie en estas creencias religiosas, aunque después, la gran mayoría acuda a la iglesia solamente en tres ocasiones: nacimiento, boda y muerte. Para Las creencias sobre la inmortalidad del alma o la existencia de otra vida, han existido desde las civilizaciones más remotas. En el siglo 19, muchas familias albanesas se arruinaban con los gastos de los funerales para que el difunto tuviera un paso feliz hacia la otra vida. Los gastos de comida, bebida y ofrendas, servían según sus creencias para el sustento del alma en el más allá. En algunos pueblos del Pacífico, los parientes del difunto se reunían en un banquete fúnebre durante el cual era ingerido el cadáver, cuidando, eso sí, de no romper ningún hueso. La finalidad de este rito tan repugnante, era la de apropiarse del espíritu del difunto. La religión budista prolongaba la permanencia del cadáver en la casa para que el alma no se fugara. Paradójicamente, en el norte de China se amortajaba al agonizante y la mesa mortuoria se colocaba en la misma entrada de la casa para que el alma pudiera abandonar fácilmente la morada. El cadáver se ataba de pies y manos para evitar la reencarnación o las apariciones. Las numerosas afirmaciones de la existencia de otra vida, de personas que han tenido alguna experiencia cercana a la muerte, alimentan más esta creencia. Todos describen experiencias muy similares: se deslizan por un túnel oscuro, al mismo tiempo que escuchan un ruido ensordecedor. A continuación se encuentran fuera de su cuerpo, observándolo desde fuera. Bajo una agradable sensación de paz, son recibidos por otros espíritus, entre los que se encuentran parientes y amigos ya fallecidos. La semejanza de los diferentes casos hacen creer en su veracidad, pero estas experiencias pueden ser producto de alucinaciones o estados mentales engañosos, provocados por las medicinas administradas al enfermo: estimulantes, anestésicos, etc., o bien pueden ser sueños de cumplimientos de deseos. La muerte siempre está presente en el subconsciente, y en la somnolencia, la mente se nutre de imágenes que después se viven muy intensamente. Algo similar ocurre en delirium tremens alcohólico. Los sueños están llenos de imágenes muy vivas y, durante el crepúsculo del delirium se presentan angustiosas alucinaciones. El alcohólico tiene que defenderse de numerosos animales microscópicos que tratan de apresarle. También es muy frecuente que entable diálogos repentinos con personajes imaginarios, que para él son reales. Como hemos visto, el hombre necesita creer en algo. La certeza de la muerte le entristece y se consuela con la supuesta inmortalidad del alma o con la existencia de otra vida. Nacer, vivir y luego morir, parece no tener mucho sentido. Pensar que nuestro cuerpo quedará reducido a la nada… En cambio, si pensamos que después hay otra vida nueva y eterna, la muerte se acepta con más serenidad. Pero no nos engañemos, la realidad es así de dramática, el alma del hombre muere, como muere la de los animales o la de las plantas porque no puede existir sin el cuerpo, se necesitan mutuamente, y habrá que buscar fórmulas que reemplacen a esas primitivas ideas y que nos permitan llegar a la muerte de la forma menos traumática, como se llega a la adolescencia o a la tercera edad. José Antonio Mayo Abargues ¡Qué mala es la envidia!¡QUÉ MALA ES Publicado en Huelva Información el día 23 de enero de 1993
osé, el hijo menor de Jacob, contó a sus hermanos el siguiente sueño: Estábamos atando gavillas en el campo, y en esto que mi gavilla se levanta y se queda derecha, mientras que las vuestras se ponen alrededor y se inclinan ante la mía. Sus hermanos respondieron «¿Es que vas a ser tú rey y señor nuestro?» (En la mentalidad primitiva, los sueños prefiguraban el futuro). Esto, unido a las preferencias de Jacob por José, provoca la envidia de sus hermanos y piensan darle muerte. La intervención de Rubén y de Judá evitan que esto ocurra y es vendido a los ismaelitas por veinte monedas de plata. En nuestros tiempos la envidia no ha evolucionado mucho, es muy similar a la de siglos pasados, aunque hoy se basa más en cosas materiales por el afán de dominio y superioridad del hombre. La envidia (del latín invidia: mirar con malos ojos) es uno de los siete pecados capitales, el sexto en orden. Consiste en una tristeza ante el bien del prójimo, considerado como mal propio en cuanto que se cree que disminuye la propia excelencia o felicidad y afecta a todas las clases sociales. Es, al mismo tiempo, congojosa y roedora, pues hace sentir continuamente la necesidad de aquello que el otro tiene y la impotencia de lograrlo. Según Aristóteles, se aceba en las personas de condiciones parecidas o poco distantes, ya sea en linaje, edad, saber, gloria, o poder. Difícilmente un trabajador puede tener envidia del director general de su empresa, porque la distancia entre ambos hace evidente lo absurdo de la pretensión. Es considerada una enfermedad, y tiene su tratamiento en la psiquiatría, dentro de la rama psicopatológica. La padecen personas que sienten un complejo de inferioridad en algún campo concreto de la vida, los tímidos, los deprimidos, los débiles. Las mujeres son más propensas a esta enfermedad, pero algunos hombres la sufren en mayor medida. Es, sin embargo, inconfesable o difícilmente confesable, incluso en la terapia analítica de un psiquiatra. La forma expresiva se reconoce con facilidad, especialmente en la mirada y se exterioriza en ciertas modalidades de lenguaje. Tiene efectos perniciosos en el orden moral. Conduce a otras faltas, tales como la retractación, la susurración, la difamación, la calumnia, la alegría perversa del mal ajeno, el humor negro, etc. Puede engendrar odio, pero es raro que provoque venganza, salvo excepciones como Caín y Abel, José, o aún más reciente, Generalmente, el envidioso es de acentuado narcisismo, por lo que si fracasa en su objetivo se hará un daño irreparable a sí mismo y terminará odiando a aquel o aquellos que ostentan lo que él había anhelado. Lo paradójico, es que, de alguna manera se identifica con su rival, admira su identidad y al mismo tiempo le odia. Quien padece esta enfermedad, sufre, y mucho. Lo que más le irrita es que el otro destaque en algo: estatus social, prestigio, intelectualidad, etc. Pero también hace sufrir, si no consigue igualarse al envidiado, buscará en él, lo malo, lo negativo, intentará por todos los medios desprestigiarle, si fuera preciso con falsos testimonios, dañando su dignidad, o lo que es peor, la de su familia. Ante la imposibilidad de conseguir un bien material, dirá de su rival que el dinero procedía de un trabajo sucio o ilegal. La imaginación puede llevarle a límites insospechados. En un trabajo de Fernando Díaz Plaja sobre la envidia de los españoles (“El español y los siete pecados capitales”), dice: el español necesita encontrar en el admirado algo que enturbie esa admiración y le quite importancia «Qué listo es el cabrón», o todavía más grave, con una sonrisa afectuosa «Qué bien escribe el hijo de puta». Nadie está libre de ella, esto puede ocurrir aunque se posea más que otro por el afán de tener más, de quererlo todo. Si se careces de las necesidades más elementales para subsistir: vivienda, alimentación, dinero, entonces es más fácil que aparezca la envidia. No podemos evitar que surja, pero tampoco tenemos que provocarla haciendo alarde de una situación de superioridad. A veces solemos fomentarla en nuestros hijos inconscientemente y con ánimo de provecho, o hemos sido víctimas de ello por parte de nuestros padres. Cuántas veces hemos oído «Tienes que ser como fulano, él siempre obtiene sobresaliente» Además, esto empequeñece y ridiculiza al niño. Los efectos fisiológicos que produce, son varios: una acción cardiovascular que se traduce por congojas y desarreglos en la nutrición, dificulta la irrigación sanguínea e impide los cambios de elementos indispensables para una asimilación normal, deseca, carcome y hace tragar bilis. También afecta al cerebro irritándolo, merma la tonicidad general y perturba las funciones del tubo digestivo. Es detectada en la autopsia por lesiones viscerales microscópicas, atrofia del corazón, raquitismo en los vasos y palidez en los músculos. Muy poco se puede hacer para remediarla. En primer lugar, pensar que la primera víctima es el propio enfermo. Distraer el ánimo puede ser una buena solución, y por último, visitar al psiquiatra. José Antonio Mayo Abargues Pana o algodónPANA O ALGODÓN Publicado en Huelva Información el día 4 de abril de 1993
ace Más de diez años, Felipe González se metía en los bolsillos de aquella chaqueta de pana, hoy algo desgastada, a una buena parte de los españoles, con unas promesas que satisfacían las inquietudes de entonces, aunque después unas menguaron y otras no se llegaron a cumplir. Evidentemente, las inquietudes de hoy no son las mismas ni tienen las mismas soluciones. Superamos los tres millones de parados y no hay nada que nos indique que vaya a descender el ritmo tan acelerado con que se están destruyendo los puestos de trabajo. La inseguridad ciudadana ha sobrepasado el límite. Cada día resulta más difícil pasear por una calle sin ser atracado. Y qué decir de la droga, si es tan sencillo conseguir una papelina, como comprar una coca cola, si ha llegado hasta los colegios y está arruinando la vida de numerosas familias. A todo este cúmulo de calamidades se ha sumado la crisis económica. Demasiados fantasmas para una película. Tanto es, que Nicolás Redondo, secretario general de UGT, sindicato afín al gobierno socialista, ha llegado a cuestionar la dirección del voto de los trabajadores, diciendo que podría dejar de ser válida la frase: no hay cosa más tonta que un obrero votando a un partido de derechas. La campaña electoral está a la vuelta de la esquina, y los dos grandes medirán sus fuerzas. Tanto campeón como aspirante saben que el combate será duro. José María Aznar intentará meter en los bolsillos de su tabardo de algodón, un puñado de votos que le permitan gobernar, utilizando todo tipo de artimañas para conseguirlo. Saldrán a relucir escándalos como el de Ollero o el de Filesa, que llevarán al campeón contra las cuerdas, de donde saldrá con un gancho y hará tambalearse al aspirante, que dicho sea de paso, no tiene un brillante palmarés. La última pelea la perdió en Andalucía por descalificación, al descubrirse que los diputados del PP en el Parlamento Andaluz ocultaron a hacienda 125 millones procedentes de las subvenciones del Parlamento. Estos casos de corrupción justifican el clima generalizado de desencanto, desilusión y apatía que vive el país, y hace que el voto se desvía hacia otras formaciones políticas, sin programas, sin ideas e incapaces de gobernar, porque gobernar un país no es cosa fácil y no se puede dejar en manos de aficionados. Dentro de poco veremos a los políticos desfilar por la geografía nacional, vestidos con las ropas más humildes y con un aire campechano muy estudiado. Visitarán pueblos, aldeas, barrios y plazas. En su mente llevarán una idea obsesiva: convencer. A nosotros nos corresponde la parte más delicada y responsable, elegir: pana o algodón, izquierda o derecha. Difícil decisión. José Antonio Mayo Abargues Vivir sin amorVIVIR SIN AMOR “Me he enamorado de ti Y es enfermedad tan mala Que ni la muerte la cura Según dicen los que aman Manuel Machado Publicado en Huelva Información el día 2 de julio de 1993
n la edad media, la selección de la pareja no estaba determinada por el amor, ni siquiera por el afecto, sino por intereses sociales y económicos. Las parejas se unían para tener hijos y perpetuar la posesión de un título o de una propiedad familiar. Las relaciones sexuales antes del matrimonio eran muy frecuentes e incluso aceptadas por la sociedad, pero eran unas relaciones donde no existía la pasión erótica. Se permitía que el hombre comprobara la fertilidad de la mujer, dejándola embarazada, y si esto no se llegaba a producir, la mujer quedaba condenada a la soltería, pero aquellos eran otros tiempos. Hoy el matrimonio es algo más que una ceremonia y un documento. Está ligado al amor y a la sexualidad. Las parejas se unen por mutua atracción física y personal, o lo que es lo mismo; por amor romántico, y buscan en su relación la realización personal y sexual como seres humanos que son. El amor conyugal es, comprensión, sinceridad, respeto y armonía, pero cuando se cae en la monotonía, cuando falta la comunicación, se transforma en discordia, tensión, disputa y angustia. Por eso es necesario buscar nuevas ilusiones para mantenerlo vivo, porque no es eterno, a veces desaparece con la misma rapidez que se rompe un cristal, en contradicción con el optimismo romántico de Machado —que ni la muerte lo cura—El amor necesita ser estimulado y sustentado día a día. Es como una hoguera, que si no se alimenta se reduce a cenizas, y entonces el matrimonio pierde su razón de ser, quedando sujeto por un simple pacto que no tiene sentido. Dicho de otro modo, el amor es dar más importancia a la felicidad del otro, que a la propia, o al menos dar la misma cantidad que se recibe. Si descuidamos estos valores tan fundamentales para el sostenimiento de la pareja, y que son la fuente del amor, sólo nos quedará la compañía y la convivencia. Una convivencia limitada al plano afectivo y al amparo, que con el paso del tiempo degradará las relaciones de manera irreversible. Es lo que llamamos fracaso familiar o matrimonio roto. Muchos, muchísimos matrimonios, a pesar de vivir sin amor, manteniendo una relación fría y distante, incluso dentro de un clima hostil, permanecen juntos, bajo el mismo techo. Saben que existe una solución para su angustiosa situación: separación divorcio, llámese como se quiera, pero sin embargo, no hacen nada al respecto y pretenden solucionar el problema con mutuas acusaciones. Y es que la disgregación de los lazos familiares es un asunto muy delicado. El matrimonio ha dejado de ser un dogma incuestionable, ya no está sujeto a los patrones moralistas y religiosos, sino es por propia convicción, aunque hoy es difícil que una pareja se aferre a vivir junta por el ideal del matrimonio indisoluble. Son otros los motivos que llevan al matrimonio en conflicto a mantener esa dramática situación. Por un lado existe un temor a la separación social, es decir, temor a pasar de unas relaciones “íntimas”, a vivir en soledad. Por otro lado se suele dar más valor a la relación del ambiente social: amigos, amistades, que a la propia felicidad. No olvidemos el factor económico, muy decisivo a la hora de la separación. Y el más importante: los hijos. El amor conyugal es la base de la educación de los hijos. La discordia no contribuye en nada a una correcta educación, tengamos en cuenta que los niños adoptan formas de comportamiento características de los padres. Por ello, evitar la separación para no dañar el fruto del amor, es una tremenda equivocación. Es cierto que el impacto emocional que recibe el niño ante la separación es duro, pero más duro es vivir en un hogar traumatizado por las continuas desavenencias de los padres. No se puede vivir representando una continua comedia, hay que pensar en uno mismo, aunque suene un tanto egoísta, y sacudirse los absurdos perjuicios, romper la coraza que encierra el amor en un mundo de tormentos y derribar ese muro cimentado sobre la base del desamor, que impide ver el horizonte de la felicidad. José Antonio Mayo Abargues Gacela (1ª parte)Gacela
penas había luz; tres bombillas de escasos vatios alumbraban en precario aquel lugar lleno de éxitos y de fracasos, de glorias y de derrotas, de esperanzas, de frustraciones, de sueños, de ira…, de sangre. Un fuerte olor; mezcla de sudor, humedad y Zotal; suavizado levemente por un ligero aroma de linimento de El Tío del Bigote, te penetraba por los conductos nasales produciendo los efectos del mismo cloroformo. Todas las paredes estaban empapeladas con carteles de los eventos más relevantes de los últimos tiempos, y con fotografías de los ídolos contemporáneos en las poses más sugerentes: Mando Ramos, Legrá, Carrasco; y las figuras autóctonas, dos grandes campeones: Agustín Senín y Luis Aisa. El impacto seco del puño contra el saco de arena, los golpes sincronizados del punch ball, el zigzag de la comba, la respiración exhausta, casi agonizante de los que llegan al límite, y la voz dirigente del entrenador, unido al característico olor, antes mencionado, constituían el ambiente inconfundible de este espacio deficiente, de escasos medios, al que, generosamente, todos llamaban gimnasio. El lugar era miserable, como miserables eran también muchos de los pugilatos que a diario se batían machacándose el cuerpo hasta llegar a echar el hígado por la boca. Todos querían dar lo mejor de sí mismo, que no era mucho, pues, eran mediocres como deportistas, como estudiantes, como trabajadores, como personas. Eran unos simples individuos que querían dejar de serlo. Estos individuos ignorados pretendían durante más de dos horas diarias de extremo esfuerzo físico, ser algún día un personaje; dejar de ser los fulanos indeterminados que eran, salir del anonimato cotidiano, de la mediocridad. Y en ese empeño se derramaban cada día lágrimas de impotencia, sudores de cólera, y, como consecuencia de todo ello, se producían derrames nasales, se hinchaban pómulos, se amorataban ojos, se rajaban labios y se abrían cejas en canal, que drenaban sangre con la misma virulencia que un volcán en erupción vomita la lava. Situado en los sótanos de un viejo edificio de una de las calles más emblemáticas de la localidad, este gimnasio fue anteriormente, en los tiempos del franquismo, un centro cultural, dependiente de Aitor no llegó allí por “las malas compañías”, como dijo su padre cuando se enteró. Él todo lo atribuía a las malas compañías. Cuando hacía novillos en el colegio, era por las malas compañías. Cuando llegaba tarde a casa, era por las malas compañías. Para él, Aitor no era dueño de sus propios actos; eran los demás quienes tomaban las decisiones por él y dirigían su vida como él quiso dirigirla siempre. Todas las dichas y desdichas relacionadas con su persona, no era él quien las provocaba, sino las malas compañías. El día que se enteró que llevaba más de un mes sin aparecer por el colegio, después de arrearle una soberana paliza con una cuerda marinera, a modo de látigo, que tenía reservada para esos casos, le dijo a su madre, que sólo veía por los ojos de aquel monstruo y callaba siempre que él decía algo: «Mal camino lleva. Y todo por las malas compañías. Pero no te preocupes, que a éste lo enderezo yo. Ya verás». Claro, que ignoraba que su peor compañía fue siempre la de él. Él le enseñó a mentir a los carabineros de los muelles, a traficar con tabaco rubio, siendo aún un niño; no tendría más de doce años cuando comenzó a vender tabaco en cantidades industriales por bares cafeterías y discotecas. Le utilizó de tapadera para colocar la mercancía a buen recaudo: un matrimonio joven que pasea con sus ricos niños por delante de los carabineros, está libre de toda sospecha. Él le hizo coger su primera borrachera el día que dejó de ser chiquillo y fue chaval. Hasta entonces, cuando se refería a él, decía siempre, el chiquillo. Aquel día, de repente, dejó de llamarle chiquillo y le llamó chaval. Estaban en un bar que su padre solía frecuentar con bastante asiduidad, regentado por un gallego estúpido y repugnante que siempre estaba de mal humor. Su padre había bebido algo más de la cuenta y tenía la lengua estropajosa, es decir, que no articulaba bien las palabras y decía frases inconexas. En una de esas, le miró muy serio, luego sonrió y le dijo al del bar: ¾ ¡Antón, ponle al chaval un ribeiro! ¾Era la primera vez que Aitor iba a probar el alcohol. Antón puso una taza de porcelana blanca que iba de menor a mayor en sentido ascendente, y echó en ella un líquido amarillento, agrio y asqueroso. Aitor cogió la taza y, después de olfatearla repetidas veces, se la llevó a la boca y bebió aquella cosa repugnante de un trago. El líquido pasó por su esófago como el alcohol por una úlcera, y rápidamente le produjo un cosquilleo en la cabeza. Su padre le miró con una sonrisa ácida, producto del orgullo y la soberbia que lo poseían, y le dijo: ¾ Qué, te gusta, ¿eh? Él no dijo nada, solamente le miró y le ofreció una sonrisa seca, sin mucho énfasis. Debió entender que sí, que le gustaba, porque, acto seguido, se dirigió a Antón solicitando otro ribeiro para el chaval. ¾ ¡Antón, otro ribeiro para el chaval, que le ha gustado! Su mujer, una asturiana de San Juan de ¾ Está bueno, ¿eh? ¾dijo Antón. ¾ ¿Quieres otro? ¾preguntó su padre. Aitor se encogió de hombros, y su padre entendió perfectamente que sí, que quería otro. ¾ ¡Antón, otro ribeiro! ¾ ¿Otro? ¾dijo extrañado. Antón le puso el vino con desgana, y poco después su cabeza daba vueltas igual que una noria. Se empezó a sentir mal, muy mal. La mujer de Antón se debió de asustar, porque salió corriendo de la barra. ¾ El güaje tien la carina blanca[1] ¾dijo, en un asturiano cerrado, al tiempo que le retiraba la taza de las manos. Después lo cogió por el brazo y lo llevó a la calle a echar la pava. Unos años más tarde, Aitor llegó a casa de aquella manera, y su padre puso el grito en el cielo. Normal. Aitor llegó al gimnasio por propia convicción, en contra de lo que su padre pensaba. Todos los días al salir del trabajo, inevitablemente, tenía que pasar por la puerta, y todos los días, inevitablemente, al llegar allí se detenía a observar los entrenamientos por un ventanillo que servía de respiradero del sótano. Se sentaba en el borde del ventanillo y contemplaba boquiabierto, todos y cada uno de los movimientos de los púgiles. Había dos entrenadores que dirigían cada uno a un grupo diferente. Uno era mayor, bajito y algo zambo. Siempre iba con una chapela y tenía un estilo muy peculiar. Era muy enrollado con los boxeadores, que a simple vista parecían novatos. Les explicaba las cosas mil veces, con gestos parsimoniosos y ejemplos prácticos que llenaban de confianza al pupilo. El otro entrenador era un hombre más joven, de estatura normal y complexión fuerte. No le gustaba explicar las cosas más de una vez. Era serio, de un carácter, más bien agrio, y dirigía los entrenamientos con autoridad y disciplina. Desde el ventanillo sólo se divisaban dos habitáculos divididos por un tabique. En uno, que estaba todo rodeado de espejos, se encontraba el saco de arena y el puch ball. En el otro estaba el ring, un cuadrilátero de escasas dimensiones que obligaba a la lucha cuerpo a cuerpo. El resto del gimnasio escapaba al ángulo de visión y Aitor no lograba siquiera imaginarlo. Llevaba meses mirando por aquel ventanillo y respirando los vapores de coraje que fluían del sótano, pero nunca se atrevía a entrar: su timidez es algo que nunca ha podido superar; ni siquiera hoy, con esa edad indefinida que se adquiere superados los cuarenta. Pero uno de esos días que estaba contemplando los entrenamientos, de repente sintió que una mano le oprimía la clavícula. Miró hacia atrás y, cuál fue su sorpresa, cuando vio que aquella mano era la del entrenador, el más joven, el de carácter agrio. ¾ ¿Te gusta el boxeo, chaval? ¾le dijo, mientras hincaba los dedos en su clavícula. ¾ Sí… Me gusta ¾respondió sorprendido. Desde ese día, Aitor miró por el ventanillo desde un plano inferior. Poco más le quedaba por ver de este humilde local, que a partir de ahora iba a absorber todo su tiempo libre. Sólo un largo pasillo con dos grupos de barras paralelas, una a cada lado, varias colchonetas de skay, dos grandes anillas que colgaban del techo, una ducha atestada de ladillas, y un armario donde se guardaban: vendas, manoplas, guantes, chichoneras, y un pequeño botiquín. ¾ ¿Fumas? ¾le preguntó el entrenador. ¾ Poco ¾respondió él. ¾ Pues si quieres entrenar con nosotros, no debes fumar nada. ¾ Vale. ¾ ¿Bebes? ¾ Algunas cañas. ¾ Tendrás que dejarlo. ¾ Vale. ¾ Mañana empezamos a las ocho. Ven preparado con ropa adecuada. Después ya te irás haciendo con un equipo. No tuvo más remedio que renunciar a esos pequeños vicios en los que todavía se estaba iniciando, y se dedicó en cuerpo y alma al deporte de las doce cuerdas. Al principio, Aitor pensó que sería difícil integrarse en aquel ambiente heterogéneo, donde confluían los seres más pendencieros de las diversas estirpes sociales: jefes de tribus urbanas que querían estar en forma para defender con éxito sus territorios, reconocidos camorristas que alardeaban continuamente de ello, auténticos rufianes que no les importaba meterte diez centímetros de acero en la barriga, con tal de aumentar su palmarés delictivo, y algún que otro chulo barato que no tenía ni media hostia. Pero también había gente sencilla y honrada: algunos estudiantes poco convencidos del futuro que les esperaba, estibadores portuarios, chapistas, soldadores, panaderos; y dos hermanos que se dedicaban a recoger pelotas en el campo de golf. La verdad, no es fácil integrarse en un ambiente de esta naturaleza, pero Aitor no tuvo muchas dificultades. A pesar del escaso diálogo que había entre los púgiles, pues allí sólo hablaban las miradas, los gestos y los puños, enseguida se ganó la confianza de sus colegas. Para ello se prestó de sparring a cualquier púgil que lo solicitaba, incluso, a auténticos gigantes que pesaban treinta kilos más que él, que, cuando lanzaban su puño demoledor, a Aitor le temblaban hasta las uñas de los pies, aunque no era fácil cazarlo, pues tenía una habilidad singular para entrar, castigar y salir zumbando «No hay quien lo coja. Corre como una gacela», dijo un día Sesúmaga, un peso pesado que le había cogido las pelotas a los mejores golfistas de aquella época. Desde ese día, a Aitor lo empezaron a llamar por el sobrenombre de “Gacela” Conducido por las sabias instrucciones del entrenador joven de carácter agrio, y atendiendo a las indicaciones correctoras y algo celosas, aunque bien disimuladas, del zambo de la chapela, que continuamente lo interrumpía para, así, hacer constar su autoridad en aquel sótano, Gacela fue tomando forma y adquiriendo estilo, perdiendo peso y ganando flexibilidad. Él se había empeñado en tener la nariz retorcida y aplastada como la de Aísa, para tener el aspecto de todo un boxeador. Pero no fue necesario poner mucho interés en ello, pues, casi sin darse cuenta su nariz se fue quedando deforme y achatada, igual que la de un auténtico profesional. Sin querer, a Gacela le fue picando el gusanillo del boxeo. Digo sin querer porque, cuando miraba por el ventanillo no tenía muy claro que aquella práctica irracional de darse de hostias sin ningún motivo le podía gustar, es más, lo encontraba absurdo. No se explicaba cómo dos individuos se saludaban primero, luego se enzarzaban en un violento combate; de vez en cuando se pedían disculpas mutuas, y después terminaban abrazándose «De locos, es cosa de locos», llegó a pensar en más de una ocasión. Él no era un rufián, ni un chulo, y ya quedó claro que no fueron las malas compañías las que lo llevaron a entrar por la puerta de aquel gimnasio. Pero, tampoco fue la afición, ni el afán de protagonismo, ni el de superación, ni ninguno de esos afanes materialistas, egoístas y miserables que pierden al hombre. Pues, Gacela nunca quiso ser nada, ni nadie. Carecía de ambiciones, y el futuro era para él algo lejano, que quizás nunca llegaría. Cuando en la escuela le preguntaban qué quería ser de mayor, él, en vez de contestar como el resto de sus compañeros: médico, abogado, mecánico o maestro, sorprendía a todos con una respuesta seca y tajante: «NADA. Yo de mayor no quiero ser nada». A Gacela, lo que le hizo entrar por aquella puerta fue algo, que él mismo desconocía entonces: acumulaba en su interior una agresividad descomunal que necesitaba expulsar de alguna forma. Y qué mejor que partiéndole la cara a alguien de una manera lícita. Era por febrero, y a pesar de que la suave llovizna que no cesaba desde hacía quince días, amortiguaba un poco el intenso frío, éste te calaba hasta los huesos. Gacela llegó al gimnasio algo más tarde de lo habitual, acompañado de un hermano menor que él, que quería ser boxeador. Los dos llevaban el labio superior escarchado y los dedos de las manos entumecidos. El ventanillo permanecía abierto de par en par para facilitar la ventilación y al mismo tiempo para que los espejos no se empañaran con el vaho. Gacela se dispuso a cambiarse de ropa, comenzando por los zapatos, que se desató con bastante dificultad al haber perdido el tacto de los dedos. En eso, se acercó el entrenador con el ceño algo más fruncido de lo normal. ¾ Gacela, si hay algo que no soporto, es la indisciplina. Espero que tengas un motivo lo suficientemente importante para justificar este retraso. ¾ No hay ningún motivo. Lo siento. ¾ Me gusta tu sinceridad, Gacela… Me gusta. Oye, ¿quién es ése? ¾dijo, dirigiendo la mirada hacia su hermano con cierto desprecio. ¾ Es mi hermano. Quiere ver los entrenamientos. ¾ Bien. Siéntate ahí, chaval. Y no molestes a nadie. ¡Venga, Gacela, empieza a calentar ya, que es tarde, coño! [1] El chaval tiene la cara blanca Gacela (2ª parte)Comenzó por un precalentamiento dinámico y pasó después a un calentamiento progresivo de los músculos. Luego hizo unos ejercicios de flexibilidad y se vendó las manos, mientras hacía movimientos aeróbicos de cintura. Frente al espejo, empezó a soltar los brazos a cámara lenta, corrigiendo y perfeccionando el estilo. Descansó unos segundos, y, a continuación hizo unos ejercicios de soltura y respiración. Inmediatamente después se colocó el bocado[1] para habituarse a la respiración nasal, se calzó las manoplas acolchadas y empezó a golpear el saco de arena con energía: directo de izquierda, gancho de derecha, doblete (izquierda-izquierda al rostro), uno–dos (directo de izquierda–directo de derecha al rostro). Extenuado, se sentó de nuevo en el taburete y tomó aire profundamente para aliviar la ventilación pulmonar, que era insuficiente, dado el grado de excitación que padecía y la baja concentración de oxígeno que había en el sótano. Descansó unos segundos. ¾ ¡Vamos, Gacela, no te enfríes! ¾dijo el entrenador¾. ¡Al Punch ball!… ¡Tiempo! Durante un asalto, es decir, tres minutos, pegó a la bola con golpes firmes, precisos y sincronizados, volviendo a caer extenuado en el taburete. ¾ Gacela, ¿hacemos guantes? ¾dijo un grandullón de cuerpo exageradamente desproporcionado. ¾ Vale ¾contestó él, sin darse tiempo siquiera a pensarlo. Poco después, Gacela y el grandullón subían al pequeño cuadrilátero ante una extraordinaria expectación. Goliat, el gigante filisteo, se iba a batir con el joven israelita David. En una esquina del cuadrilátero, Gacela se calzaba los guantes de ocho onzas ( Los dos entrenadores se retiraron hacia la puerta y dialogaron durante unos segundos. Al parecer estuvieron decidiendo quién iba a ser el árbitro. Mientras tanto, los boxeadores flexionaban agarrados a las cuerdas, hacían ejercicios de cintura y lanzaban al aire el uno–dos. Como ocurría casi siempre, le toco arbitrar a Máximo Requena, Kid Máxi, un profesional que había colgado los guantes hacía varios años, pero que acudía todas las tardes al gimnasio para mantenerse en forma y colaborar con los dos entrenadores. Máxi, era, asimismo, masajista, sanitario, cosía el cuero de los guantes y de las manoplas que se rompían, ayudaba a colocar los vendajes de las manos; insertaba los nombres de los boxeadores con unas plantillas que él había diseñado, en camisetas, batas, calzones y botines. Máxi tenía una mujer deslumbrante, por su belleza y constitución, que era muy fiel a su detergente, pero a nada más; y esto le había trastornado, incluso más que todos los golpes recibidos a lo largo de su carrera. Estaba algo sonado y, a veces, perdía el norte de la conversación, aunque era un hombre parco en palabras. Pero, sobre todo, Máxi era el confesor del gimnasio, un amigo al que tú le podías confiar el mayor secreto del mundo, que jamás sería desvelado. Máxi llevaba el boxeo muy adentro, y no dejaría de acudir a aquel sótano hasta los últimos días de su existencia. En torno al ring se habían concentrado todos los boxeadores, que habían abandonado el entrenamiento para no perderse ni un solo detalle del singular combate. Gacela y el grandullón seguían calentando. El grandullón se dejaba caer de espaldas en las cuerdas y volvía a la postura de origen afianzando los pies en la lona y lanzando ganchos al aire, al tiempo que emitía un fuerte sonido al expulsar el aire por la nariz. Gacela, de espaldas a él, y agarrado a la cuerda superior, hacía flexiones. Máxi hizo sonar la campana y los dos púgiles fueron hacia el centro del cuadrilátero, se saludaron con un leve toque del guante izquierdo y comenzó la pelea. Se tantearon, clavándose los ojos el uno al otro como dos puñales, al tiempo que se lanzaban dobletes, ganchos y directos que no lograban alcanzar su objetivo. El grandullón corría tras Gacela con cierta torpeza, dado su exagerado peso, pero él no se dejaba cazar, dando saltos de un lado a otro del ring. Un directo de derecha mandó a Gacela contra las cuerdas, pero antes de que su rival intentara dar un paso hacia delante, él ya estaba en el centro del ring. Sonó la campana y los dos se retiraron hacia sus respectivos rincones. Si hubiera algo que resaltar del primer asalto, es que fue monótono, aburrido y carente de deportividad, ya que Máxi tuvo que intervenir continuamente, llamándoles al orden y reclamándoles juego limpio. La campana marcó el inicio del segundo asalto, y los dos salieron a su encuentro. De repente, una voz que venía del fondo de la habitación gritó: ¾ ¡Dale, Aitor, dale! ¡Tíralo! Era una voz impregnada de un sentimiento consanguíneo; era la voz de su hermano que no pudo contener el impulso emocional. Los dos entrenadores miraron hacia atrás, como desautorizando su actitud, y él agachó la cabeza, turbado y sonrojado. Los golpes se escuchaban secos y con una intermitencia poco frecuente. Gacela se acercaba a su rival, lanzaba una ráfaga de golpes y se volvía a retirar con la rapidez de un auténtico antílope. El grandullón corría tras él desesperadamente y sudaba de una manera anormal. En su inútil persecución se tropezó y estuvo a punto de salirse del ring, lo que provocó la risa de los demás. De pronto se escuchó un golpe rotundo que hizo temblar la tarima del ring. Aquella masa sebácea se había desplomado en la lona, víctima de un fulminante gancho de derecha. El zambo saltó al ring rápidamente, le quitó el bocado, que le impedía respirar con normalidad y se dispuso a darle aire con la toalla. Al momento volvió en sí, y, entre el zambo y Máxi lo levantaron con bastante dificultad, lo llevaron a rastras hasta la esquina y lo sentaron en un taburete. Por la comisura de los labios le corría un hilillo de sangre. El zambo cogió una esponja humedecida, le limpió la sangre y continuó dándole aire con la toalla. Máxi le quitó la chichonera, los guantes y el vendaje de las manos. Unos meses después todos conocían la potente pegada de Gacela, y, hasta la misma elite del gimnasio había besado la lona ante sus pies. Pero a Gacela nadie lo conocía de puertas afuera, y el entrenador pensó que ya era hora de presentarlo a la afición. Una tarde, mientras se colocaba el vendaje, se acercó y le dijo: ¾ Gacela, la semana que viene hay una Velada en Baracaldo. ¿Por qué no peleas? Es una Velada importante. Vienen varios promotores nacionales y habrá periodistas. Te verá mucha gente. ¾ Eso es precisamente lo que me asusta, la gente. ¾ Baracaldo es el mejor trampolín. Si haces una buena pelea, será más fácil abrirte camino. La crítica hace mucho. ¿Qué dices…? ¾ No sé…, tanta gente… A lo mejor me tiemblan las piernas y me caigo antes de subir al ring. ¾ Venga, hombre, tú a lo tuyo. No mires a nadie directamente y ya verás cómo no pasa nada. Cuando lleves tres segundos encima del ring, el miedo desaparece. Le ocurre a todo el mundo… ¿Qué? ¾ Bueno, pues si soy capaz de aguantar esos tres segundos sin desmayarme, pelearé. ¾ ¿Cuánto pesas, Gacela? ¾ No sé, creo que unos sesenta y dos o sesenta y tres. ¾ A ver, súbete a la báscula. El entrenador fue ajustando las pesas hasta que el brazo de la báscula estuvo equilibrado. Luego dijo: ¾ Sesenta y cuatro trescientos. Muy bien, pelearás en los ligeros, pero tendrás que bajar algunos kilos. Mañana irás a ¾ Me parece que es por la plaza Federico Moyúa, ¿no? ¾ Sí, efectivamente, allí es. Te darán unos impresos que tendrás que rellenar y entregar allí mismo, y luego te mandarán al doctor Díaz Hepe para que te haga un reconocimiento. Te hará muchas preguntas mientras te reconoce, pero tú no contestes a ninguna, él mismo les irá aplicando las respuestas estándar. Es una simple rutina. ¾ Creo que mañana no podré ir ¾dijo con la rabia contenida¾. Y tampoco vendré a entrenar. Mi padre llega por la mañana y tengo que colocarle la mercancía. Cada vez que el “Yucatán” arribaba a un puerto próximo, Gacela recorría todos los bares, cafeterías y discotecas de su localidad vendiendo cartones de tabaco rubio y botellas de whisky escocés. Esta actividad llena de riesgos, era para él algo tan natural como vender tomates en el mercado. ¾ Algún día te pillarán, Gacela ¾dijo el entrenador con cierta compasión. Esa misma noche, en la penumbra de su habitación, Gacela tuvo unas reflexiones profundas sobre sí mismo, que lo llevaron a ver las cosas con un optimismo inconcebible. De repente la vida tuvo para él otro sentido muy distinto, o mejor dicho: tuvo sentido. Se sentía dichoso, feliz, y empezó a tener ilusiones y a pensar en el futuro. Se hallaba, por fin, en el camino que su subconsciente siempre estuvo buscando. Pensó en hacerse un campeón para ganar mucho dinero y marcharse a Brasil, donde su abuelo había emprendido una nueva vida con una mujer de color, y los negocios le iban a las mil maravillas. Pensó tanto en esa idea, que terminó por convertirse en una obsesión. Esa noche tuvo también una ambición, un tanto utópica: Quiso ser eterno. Durante la cena, sus padres habían estado hablando sobre la necesidad de contratar un seguro con “El Ocaso”, para cuando ocurriera lo inevitable. Los dos parecían estar de acuerdo en el asunto. Entonces su madre dijo, que lo ideal sería un panteón para estar todos juntos en “el más allá”. Aitor sintió un tremendo escalofrío. La sola idea de tener que soportarlos otra vez, le hizo aferrarse a la vida, a la que, hasta entonces, no le había dado ningún valor, de una manera increíble. La consulta del doctor Díaz Hepe estaba ubicada en un antiguo edificio cerca de la plaza Zabálburu. La puerta del portal, una obra de artesanía, de hierro fundido y macollas de bronce, se encontraba cerrada a cal y canto. En la pared, una reluciente placa de bronce decía: Doctor Díaz Hepe. Medicina General 3º C. Gacela intentó buscar sin éxito un timbre, un llamador manual, algo que hiciera advertir su presencia allí. Miró a través del cristal pero sólo pudo ver su silueta reflejada en él, ya que éste era opaco. Se alisó el pelo, se chascó los dedos y luego zarandeó la puerta. Al instante, un portero uniformado, con cara de pocos amigos, le abrió la puerta. ¾ ¡Tranquilo, chaval, tranquilo! ¿Adónde vas con tanta prisa? ¾ Vengo a ver al doctor Díaz Hepe. Me mandan de Gacela, con paso decidido se dispuso a traspasar el umbral, pero el portero se plantó en medio y le bloqueó la entrada. ¾ ¡Quieto, chaval!… Más despacio. Lo miró de arriba abajo con cara de desconfianza y desprecio, y después de examinarlo detenidamente, hizo un gesto con la cabeza indicándole que le siguiera hacia el mostrador de recepción. ¾ Dame tu nombre. ¾ Aitor. El portero hizo un comentario improcedente y carente de gracia: ¾ ¡Coño!, te llamas como un toro que tenía mi padre: Aitor. ¾y añadió para remate¾ ¿Cómo le pondrán estos nombres a la gente? Por la cabeza de Aitor pasaron cien respuestas cortantes y punzantes, pero no dijo nada y tragó saliva. Al portero, además de impropio, el nombre de Aitor le pareció insuficiente. Volvió a preguntar: ¾ Aitor, qué. ¾ Aitor Ugalde. Anotó el nombre en un libro de control y le franqueó la entrada. Gacela se mordió el labio inferior para descargar el instinto agresivo y se dirigió hacia un antiguo elevador. Cuando estaba a punto de descorrer las persianas de acordeón, él portero lo increpó de nuevo. ¾ ¡Eh! ¡Tú! Por la escalera de servicio. Mientras Gacela se perdía escaleras arriba, el portero volvió a hacer otro comentario improcedente: ¾ Otro que acabará “sonao”. Estos chavales no saben lo que hacen. Llamó varias veces al timbre y nadie contestaba. Pensó, que tal vez el médico estuviera reconociendo a algún paciente y dejó de insistir para no resultar pesado. Unos segundos después volvió a llamar, pero nada. Cuando había tomado la decisión de volver a bajar a la portería, escuchó a lo lejos unos tacones de mujer que iban en su dirección. Gacela la imaginó mayor, de unos 50 ó 55 años, soltera o viuda, o tal vez separada. Por su manera de andar no parecía obesa. La imaginó muy guapa, rubia, con unos grandes ojos, preciosos e irradiantes, en los que se escondía el dolor de alguna herida moral que no terminaba de cicatrizar. «Seguro que tiene un cutis muy mimado, pero, sin embargo, sus piernas serán retorcidas, como las de una armella soportando un precioso cuadro». Gacela había visto muchas enfermeras y todas eran semejantes El taconeo cesó, y entonces, escuchó el ruido metálico de la trampilla de la mirilla. Un ojo enorme, aparentemente joven, chequeaba el otro lado de la puerta. La mujer descorrió el pestillo y abrió la puerta con desconfianza. Gacela pudo comprobar que, efectivamente, se trataba de una mujer guapa, pero joven, de unos veinte o veintidós años, morena, con un uniforme indefinido, que le hizo dudar si se trataba de la asistenta o de la enfermera, hasta que ésta no estuvo sentada junto al médico. ¾ ¿Qué pasa, majo? ¾dijo en un tono agradable. ¾ Vengo a ver al doctor Díaz Hepe. Me mandan de ¾ Por un momento pensé que eras el chico de los recados. Pasa. ¿Por qué vienes por esta puerta? ¾ El portero me mandó. ¾ Este hombre… La enfermera lo hizo pasar a una sala de espera donde había un hombre mayor que tosía continuamente, y tres mujeres de mediana edad, que por su aspecto debían ser hipocondríacas, pues, en sus ojos no había ningún signo de enfermedad, y, además, lucían un bronceado de tierra adentro, presumiblemente de haber veraneado en algún chalecito de Villarcayo. Gacela se sorprendió por el aspecto del médico: bajito, enclenque y muy inquieto, y pensó que tal vez se debiera a un problema de la infancia por no haber tomado leche materna, sino biberón. El doctor Díaz Hepe no parecía médico; más bien parecía un químico de laboratorio ilusionado con su trabajo. ¾ Desnúdate de cintura para arriba y túmbate en la camilla ¾dijo con una amabilidad poco frecuente en un médico. El médico se acercó y empezó a golpearle en el tórax con la punta de los dedos, al tiempo que le decía con una velocidad increíble: estás debilítico, estás debilítico, estás debilítico. Gacela se acordó de lo que le dijo su entrenador: «Te hará muchas preguntas mientras te reconoce, pero tú no contestes a ninguna». Le tomó la tensión y las pulsaciones, primero en estado de reposo; después le hizo correr por una cinta rotativa y volvió a tomar lectura de los valores. Lo pasó por rayos X, le abrió los párpados y le examinó detenidamente los ojos, le hizo soplar en un aparato que medía la capacidad pulmonar y, a continuación volvieron de nuevo al despacho. El médico empezó a hacerle una serie de preguntas que, él mismo iba contestando en un cuestionario: «¿Has padecido alguna enfermedad grave? ¿Fumas? ¿Bebes?» Una vez terminado el absurdo interrogatorio, el médico extendió un certificado, lo plegó con suma delicadeza y se lo entregó a Gacela. Dijo: ¾ Bueno, majo, ya puedes boxear. Siempre que pelees en la provincia, yo estaré a tu lado. Suerte. El médico se levantó de la silla y le extendió su mano, frágil y temblorosa. Gacela la cogió con sumo cuidado, como se coge el cuerpo de un bebé, y se dejó llevar por temor a quebrantarle los huesos. [1] Protección bucal de goma Gacela 3ª parte)Gacela abrió la bolsa y empezó a meter en ella todo su equipo: botines, calcetines, calzones, camiseta, el bocado, las vendas, la toalla, y un albornoz con la inscripción de su apodo en la espalda. Su madre, que desde hacía un rato le observaba apoyada en el quicio de la puerta, dijo: ¾ ¿Adónde vas con eso, Aitor? Hoy es sábado, y el gimnasio está cerrado, ¿no? ¾ Voy a Baracaldo. Voy a boxear. ¾dijo él con la sinceridad que le caracterizaba. ¾ ¿A boxear? ¡Tú estás loco, y terminarás más loco todavía! A boxear… No has servido para estudiar, apenas sirves para trabajar. En tan sólo seis meses te han despedido de tres empresas. ¾ Me estaban explotando. Y no aguanto que nadie me explote. ¾ A todos nos explotan y nos tenemos que fastidiar. Pero tú no, tú no aguantas nada. ¿Crees que serás capaz de aguantar más de tres puñetazos seguidos? No sirves para nada. A ver si te parten los morros y escarmientas. Un golpe de angustia lo invadió, y se sintió mal, muy mal. Por un instante se percibió inútil, y su autoestima llegó a los niveles más bajos que un ser humano puede alcanzar. Tuvo ganas de llorar, pero reprimió el impulso para no dar muestras de debilidad, pues, vendría a confirmar la poca capacidad general que su madre le atribuía. De súbito, no quiso ser nada, ni nadie, y perdió las ilusiones que se habían albergado en su interior. Su madre continuaba relatando, reprochando todo lo que Gacela hacía o dejaba de hacer. Se sintió herido en lo más profundo de su sensibilidad. Y, cuando consideró que había llegado el momento de mandar a la mierda a su madre, se contuvo, cogió la bolsa, pegó un fuerte portazo y se marchó lleno de furia. Tomó el autobús, con la actitud de quien va a batirse a muerte en un duelo para resolver un asunto de honor. Ahora tenía los nervios muy templados y una seguridad en sí mismo que jamás había experimentado. Viajó de pie, agarrado a una de las barras que colgaban del techo, a pesar de que había bastantes asientos libres. Tenía la mirada perdida en el horizonte y, por su mente discurrían, a una velocidad supersónica, algunas etapas de su vida, seccionadas en pequeños fragmentos. Aitor deseaba con toda su alma que aquel viaje no tuviera retorno. Al bajar del autobús se topó de frente con el cartel que anunciaba A Gacela le habían prometido que su contrincante sería un principiante con cuatro o cinco peleas a lo sumo. Nino Nuñez era un boxeador consagrado con veinticinco combates a su espalda y sin conocer todavía el sabor amargo de la derrota. Se sintió engañado y le propinó una patada a una papelera para descargar la rabia. Sin embargo, no se desmoralizó en absoluto, pues, durante el trayecto había conseguido recuperar la autoestima y se sentía fuerte. En la plaza de toros portátil, donde iba a tener lugar ¾ Me han engañado, Máxi, me han engañado… No soporto que nadie me engañe. Son unos cabrones. ¡Me cago en la leche! Máxi no hizo ningún comentario al respecto. Puso el maletín encima de las piernas y empezó a buscar algo en su interior. Cuando ya parecía haber dado con el objeto de su búsqueda, dijo: ¾ Venga, Gacela, cámbiate, que te voy a dar un masaje. Al poco llegó el entrenador. Máxi le recibió con una mirada recriminatoria. Gacela, que en ese momento se estaba atando los botines, levantó la cabeza, lo miró con indiferencia y continuó ajustándose los cordones. ¾ Lo siento, Gacela ¾dijo con la voz quebrada¾. Yo no sabía nada. Tienes que creerme, créeme, por favor. Yo he sido el primer sorprendido. Si no quieres pelear, yo lo arreglaré. Diré que ha surgido un contratiempo, no sé, cualquier cosa. Ellos se lo han buscado. Gacela volvió a levantar la cabeza y dijo: ¾ No te preocupes, que ése no se va a comer a nadie. ¾ Ahora estás a tiempo, Gacela. Si quieres yo lo arreglo todo ¾insistió. Gacela no dijo nada. La plaza estaba a rebosar. Gacela caminaba por el pasillo que daba al ring sin mirar directamente a nadie, como le dijo su entrenador, aunque se había instalado en la más absoluta indiferencia. Del rumor ininteligible que predominaba en el coso, se alzó una voz clara y rotunda: ¡Vamos, campeón! Gacela volvió la cabeza pensando que detrás de él venía su adversario, y, entonces pudo comprobar que aquel aliento iba dirigido a él. Fue lo único agradable que le dijeron. El volumen del murmullo fue aumentando a medida que avanzaba hacia el centro del coso. Ya cerca del ring, el pasillo se fue reduciendo progresivamente por dos filas de sillas que formaban un embudo, impidiendo el paso a más de una persona en su parte más estrecha. El primero en pasar fue Gacela, después el entrenador, y detrás, Máxi con el maletín. Cuando subía la escalera del ring se acordó de los consejos del entrenador: «Tú a lo tuyo. No mires a nadie directamente y ya verás cómo no pasa nada. Cuando lleves tres segundos encima del ring, el miedo desaparece». Gacela siempre pensó que aquellos tres segundos serían una eternidad, pero lo cierto es que le sobraron dos, porque subió al ring con una increíble parsimonia y comenzó a saludar al público en todas las direcciones. Éste, sin embargo, respondió con un abucheo general. Gacela hizo un gesto provocativo y se retiró a su rincón. El abucheo fue entonces más intenso. El público echaba sapos y culebras por la boca, luego; la ira fue disminuyendo hasta convertirse en un siseo permanente, que no cesó hasta el momento en que Nino Nuñez apareció por el pasillo. Entonces el público se puso en pie y aplaudió con todas sus fuerzas. Nino Nuñez, “ El árbitro llamó a los dos púgiles al centro del cuadrilátero, les revisó los guantes y comprobó que llevaban puesta la coquilla[1], después cogió a ambos de las manos y los unió junto a él. Dijo: ¾ Ya sabéis las normas: Stop, es la orden de parar la pelea, Box la de reanudarla, y Break la de separarse cuando estéis trabados, ¿de acuerdo? Bien, pues que la pelea sea limpia. Suerte a los dos. El entrenador le introdujo en la boca el protector de goma y le dio una serie de consejos, a los que Gacela respondía afirmativamente con continuos movimientos de cabeza. Al poco, sonó la campana, y los dos púgiles fueron hacia el centro del ring, hicieron una señal de saludo con el guante izquierdo y comenzaron a tantearse, lanzando los puños sin un objetivo preciso. Después de unos segundos de titubeo, Nino tomó la iniciativa y llevó a Gacela contra las cuerdas. ¾ ¡Machácalo, Nino! ¾dijo un aficionado con un grado de euforia desmedido ¾¡Machácalo! Gacela quedó acorralado, manteniendo una guardia, más bien alta, por lo que dejaba al descubierto el abdomen. Nino golpeó sin cesar en esa zona, sobre todo en la parte derecha, buscando la fragilidad del hígado. Nino sabía dónde pegar. De súbito, en la cabeza de Gacela estalló la voz desabrida de su madre: «¿Crees que serás capaz de aguantar más de tres puñetazos seguidos? No sirves para nada. A ver si te parten los morros y escarmientas». Gacela, con una ira incontenible, lanzó un directo al rostro de Nino, que le hizo perder la estabilidad y fue reculando hasta el otro lado del ring. Gacela fue tras él descargando toda su agresividad con ganchos, directos y dobletes. Nino intentó zafarse, pero no pudo y se pegó a él como la lapa a la roca. El árbitro hizo que se separaran a la voz de ¡Break! Nino continuó a la defensiva hasta que sonó la campana, retirándose a su rincón con claros síntomas de impotencia. El segundo asalto fue una copia exacta del primero. El público aplaudía cada vez que Nino tenía la suerte de acertar en alguno de sus golpes, y abucheaba cuando Gacela fallaba. Sin embargo, cuando Nino era acorralado y estaba siendo castigado por Gacela, el silencio era absoluto. En el último minuto del segundo asalto, a Nino se le notaba cansado y torpe en sus movimientos. El pómulo derecho se le estaba empezando a hinchar, y por la nariz le corría un hilillo de sangre. Cuando sonó la campana estaba tocado, pues, en vez de ir hacia su rincón, fue al de su adversario. Cuando sonó la campana del tercer y último asalto, Nino salió tratando de buscar el cuerpo a cuerpo, pero Gacela, haciendo gala de su sobrenombre, no se lo permitió. Nino, en un intento fallido de alcanzar el rostro de Gacela, giró el torso y, entonces, Gacela, instintivamente, le propinó un golpe en la nuca. Pero, antes de que el árbitro le amonestara, Gacela ya había pedido disculpas a su rival con un gesto expresivo. Asimismo pidió disculpas al árbitro. Todo un ejemplo de deportividad que el público no supo valorar. ¾ ¡Txerri! ¡Esnezale![2] ¾dijo en euskara un hombre con chapela. A estas alturas del combate, Nino sólo contaba con el público y la suerte. Sin embargo, Gacela tenía fondo, coraje y las fuerzas suficientes para resolver la pelea de una manera rápida y espectacular. Y así fue. Un rotundo gancho de derecha hizo que, “ El público no fue objetivo, y trató a Gacela injustamente. Hubo algunos aplausos, pero éstos fueron amedrentados enseguida por un abucheo general. Gacela recordó las palabras del entrenador cuando trataba de convencerle para que peleara: «Baracaldo es un buen trampolín» «hacia el infierno», penso él. Sin embargo, esa misma noche, Gacela cenaba en el mejor restaurante de la localidad, rodeado de entrenadores, promotores y, un par de periodistas que lo acosaron a preguntas. El más joven de ellos, se acercó a él con una grabadora y dijo que era de Radio Nacional, que quería hacerle unas preguntas. Y antes de que Gacela tuviera tiempo de reaccionar, el hombre encendió la grabadora y empezó a hacer un prólogo de elogios que, a Gacela le parecieron desmesurados. Después se acercó un poco más con el micrófono y dijo: ¾ Gacela, después de Baracaldo, qué. Por un momento, Gacela se vio sentado en el tren, y pensó, que después de Baracaldo, la próxima estación era Luchana, si iba en dirección a Bilbao; y Sestao, si iba hacia Santurce. Pero era evidente que la pregunta no iba por ahí. Vaciló unos segundos, tratando de buscar la respuesta adecuada, y entonces, el periodista formuló la pregunta de otra manera: ¾ Gacela, ¿dónde tienes puesto tu objetivo? Tu meta. ¿Cuál es tu meta? ¿Hasta dónde piensas llegar? ¾ A Brasil. Quiero ir a Brasil. ¾¿A Brasil? ¾preguntó extrañado el periodista. ¾ Sí, quiero ganar mucho dinero para ir con mi abuelo que vive en Brasil. El periodista sonrió, se llevó el micrófono a la altura de la boca y dijo: ¾ A Brasil… Ya ven, señores, ya ven cual es la meta de esta joven promesa. ¿Recuerdan a aquel torero que quería comprarle un piso a su madre…? Seguro que Gacela conseguirá llegar a Brasil. Seguro. A los postres, un hombre barrigudo, que llevaba una cachimba en la boca, se acercó a él, le dijo algo al oído y le entregó una tarjeta. Cuando se retiró, su entrenador le preguntó con recelo: ¾ ¿Qué quería ése? ¾ Dice que es un promotor de Zaragoza, y que vaya a verlo al hotel Carlton, que quiere hablar conmigo de algo que me va a interesar. ¾ No te fíes de nadie, Gacela. No te fíes de nadie, que hay mucho sinvergüenza en esto. Gacela cosechó muchos triunfos en su dilatada carrera como amateur: 25 victorias por K.O., Pero, de repente, Gacela desapareció como una estrella fugaz, sin dejar rastro, y nadie supo de él en muchos años. Todos pensaron que ya había ahorrado lo suficiente y que se había ido a Brasil en busca de su abuelo. Sin embargo, la realidad era otra muy distinta. A Gacela lo pillaron con contrabando y fue a dar con sus huesos en “chirona”. La última vez que lo vi, vendía castañas en un puesto ambulante en una esquina de la calle San Francisco. Fue el invierno pasado, por Navidad. Estaba muy demacrado, casi irreconocible. En sus ojos pude ver una tristeza permanente, que quizás en otra persona no hubiera sabido apreciar. Gacela era víctima de la desdicha más indeseable. La tristeza se había vuelto a instalar en él. Me entregó el cartucho de castañas con una mirada ausente. ¾ Gracias, Gacela ¾dije con la intención de ser reconocido. Él, ni siquiera contestó. FIN ©Inscrito en el Registro de [1] Protección de los genitales [2] ¡Cerdo! ¡Mamón! ObsesionesOBSESIONES No publicado
arta tiene la cabeza llena de obsesiones, y entre ellas, hay una que la está consumiendo —a ella y a su cartilla de ahorros—. Marta tiene un ligero parecido físico a la actriz Concha Velasco, aunque ella es bastante más joven y aparenta ser bastante más vieja, pero, en fin, de eso no tiene la culpa ella, sino Concha, que con esa imagen juvenil y esa sonrisa permanente, hace que muchas mujeres —no ya de su edad, sino bastante más jóvenes—, se sientan viejas, feas, gordas y celulíticas. Pues, a pesar de ese ligero parecido, Marta está empeñada en ser igual que Concha en todo lo que a su perfil físico se refiere, y en ese empeño se deja una fortuna en mastoplastias, rinoplastias, lifting y liposucciones. Yo le he dicho en varias ocasiones que esa actitud suya responde a una falta de personalidad y de baja autoestima; que uno tiene que ser como es y aceptarse así mismo, pero quién convence a un obstinado... Ya desde muy pequeña, Marta empezó a admirar a Concha; primero profesionalmente, y luego como mujer. Tiene varias fotografías con ella y autógrafos que guarda como oro en paño. La última vez que estuve en su casa, sacó el álbum que guarda dentro de una vitrina, y como si de un valioso tesoro se tratara, me dijo: «Mira... ¿Te acuerdas? Fue el día que nos llevaron al teatro Serantes». A ella la llevaron porque de lo contrario nunca se lo hubiera perdonado a su madre, a mí; porque no había nadie en el barrio que quisiera quedarse un par de horas con un niño conflictivo. Marta tenía entonces catorce años y estaba muy simpática con aquella falda plisada de cuadritos y peinada con cola de caballo. Concha —Conchita, por entonces— tenía veintitrés y estaba igual que ahora. Hoy, Marta tiene cincuenta y seis, y Concha, bueno, Concha, debería tener sesenta y cinco, pero en esto de las edades de las actrices, dos y dos no son cuatro, ni los números son redondos ni las matemáticas exactas. El otro día, mientras cenaba, Concha apareció en la pantalla de la “tele” con sus presuntos sesenta y cinco años, y tan guapa como siempre. Me quedé de piedra al escuchar lo que dijo: confesó que se mea y que usa Indesec, una compresa con Neutraolor y Aloe Vera, que le permite llevar un ritmo de vida normal. ¡Con lo que ha cuidado esta mujer su imagen!, y resulta que ahora dice ¡que se mea!, y lo dice pública y periódicamente a lo largo del día para que todas las mujeres se enteren. Ya sé, ya sé, que a ciertas edades estas cosas ocurren, que es un trastorno común del que nadie debe avergonzarse, pero Concha no es solamente una actriz estupenda, también es una estupenda señora y un modelo de mujer envidiable: el espejo donde muchas mujeres se miran todos los días. ¡Concha no se puede mear! Concha tiene que seguir cultivando esa imagen de chica ye-ye. Pensé en todas esas mujeres que, queriendo ser como Concha, se gastan miles de euros en cirugías, cremas y potingues, y me dio mucha lástima. Pensé también en Marta ¿Cómo se sentiría? Seguro que tendría que estar destrozada. ¡Qué decepción! Ayer, Marta y yo coincidimos en un hipermercado. Hacía tiempo que no nos veíamos, y la encontré como siempre: con el rostro cada vez más cerámico y una sonrisa desmesurada. Me detuve en la calle de las conservas y allí estaba ella, sonriendo generosamente, no se sabe a qué, si a una lata de espárragos de Navarra o a un bote de pimientos del Piquillo. Marta, con tal de parecerse a Concha sonríe a todo lo que se le ponga por delante. Mientras me contaba lo contenta que estaba con su nuevo lifting, yo dejé que mi vista se recreara en los artículos de su carro: todo light. Y cuál fue mi sorpresa, cuando en medio de aquel montón de productos superfluos, veo que asoma un paquete de Indesec Maxi No sabía yo que Marta sufría incontinencias urinarias... ¿Se meará adrede?... Seguro. Jose Antonio Mayo Abargues RetrógradoRETRÓGRADO
No publicado
as monjitas ultraconservadoras de todos los monasterios, conventos y demás comunidades religiosas del universo, están de enhorabuena. Gracias al nuevo invento que se ha comenzado a vender en el “país de la libertad”, por el módico precio de 79 dólares, y que pronto estará en España, estas monjitas van a poder borrar de un plumazo todas las escenas de las películas de DVDs, con las que amenizan su tiempo de ocio; que por su contenido violento o sexual resulten obscenas. Se acabaron los tacos, las palabras malsonantes, los desnudos, el sexo y la violencia. La empresa ClearPlay es el padre de la criatura. El invento es algo terrible: un reproductor de DVD, fabricado por Thomson Electronics, que incorpora una tecnología llamada ClearPlay, como el propio nombre de la empresa, que filtra y no exhibe las imágenes obscenas y violentas. Esta tecnología, que ya existía en ordenadores personales, llega ahora al DVD. Se trata de un software informático que se instala en el reproductor y que activa unos filtros para eliminar las escenas que ClearPlay ha considerado violentas, sexuales o de lenguaje impúdico. El software cortará sin compasión escenas fundamentales que nos pueden dejar en ascuas al final de la película. Pero eso es lo de menos, lo importante es mantener bien altos los valores morales, aunque para ello haya que mutilar y desvirtuar la película. La ley de Estados Unidos prohíbe modificar una obra protegida por copyright sin consentimiento del autor, y Hollywood ha puesto el grito en el cielo por considerar que es una violación a la integridad de sus obras. El aparatito va a hacer correr mucha tinta, porque si este invento se hubiera parido en China, no hubiera suscitado ningún tipo de polémica, pero ha tenido lugar en Estados Unidos, el país donde se producen la mayoría de las películas con contenidos sexuales y violentos; el país de la hipocresía y la doble moralidad, que se escandaliza porque Janet Jackson enseña una teta y, sin embargo, nos someten a continuos bombardeos con imágenes de matanzas y guerras provocadas por ellos mismos... Es intolerable la hipocresía americana. No le echemos toda la culpa de la violencia al cine y a la televisión. Está claro que hay una relación de causalidad entre la violencia que se emite en estos medios y el comportamiento agresivo, pero cuando se hable de los motivos que generan la violencia, hablemos en primer lugar del paro, del consumo de drogas, de la marginación y de la injusticia social, ésa es la verdadera causa de la agresividad del ser humano. Yo no veía precisamente Mary Poppins, sino Mannix, una de las series más violentas de los años setenta, además, también veía todos los combates de boxeo televisados de José Legrá y de Pedro Carrasco, y por eso no voy pegando tiros ni dando puñetazos por la calle. Mi agresividad —porque todos tenemos nuestro grado de agresividad— tal vez sea de origen innato y no provocado por las escenas violentas. El reproductor de ClearPlay no es la panacea que va a erradicar la violencia y la inmoralidad del planeta, ni mucho menos. La censura es una medida equivocada: lo prohibido incita al morbo. Por tanto, la solución no está en meter la tijera a todo aquello que no nos gusta para nuestros hijos, sino en educarlos. Ellos son los más vulnerables al estímulo de la violencia, y por eso no debemos utilizar el televisor como si se tratara de una niñera electrónica. Controlemos y regulemos la cantidad y calidad de lo que ven, y hagámosles discernir entre lo real e irreal, entre el bien y el mal, pero no les censuremos. Tal vez este invento sea sólo el comienzo de un ambicioso y peligroso proyecto: Es posible que algún día todos los televisores vengan dotados de un chip que tergiverse la verdad de las noticias al antojo de quien gobierne y nos hagan esclavos del sistema... José Antonio Mayo Abargues Las heces caninasLAS HECES CANINAS Publicado en El País, el día 30 de octubre de 2004 www.elpais.es
a caca de perro no es algo que cuando se pisa nos trae suerte, ni un abono para la tierra, sino una cosa asquerosa y repugnante y un foco de infección donde se refugian parásitos y bacterias. Es, además, una fuente importante de contaminación del aire, el agua y los alimentos, constituyendo un riesgo para la salud del hombre. De las numerosas enfermedades zooticas, la Toxocariasis es sin duda alguna una de las más importantes, ya que afecta principalmente a niños de 2 a 7 años. Es uno de los parásitos más comunes del perro, que se instala en el intestino delgado y sale con las heces o el vómito. Afecta aproximadamente al 10% de los perros adultos y a un 25% de los cachorros. Las plazas, los parques y los jardines, esos lugares pensados para el juego y disfrute de los niños y el paseo y esparcimiento de los mayores, hoy invadido por los perros, son un potencial riesgo de contagio. Los huevos de este parásito maduran en el suelo contaminado por las heces, y los niños que juegan en el suelo con tierra y arena, son los más proclives a contraer la enfermedad, ya que tienen como hábito el llevarse todos los objetos a la boca, aunque los niños mayores y los adultos también pueden ser afectados. Los propios perros pueden arrastrar en sus garras restos fecales e introducirlos en sitios donde se preparan alimentos: mercados, centrales de abastos y lonjas de pescado. O simplemente, bastaría con pisar un excremento contaminado y llevarlo en las suelas de los zapatos a estos lugares. La infección se produce cuando las larvas del parásito se introducen en nuestros órganos. Al ingerir los huevos, y una vez que estos maduran en el intestino, las larvas abandonan los huevos y atraviesan la pared intestinal, diseminándose en la sangre y propagándose por el organismo, especialmente eligen el hígado y el pulmón, aunque pueden afectar a cualquier parte del cuerpo: cerebro, corazón, sistema nervioso central y ojos. La toxocariasis ocular puede llevar hasta la pérdida total de la visión. Los síntomas que presenta la enfermedad se manifiestan con pitidos en la respiración, erupción cutánea, tos, fiebre, falta de apetito, palidez y aumento del tamaño del hígado y el bazo. La prevención es la mejor medicina para evitar el contagio. Mucha higiene: Lavarse escrupulosamente las manos, lavar los alimentos e impedir el acceso de los perros a zonas de juego de los niños y a lugares donde exista la posibilidad de contaminar alimentos o agua. Los Ayuntamientos y las autoridades sanitarias deben hacer un llamamiento a la responsabilidad de los dueños para que mantengan a sus perros en buenas condiciones higienico-sanitarias y obligarles a acudir periódicamente al veterinario, quien puede detectar y eliminar la enfermedad. Asimismo, han de exigir el cumplimiento de las normativas y castigar con sanciones severas a quien no respete los lugares donde no deben defecar. A veces es inevitable que los perros defequen en la vía pública, pero cuando una persona adquiere un perro como mascota, adquiere también una serie de obligaciones que debe cumplir, y entre ellas está la de recoger las deposiciones del animal. José Antonio Mayo Abargues El expreso de medianocheEL EXPRESO DE MEDIANOCHE Publicado en Huelva Información el día 24 de septiembre de 1994
l expreso de Medianoche”, unos de los mayores éxitos del cine de aquella época (1978), es una de las películas que guardo mejor recuerdo por la temática, la acción y el continuo suspense. Inspirada en un hecho real, trata de un joven norteamericano que es capturado en Turquía cuando pretendía salir de las drogas del país, pasando a ingresar en una prisión donde surge todo tipo de vejaciones. Viene esto a mi memoria, porque hace unos días llegaba a Barcelona, procedente de Tailandia, una joven catalana que ha sido protagonista de una historia similar, aunque afortunadamente aquí no hubo malos tratos, como ella misma declaró a su llegada al aeropuerto de El Prat. Yolanda Ming ha vivido una pesadilla de cinco largos años en una prisión de Bangkok, y gracias a las gestiones del Gobierno español, ha sido indultada por el rey de Tailandia. Su condena era a cadena perpetua. Como si de una personalidad se tratara, Yolanda fue recibida con todos los honores. En el aeropuerto la esperaban, el alcalde de su ciudad, Badalona, y varios concejales del Excelentísimo. No podía faltar el ramo de flores, como es costumbre en estos casos, y después siguiendo el protocolo Yolanda improvisó una breve rueda de prensa ante numerosos periodistas que aguardaban su llegada para acosarla con preguntas, flash y micrófonos, todo un decoroso recibimiento que seguramente le hacía sentirse alguien importante. Es evidente que el sistema penal de los países asiáticos y en especial el Tailandés, es cruel y desmedido. La cadena perpetua por tráfico de drogas es algo exagerado y más aún la pena de muerte, a la que fue condenado a su novio, aunque después fue indultado. Pero ¡por Dios!, Yolanda no ha realizado ninguna proeza para merecer ese recibimiento, todo lo contrario, ha realizado un acto considerado delictivo en cualquier país civilizado, el cual ha de ser castigado y no premiado. Si a alguien hubiera que premiar, agasajar o recibir de una manera honorable, ese sería su padre, que se ha desvivido durante cinco años para conseguir su libertad, sin olvidar, claro está, la labor del ministro de Asuntos Exteriores y la del embajador español en Tailandia. José Antonio Mayo abargues Apología del tabacoAPOLOGÍA DEL TABACO Publicado en Huelva Información el día 9 de junio de 1995
ltimamente en este país están ocurriendo demasiadas cosas. Los españoles nos despertamos todos los días con una nueva sorpresa; casi siempre desagradables. Los conflictos pesqueros con Canadá y Marruecos, el boicot a nuestros productos por parte de algunos colegas comunitarios, un nuevo y sangriento atentado de la banda terrorista ETA, y un largo etcétera que indigna a cualquier ciudadano bien nacido. Pero si esto fuera poco, hace unos días a los españoles nos despertaba una sorprendente e insólita noticia: fumar beneficia la salud ¡Increíble! Algunos todavía estarán perplejos, y no es para menos. Estas declaraciones que sólo han servido para acrecentar más la indignación social, las hacía nada más y nada menos que le responsable de una empresa pública. Pedro Pérez, presidente de Tabacalera afirmaba en “Los desayunos de Radio Nacional”, que el tabaco es bueno para el proceso respiratorio y pulmonar, porque ayuda a la segregación del líquido que contribuye a la fricción pulmonar…Pero además, Pedro Pérez que aparte de defender unos intereses puramente económicos, es fumador, se atrevió a decir que evita enfermedades como el parkinson, el alzheimer; que disminuye los riesgos de demencia senil, y lo más curioso, que potencia la creación literaria. El presidente de Tabacalera en su apología del tabaco menciona tratados médicos que datan del año 1545, en los que se atribuían al tabaco algunas cualidades terapéuticas. Basa también sus argumentos en investigaciones poco serias como es un estudio estadounidense sobre la enfermedad de parkinson, en el cual se dice que el índice de afectados fumadores es menor que el de no fumadores, pero esto son datos sin confirmar que no han de llevarnos a conclusiones tan optimistas. Estas insensatas manifestaciones, nada propias de un hombre que ocupa un cargo de alta responsabilidad son inauditas. Pedro Pérez demuestra un profundo desconocimiento de los efectos nocivos del tabaco, y una tremenda ignorancia sobre el origen de las enfermedades a las que hace referencia. La enfermedad del parkinson, cuyo síntoma más común es el temblor, continúa siendo un misterio para el mundo científico, pues se desconocen todavía las causas que la desencadenan. Lo que sí parece estar claro, es que esta enfermedad se asocia con la edad. En cuanto a la demencia senil, no es más que el final ineludible de toda persona que prolonga su vida más allá de los límites normales de existencia. Por tanto, para llegar a la vejez en buenas condiciones físicas y mentales, nada mejor que vivir alejado del tabaco y llevar una vida sana. El tabaco difícilmente puede contribuir a la creación literaria, ya que su consumo mantienen ocupados varios sentidos, lo que hace perder la concentración y con ello la capacidad creativa. Tal vez Grabiel García Márquez, exfumador empedernido tenga algo que decir al respecto. Está científicamente demostrado que el tabaco perjudica la salud, y las autoridades sanitarias así lo hacen constar en la cajetilla. El tabaco es una droga de enorme dependencia física y psíquica. La Organización Mundial de la Salud nos advierte continuamente de los graves problemas que acarrea su consumo. Fumar aumenta la presión arterial y el colesterol, produce cáncer de: pulmón, boca, vejiga, laringe, esófago, riñón y un sinfín de dramáticas enfermedades. Si quiere reducir considerablemente su promedio de vida y empeorar la calidad de la misma, fume, es usted libre. José Antonio Mayo Abargues El triángulo de la movidaEL TRIÁNGULO DE Publicado en Huelva Información el día 2 de julio de 1995
ombustible, oxígeno y calor, son los tres elementos necesarios para iniciar el fuego. Fuego como el que arrasa todos los veranos nuestros bosques, dejándonos un panorama triste y desolador. Pero no menos desolador es el que nos presenta el triángulo de la “movida” de los fines de semana: noche, alcohol y coche, que al igual que los incendios forestales tiene su máximo riesgo en el período estival. Un fenómeno social de nefastas consecuencias, que a pesar de ser una preocupación colectiva, por el gran número de víctimas que causa, no lo sabemos afrontar con la debida responsabilidad. Los jóvenes necesitan divertirse, y para ello eligen la noche, beben alcohol y se desplazan en coche. Pero a veces ocurre que cuando intentas extraer de la vida los placeres más exquisitos, te sorprenden las desgracias más dramáticas. Noche, alcohol y coche es una mezcla tremendamente explosiva que provoca numerosos accidentes de tráfico, primera causa de muerte prematura en los países desarrollados. La carretera mata más que el cáncer, que el sida y casi tanto como las guerras. Pero analicemos por separado cada uno de los lados de este triángulo. La noche es propicia para el sosiego y la reflexión, y al mismo tiempo para la fiesta y la diversión. Aunque permaneciéramos varios días con los ojos vendados y perdiéramos la noción del tiempo, sabríamos cuando es de noche, y cuando es de día. En el cerebro se produce una hormona, la melatonía, que transmite al cuerpo la llegada de la noche y hace que cambien nuestras reacciones. La noche nos hace diferentes, altera nuestra conducta, nos libera de muchos problemas y nos invita a explorar lo prohibido. Los jóvenes encuentran en la noche una válvula de escape, escape en cierto modo al control y al acoso del adulto. La noche puede ser creativa, de hecho muchas personas encuentran en la intimidad de la penumbra un motivo de inspiración, aunque también puede ser terriblemente destructiva. Al llegar la noche algunos sufren una sensación de soledad e indefensión, sin embargo otros experimentan una euforia y una prepotencia que los lleva a cometer ciertos excesos, tal vez escudados en la impunidad que les brinda la noche. Pero la noche no se concibe sin alcohol. Beber alcohol se ha convertido en un rito social en las horas de diversión. Y es que, aunque resulte vergonzoso decirlo, el alcohol fomenta la relación social. Beber forma parte de un comportamiento que parece ser inevitable cuando varias personas se reúnen. Los jóvenes no beben para evadirse, por ansiedad o por problemas psicológicos, beben por lo que los mayores han llamado siempre “alternar”. “La litrona” o los llamados botellones (combinaciones de bebidas destiladas), son un triste espectáculo muy frecuente en calles y plazas de cualquier ciudad. El alcohol ha dejado de ser consumo exclusivo de los hombres, y como en cualquier otro aspecto social no hay diferencia de sexos. Chicos y chicas abusan desmesuradamente del alcohol durante el fin de semana. Generalmente, los más jóvenes prefieren la cerveza, por ser ésta una bebida de baja graduación alcohólica, pero no por eso menos peligrosa que las demás, ya que se consumen en grandes cantidades. Además el joven no tiene conciencia de hasta donde puede llegar bebiendo, piensa que es capaz de dominarse así mismo: yo controlo, yo domino la situación; cuando en realidad está subyugado al poder etílico. Este hábito de consumo socialmente aceptado incide decisivamente en los accidentes de tráfico. El alcohol merma la capacidad para conducir, aumentando las posibilidades de sufrir un accidente. Actúa como depresor del sistema nervioso disminuyendo la actividad de las neuronas, sus efectos son inmediatos. Al beber alcohol las neuronas se duermen y la persona pierde el sentido de la responsabilidad y de la realidad. Se produce una sensación engañosa de bienestar y una falsa seguridad en sí mismo, aumentando el riesgo de accidente. Provoca actitudes violentas, cansancio, somnolencia, pérdida de coordinación, disminución de reflejos, torpeza general, y confusión, que puede llevar a un reconocimiento erróneo de las señales. Por último un dato muy importante que los noctámbulos han de tener en cuenta, es que entre las dos y las siete de la mañana el cuerpo presenta más dificultades para eliminar el alcohol de la sangre. Afortunadamente está surgiendo en la juventud un cambio de hábitos que está desplazando al alcohol, o al menos dejándolo relegado a un segundo plano. Existe una cierta pasión por el culto al cuerpo: deportes, sauna, masajes y una inclinación por las “bebidas inteligentes”, una moda sana, basada en una mezcla de bebidas naturales que estimulan física y mentalmente. El coche es, sin duda alguna, la pieza principal de la movida. En él, el joven escapa a lo cotidiano. Coche es sinónimo de independencia y libertad. Su interior es un pequeño refugio donde se prolonga la fiesta; música, alcohol y “a toda pastilla”. Quien conduce ejerce el papel de líder e intenta demostrar a los demás que posee algo especial exhibiendo su habilidad. El coche transforma a la gente de tal manera, que la persona más pacífica se puede convertir en la fiera más peligrosa. Algunos piensan que la vida sin aventura y riesgo no tiene sentido, que es necesario encontrar sensaciones fuertes, incluso jugándose la vida y poniendo en peligro la de los demás, y buscan en el volante la manera de reafirmarse como seres humanos. Tal vez ignoran que existe otra forma más creativa de experimentar esas sensaciones, por ejemplo colaborando en acciones humanitarias en Bosnia, eso sí que es tener cojo…. Los padres somos en gran medida responsables de este comportamiento, por ser demasiado tolerantes con nuestros hijos. No se trata de ser autoritarios con ellos, porque cometeríamos el mismo error de nuestros padres, pero tampoco se les puede llenar el depósito de gasolina, admitir el consumo de alcohol como un signo de madurez, y pensar que la diversión nocturna es un producto de la sociedad moderna contra el que nada se puede hacer. La película Historias del Kronen, de Montxo Armendáriz, basada en la novela del mismo nombre, obra de José Ángel Mañas, nos muestra la actitud de estos jóvenes, que a pesar de tener de todo, viven en un mundo de incertidumbres e inseguridades. A veces cuando los adultos hablan de los jóvenes lo hacen de una forma despectiva, con vocablos poco halagüeños como niñatos, tal vez dolidos por haber perdido algo tan preciado como es la juventud. Y lo más grave, siempre se generaliza: la juventud está loca, la juventud está echa polvo. No es justo. Si aquí se habla de los jóvenes no es con un carácter general, pues hay un gran sector que no bebe alcohol y que se comporta de manera ordenada en el tiempo de ocio. Por tanto, no sería correcto colgarles una etiqueta que no les corresponde. Los accidentes de tráfico no afectan sólo a la vida del conductor o la de sus desafortunados acompañantes. Además del doloroso impacto que causa en el entorno familiar, tiene serias repercusiones sociales. Las víctimas nos duelen a todos un poco, y también nos suponen un importante daño económico: costes materiales, hospitalarios, administrativos, etc. Lo más grave de todo esto, es que los jóvenes muertos en accidente de tráfico por estas circunstancias ya no son noticias, sólo son mencionados en las estadísticas, pasando a engrosar la larga lista de victimas. Ocurre como en las guerras, al principio todo es dramático y terrorífico; después la gente se acostumbra a vivir entre las balas. José Antonio Mayo Abargues ¡Qué sociedad!¡QUÉ SOCIEDAD! Publicado en Huelva Información el día 30 de junio de 1994
odavía no se ha abierto el semáforo y ya está el de detrás pitando, ¡ya voy!, ¡ya voy! Me adelanta enfurecido con un impecable 16 válvulas, con ABS y AIR-BAG y me obsequia con una de esas miradas perdonavidas, mientras murmura algo, será mari…. Empezamos bien, menudo día me espera hoy. Esta tarde cuando salga del trabajo, tengo que asistir a una reunión en la Asociación de Vecinos; si termino pronto llevaré el coche a lavar. Después tengo que ir con mi hija al dentista. Mi mujer lleva no sé cuánto tiempo detrás de mi para que la acompañe a hacer unas compras, ¡huy! que no se me olvide, que hoy es jueves y como todos los jueves tengo un partido de futbito. No sé si después de cenar tendré ganas de darle un repaso a la declaración de la renta, aunque no hay muchas vueltas que darle, porque con una nómina no se puede hacer ninguna trampa, de todas formas a mis amigos les diré que he engañado a Hacienda, tengo que hacerles ver que soy más listo que ellos, además, yo no soy como esos americanos que presumen de pagar todos los impuestos, y como el fraude está de moda, tengo que estar al día, yo también defraudo, aunque sea de “boquilla”. Vivimos tan de prisa que casi no te das cuenta por dónde has pasado hace un instante. Llevamos un ritmo de vida tan acelerado que más bien parecemos máquinas en vez de personas. Nos hemos robotizado y nos comportamos como auténticos autómatas. A las once tomo café, a las once y cinco minutos enciendo un cigarrillo, no me apetece fumar, pero lo hago, siempre enciendo un cigarrillo después del café, y además, ya son las once y cinco minutos. El progreso ha puesto en nuestras manos una serie de comodidades que están muy lejos de ayudarnos a ser felices. Podrás llamar al partilyne y ponerte en contacto con tres personas al mismo tiempo, consultar tu cuenta corriente a través del ordenador o mandar un fax a un amigo, pero si de los veintiocho vecinos que habitan el edificio, sólo te relacionas con tres o cuatro a lo sumo, seguirás incomunicado, y esto ocurre. ¿Sería usted capaz de decir el nombre y apellidos de cinco vecinos de los veintiocho que componen la comunidad?, claro que no. Vivimos una soledad entre multitudes que nos hace ser fríos, distantes, insolidarios y egoístas. No soportamos ser mediocres y nos obsesiona el fracaso. El triunfo, el éxito, ser el mejor, dejar de envidiar para ser envidiado, esa es la meta del menos ambicioso. Se sueña mucho y a veces se sueña lo imposible, y cuando el listón se pone demasiado alto, ocurre que aparece la frustración, la vida está llena de frustrados y muchos desvían sus vidas hacia el mundo de las drogas o del alcohol. Nos preocupamos de los problemas de los demás pero no con el propósito de solucionarlos, sino para eludir los propios. Somos tan materialistas que no hacemos nada por nadie de manera desinteresada y mucho menos de forma altruista, porque eso supondría perder algo y no estamos dispuestos a regalar nada. Dicen que la fe mueve montañas, desgraciadamente al hombre sólo lo mueve una cosa, el dinero, el maldito dinero, y para demostrar el nivel de dominio, el hombre exhibe su status, es decir, presume ante los demás de su posición social. En las sociedades primitivas el status se manifiesta a través de la fuerza bruta, o sea, el más corpulento, se encontraba en una posición social superior al más débil. Todavía hoy, algunas personas, sobre todo jóvenes de escasos recursos económicos, continúan midiendo el valor del ser humano por la fuerza física. En nuestra sociedad el status se manifiesta por el poder del dinero, tanto tienes, tanto vales. Vivimos un clima de tensiones y presiones. El hacinamiento en las ciudades, el ruido, el aburrimiento del trabajo y el hastío, la frustración social, el trabajo en condiciones conflictivas y el fantasma del paro, siempre presente. Esto nos lleva a caer en el estrés, una reacción a una situación de conflicto que va más allá de nuestra capacidad de resistencia y que ocasiona numerosos trastornos al organismo, como: malestares gástricos, alteraciones en el sistema nervioso, problemas cutáneos y cardiovasculares, etc. Algunos pueden pensar que esto es un criterio muy personal y que es una forma muy negativa de ver la sociedad, otros pensarán que esto lo encontramos así cuando llegamos al mundo y que nada podemos hacer para cambiarlo porque así está establecido, pues bien, tal vez tengan razón, pero quien crea que no está contribuyendo a deshumanizar este mundo, que tire la primera piedra. José Antonio Mayo Abargues Nómadas en la Rábida
Prólogo
a polémica que suscitó la publicación de este artículo me hizo reflexionar profundamente y comprender que las tradiciones de un pueblo hay que respetarlas por encima de todo. Cuando escribí “Nómadas en NÓMADAS EN Publicado en Huelva Información el día 6 de septiembre de 1994
a Rábida, ese maravilloso enclave de raíces históricas, guardián de los vestigios del Descubrimiento de América, el más bello lugar colombino, que distingue a Huelva del resto de Andalucía, es sometido durante tres días al año a un fuerte impacto ecológico y visual. El último fin de semana del mes de agosto, Palos de la Frontera celebra su romería en honor a su patrona, la Virgen de los Milagros, que tiene la ermita en este paraje. Una semana antes del evento, los palermos comienzan los preparativos para la instalación de los “ranchos”, unas tiendas o casetas de feria, donde familias y reuniones de amigos pasarán tres días y tres noches al son de la flauta y el tambor. En muchos casos, para el asentamiento de los ranchos de manera uniforme, se realizan excavaciones y se aporta arena o tierra extraída de otra zona, alterando y afeando la fisonomía del terreno, que por otro lado tardará mucho tiempo en volver a adquirir la cubierta vegetal que anteriormente tenía. La ubicación de estos ranchos varía según el gusto de los moradores, y por tanto, el movimiento de tierra que se hace un año, puede no servir para el otro. Si a esto unimos el contrastante impacto que producen los encerrados para los caballos que se construyen frente a los ranchos, el resultado es una desastrosa estampa del tinglado, nunca mejor llamado. Las moscas, que todos los años nos visitan con motivo de la vendimia, se dan cita adelantada en La Rábida, seducidas por el atractivo hedor de las basuras que se acumulan desperdigadas por todos los lados. Hace unos años, cuando no existía el parque botánico Celestino Mutis, los romeros disfrutaban de un amplio recinto, pero ahora se ven muy limitados y ejercen una mayor presión sobre la zona. Los foráneos que estos días hayan visitado este histórico espacio, testigo de la singladura gesta, no habrán podido asimilar lo que estaban viendo sus ojos, y tal vez se hayan llevado una mala impresión, no sólo de La Rábida, sino de Huelva y su gente, porque una romería en cualquier otro lugar es una imagen bonita, pintoresca, pero aquí más bien parece una parada de nómadas en un oasis. Comprendo perfectamente el arraigo por la tradición, pero hay ciertas cosas en la vida que han de ajustarse a las exigencias actuales, y esta es una de ellas. Necesariamente la romería tiene que ser trasladada hacia otro lugar o bien reducir la estancia a un solo día, como ocurre con otras romerías de la provincia, que acuden a la ermita para rendir culto a José Antonio Mayo Abargues Mazagón, VíctimaMAZAGÓN, VÍCTIMA DEL ABANDONO Publicado en Huelva Información el día 19 de marzo de 2006
uchas veces me he preguntado a dónde van a parar los impuestos de los ciudadanos de Mazagón, y no he conseguido dar con la respuesta. Pero el otro día, casualmente, la encontré haciendo zapping. En el memorándun del año 2005, con el que el Ayuntamiento de Palos de Pronto dejaremos de ser ciudadanos de segunda categoría, ya que la segregación de Mazagón de los municipios de Moguer y Palos de José Antonio Mayo Abargues El Club de VelaEL CLUB DE VELA DE MAZAGÓN Publicado en Huelva Información el día 24 de mayo de 2006
n los aledaños del puerto deportivo de Mazagón se está terminando de construir el nuevo club de vela. El enclave no puede ser mejor: frente a la rampa de la dársena pesquera, para el fácil acceso de barcos y deportistas. Este club, que viene a reforzar el deporte en Mazagón, dentro de poco será un hecho del que van a disfrutar todos los amantes de la vela. Hasta aquí mis halagos. El edificio, metálico y de un color azul rabioso, provoca un impacto ambiental: visual y paisajístico, de lo más horrendo, degradando al puerto deportivo mejor ubicado de todo el litoral onubense. El contraste de esta construcción con el entorno no es nada compatible. Toda construcción debe ir precedida de un minucioso estudio medioambiental, para que el edificio en cuestión, no sea una construcción destacada y se asemeje lo más posible a las ya existentes. No dudo, en absoluto, de que el proyecto del club de vela haya cumplido este requisito imprescindible, pero tal vez los técnicos no han tenido en cuenta la opinión de otros sectores de la sociedad entendidos en la materia, que ven las cosas desde un objetivo menos práctico y más consecuente con el medio ambiente. La apreciación estética de la construcción hace daño a la vista a poco que se mire. Tiene el aspecto de un almacén, de un taller: de todo, menos de un club de vela. Y, dada su dimensión sería difícil camuflarla con una pantalla arbórea para reducir el impacto visual. No hacía falta hacer un gran esfuerzo para encontrar un modelo de construcción que no hubiera alterado el paisaje. Bastaba con observar las instalaciones que otros clubes de vela tienen en los puertos andaluces, o, simplemente echar un vistazo a la arquitectura del club náutico de Mazagón, que está justo enfrente. El medio ambiente no es sólo fauna, vegetación y paisaje, sino que engloba también el medio humano y sus actividades económicas. Por tanto, esta construcción afecta seriamente al sector turístico de Mazagón, cada vez más en declive. José Antonio Mayo Abargues Vandalismo en MazagónVANDALISMO EN MAZAGÓN Publicado en Huelva Información el día 15 de julio de 2006
n la mañana del día 24 de junio, diez coches que estaban aparcados en la calle “Ancla”, aparecieron con los cristales destrozados; entre ellos, el de un servidor. Y debo sentirme afortunado, pues mi coche sólo tenía dos cristales rotos: otros corrieron peor suerte. El artífice de esta proeza es un individuo de nacionalidad marroquí, que fue expulsado de un bar de copas por comportamiento incívico, y que, poco después descargó toda su ira contra los coches aparcados en la calle contigua. Fue detenido in fraganti por la patrulla de ¿Cómo es posible que un delincuente con once causas pendientes —nueve denuncias por la Policía Nacional y dos por la Guardia Civil—, quede en libertad después de cometer un acto delictivo de esta índole? Todos esperábamos que este delincuente abandonara Huelva con el fin de eludir a la Justicia, pero no ha sido así, no: se pasea por las calles de Mazagón como si nada hubiese pasado. Sabe que la Justicia en nuestro país es muy rígida para ciertas cosas, pero muy tolerante para el resto, y que saldrá impune de su salvajada, pues, probablemente, las aseguradoras no reclamen daños y todo quede en un simple juicio de faltas. Pero, tal vez mañana, este individuo pase del vandalismo al robo, del robo a la violación y de la violación al crimen. Y en el caso hipotético de que esto llegue a ocurrir, no sería justo que estuviera él solo sentado en el banquillo de los acusados. José Antonio Mayo Abargues Mazagón, segregaciónMAZAGÓN, SEGREGACIÓN YA Publicado en El País, el día 24 de noviembre de 2005 www.elpais.es
uien circule por primera vez por la urbanización de Ciparsa, en dirección a El Vigía, tendrá la sensación de estar en un safari por la selva de Tanzania. Los vecinos de esta zona tienen que soportar a diario el calvario que supone circular por estos caminos, propios del país más subdesarrollado del planeta, para poder acceder a sus viviendas. El Vigía es una zona residencial con precios astronómicos que carece de la infraestructura más elemental. Aunque la urbanización se encuentra pavimentada, para llegar hasta allí hay que circular durante dos kilómetros por un camino de albero, atestado de baches, y badenes sin señalizar que la comunidad de propietarios de Ciparsa ordenó colocar hace algunos años. En época estival, para evitar que el polvo penetre en las viviendas, el camino es regado varias veces al día con agua del mar por un camión cisterna, con el consiguiente problema de corrosión para los vehículos que por allí circulan. Pero es en invierno cuando más intransitable se hace, sobre todo en tiempo de lluvias, ya que es imposible sortear los numerosos baches y badenes. El Ayuntamiento de Palos de la Frontera, único responsable de esta situación, hace caso omiso a la reivindicación de los vecinos. En varias ocasiones una comisión de vecinos se ha entrevistado con el concejal de Urbanismo para exigirle que dote a la zona de un acceso digno. Pero parece ser que tienen centrada toda su atención en arreglar los caminos de las plantaciones freseras, mina de oro rojo de la localidad. Esta actitud del Ayuntamiento de hacer oídos sordos a las reclamaciones de los vecinos es una flagrante muestra de desprecio hacia unos ciudadanos sujetos a muchas obligaciones pero con muy pocos derechos -yo los denominaría súbditos de Palos-, que, aunque para todos los efectos son ciudadanos de Palos de la Frontera, no están dentro del núcleo urbano de la localidad palerma. Es obvio que la segregación de Mazagón y la consagración como localidad independiente de los municipios de Moguer y Palos está a la vuelta de la esquina. Y es obvio también que por este motivo, precisamente, el Ayuntamiento de Palos no apueste un céntimo por Mazagón. José Antonio Mayo Abargues Mazagón, badenesMAZAGÓN, BADENES POR DOQUIER Publicado en El País el día 28 de diciembre de 2005 www.elpais.es
uando un ayuntamiento es incapaz de controlar la seguridad vial de una población, adopta medidas drásticas, y no siempre acertadas, para que los automovilistas se comporten cívicamente y respeten las normas de tráfico. Los Ayuntamientos de Moguer y Palos de Circular por Mazagón es cada día más complicado. Como no teníamos bastante con las depresiones de los infinitos baches -algunos de profundidad considerable-, que ya son motivo suficiente para que los conductores extremen las precauciones, ahora también los dichosos badenes. Ignoro el coste de estas barreras arquitectónicas, pero estoy bien seguro que si este dinero se hubiera empleado en sanear el pavimento de las numerosas calles intransitables que tiene la localidad, los conductores lo hubieran agradecido. El infractor, al igual que el criminal, no se para a pensar en las consecuencias legales. Los que antes de instalar los badenes infringían las normas, lo siguen haciendo ahora, porque les importa un bledo la legalidad, el respeto hacia los demás y la salud de su vehículo. La abusiva proliferación de estos badenes está causando estragos en amortiguación, dirección y chasis, de coches, furgonetas y motos, aún circulando por debajo de la velocidad establecida. Además, el paso continuado por ellos afecta a la salud de los conductores, pues son un factor importante de riesgo para la columna vertebral. También inciden en la contaminación acústica, ya que los continuos frenazos y acelerones son muy molestos para los vecinos. Y, como daño colateral, afecta también a la economía de los comerciantes. Según José Antonio Mayo Abargues Tibu de ilegalesTRIBU DE ILEGALES Publicado en Huelva Información el día 14 de agosto de 1994
a acampada corta y aislada, es decir, aquélla que se realiza por espacio de unas horas o incluso haciendo noche en el lugar, y en zonas donde no existan aglomeraciones, ni daña el medio ambiente; pues quien acampa de ésta manera es por regla general amante de la naturaleza y por tanto consciente del deterioro de la misma, ni daña la imagen turística. Yo diría que hasta es una bonita estampa que sintoniza con la naturaleza. Nada tengo pues, en contra de la acampada libre, al contrario, me gusta y a veces lo practico, pero insisto, siempre que sea una acampada corta y aislada. Lo que está ocurriendo en las playas de Mazagón y en especial en la zona de la Estrella, es de juzgado de guardia. Numerosos campistas se hacinan como hormigas en precarias condiciones higiénico- sanitarias, poniendo en peligro su propia salud y la de todos los que se acerquen por allí. Algunos llegan para pasar un fin de semana y ante la permisividad o indiferencia de las autoridades competentes, vuelven y repiten. Otros, que ya conocen de años anteriores la anarquía de la zona, van y se instalan para una semana o más. Al carecer de las necesidades más fundamentales, hacen mal uso de las duchas instaladas en la playa: lavan lechuga, hacen la colada y guardan cola para llenar garrafas. Como es lógico, orinan y hacen las deposiciones en los alrededores y a veces el olor a sardinas se mezcla con un insoportable olor a excrementos. Las bolsas de basura se apiñan por doquier, siendo nidos de todo tipo de insectos. La imagen tercermundista que presentan estas acampadas incide negativamente en el desarrollo turístico del sector. En España existe una amplia oferta turística, lo que hace que el turista de calidad, el que se deja las “pelas”, rechace lo malo, lo mediocre, y busque solamente lo bueno. Lamentablemente ante tan desoladora imagen tomará otro rumbo y es difícil que vuelva por estas costas. Huelva será para ellos un lugar sucio y abandonado. El incremento de las acampadas masivas en las playas de Mazagón, es cada año más alarmante, el sector empresarial y concretamente los empresarios de camping, afectados por la crisis económica que todos estamos sufriendo, han alzado la voz en contra de la proliferación de estos campistas, precisamente los responsables de estas instalaciones, son en gran medida los responsables del problema. Ellos con sus abusivos precios espantan al turismo humilde y lo llevan a realizar estas acampadas desordenadas. Todas las personas tienen derecho aun tiempo de ocio, aun periodo de descanso que los relaje de los agobios y tensiones de todo un año de trabajo, pero no todos tienen chalé o apartamento, ni medios económicos suficientes para poder alquilarlos, y los campings resultan caros para lo poco que ofrecen al cliente. No pretendo ahora defender a estas gentes, creo que he dejado suficientemente claro mi postura sobre el tema, pero hay que ser objetivo y ver las cosas con claridad. Ir de camping no es algo que esté al alcance de todo el mundo. La solución de este conflicto no es nada fácil. En primer lugar los empresarios de campings deben abaratar los precios para que sean más asequibles y todos tengan acceso a ellos y, por supuesto, ofrecer más y mejores servicios al cliente, pero sin ayudas ni subvenciones, porque en este país todo el mundo llora a papá Estado y así nos luce el pelo. Después es necesario un mayor control y vigilancia de los lugares de posibles acampadas, advirtiendo con carteles la normativa vigente de la Ley de costas, y aplicar las sanciones correspondientes a quien haga caso omiso de ellos. Por último los vigilantes de la playa tienen que dejar de ser una simple figura decorativa y cumplir con su cometido como auxiliares de la Policía, velando por la seguridad del veraneante y denunciando todos los hechos irregulares ante la autoridad competente. José Antonio Mayo Abargues Nostalgia en la sala dosNOSTALGIA EN LA SALA DOS Publicado en Huelva Información el día 2 de diciembre de 1993
ra un antiguo anfiteatro de una ciudad industrial, bañada por el Cantábrico, supongo que tendría un nombre, no lo sé, jamás me preocupó, todos le llamábamos “el teatrillo”. Allí pasábamos las tardes de los sábados o de los domingos; a veces de los dos, en un maratón cinematográfico que comenzaba poco después del mediodía para terminar ya entrada la noche. Intimidado y sentenciado por las monstruosas construcciones que lo rodeaban, el teatrillo presentaba un aspecto descuidado y abandonado. Para acceder a su interior había que superar la interminable cola, porque en el teatrillo siempre había que guardar cola, y a veces, soportando el incesante sirimiri. Pues una vez superada la cola, apoyabas las manos en la fría piedra de mármol de la humilde taquilla y pedías las entradas: una, dos, tres o las que fuesen, simplemente tenías que especificar si las querías para butaca o general. La entrada, del tamaño de un billete de mil pesetas, amarilla para butaca, verde para general, llevaba insertadas unas enormes letras mayúsculas que decían EN-TRA-DA, que, en caso de pérdida era fácil de localizar. Después de que el Generalísimo se paseara por la pantalla inaugurando pantanos y más pantanos, que luego buena falta hicieron, terminaba el obligado NODO y empezaban las películas, porque en el teatrillo el cine era algo más que una película, eran tres. La primera de vaqueros, la segunda de romanos y la tercera una comedia, por supuesto española, o una historia de amor que siempre se estropeaba en el beso y daba lugar a un merecido y ensordecedor pataleo. Entre película y película, un breve descanso para satisfacer las necesidades fisiológicas. Ahora el teatrillo es tan sólo una imagen a la que di cobijo en mi mente y que terminó instalándose en ella para siempre. El otro día estuve en el cine y como soy algo nostálgico volví a recordar el teatrillo. Era el día del espectador y la interesante oferta hacía guardar cola a numerosos espectadores. Nadie diría que el cine está en crisis. Se presagiaba lleno total y así fue, pero, claro, ya nada es como antes. En un solo cine tres salas, tres películas, tres pases y, surge un pequeño problema, una vez elegida la película que deseo ver, y me pregunto cómo pedir las entradas: dos para la dos, dos para la sala dos o para la sala dos, dos. Decido pedir dos para la sala dos y cuando pienso que ya todo está resuelto me pregunta la taquillera, ¿para que función? ¿para las seis, para las ocho o para las diez? ¡Qué lío! Si hacía referencia al tamaño, color etc., de las entradas de antes, es porque en nada se parecen a las de ahora. Un minúsculo cupón con unas minúsculas letras, números, códigos y no sé que más, que como no andes con cuidado es muy posible que lo pierdas antes de llegar a la puerta. Una vez seccionada por el portero ya no te queda ni una mínima muestra de tu estancia en el cine. La sala, minúscula también, resultado de la división de un cine en tres, carece de pasillos laterales, por lo que no es nada aconsejable para aquellas personas que sufran claustrofobia. La proximidad a la pared y la dificultad para salir es agobiante. El espacio entre filas es además muy reducido. Dudo dónde sentarme: si me siento al principio de la fila tendré que soportar la incomodidad de facilitar el paso a los demás. Si me siento al final y tengo necesidad de salir, molestaré a toda la fila, así que decido tomar asiento en el medio esperando que quien se ponga hacia la pared no sufra de próstata. Acomodado en la butaca pienso en lo diferente que es todo, ni siquiera hay telón. Recuerdo que el único striptease que la censura permitía era el de la pantalla. El telón se iba abriendo lentamente hasta descubrirla por completo. Era una escena muy erótica. Me da pena que desaparezca porque el telón ha sido siempre el estandarte que ha distinguido al cine. El silencio es absoluto, no es propio, más que un cine parece la sala de espera del dentista. Tampoco quisiera el exagerado murmullo del teatrillo, pero tal vez una suave música de fondo hiciera más entretenida la espera. De repente se apagan las luces y se ilumina la desnuda pantalla, pero antes de ofrecernos lo que hemos pagado, la empresa, con la gentileza que le caracteriza, nos obsequia con una de publicidad. José Antonio Mayo Abargues Divididos por el sexoDIVIDIDOS POR EL SEXO Publicado en Huelva Información el día 8 de enero de 1996
l hombre y la mujer, estos dos seres tan distintos y tan complejos que inevitablemente se necesitan, sufren desde hace siglos un conflicto en sus relaciones sociales que por momentos se agudiza, enfrentándose en una absurda guerra de sexos. Machismo y feminismo, dominantes y dominados, opresores y oprimidos, un eterno problema que se va sucediendo generación tras generación. La mujer ya no está sujeta a las cadenas del guerrero, que para salvaguardar el derecho de exclusividad sexual y garantizar la paternidad de sus hijos, la ofendía y humillaba antes de partir hacia el frente, colocándole en la zona genital un artilugio que le permitía por medio de un orificio la emisión de orina y sangre, pero que le impedía el acto sexual. Ha llovido mucho desde entonces, y afortunadamente las relaciones han mejorado. La mujer ha dejado de ser un simple objeto de satisfacción sexual o de reproducción. Si buscamos la definición de la mujer en un antiguo diccionario, encontraremos una simple y sexista explicación: hembra del hombre. Sin embargo, sobre el hombre se ofrece una amplia definición. Hoy, la Real Academia de la Lengua da un trato más igualitario a ambos sexos, y para tratar de respetar el principio de igualdad, se cuida mucho el lenguaje, la gramática y hasta las formas verbales. Actualmente la mujer disfruta de una amplia cuota de participación social, y ya no está limitada a las tareas del hogar y al cuidado de los hijos, pero a pesar de ello, el hombre continúa queriendo mantener la superioridad sobre ella. Se crean leyes, normas y métodos, que de algún modo mantienen en situación de inferioridad al mal llamado sexo débil. Esta subordinación del sexo femenino tiene dos denominaciones, machismo y sexismo, pero es necesario aclarar que mientras el sexismo es consciente, el machismo no lo es. De hecho muchos machistas al darse cuenta del error en el que incurren, dejan de serlo y modifican su comportamiento. Los psicólogos creen que esta actitud machista de tratar a las mujeres como seres inferiores, se debe efectivamente a un fenómeno inconsciente. El hombre siente un miedo espantoso cuando mira el cuerpo de la mujer y observa que no tiene pene, esto le hace sentir una inevitable sensación de castración. Como toma de conciencia por la opresión padecida, y para hacer frente a la inflexible supremacía masculina, surgen los movimientos feministas, cuyos principios no son ni más, ni menos, que la igualdad de la mujer respecto al hombre en todos los ámbitos sociales: económico, laboral, educativo y político, en un palabra, mejorar la situación de la mujer en la sociedad. Estos movimientos, que en un principio tenían una estructura social, pasan más tarde a convertirse en movimientos socio- políticos para luchar de una manera más activa por la causa feminista. Lamentablemente la intransigencia masculina suscita la indignación de las féminas y da lugar a la constitución de movimientos radicales, que incrementan aún más la discordia entre ambos sexos. Para estos grupos la palabra feminismo significa desprecio hacia el macho. No luchan para mejorar su posición, o para conseguir la misma parcela social que el hombre, luchan contra el hombre. Atrincheradas en lo más profundo de su género afrontan el problema de una manera destructiva, rechazando todo lo masculino, y eso lo que crea es más desigualdad. La solución del conflicto no radica en devolver a las mujeres al hogar, y aquí se acaba todo, tampoco en arrebatar al hombre todo su poder, y de dominante relegarlo a dominado, pues a lo largo de la historia ha habido periodos de absoluto dominio femenino, en los cuales la situación conflictiva era la misma y en algunos casos aún peor. Antes de Cristo, existieron en el Mediterráneo varios pueblos bárbaros, y otros de elevada cultura, en los que las mujeres gozaban de un poder superior al de los hombres. En estos matriarcados todo se daba al revés. Los hombres eran más bajos que las mujeres y tendían a engordar. Se ocupaban de las tareas domésticas y cuidaban de los niños desde el primer día de su nacimiento. Eran coquetos, temerosos; y sus novias los cortejaban con agresividad. Debían llegar puros al matrimonio y prometer una estricta fidelidad. Las mujeres determinaban la moral sexual y se atribuían libertades sexuales vedadas para el hombre. Se encargaban de las guerras, de los negocios, del sostén de la familia, y legaban la propiedad familiar sólo y exclusivamente a las hijas. En el año 4000 antes de C., se produjeron los cambios más decisivos en la historia de la cultura. La época neolítica no se caracterizó sólo por el descubrimiento de nuevas técnicas, sino por la aparición de nuevas formas de vida. Las mujeres descubrieron el tejido, la alfarería y comenzaron a cultivar las tierras, tarea ésta, que al carecer de otros medios, se realizaba a base de azada. Al ser la mujer la que trabajaba la tierra y, por tanto dueña de la misma, cuando se casaba no abandonaba su casa, sino que era el marido el que se separaba de su propia familia y entraba a formar parte de la de su mujer, estableciéndose en la casa de ésta, ocupando un lugar secundario en el seno de la familia de la mujer. Cuando la ascendencia de las mujeres en la vida social era muy acusada, los hombres formaban sociedades secretas, en las que se entraba bajo rigurosas pruebas y conforme a ciertos ritos, que trataban de contrarrestar dicha ascendencia. El ser humano se las ingenia para tener siempre un motivo para la hostilidad, sin embargo, parece tener dificultad para encontrar la vía de la convivencia. Hombre y mujer no deben buscar en sus relaciones a un adversario, sino a un amigo, a un compañero, a un amante. Es necesario pues, romper las barreras que impiden o dificultan la plena integración de la mujer en la sociedad y lograr un equilibrio en el dominio de todos los campos sociales. José Antonio Mayo Abargues La concienciaLA CONCIENCIA Publicado en Huelva Información el día 2 de diciembre de 1994
o hay una regla absoluta que distinga el bien del mal, a excepción de aquellas acciones evidentes y universales como el crimen o el robo; el altruismo o la solidaridad. La bondad es muy relativa, lo que para unos es bueno, puede ser malo para otros, una cosa es buena o mala según sea estimada. Y por eso las sociedades establecen normas generales de conducta que diferencian el bien del mal, derogando unas y promulgando otras al mismo tiempo que avanza la sociedad. Surge aquí una discrepancia entre lo que parece ético y lo que es legal que puede llegar a provocar un conflicto psicológico: Matar no es bueno, matar es malo, sin embargo hay casos en que la sociedad aprueba o justifica la muerte, ¿debo seguir lo que me dicta la conciencia o debo aceptar las reglas que la sociedad me impone? Si voy a favor de mi conciencia iré en contra de la ley, esto da lugar a una reflexión, es decir, a una vuelta de la conciencia sobre sí misma para analizar su contenido. En este proceso mental, ética y legalidad tendrán que luchar, y tal vez la conciencia se anteponga a la ley, pues la ley puede ser justa o injusta, en cambio si la conciencia es sana, o sea si no es corrupta, siempre será justa, aunque incurra en error, y buscará lo ético y lo correcto sin importarle si es conforme a normas y leyes. La conciencia es un fenómeno cerebral que comienza a formarse o a desarrollarse desde la infancia, en un proceso que pasa por tres etapas. En primer lugar los niños empiezan por obedecer reglas y órdenes para evitar el castigo. Después las reglas son obedecidas para evitar el sentimiento de culpabilidad, resultado de la represión de padres y educadores. Finalmente reglas y órdenes son obedecidas por principio o toma de conciencia, y no por temor o sentimiento de culpabilidad. Bondad y maldad, virtud y vicio, lícito e ilícito, son actos que sólo la conciencia está plenamente capacitada para juzgarlos. Las leyes morales y religiosas varían según las necesidades sociales, en cambio la conciencia está fundada en la misma naturaleza y obra siempre conforme a la razón. Digamos que la conciencia es un pequeño laboratorio donde se analizan e interpretan las informaciones que llegan de los sentidos. Nos indica el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar, aprueba o reprueba, y premia o castiga nuestra actuación. Se manifiesta antes, durante y después de la acción, es decir, te advierte, te aconseja y juzga tu proceder. Esta autoridad interior que tiene voz propia y que además es perfectamente perceptible, es tan severa que no admite engaños ni disculpas y su juicio no tiene apelación. El concepto de la conciencia ha ido evolucionando a través de la historia. Se ha dicho que la conciencia procede de un espíritu o incluso que se trata de una entidad divina. Santo Tomás la denominaba como un espíritu corrector, Sócrates como uno de los aspectos del demonio. Aristóteles afirma que procede del sentido. Para los psicólogos es un atributo de la persona dotada de razón, y tiene su órgano en el cerebro, aunque no tiene una localización precisa. Esta teoría la refuerza el hecho de que la conciencia en su último término es memoria y ésta se ubica en el cerebro. A veces se utiliza la expresión corazón para hablar de la conciencia: no tiene corazón, en vez de no tiene conciencia, quizás se deba a la relación de éste con los sentidos. Tiene mala conciencia, no tiene la conciencia tranquila, le remuerde la conciencia, son frases que se escuchan frecuentemente en el vivir cotidiano, y es que la conciencia es algo que nos preocupa. Cuando cometemos acciones que no están bien experimentamos cierta vergüenza, remordimientos y temores, es la factura que hay que pagar. Tener la conciencia limpia o tranquila es una necesidad de primer orden. Si está tranquila disfrutamos de un sosegado equilibrio psíquico y moral, sin embargo, si está intranquilidad nos tortura y atormenta. Para remediar la situación e intentar reparar el mal recurrimos al arrepentimiento y en ocasiones nos vemos impulsados a confesar exteriormente la culpa, es una forma de quedar en paz con uno mismo. La educación juega un papel muy importante en su formación, pero no es determinable: dos hermanos educados del mismo modo, actúan de manera distinta por motivos de conciencia. La educación sirve para definirla o enriquecerla, pero la conciencia es algo muy íntimo, es la estima de sí mismo, la imagen de sí mismo. Su voz ha de ser escuchada y nunca hay que obrar en su contra, pues ella es el testigo de la vida, el juez y el verdugo. José Antonio Mayo Abargues DeforestaciónDEFORESTACIÓN Publicado en DIARIO 16 el día 1 de agosto de 1994
l hombre, cada vez más preocupado en mejorar su nivel de vida, no utiliza los recursos naturales sólo para subsistir, como lo hacían las civilizaciones antiguas. Además de esta imperiosa necesidad, también los utiliza para crear riqueza, y algunos lo hacen sin escrúpulos a cualquier precio, arrasando, destruyendo, sin importarles el futuro de las generaciones venideras. La adecuación de terrenos para el cultivo de la fresa en la provincia de Huelva es una de las actividades agrarias más agresivas que se realizan contra el medio ambiente. En muchos lugares donde ayer había pinos, eucaliptos y alcornoques, hoy sólo hay hierro y plástico. Enormes superficies de terreno quedan desnudas de todo tipo de vegetación autóctona, jara, romero…, lo que lleva a la consecuente desaparición de numerosas especies animales. Estos terrenos están indefensos ante cualquier agente erosivo, porque ni siquiera tienen la precaución de sembrar setos o cortinas de árboles entre las plantaciones como medida para limitar los devastadores efectos del viento. La agricultura pretende robar terrenos al bosque, como si la naturaleza no fuera a pasar factura. Pongamos como hipótesis que mañana deje de interesar el cultivo de la fresa, quién sabe, todo es cuestión de pesetas o de que nuestros vecinos los marroquíes se lo propongan y saturen el mercado internacional, dentro de poco estarán en disposición de hacerlo. ¿Y qué nos quedará después? Hierro, plástico y un erial desolado, condenado a la erosión y a la desertización. Cuando un terreno queda pelado durante muchos años, es difícil que vuelvan a crecer en él árboles y matorrales y progresivamente se hará más seco y pelado, pues la tierra fértil habrá desaparecido al ser arrastrada por las lluvias, ya que en un terreno deforestado el agua fluye deprisa hacia el mar por falta de absorción. Por el contrario, en un terreno forestado, las hojas de los árboles detienen las gotas de la lluvia y disminuye la velocidad de la caída, favoreciendo la absorción a través de raíces, troncos y del mismo suelo, que facilita que el agua se filtre de forma subterránea para poder ser aprovechada después. Además, el agua que se desliza hacia su cauce lo hace de forma lenta, evitando que los ríos y arroyos crezcan con excesiva rapidez y provoquen inundaciones. Se estima que un terreno desnudo de vegetación puede perder anualmente por la erosión 250 toneladas de tierra por hectárea. La deforestación incide de manera importante sobre los cambios climáticos, que los científicos han achacado al efecto invernadero. La masa forestal, junto con los océanos, absorbe aproximadamente el 40 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono (CO2), principal causante del efecto invernadero. Afortunadamente, España es el tercer país de Europa que tiene los índices más bajos de emisión de CO2, pero esto no nos da derecho a cometer otras agresiones. La producción fresera o el cultivo del “oro rojo”, como se le denomina en algunos sectores, es hoy por hoy el sostén económico de muchos pueblos, pero no se puede continuar con una actividad tan devastadora. Se está sacrificando demasiado. Si talamos los árboles y no repoblamos el bosque, estaremos contribuyendo a degradar más la sufrida atmósfera. Es evidente que tenemos que explotar la tierra para vivir, pero seamos sensatos, hagámoslo de una manera racional, sin egoísmos ni avaricia. José Antonio Mayo Abargues El sueñoEL SUEÑO, UN FENÓMENO IMPRESCINDIBLE Publicado en Huelva Información el día 31 de agosto de 1995 - Hijo, para descansar es necesario dormir, no pensar, no sentir, no soñar… - Madre, para descansar, morir. Manuel Machado.
veces el hombre para conseguir el objetivo adopta actitudes poco frecuentes y peligrosas como por ejemplo, dejar de comer, con el fin de llamar la atención de los demás y sensibilizarles con su problema. Tristemente la huelga de hambre se ha convertido en un arma reivindicativa cada vez más utilizada. ¿Se imaginan si a alguien, con el objeto de reivindicar algo, se le ocurriera la insólita idea de declararse en huelga de sueño? Probablemente no duraría mucho. Seguro que a los pocos días caería derrotado. Dormir es una necesidad fisiológica tan necesaria como comer, o quizás más, por tanto es imprescindible y fundamentalmente para el desarrollo físico y psíquico de la persona. Nos pasamos durmiendo casi un tercio de nuestra vida, de lo cual muchas veces nos lamentamos, pero no tenemos otra alternativa, pues como decía el poeta, para descansar es necesario dormir. Nuestro cuerpo, y sobre todo nuestro cerebro necesitan reposo. Antiguamente el sueño se consideraba como un estado pasivo, como un periodo de inactividad que carecía de interés para el mundo científico, pues solamente eran estudiados los sueños. Fue en 1937 cuando los científicos descubrieron que durante el sueño había cambios en la actividad eléctrica del cerebro, pero hasta 1952 no se llegó a estudiar detenidamente. Entonces se descubrió que, cuando una persona se duerme, los ojos tienen movimientos lentos y rotativos, y a través del electroculograma se puedan detectar y registrar las corrientes que éstos generan cuando se muevan. Hoy se sabe que el sueño es un proceso que consta de cinco etapas: somnolencia, adormecimiento, sueño ligero, sueño establecido y sueño profundo. ¿Por qué es necesario dormir? He buscado y rebuscado hasta en los lugares más recónditos de las bibliotecas tratando de encontrar una respuesta sobre la necesidad de este fenómeno, pero parece ser que esto es algo que los científicos no tienen muy claro. Unos piensan que mientras se duerme se producen unas sustancias químicas de las que el cuerpo se abastece para el proceso elemental de la vida. Otros opinan que dormir, simplemente proporciona descanso: la fatiga, el agotamiento y el desgaste, producto de la intensa actividad a la que el cuerpo se somete durante el día, provoca la necesidad de descansar, y la inactividad muscular, propia del sueño, proporciona este descanso. Lo cierto es que existe una estrecha relación entre el sueño y el equilibrio del organismo. Si una persona duerme bien, al día siguiente se encontrará jovial, dinámica y con buena memoria. Por el contrario, si ha tenido problemas para conciliar el sueño, o alteraciones en el mismo: pesadillas, inquietud o nerviosismo, sus reacciones serán más lentas, se encontrará cansado, malhumorado y menos sociable. Por consiguiente, se puede decir que el sueño tiene una función restauradora de los procesos psíquico y físico. Cualquiera que haya postergado el sueño más allá de lo normal, habrá podido comprobar cómo su cuerpo se va alterando progresivamente. Después de tres noches sin dormir se sufren alucinaciones y se pueden presentar delirios. Pasados los cinco días las facultades mentales se deterioran considerablemente, disminuyendo la memoria y la capacidad de concentración. No se sabe con certeza lo que sucedería si el sueño se demora indefinidamente, ya por razones éticas nunca se ha experimentado con el hombre, pero sí se ha hecho con animales. Los estudios realizados con monos y ratas han demostrado que la privación del sueño es tremendamente peligrosa. Estos animales se iban debilitando hasta llegar a quedar exhaustos, después entraban en coma y más tarde fallecían. Los primeros días de vida los pasamos prácticamente dormidos. Un bebé duerme más de 16 horas diarias. A medida que vamos creciendo van disminuyendo las horas de sueño, hasta llegar a la edad adulta, que se establecen entre siete y ocho horas, periodo ideal para que cuerpo y mente queden totalmente restablecidos, aunque esto depende de la naturaleza de cada uno. Algunos necesitan nueve o diez; otros sin embargo, tienen suficiente con cinco o seis. Pero lo importante no es la cantidad, sino la calidad. Una hora de sueño profundo es más efectiva para el reposo, que ocho horas de sueño alterado. ¿Qué es necesario para dormir bien? En primer lugar una cama, con un buen somier y un buen colchón, que sea lo suficientemente flexible a los movimientos del cuerpo, y al mismo tiempo tengan la rigidez necesaria para sostenerlo de manera correcta, es decir, manteniendo una superficie lo más plana posible. Las condiciones ambientales son muy importantes, y favorecen el sosiego que requiere la somnolencia. La habitación ha de ser confortable y acogedora. De vez en cuando, es conveniente cambiar la decoración, o su orientación para romper con la monotonía. Si es posible, dormir con la ventana abierta, o en caso contrario ventilar bien la habitación. Es aconsejable hacer una cena ligera, y no tomar excitantes, al menos una horas antes de acostarse, como el alcohol, la cafeína o la nicotina. La oscuridad, y sobre todo el silencio, son factores que contribuyen a conciliar el sueño. Ya sólo nos queda colocar la almohada a nuestro gusto, y desconectarnos de la escena social, sin hacer repaso del día que termina, ni planes para el que comienza. A pesar de que la gran mayoría recurre a los fármacos para combatir el insomnio, éstos no son la mejor solución, debido a los graves inconvenientes derivados de su uso. Los barbitúricos, poderosos depresores del sistema nervioso central, al principio tiene su efecto positivo, pero después aparece la tolerancia y hay que incrementar las dosis para conseguir los mismos efectos. Y como ocurre con cualquier otro tipo de droga, su retirada produce el síndrome de abstinencia, lo que provoca un insomnio aún peor, que en ocasiones puede ir acompañado de pesadillas. Hay que buscar pues, remedios sanos y naturales. Un baño de agua caliente antes de acostarse relaja y predispone el cuerpo para el sueño. Las tisanas, como la tila y la valeriana son una alternativa muy eficaz, y si todo esto va precedido de un poco de deporte o un largo paseo, tanto mejor. José Antonio Mayo Abargues El hombre, un ser agresivoEL HOMBRE, UN SER AGRESIVO Publicado en Huelva Información el día 27 de noviembre de 1994
a agresión, esa acción encaminada a herir a los demás mediante el daño físico o psíquico, parece ser un hecho inevitable de nuestra existencia. Desde hace varios siglos, filósofos, psicólogos y etólogos intentan ponerse de acuerdo sobre el fenómeno agresivo. Para unos es una conducta instintiva: el hombre es por naturaleza un animal feroz, pero las leyes que la sociedad ha fijado terminan amansándolo. Para otros es una conducta aprendida: el hombre es víctima de una sociedad cruel, con una estructura autoritaria e intolerable que instiga en él la agresividad. Sigmund Freud sostenía que los impulsos agresivos y destructivos del hombre son un instinto congénito: frente al instinto de la vida está el instinto de la muerte y de éste último surge el impulso de destrucción y la agresión. Freud aconsejaba no reprimir estos impulsos, pues la acumulación de energía agresiva podría desencadenar una irrefrenable violencia. Esta teoría fue ratificada más tarde por prestigiosos etólogos como el austriaco Konrad Lorez. Para este investigador los instintos agresivos del hombre son similares a los de otros animales vertebrados, aunque habría que hacer una pequeña pero importante distinción: Los animales, a excepción de algunos, agreden para defender un territorio, a sus crías o bien para conseguir una posición de superioridad, el macho más fuerte y agresivo domina a los demás. Sin embargo, el hombre es capaz de matar de manera sistemática a miembros de su propia especie. Otros científicos más modernos, entre los que se encuentra Moritz Lazarus, discrepan de la teoría freudiana. Creen que la agresividad no se produce por sí sola, y que tampoco es una necesidad de supervivencia. Opinan que la actitud agresiva, más bien se debe a factores biológicos. En efecto, los sistemas nerviosos del cerebro, los genes y las hormonas inciden en el comportamiento agresivo. La hormona sexual masculina, la testosterona, que es la que estimula el crecimiento de la barba y determina nuestra calvicie, es la causa principal de la conducta agresiva, de ahí que el hombre sea más agresivo que la mujer, pues por sus venas circula mayor volumen de testosterona. Esta diferencia en la estructura hormonal entre ambos sexos ha sido motivo de varios estudios, a fin de confirmar la relación entre la hormona y la agresividad. Los científicos han realizado investigaciones con monos y ratas inyectándoles testosterona y han observado que al aumentar el nivel de testosterona, aumenta el grado de agresividad. Asimismo, las investigaciones muestran que cuando un mono es castrado la agresividad se reduce considerablemente. Pero la agresividad puede ser provocada por numerosos motivos: por el dolor, el exceso de ruidos o de calor, la desmotivación y el aburrimiento, por el alcohol y las drogas y por los conflictos de todo género. Tal vez de las situaciones adversas la más instigadora sea la frustración, ya que genera ira y ésta conduce a la violencia. Una persona frustrada reacciona agresivamente ante cualquier hostilidad que se le presente. También puede ser estimulada por amenazas, burlas e insultos, aunque quien las ejerce está de algún modo agrediendo, pero ésta es una agresión no violenta. A veces la agresión no se produce por iniciativa propia, sino por influencias sociales. Hay personas dominantes y persuasivas que pueden llevar a los demás hacia la agresión. Pongamos por ejemplo un linchamiento, donde la gran mayoría es incitada a agredir. En estos tumultos puede ocurrir que el agresor, en un breve análisis ético rechace la violencia, y sin embargo termine solidarizándose con el grupo, perdiendo el sentido de la responsabilidad personal. En la vida cotidiana es muy frecuente observar un acto violento, el mundo está lleno de violencia. Esta es otra forma de estimular la agresividad. Quien presencia un acto violento, está sin duda alguna incrementando su tendencia a agredir, máxime si el observador es un niño, así lo demuestran los diversos estudios realizados sobre la influencia de la televisión en la agresividad de las personas. Niños y adolescentes tienden a identificarse con los ídolos de la pantalla. Personajes como los interpretados por Arnold Schwrzenegger y Sylverter Stallone son un modelo agresivo a imitar por los niños. Socialmente la agresividad es aceptada cuando tiene una finalidad de protección o defensa. Algunos países van mucho más allá y emplean la violencia con quien quebranta la ley: el violador es castrado, al ladrón le amputan la mano e incluso se castiga con la pena de muerte. Resulta paradójico que una sociedad que establece unas normas de conducta antiagresiva, por otro lado ejerza una influencia agresiva. La Ley del ojo por ojo, que algunos desalmados reivindican, sólo sirve para generar más violencia. En EE.UU., país donde en algunos estados existe la pena de muerte, no han conseguimos terminar con los crímenes y asesinatos, ni han sido capaces, no de reducir su altísimo nivel, sino de frenar el trepidante incremento. José Antonio Mayo Abargues Del Rosa al AzulDEL ROSA AL AZUL Publicado en Huelva Información el día 9 de abril de 1995
urante muchos siglos la mujer estuvo limitada a las tareas del hogar, y al cuidado de los hijos, mientras que el hombre se encargaba del sustento y de las relaciones sociales. En la antigua Grecia, las mujeres estaban sometidas a una reclusión o encierro doméstico para preservarlas de las miradas de los demás. Sócrates decía que la mujer debía dedicarse sólo y exclusivamente al interior, y el hombre al exterior, porque así lo habían querido los dioses. Todavía hoy, algunas culturas como la musulmana ocultan el rostro de la mujer cubriéndolo con un velo. Hoy en nuestra sociedad la mujer disfruta de un amplia cuota de participación en todos los campos: educativos, económicos, laboral y político, y tiene libertad de escoger entre la vida de hogar y la actividad exterior. La igualdad hombre- mujer es un derecho que se contempla en las constituciones de todos los países democráticos, contemplación justa y razonable, pues las diferencias entre los sexos han de basarse únicamente en las diferencias naturales, es decir, en las diferencias biológicas y en nada más. Hombre y mujer han de gozar de la misma legitimidad y han de tener la misma igualdad de oportunidades. Pero a veces ocurre que esta igualdad del sexo social implica una igualdad de géneros. Ellas en el empeño de equipararse a ellos, abandonan su feminidad y adoptan formas masculinas, perdiendo su propia identidad y renunciando así al papel que les ha sido asignado por la naturaleza. El sexo diferencia a las personas en hombres y mujeres, pero ser hombre o mujer no depende sólo de los órganos genitales, lo determinan los gestos, las relaciones sociales, el trabajo y la propia personalidad. Sexo es un término psicológico y cultural. Evidentemente, si al nacer nuestro sexo biológico es varón, estaremos predestinados a comportarnos como tal en el transcurso de la vida. La madre que viste al niño, lo peina y lo trata como a un hombre, hará de él un hombre; pero si a este niño se le educa como a una mujer, en el futuro será biológicamente un varón, pero psicológicamente su conducta será la de una hembra, o sea, será un transexual. Por tanto la masculinidad y feminidad no son de origen innato, sino adquirido y del mismo modo que se adquiere se pierde. La igualdad del sexo social no es el único motivo que lleva a la mujer a identificarse con el género masculino. En la infancia aparecen trastornos o cambios en la personalidad que cambian a los niños para el resto de sus vidas. Sobre los cinco años, tanto niños como niñas ven en el hombre un modelo de comportamiento a seguir. Lo que más les llama la atención, y esto es algo que debemos lamentar, es su agresividad, porque ella produce respeto y miedo a los demás. Niños y niñas modifican su propia conducta imitando todo lo masculino. Como resultado de unos procesos psíquicos inconscientes, la mujer siente deseos de ser hombre, y algunas veces lo exterioriza sin ningún pudor y otras lo reprime para mantener su feminidad. Esta desviación del género no sólo le ocurre a la mujer. El hombre, ese tipo duro y sólido también tiene su “vena” femenina, que generalmente oculta para mostrarse como un auténtico macho, ¿cuántas veces a lo largo del día el hombre adopta gestos, posturas y actitudes femeninas y automáticamente las corrige para no dañar su hombría? Freud, dijo en innumerables ocasiones y así quedó plasmado en su obra, que las personas son por naturaleza bisexuales, todos tenemos un poco de rosa y un poco de azul, sin embargo se nos educa para ser hombre o mujer, pero volvamos a lo que nos ocupa. Las mujeres que luchan en competencia con los hombre se guían por patrones masculinos, imitando todo lo varonil: la forma de andar, de expresarse y de hablar. La mujer que llega a ocupar algún cargo de poder, hasta entonces exclusivo del hombre, se comporta de un modo más agresivo, exigente, insensible e intolerante. Es frecuente que al alcanzar este éxito, finalmente se sienta frustrada y experimenta una especie de castración. Los divanes de los psicólogos son testigos mudos de más de una confesión de ese tipo. Debemos admitir que hay trabajos específicos del hombre y trabajos específicos de la mujer, esto sería absurdo negarlo, pues bien, nuestra distribución de roles y tareas específicas no sólo determina nuestra conducta como uno u otro género, también determina nuestro cuerpo. Si una mujer realiza trabajos específicos del hombre tiende a que su cuerpo pierda la feminidad. ¿Se imaginan a una mujer con veinte años de actividad laboral abriendo zanjas con un perforador neumático?, ¿cómo sería su cuerpo, sus gestos, su voz…?. Evidentemente tendría más parecido a Arnold Schawarzenegger que a Sharon Stone. Se han descubierto esqueletos prehistóricos que según estudios arqueológicos y antropólogos corresponden a épocas donde existía una igualdad entre ambos sexos, y curiosamente el cuerpo de la mujer apenas se diferenciaba del cuerpo del hombre, presentando la mismo fortaleza, estatura y fracciones. En el vivir cotidiano podemos observar como muchas mujeres se comportan de forma varonil, sirva como ejemplo las mujeres políticas que hablan y se expresan de la misma manera que lo hacen sus líderes masculinos. Si Dios hubiera querido que sólo hubiese hombres en la tierra, no habría creado a la mujer. Por esta razón la mujer ha de sentir como mujer, pensar como mujer, vivir como mujer. José Antonio Mayo Abargues Vivir con identidad propiaVIVIR CON INDENTIDAD PROPIA Publicado en Huelva Información el día 6 de noviembre de 1995
e niño mi ilusión, mi ambición, mis perspectivas de futuro distaban mucho del resto de los niños de mi entorno. Unos querían ser médicos, otros abogados; los menos ambiciosos, mecánicos o camioneros. Yo tenía un sueño poco común, quería ser farero. Pero el inevitable destino, que a veces todo lo estropea, frustró mi ilusión, aunque no consiguió extinguirla. Ese gusanillo todavía hoy roe en mis entrañas, y cada vez que tengo la oportunidad de estar cerca de uno de estos guías ópticos, es como volver a ser niño. Más tarde, cuando empecé a tomar conciencia de lo injusta y desproporcionada que es la vida, mi ambición se desbordó y tuve un deseo un tanto utópico, quería ser chino, si chino, oriental, amarillo. El fenómeno socio- político maoísta me llamaba enormemente la atención. Todos con las mismas ropas, los mismos sombreros, las mismas bicicletas, los mismos derechos… Yo estaba loco por ser chino, pero tampoco pudo ser, la suerte no estaba de mi lado. Al integrarme en el mundo de los adultos asumí mi papel, mi rol social, y afronté con resignación la cruda realidad de la vida, respetando las normas elementales de convivencia que todo ciudadano está obligado a cumplir, pero desde un principio me negué a aceptar el código ético que se me quería imponer, porque ya que no pude ser ni farero, ni chino, quise seguir siendo yo mismo, actuando de acuerdo con mi conciencia, sin importarme un bledo todo lo demás. Podemos no ser médicos, abogados, mecánicos o camioneros, pero no podemos dejar de ser nosotros, porque entonces habremos perdido la libertad. Nuestro comportamiento está regulado desde el comienzo de la vida. Un niño no actúa llevado por el instinto, como le ocurre al perro, al gato, o a cualquier otro animal, actúa dirigido por la inteligencia y la capacidad creativa de sus padres, que lo orientan hacia una vida ordenada y disciplinada. De este modo el niño va labrando su figura como ser humano, para más tarde adquirir una personalidad. Nos dicen cómo tenemos que comportarnos con nuestros semejantes, cómo tenemos que vestir, qué es lo que tenemos que aceptar y adorar, y qué es lo que tenemos que repudiar y detestar; después la propia estructura social establecerá todo lo demás. Estas normas que tutores y sociedad fijan para que la convivencia sea mínimamente soportable condicionan y limitan nuestra libertad. ¿Puede alguien afirmar, sin temor a equivocarse, si un objeto es bonito o feo? Naturalmente que no, esto responde a criterios muy personales. Pues lo mismo ocurre con el bien y el mal, lo que para uno es bueno, para otro puede ser malo; es más, la misma cosa que hoy es buena, tal vez mañana sea mala. Excepto las leyes, nadie, absolutamente nadie, puede afirmar si un acto es bueno o malo. Los hábitos, los actos y las actitudes de la persona, tienen que estar necesariamente sujetos a los patrones éticos que nos han sido proporcionados; ahora bien, esto no nos obliga a ejecutarlos tal cual nos indican, ni tampoco a ceñirnos a un único código. Es necesario crear un código autónomo, basado en el razonamiento de los hechos, que finalmente sea supervisado por el tribunal de la conciencia. No podemos aceptar todo tal como nos lo han impuesto, cumpliendo los dictados éticos al pie de la letra, porque eso equivale a no tener iniciativa respecto a nuestros actos. El hombre para realizarse necesita crear, y qué mejor que empezar creando su propio código, rebelándose contra lo caduco, lo absurdo y lo hipócrita, aunque a veces te tachen con los calificativos más graves, vale la pena, pues si importante es convivir con la sociedad, mucho más importante es convivir con uno mismo. La sociedad avanza y las mentalidades se han de adaptar a los cambios que se producen. Si cambian las ideologías políticas, si cambian las relaciones familiares, si cambian los hábitos eróticos y sexuales, lógicamente han de cambiar los códigos. Es de hipócritas, que ante un mismo acto, se adopte una doble moral, porque nuestro obsoleto código diga que es impropio, intolerante o pecaminoso. José Antonio Mayo Abargues El adulterioEL ADULTERIO, PASADO Y PRESENTE Publicado en Huelva Información el día 24 de abril de 1995
as diferentes culturas de las sociedades antiguas entendían el adulterio como un acto pernicioso e incluso como un delito comparado con el crimen, y como tal era castigado. Estos castigos han pasado por una gran variedad de penas, algunas absurdas, y otras excesivamente crueles. Las más extendidas fueron: la confiscación de bienes, las multas, el repudio, la humillación, el destierro, la cárcel, la mutilación, y finamente la más bárbara, la pena de muerte. En cuanto a estos castigos las leyes han sido más benévolas con el hombre que con la mujer, siempre se ha atribuido mayor gravedad al adulterio femenino y por tanto se ha castigado con mayor severidad. A la mujer se le exigía, y todavía hoy se le exige una fidelidad más rígida. Si damos un repaso a la historia podemos ver como se aplicaban los castigos con diferente rigor. En Egipto, por ejemplo, se castigaba a la mujer con la mutilación de la nariz, y al hombre con cien palos. En Francia, en tiempos de la revolución a la mujer adultera se le rapaba la cabeza y sin embargo se permitían las concubinas. Los griegos obligaban a la mujer a vestirse de una manera especial, a fin de ser reconocida por todos como adultera. Además, si eran sorprendidos en flagrante delito, el marido podía dar muerte al adultero siendo amparado por la ley. Asimismo, en Roma la mujer que era cogida infraganti podía morir a manos del marido para limpiar su honor. En los últimos años el valor y el significado del matrimonio se ha convertido en un objeto de controversia. Algunos críticos piensan que la monogamia como base de la unión exclusiva hombre- mujer, ya no constituye una forma de vida realista, pues ésta se convierte rápidamente en monotonía, y que el concepto de la fidelidad es algo que ha quedado obsoleto, por lo que admiten de algún modo las relaciones sexuales extramatrimoniales, dándoles un carácter legítimo cuando se trata de recuperar la autoestima o la sensación de seres humanos. En cambio muchos moralistas defienden la fidelidad como un deber conyugal inexcusable, y opinan que la parte inocente está obligada a divorciarse de la infiel, por quedar el matrimonio vacío e impuro. La Iglesia prohíbe el adulterio tanto a la mujer como al hombre e incluso condena los malos pensamientos respecto a lo que a la infidelidad se refiere; y aún va más lejos: El Evangelio, según San Lucas, dice lo siguiente: Todo el que se divorcia de su esposa y se case con otra comete adulterio (Lucas 16. 18). Esto es fácil de entender ya que para la Iglesia el matrimonio es un vínculo indisoluble. El adulterio en todas sus formas: desconocido, consentido o incentivado pone en serio peligro la base fundamental de la familia, el matrimonio, hoy por hoy, el modo más normal de constitución de la misma, deteriorando la vida en común, máxime cuando el adulterio es reiterado, pues se pierde el respeto mutuo, el auxilio y la protección recíproca, necesaria en toda convivencia. El adulterio, es pues, una falta de respeto hacia el cónyuge, un atentado contra su honor, y una ofensa; pero además es la ruptura de un pacto de fidelidad, pilar que sostiene la estructura de la pareja. De manera habitual, el teatro, el cine y la televisión basan sus historias en algo que casi siempre va relacionado con la infidelidad en su más grave manifestación: mujeres adulteras, hombres engañados y viceversa. ¿Influirán estas historias en la fidelidad conyugal? Tal vez niños y adolescentes vean en estos argumentos una forma de comportamiento genérica y en el futuro la imiten. Hasta el año 1978 no fue despenalizado el adulterio en España. El Código Penal castigaba con penas de hasta seis años de cárcel dicha conducta. Hoy continúa contemplado en el Código Civil como causa legal de separación de hecho libremente consentida por ambos. Pero es curioso que existiendo un alto índice de infidelidades en nuestro país, sólo un 10 por 100 de las demandas de divorcio se ponen alegando el adulterio del cónyuge. José Antonio Mayo Abargues El juego de rolEL JUEGO DE ROL Y LA AGRESIVIDAD INCONTROLADA DE LOS JÓVENES Publicado en DIARIO 16 el día 11 de julio de 1994
l pasado 30 de abril, dos estudiantes madrileños protagonizaban un terrible asesinato sin precedentes en nuestro país. El móvil, un juego de rol, una aventura que no fue desarrollada en un tablero como un simple juego que era, porque sus protagonistas no querían ficción, buscaban autenticidad. Eligieron las características de la víctima premeditadamente, afilaron los cuchillos y salieron a la caza de un ser débil, como ellos le denominaron. Podía haber sido un niño o una mujer, pero la casualidad les llevó a encontrarse con un hombre que reunía todas las condiciones: débil, gordito y mayor. Para Javier y Félix, de veinte y diecisiete años, respectivamente, era el fin del juego; para Carlos Moreno, fue el fin de su vida, veinte puñaladas terminaron con él. ¿Qué induce a un joven a cometer el más vil de todos los actos? Evidentemente unas enormes e irrefrenables ganas de agredir, pero habría que analizar las causas que llevan a provocar el comportamiento agresivo. El hombre es agresivo por naturaleza, todos somos agresivos en mayor o en menor grado. Según Freud, la agresividad es un impulso congénito que nace con la persona. El hombre tiene impulsos agresivos y destructivos. En la conducta agresiva intervienen los genes, las hormonas y los procesos cerebrales. La agresión comienza a manifestarse en los niños hacia los cuatro años, gritan lloran y patalean. Si el niño agrede de alguna de estas formas o incluso arrojando cosas, ante la imposibilidad de conseguir algo de su madre, y ésta finalmente se lo proporciona, encontrará en la agresión consecuencias positivas y agredirá siempre que se le deniegue algo. Pero la agresión puede ser también aprendida. La televisión es la mejor escuela para esta asignatura. Las numerosas películas, series y programas que nos ofrecen a diario, estimulan la agresividad de niños jóvenes y adultos, por mucho que algunos defensores de este fenómeno se empeñen en decir lo contrario; que desempeña una función educativa, porque al final de una película el malo es castigado y el bueno recompensado y, por tanto, enseña al niño a diferenciar entre el bien y el mal. Otra forma de aprender la agresión es por imitación. El padre que castiga al niño con demasiada violencia es un modelo agresivo para su hijo. Tengamos en cuenta que el niño tiende a imitar todos los actos que el padre realiza, por lo que de padres agresivos, resultan hijos agresivos, y asimismo éstos enseñan la lección a sus propios hijos. En España, 500.000 niños sufren malos tratos físicos y otros 800.000 son víctimas de malos tratos psíquicos. Javier y Félix se cansaron del juego de la vida, porque lo encontraban absurdo y estúpido e inventaron un juego macabro para satisfacer el instinto. Sabían diferenciar perfectamente entre el bien y el mal, entre la ficción y la realidad, pero no supieron controlar su agresividad. Ahora, psicólogos y psiquiatras tienen una dura tarea que realizar, después la justicia tendrá que castigar, pero cuando se sienten en el banquillo de los acusados, no deben estar solos, allí tienen que estar sus padres, la televisión, los educadores y toda la sociedad, porque esta sociedad cruel la hemos hecho los adultos y todos tenemos algo de culpa. José Antonio Mayo Abargues La última fiestaLA ÚLTIMA FIESTA Publicado en la revista literaria “Letrasperdidas” www.letrasperdidas.galeon.com
os pasamos durmiendo casi un tercio de nuestra vida, de lo cual muchas veces nos lamentamos, pero no tenemos otra alternativa, pues para descansar es necesario dormir. Dormir es una necesidad fisiológica tan necesaria como comer, o quizá más, por tanto, es imprescindible y fundamental para el desarrollo físico y psíquico de la persona. Nuestro cuerpo, y sobre todo nuestro cerebro, necesita reposo —dijo la voz metálica del locutor, en la introducción al tema de la noche: “El sueño, un fenómeno imprescindible”. A Hugo le pareció interesante el tema del programa de Onda 33, la emisora que había sintonizado, y pensó que tal vez le pudiera servir de ayuda para remediar el cuadro dramático de insomnio que padecía. Ya estaba harto de remedios naturales, de ansiolíticos, y había decidido dejar aparcado en un cajón de la cómoda, el Transilium, el Aneurol y todas aquellas porquerías que le recetaba el neurólogo para tratar de corregir su enfermedad. ¾ ¿Por qué es necesario dormir? ¾continuó diciendo el locutor¾ Esto es algo que los científicos no tienen muy claro. Unos piensan que mientras se duerme se producen unas sustancias químicas de las que el cuerpo se abastece para el proceso elemental de la vida. Otras, sin embargo, opinan que dormir, simplemente proporciona descanso: la fatiga, el agotamiento, y el desgaste; producto de la intensa actividad a la que el cuerpo se somete durante el día, provoca la necesidad de descansar, y la inactividad muscular, propia del sueño, proporciona este descanso. Lo cierto es que existe una estrecha relación entre el sueño y el equilibrio del organismo. Si una persona duerme bien, al día siguiente se encontrará jovial, dinámica y con buena memoria. Por el contrario, si ha tenido problemas para conciliar el sueño, o alteraciones en el mismo: pesadillas, inquietud o nerviosismo, sus reacciones serán más lentas, se encontrará cansada, malhumorada y menos sociable. Por consiguiente, se puede decir que el sueño tiene una función restauradora de los procesos físico y psíquico. Hugo empezó a sospechar que todo aquello no era más que puro marketing, una triquiñuela comercial para engatusar al oyente, y perdió el interés por el programa. «Seguro que terminaran ofreciendo una almohada para las cervicales, una pulsera ionizada, o un baño termal en algún balneario que cueste un riñón», pensó. El estómago le ardía como una caimada en plena ebullición. Abrió el cajón de la mesilla y sacó de él una pastilla digestiva que masticó con cierto asco. Había cenado desmesuradamente, como casi todas las noches: comer, era lo único que hacía con entusiasmo desde que perdió a su mujer y a su hija en un dramático accidente. La depresión le había provocado un estado bulímico, y como consecuencia de ello, un exagerado aumento de peso que estaba poniendo en peligro su mermada salud. Hugo no hacía nada por corregir su debilidad por la comida, además, tenía la mala costumbre de irse a la cama sin apenas digerir la cena. Aquella noche no fue una excepción. Terminó de cenar, se preparó una tisana bien cargada y se encaminó hacia la cama con la actitud del minero que va hacia el pozo, es decir, con acusada pesadumbre. «Otra noche más…, otra noche más de vigilia», dijo al subir la escalera que conducía al dormitorio. Atrás había dejado una cocina desordenada hasta lo indecible, una mesa llena de desperdicios, un cenicero atestado de colillas, y un cuarto de baño donde había un cepillo de dientes que echaba de menos el frescor del dentífrico. Hugo se había dejado llevar por el abandono más indeseable. Vivía en una casa amplia, demasiado grande para uno solo. Decidió mudarse allí poco después de la tragedia, porque no podía seguir viviendo en aquel lujoso piso del centro, se ahogaba y necesitaba huir de allí; huir de él mismo y de aquellas gentes que lo odiaban y le miraban con desprecio a su paso. La sociedad es muy permisiva y tolerante para algunas cosas, pero no perdona fallos como el que él cometió Era una vivienda adosada, situada en una zona residencial en las afueras de la ciudad, muy próxima a un campo de golf, habitada por ejecutivos de pelo engominado y señoras de cutis envidiable que paseaban a sus caniches al atardecer. Hugo escuchaba sin demasiado entusiasmo las reflexiones del locutor de Onda 33, mientras acariciaba suavemente con la yema de los dedos la costura del cobertor. Ahora, el científico invitado exponía su teoría: — Los primeros años de nuestra vida los pasamos prácticamente dormidos. Un bebé duerme más de dieciséis horas diarias. A medida que vamos creciendo, van disminuyendo las horas de sueño, hasta llegar a la edad adulta, que quedan establecidas entre siete u ocho horas —Hugo sacudió la cabeza—, aunque esto depende de la naturaleza de cada individuo. Pero lo importante no es la cantidad, sino la calidad. Una hora de sueño profundo es más efectiva para el reposo, que ocho horas de sueño alterado. Un corte limpio interrumpió la intervención del científico, para introducir un anuncio publicitario que venía a confirmar las sospechas de Hugo, respecto al fin del programa: — Si está cansado de contar ovejitas y no es capaz de desconectarse de la escena social, si ha probado con el baño de agua caliente, la tila o la valeriana y no consigue llegar hasta las puertas de la somnolencia, vaya mañana mismo a la farmacia y pida Somnolín… ¡Somnolín!, de venta exclusiva en farmacias. Al advertir la intermitencia de la minúscula luz verde del teléfono móvil, Hugo llevó su vista hacia la mesilla y un golpe de angustia invadió todo su ser. Se había prometido que no escucharía más, al menos por ese día, la voz inmortal que su hija Raquel le había dejado en el buzón de voz el mismo día de la tragedia. Trató de convencerse de que eso sólo serviría para empeorar aún más su crítico estado, pero no pudo resistir la tentación y, como atraído por una fuerza magnética, fue hasta el teléfono y pulsó el botón del buzón de voz: — ¡Hola, papá! Tengo una buena noticia que darte…: ¡He aprobado! ¡Ya soy licenciada en Derecho!… La emoción no le permitió terminar de escuchar el mensaje «¡Soy un miserable! ¡Soy un canalla! —dijo entre sollozos. Aquella noche, Hugo, su hija, y Marga, su mujer, celebraban la licenciatura de Raquel en un lujoso restaurante de la playa. La cena fue exquisita. Hugo no escatimó en nada: un auténtico Jabugo, que fue como una caricia para el paladar, langosta, almejas y lubina al horno; todo bañado con un delicioso caldo de Sanlúcar. — Ahora tienes que preparar unas oposiciones para la Administración. Ahí se gana bien y no se hace ni el huevo; además, es un trabajo para toda la vida. Fíjate tu primo Nacho, vive como un rey —dijo Hugo, mientras mojaba la punta de un Habano en la copa de coñac. —La casa tiene el placer de invitarles a una botella de cava —dijo el camarero, de vuelta con la factura. Brindaron por el éxito de Raquel. Ésta se ruborizó cuando su padre dijo en un tono algo elevado: — ¡Por la futura abogada del Estado! Hugo propuso tomar una copa en alguna terraza del paseo marítimo antes de regresar a casa. A Marga no le gustó mucho la idea, pero la noche había sido maravillosa, y a él se le veía tan feliz que no dijo nada por temor a estropearlo todo. Raquel sugirió El Caimán, un bar de copas con actuación en directo. Estaba sonando No sé qué pasa esta noche, de Hilario Camacho, en la voz de un joven de cráneo rapado. El ambiente era excelente. Eligieron una mesa cerca de la tarima que hacía de escenario y pidieron las consumiciones. El solista miró a Raquel con ojos de deseo y se puso a cantar para ella. Al poco llegaron dos compañeros de trabajo de Hugo, acompañados de sus mujeres. Arrimaron otra mesa a la de ellos y, en seguida los hombres hicieron la típica reunión machista, ignorándolas a ellas. Las mujeres hablaron de todo un poco; los hombres sólo de trabajo. La velada se prolongó algo más de lo que Marga y Raquel hubieran deseado. Eran las cuatro y media de la mañana cuando ellos decidieron dejar de castigar su hígado. En el trayecto del bar hacia el aparcamiento, Hugo dijo algunas frases inconexas que alarmaron a Marga. — Creo que será mejor que llamemos a un taxi. Tú no estas en condiciones de conducir. Has bebido demasiado —dijo Marga. — Estoy bien, Marga. No debes de preocuparte —dijo él, víctima de la sensación engañosa de bienestar que produce el alcohol. — ¿Seguro? — ¡Que sí, mujer! Marga reflexionó sobre el comportamiento de Hugo como conductor, y pensó que debía de tener confianza en él: en veintiséis años que llevaba conduciendo no había tenido ningún percance; ni siquiera le habían multado por estacionamiento indebido. Hugo era un hombre muy prudente. Fue todo muy rápido. Hugo, llevado por la falsa seguridad que el güisqui le había proporcionado, tomó una curva a una velocidad que no pudo controlar y tuvo lugar la tragedia. Marga falleció en el acto, y Raquel llegó con vida al hospital, falleciendo unas horas después. Hugo era un muerto viviente desde entonces. En el informe policial figuraban unas cifras astronómicas de alcohol en sangre. Hugo recordaba las secuencias de aquella noche siniestra con asco y repudio de sí mismo. A la vuelta de la publicidad el científico prosiguió con su teoría sobre el fenómeno del sueño: — Antiguamente el sueño se consideraba como un estado pasivo, como un periodo de inactividad que carecía de interés para el mundo científico, pues solamente eran estudiados los sueños. Fue en 1937 cuan… Las emisoras se empezaron a cruzar al antojo del dial, llevado por el hastío de Hugo, que buscaba algo más ameno para soportar la crudeza de la noche. Se detuvo en un debate sobre la contaminación industrial. Él era un hombre muy concienciado con la protección del medio ambiente. Era tiempo de vendimia y las moscas abundaban por doquier. Hugo se levantó y enchufó el ahuyentador de insectos, luego cogió un cuadro de la cómoda con una fotografía en la que estaban él y Marga, y las lágrimas comenzaron a drenar por sus párpados. La foto estaba hecha por Raquel, tres años antes del accidente, en la terraza de un restaurante chino de Puerto de la Duquesa. Aquellos fueron unos días muy felices para todos. Marga, hacía unos días que había recibido el resultado satisfactorio de una mamografía que la tenía obsesionada. Y a Hugo lo habían ascendido en la empresa a un peldaño de los más altos del organigrama. Aquello era motivo suficiente para pasar unas pequeñas vacaciones en las costas de Manilva, antes de que Raquel partiera para Inglaterra a perfeccionar el idioma. Ya quedaba poco para que comenzara Hilo Directo, un programa conducido por una dulce voz femenina, donde los noctámbulos encontraban su válvula de escape, y al que Hugo había llamado en más de una ocasión para descargar el lastre de su conciencia. Hugo volvió a poner el dial en Onda 33, a la espera del comienzo. El científico del sueño parecía haberse adueñado de la emisora. — Cuando una persona duerme —dijo—, los ojos tienen movimientos lentos y rotativos, y a través del electrooculograma podemos detectar las corrientes que estos generan cuando se mueven. Hoy sabemos que el sueño es un proceso que consta de cinco etapas: somnolencia, adormecimiento, sueño ligero, sueño establecido y sueño profundo. La sintonía del programa dio paso a las noticias, pero antes de terminar la última señal horaria, Hugo cayó en un sueño profundo, saltándose las cuatro etapas anteriores. Dos meses después un fétido olor alarmó a los vecinos. Hugo apareció en posición fetal, con la foto de su mujer entre los brazos. «Era un tipo muy raro. Apenas salía de casa. Sólo se le veía en el supermercado y en la farmacia. Yo creo que estaba algo trastornado», respondía así, una vecina a las preguntas de un joven periodista. El forense se detuvo en una pequeña úlcera que apareció en el duodeno, pero no le dio ninguna importancia. Luego, al llegar al corazón, dijo: «Corazón contraído y atrofiado… Raquitismo en los vasos». El ayudante tomó nota del diagnóstico. Después el forense continuó buscando celosamente en las vísceras, en los huesos y en el cerebro, pero no encontró nada que pudiera determinar su muerte. «Este hombre ha muerto de angustia», resolvió el forense. FIN José Antonio Mayo Abargues Inscrito en el Registro General de MatarMATAR, SIEMPRE ES ASESINAR Publicado en Huelva Información el día 3 de febrero de 1996 “No hay nada más injusto que las leyes” Martín Luther King
ecientemente, la premio Nobel de Su padre murió carbonizado en un asalto policial a la Embajada de España y la madre y sus hermanos fueron víctimas de matanzas similares. Poco después de este triste suceso, el Gobierno Nigeriano, a pesar de las peticiones de clemencia y de las numerosas protestas internacionales, ejecutaba a nueve defensores de los derechos humanos. Una semana después de haber sido juzgados y condenados a muerte por un tribunal militar, el escritor Ken Saro-Wiwa, candidato al premio Nobel de la Paz, y otros ocho activistas en pro de la libertad de su etnia, morían en uno de los más bárbaros sistemas de ejecución, la horca. El tribunal los encontró culpables del asesinato de cuatro jefes de su misma tribu, de los que se sospechaba que colaboraban con el Gobierno Nigeriano. Es típico de una sociedad revanchista y vengativa colocar el culpable en la misma condición que su víctima. Estos nos recuerda la sagrada ley de talión, basada en la reciprocidad del mal causado: Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe. Ninguna sociedad escapa a la crueldad del crimen y el asesinato. Por consiguiente, para preservar el bien común es necesario reprimir estas conductas con la mayor severidad, para que sirva de castigo a su autor y al mismo tiempo surta efectos ejemplares ante la comunidad. ¿Es lícito castigar con la pena de muerte aun criminal? Rotundamente, no, pues matar, siempre es asesinar. Tan asesinos son los responsables de la matanza de Guatemala, como los ejecutores de los activistas Nigerianos. Pero ocurre, que cuando surge la ira ciudadana, la justicia se convierte en intolerancia y ésta degenera después en venganza. La opinión pública sobre la pena de muerte es un factor variable. Mientras la vida transcurre con normalidad, o sea, mientras el orden público está asegurado, la sociedad se muestra contraria a su existencia, aunque solo sea como arma intimidativa. En cambio, cuando surge una ola de violencia: actos terroristas, violaciones, crímenes, un sector mayoritariamente conservador puede autorizarla, basándose en el principio de legítima defensa. Algunos Estados que la habían abolido, han vuelto a restaurarla. El caso mas reciente es el de Estados Unido. A los treinta y dos años de su abolición, el Estado de Nueva York, ante la impotencia de la ley para corregir la conducta de los malhechores, ha optado por reimplantar la pena capital. Mal funciona un país cuya respuesta a una matanza es otra matanza. A lo largo de la historia se han utilizado diversos sistemas de ejecución: la lapidación, la espada, la hoguera, la guillotina, la horca, el garrote vil, la cámara de gas, la silla eléctrica, así hasta llegar a la sofisticada inyección letal. Antiguamente el carácter primordial de la pena de muerte era el castigo; la pena capita se ejecutaba mediante aquellos sistemas que mayores suplicios pudieran acarrear al culpable. En los tiempos contemporáneos no se da muerte al reo para hacerlo sufrir, sino porque vergonzosamente es el único medio de que disponen algunas Naciones para defenderse de los criminales. Un filósofo que aparentaba estar algo “zumbado”, como casi todos los filósofos, decía en un programa de televisión, que la pena de muerte no existía como tal pena, puesto que al quitarle la vida al reo desaparece la pena. No le faltaba razón a este hombre. El criminal debe sufrir por su crimen y pagar por ellos a la sociedad. Un muerto no es útil a nadie. La amenaza de la pena de muerte no disuade a los criminales, pues es obvio que estos no se paran a pensar sobre las consecuencias legales del acto que van a cometer. En los países donde se ha abolido no tienen tasas de homicidios notablemente más elevadas que antes. Sin embargo, en Estados Unidos, donde en muchos de sus Estados está en vigor, las tasas de homicidios son las más altas del mundo. No hay que buscar argumentos ni para matar, ni para morir. Es moralmente injusto matar a un ser humano, sea cual sea su crimen. La convivencia humana se basa en el respeto mutuo de los derechos, y de éstos el más fundamental es el derecho a la vida. Nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a atentar contra ella. No hay nada que justifique la muerte, ni la revancha, ni la venganza son motivos lícitos para el más vil de todos los actos. José Antonio Mayo Abargues MururoaMURUROA: UN AGUJERO HACIA EL INFIERNO Publicado en Huelva Información el día 15 de septiembre de 1995
esde el comienzo de la Era Nuclear (1945), la humanidad está condenada a desaparecer, a menos que los dirigentes políticos y militares frenen el trepidante incremento de las armas de destrucción masiva y lleguen a un acuerdo internacional; no para la cacareada y burocrática “No Proliferación Nuclear”, que ya tiene cincuenta años de historia, pues nació justo después de la barbarie americana de Hiroshima y Nagasaki, sino para el desmantelamiento y posterior destrucción de los arsenales existentes. Las recientes pruebas nucleares llevadas a cabo por el Gobierno francés en el Pacífico Sur, pone de manifiesto una vez más el interés de las potencias nucleares en continuar con el desarrollo de las armas, por un afán de dominio y superioridad disfrazado de protección nacional. En el año 1963, tres potencias en armamento nuclear: Estados Unidos, Unión Soviética y Reino Unido, siendo conscientes del enorme daño que las pruebas nucleares causan en el medio ambiente, y de las graves consecuencias que tienen sobre los seres vivos, firmaron un tratado en el que prohibían las pruebas nucleares en la atmósfera, en el espacio ultraterrestre y debajo del agua, permitiendo las subterráneas, siempre que los residuos radiactivos no se extiendan más allá de la zona de pruebas. El denominado Tratado de Moscú, invitada al resto de las naciones con armas atómicas a sumarse al acuerdo. Dos naciones con un importante armamento nuclear, Francia y China, renunciaron a la adhesión, a pesar de la insistencia del malogrado presidente John Kennedy. Poco después, en el verano de 1966, Francia realizaba una prueba nuclear a escasa altura del nivel del mar, en la Polinesia francesa, la primera de una larga lista de ensayos que, desgraciadamente, aún no han concluido. Ahora el prepotente y arrogante Jacques Chirac, en contra del rechazo de la opinión pública francesa e ignorando la presión internacional, ha decidido continuar con el devastador trabajo que comenzó su colega De Gaulle. El pasado mes de junio, Chirac anunciaba su propósito de reanudar las pruebas nucleares en el atolón de Mururoa, a pesar de que en mayo de este mismo año, 165 países firmaran un aplazamiento del Tratado de “No Proliferación Nuclear”, en el que se aconsejaba a todas las naciones la cesación definitiva de todas las pruebas. La organización ecologista- pacifista Greenpeace dio la voz de alarma, e inmediatamente, con pocos medios, pero con una enorme fuerza, la fuerza que emerge del poder de la razón, realizó un amplio despliegue en la zona del atolón para tratar de impedir las maniobras de la armada francesa. Poco pudieron hacer. Los militares franceses, en un acto de piratería asaltaron los barcos de la organización confiscándolos y deteniendo a su tripulación. Algunos periódicos franceses atribuyen la victoria de esta contienda al Gobierno francés. Otros, sin embargo, opinan que aunque las pruebas se han llevado a cabo, la organización Greenpeace ha ganado la batalla. Pero lo cierto es, que los derrotados hemos sido toda la humanidad. El castigado atolón de Mururoa, que ya superan las cien pruebas nucleares, es un peligro inminente de contaminación radiactiva, pues se han detectado grietas en los pozos subterráneos, que pueden llegar a reavivar el volcán que se encuentra debajo del atolón y ocasionar una tragedia. Por otro lado, en al periferia de las pruebas se viene registrando un alto índice de casos de cáncer, de abortos y de malformaciones congénitas, que bien pudieran estar relacionadas con la contaminación radiactiva derivada de las pruebas. Como medida de presión para que Francia paralice el programa de ensayos, que consta de ocho pruebas, varios países entre los que se encuentran: Austria, Nueva Zelanda, Dinamarca y Noruega, han comenzado a realizar un boicot a los productos galos. Greenpeace, de momento no apoya este tipo de medidas porque piensa que ello perjudicaría al conjunto de franceses, y eso no es justo. Un arma nuclear es para una nación lo mismo que una escopeta detrás de la puerta para un ciudadano normal, es decir, es una garantía de seguridad ante cualquier hostilidad que se presente, pero que al mismo tiempo representa un peligro patente. Se puede utilizar como aparato disuasivo, intimidatorio, de defensa o de agresión. Los dirigentes mundiales están empañados en hacernos creer que estas armas se fabrican con un fin pacífico. No es más que un pretexto, su misión es matar, destruir. Hasta hace unos años el mundo estaba dividido en dos grandes bloques: los Estados Unidos y la Unión Soviética. Los Estados Miembros tenían garantizada su seguridad dentro de las respectivas alianzas. Algunos países, como Francia, sintieron la necesidad de independencia en materia de seguridad y comenzaron a desligarse de las dos superpotencias y a fabricar sus propias armar nucleares, adquirieron de este modo un status superior dentro de la comunidad internacional. Este es el motivo principal de la proliferación de armas nucleares. Pero una razón de mucho peso obliga a renunciar a tan inhumana actividad, la seguridad mundial. Todos aseguran que ellos no serán los primeros en utilizarla, pero mientras las armas nucleares sigan existiendo, el mundo depende de un botón. José Antonio Mayo Abargues Presentación
El 26 de enero de 1954, mi madre decidió que no me aguantaba más en su vientre, y vi la luz por primera vez en la capital del Principado de Asturias, en un día que amaneció cubierto de nieve. Unos años más tarde, me llevaron al País Vasco, en el que he vivido una buena parte de mi vida y donde tuvo lugar mi formación académica. Actualmente resido en Mazagón (Huelva) Durante varios años he venido realizando colaboraciones de prensa en un diario provincial. Me gusta dar rienda suelta a esos duendes que rondan por mi cabeza. Escribir es un hobby que me apasiona. He publicado “El encargo de don Imanol” en una antología de cuentos de una editorial Sevillana. Tengo varios trabajos inéditos: relatos, cuentos, novelas; que me han ayudado a conocerme a mí mismo, además de llenarme interiormente con uno de los placeres más exquisitos que he experimentado: el placer de escribir. José Antonio Mayo Abargues CamagüeyCAMAGÜEY
aúl era un nómada del asfalto. En tan sólo diez años había cambiado de domicilio seis veces. Marina, su mujer, ya estaba acostumbrada a aquellos arrebatos: — He visto un piso en una zona muy tranquila, cerca del centro. Es amplio, todo exterior y muy independiente. Además, tiene instalado hilo musical y aire acondicionado. ¿Por qué no nos mudamos? —dijo Raúl. — ¡Papá!, ¿otra vez? —exclamó Iñigo, su único hijo. — ¿Qué planta es? —preguntó Marina, sabiendo de antemano la respuesta. — La última, por supuesto. — ¡Ah! En realidad, a Marina, una cubana que había recorrido medio mundo, y que un día unos cursos de verano la llevaron hasta Una tarde, Raúl llegó a casa algo más tarde de lo habitual. Iba cargado de un montón de papelotes, que enseguida extendió encima de la mesa. — ¡Mira! —le dijo a su mujer, al tiempo que desplegaba el plano de una urbanización de lujo— ¡Mira qué maravilla, Marina! — ¡Raúl, pero si hace sólo ocho meses que nos hemos mudado aquí! — No importa. Esto es algo diferente. Ya estoy cansado de vivir en estos enjambres y de soportar a los vecinos… ¡Independencia! ¡Naturaleza! ¡Calidad de vida! ¿Sabes lo que es eso, Marina? — ¡Qué bonito! —dijo ella, fijando su vista en el porche— Costará un riñón, ¿no? — Eso es cosa de los bancos, no te preocupes. Tú ocúpate de las cortinas. Marina cogió el plano en sus manos, y llevando el dedo índice hacia una forma circular, dijo: — ¿Y esto qué es? — Es una claraboya. Dará mucha luz a la escalera. Desde la terraza del dormitorio se ve el mar. Está tan sólo a trescientos metros. ¿Qué te parece? — No sé… La verdad… — Será definitivo. Te lo prometo. No habrá más cambios. Iñigo escuchaba con cierto escepticismo la propuesta de su padre: dieciséis años son demasiados para no darse cuenta de que no estaba diciendo la verdad. Lo conocía demasiado bien y sabía que el nuevo domicilio no iba a durar más de un año: el tiempo de hacer nuevos amigos para después tener que abandonarlos. — Iñigo, di algo, hijo. ¿Te gusta? —dijo su padre. — ¡No! —respondió raudo el muchacho. — ¿Por qué? — ¡Porque no! Ya estoy cansado de tantos cambios. — Mira, ¿ves esto?… Es el sótano. Mide más de cien metros. Pondremos una mesa de pimpón y montaremos un gimnasio. Ya verás lo bien que lo vamos a pasar allí. Iñigo miró el plano con indiferencia y se retiró sin hacer ningún comentario. Efectivamente, Iñigo tenía razón. Había pasado poco más de un año, cuando lo novedoso se convirtió en cotidiano, y aquél hogar tan deseado que un día lo llenó de ilusiones, caía ahora sobre él como una enorme lápida. Raúl no se atrevía a proponer otro cambio «Me calificarán de demente», se decía cada vez que pensaba en ello. No obstante, cuando pasaba por una agencia inmobiliaria, entraba y soñaba despierto. La monotonía se había instalado en él y lo estaba desequilibrando psíquicamente. Raúl pensó que tenía que hacer algo para salir de aquella situación. Esa misma noche, después de cenar, Raúl, con la mirada ausente, se entretenía dando vueltas en sentido contrario a las manecillas del reloj, a un escocés mediocre. Marina, acurrucada en su hombro, veía un programa en — ¡No podemos seguir así, Marina! —dijo, dejándose llevar por el impulso. Marina le miró perpleja. — Dime una cosa, Marina, ¿eres feliz? — ¡Claro que soy feliz! —dijo, un tanto molesta. Luego le dio un beso y le alisó el pelo. — ¿Serías capaz de recordar todo lo que has hecho hoy desde que te has levantado de la cama, hasta el momento actual? — Creo que sí… — A ver… Marina, con una curiosidad impaciente, como quien emprende un largo camino que no sabe a donde lleva, fue relatando uno a uno todos los episodios de la jornada, hasta llegar al momento actual. — ¿A qué viene todo esto? —dijo al concluir. — ¿Serías capaz de recordar qué fue lo que hiciste ayer? — Pues… lo mismo. Lo único que varía, es que en vez de comprar carne, compré pescado, por lo demás… — ¡Qué monotonía! ¡Qué aburrimiento!… Mi jornada ha sido similar a la tuya, y en nada se diferencia de la de ayer. Marina…, si dentro de unos meses tuviéramos que recordar alguno de estos días, ¿por qué detalle lo haríamos? ¿No te das cuenta de que todos los días de nuestras vidas son iguales? No hay ni un solo detalle significativo que nos haga recordar un episodio de estos días. ¡Odio la rutina! — La vida es esto, Raúl. — No, la vida no es monotonía. ¡Rompámosla! — Pues no sé, chico, como no juguemos al parchís… — ¡Ése puede ser un buen instrumento para hacerle frente! Pero, además de eso, debemos hacer cosas que no hayamos hecho nunca, cosas originales, algo insólito. —¿Qué sugieres? ¿Se te ocurre algo? —dijo Marina, con la sonrisa en los labios. — No sé, cualquier cosa…, por ejemplo, cambiar el canal de televisión con el mando al revés, es decir, boca abajo. Y mañana, podríamos volver a jugar al parchís, pero en vez de cambiar con el mando al revés, podríamos ir a la cama a la pata coja. Así, cuando pasen unos meses y queramos referir algún detalle de estos días, diremos: «Sí, fue el día que estuvimos jugando al parchís y cambiábamos de canal con el mando al revés». O bien: «No, fue cuando estábamos jugando al parchís y nos fuimos a la cama a la pata coja». — ¡Papá!, por favor, no tomes más whisky —dijo Iñigo, saliendo de su modorra. Marina y Iñigo se desternillaban de risa, pero, como siempre, terminarían participando en las excentricidades de Raúl. Aquella noche, Raúl y Marina jugaron al parchís hasta bien entrada la madrugada, mientras Iñigo, con el mando a distancia al revés, trataba de familiarizarse con él, asociando sus dedos a los diferentes botones. Raúl había superado los problemas de identidad que padeció durante más de dos décadas. Había decidido que el bigote le favorecía más que la barba o la perilla; que el pelo corto, a parte de ser más práctico que el largo, a la hora de camuflar las canas, iba mejor con su estructura física. En cuanto a la forma de vestir, la ropa deportiva fue la que obtuvo más éxito, y había jurado no ponerse más una corbata, excepto casos ineludibles. Por fin, había encontrado un lugar donde alojar su personalidad. Pero, a pesar de esa madurez que se adquiere al superar los cuarenta, Raúl continuaba siendo una persona muy inestable, además de ser sumamente complejo: por la mañana ponía su ilusión en algo con un interés desmedido, y por la tarde lo odiaba con el mismo grado. Un día descubrió que el mar le atraía de una manera especial. Fue al comienzo de una cálida primavera, cuando, después de varias jornadas de pesca en el barco de un amigo, se creyó el comandante Cousteau. Le apasionó de tal manera, que en los seis meses siguientes la monotonía no encontró cobijo en su persona. Todas las noches se quedaba a estudiar en el comedor, ayudado de unas dosis de cafeína y nicotina —fumaba como un carretero—. Nada más terminar de cenar, y una vez que Marina terminaba de recoger la mesa, él la llenaba de libros náuticos, cartas de navegación, reglas, escuadras, cartabones y todos los utensilios necesarios para trazar rutas. A Iñigo le gustaba lo que hacía su padre, y algunas noches se sentaba a su lado y observaba con admiración, cómo trazaba rumbos, hallaba declinaciones y corregía desvíos. — El mar es muy bonito, Iñigo —dijo Raúl, arrastrando el transportador de grados por la carta—, pero muy peligroso también. Ahí afuera hay que estar muy seguro de uno mismo. No se puede flaquear frente a una adversidad. La mar es muy jodida, muy traicionera; incluso estando a una milla de la costa. — Papá, imagínate que estás pescando cerca de la costa y de repente se pone una niebla tan densa que no puedes divisar tierra. ¿Qué harías? Sin apenas tomar el aire suficiente para responder a la pregunta, Raúl dijo muy resolutivo: — Guiarme por el compás. Pondría rumbo Norte y llegaría a tierra. — Sí, pero, imagínate que no tienes compás, ni brújula manual, ni nada con qué orientarte. ¿Qué harías para llegar a tierra? Raúl puso cara de bobo, y después de unos segundos de vacilación, sus cuerdas vocales sólo fueron capaces de articular una palabra: — Pues… — Es muy fácil —dijo Iñigo con una sonrisa—: echas el ancla y mides los metros de cabo que hacen falta para llegar al fondo. Luego la recoges y, durante un rato, navegas en la primera dirección que se te ocurra. Después vuelves a echar el ancla: si te hacen falta más metros de cabo para llegar al fondo, es que vas navegando mar adentro; si te sobran, entonces pronto llegaras a tierra. — ¿Dónde has aprendido eso? — En una clase de ética. — ¡Ah! En pocos meses, Raúl se hizo con el título de Patrón de Yate y comenzó a recorrer todos los clubes náuticos de la provincia, en busca del barco con el que venía soñando. No dijo nada a su familia —Raúl era muy hermético con sus proyectos—, y una tarde llegó a casa tocando el claxon insistentemente, y sin bajarse del coche llamó a su mujer y a su hijo: — ¡Marina! ¡Iñigo!, venid, que os quiero enseñar algo. Los llevó al club náutico, y enseguida comprendieron el motivo de su alegría. Mientras caminaban por el pantalán, Marina y su hijo le hicieron muchas preguntas, de las que no obtuvieron respuesta, ya que Raúl iba ensimismado. Se detuvo frente a una embarcación de seis metros de eslora, y con una tímida sonrisa, dijo: — ¿Os gusta? — ¡Oh! Te habrá costado una fortuna, ¿no? —dijo Marina. — Eso es cosa de los bancos, no te preocupes. ¡Venga, embarcar! — ¿No tiene nombre? —dijo Marina, después de examinar el casco de proa a popa. — No. Tendremos que ponerle uno… Le buscaremos uno original. A Iñigo se le ocurrió Camagüey, en honor a la ciudad cubana donde había nacido su madre. Raúl aprobó la idea. El Camagüey enseguida se hizo famoso entre los aficionados a la pesca, por la habilidad de su patrón para esta práctica. Raúl había capturado los mayores ejemplares de corvina y dorada que jamás se habían visto por el litoral onubense. Y, en el bar del club, de una de las paredes colgaba una enorme fotografía de Raúl, luciendo una sonrisa de felicidad, junto a una corvina de Raúl había cambiado notablemente y gozaba de una extraordinaria estabilidad emocional. La mar lo había transformado de una manera sorprendente. Una mañana de otoño, nada propia para la navegación, el Camagüey se hizo a la mar, bajo una espesa niebla. Nunca más regresó. Dicen que la mar siempre devuelve lo que no le pertenece, y con esa esperanza vivió Marina los meses siguientes a la desaparición de Raúl. El Camagüey fue buscado insistentemente por todo el Golfo de Cádiz y las costas de Portugal, pero no se encontró ni rastro de él. Algunos de los que le conocían bien, los más íntimos; víctimas de esa enfermedad incurable por la que Caín mató a su hermano Abel, atribuyeron su desaparición a un acto premeditado, añadiendo comentarios infundados que ensuciaban su memoria. Pero Raúl no tenía motivos para desaparecer de esa manera. Había encontrado la paz interior que siempre estuvo buscando, tenía un trabajo liviano y bien remunerado, y, además, quería a su familia con locura. Para Marina no fue fácil reemprender la vida en solitario. Vendió la casa porque los recuerdos la abordaban en cada decímetro de su superficie, y se mudo a un piso en la capital. Desabrigada ya de la esperanza, Marina trabajó duro para salir adelante, y poco a poco el dolor se fue alojando en un rincón del desván de la memoria. Cuatro años después el erial de su corazón volvió a ser sembrado por otro hombre, con el que se casó dos años más tarde. A veces ocurre que vas a otra ciudad y de repente te encuentras con alguien al que crees reconocer. No sabes de qué lo conoces, pero estás seguro que lo conoces de algo. Piensas que es alguien de tu ciudad al que ves con frecuencia; tal vez un antiguo vecino, el dependiente de una tienda o el camarero de alguno de los bares que frecuentas. Si al cruzarte con él, da la casualidad de que te mira, tú vas y le saludas efusivamente. Pero te quedas helado cuando ves que, lejos de corresponderte, te mira con indiferencia. Después te quedas machacándote la cabeza: «¿De qué conozco yo a este tío?», te preguntas continuamente. Otras veces, la semejanza con tu conocido es tal, que terminas por no darle crédito «No puede ser. Es imposible», te dices, muy seguro de ti mismo. Y piensas en eso de que todo el mundo tiene un doble en algún lugar del planeta. Algo así es lo que pensó Iñigo el primer día de su Luna de Miel, cuando creyó ver a su padre en la persona del dueño del restaurante donde se disponía a cenar. “A Cazola”, un pequeño, pero acogedor restaurante del casco viejo de Lisboa, fue el lugar elegido por la pareja «Son españoles…, de Galicia», apostilló el taxista que los llevó hasta allí, después de un derroche de halagos a la cocina y a sus regentes, en un español chapurreado «No puede ser. Es imposible», pensó Iñigo, cuando tuvo delante al hombre, que en un principio identificó como su padre. Con una amabilidad poco corriente, el hombre le entregó la carta. Iñigo le miró fijamente a los ojos y dijo: — ¿De qué parte de Galicia son ustedes? — De Pontevedra. — ¿De Pontevedra…, Pontevedra? —preguntó Iñigo, con el propósito de descubrir algún carácter familiar en su voz. — No, de Vigo. — Ah. — Pero llevamos ya cinco años aquí en Lisboa —añadió el hombre, con un ligero acento gallego. — ¿Qué nos aconseja, carne o pescado? — El pescado es nuestra especialidad. El hombre anotó sus deseos. Luego, dijo: — Ustedes son andaluces, ¿verdad? — Sí, de Huelva. — No conozco Huelva… —dijo, al tiempo que se retiraba. Esa noche, Iñigo no fue capaz de conciliar el sueño: tenía a aquel hombre clavado en sus retinas. Pensó, que de haber estado allí su madre, se hubiera desmayado en el acto. Excepto el acento gallego y el pelo plateado; tal vez por el imperdonable paso de los años —habían pasado algo más de diez años—, todo lo demás respondía a los rasgos físicos de su padre antes de desaparecer. «Es increíble. Sólo le falta llamarse Raúl ¡Hostia! ¿Cómo se llamará?». Iñigo no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Al día siguiente, la pareja de enamorados volvió a comer en “A Cazola”. La conversación fue un poco más fluida, a pesar de que el restaurante estaba lleno y el dueño entregado en su trabajo. Pero Iñigo aprovechaba cada momento en que éste se acercaba a la mesa, para entablar algún diálogo, que previamente había preparado. En una de esas, Iñigo le preguntó: — ¿Cómo se llama? — Juan, Juan Fonseca. — Ah… —dijo Iñigo con cara de decepción. Juan Fonseca apreció el gesto, pero estaba demasiado ocupado con su trabajo y no dijo nada. Después de una sosegada sobremesa, Juan Fonseca se acercó a la mesa y les invitó a una copa. A Iñigo se le antojó un licor que había visto tomar a otros comensales. — ¿Cómo dijo que se llamaba este veneno? —preguntó con cara de repugnancia al probar el licor. — Amarguiña. — Pues sabe a demonios. — Es sólo al principio, después tiene un paladar excelente. Con cierto temor a pecar de indiscreto, Iñigo preguntó: — ¿Cómo es que uno de Pontevedra, viene y monta un restaurante en Lisboa? —Teníamos un bar en Vigo… Marchaba bien. Pero un día decidimos cambiar de aires… y aquí estamos. Cuando la vida se hace monótona pierde el sentido. — ¿Le ha sentado mal — No, no, qué va. ¿Me puede poner otra copa? — ¡Claro! Ya le dije que era sólo al principio, después tiene un paladar exquisito. Iñigo pensó que eran demasiadas casualidades juntas. De repente recordó que su padre tenía una cicatriz en el antebrazo derecho, secuela de un grave accidente de tráfico, sufrido cuando él aún era un niño. — Dígame una cosa, ¿tiene usted una cicatriz en el brazo derecho? — ¿Es usted adivino? —dijo, mostrándole la cicatriz. La situación que se produjo a continuación fue excesivamente tensa y desagradable. Juan Fonseca, víctima de un inmerecido cúmulo de insultos y acusaciones quedó perplejo. Pensó que aquel hombre se había vuelto loco, y lo invitó a abandonar el local, pero, ante la negativa de éste, decidió llamar a la policía. Cuando se disponía a marcar el número de teléfono, su mujer se adelantó y lo aclaró todo: Juan Fonseca y Raúl eran la misma persona. Un petrolero Panameño lo había encontrado en el atlántico, en una balsa a la deriva, y lo desembarcó en el puerto de Vigo con la vida pendiendo de un hilo. En el hospital le diagnosticaron inflamación de los tejidos intracraneales, y tras varios meses en un estado vegetativo, milagrosamente logró recuperarse. Desde entonces sufre una amnesia lagunar: no recuerda absolutamente nada de lo vivido antes del accidente. De cómo había adoptado esa nueva identidad, la mujer no supo dar explicaciones. Iñigo nunca le contó a su madre lo sucedido. FIN José Antonio Mayo Abargues El Ratón PérezEL RATÓN PÉREZ,
a noche que llegó el Ratón Pérez por última vez, yo lo estaba esperando con el ojo avizor desde hacía algunas horas. Tuve una extraña sensación, una mezcla de intensa curiosidad y un miedo aterrador. Lo vi todo. Con sumo sigilo depositó un puñado de monedas debajo de mi almohada y se llevó el diente que guardaba envuelto en un pañuelo. Tenía los dedos muy largos, con unas uñas perfectamente recortadas, pintadas de rojo carmín. Esa noche lloré como una magdalena Como todos los niños de aquella época, me imaginaba a la cigüeña saliendo de una gran factoría de París, con un bebé colgando del pico y posándose en todos los campanarios de las iglesias que se iba encontrando a lo largo de su travesía. «A veces las cigüeñas no tienen sitio para posarse en los campanarios y entonces lo hacen en la primera chimenea que encuentran», dijo mi madre cuando le pregunté por qué había niños que nacían negros. Más adelante, aquella versión metaforizada de la realidad que me habían dado, fue perdiendo credibilidad al contradecirse con mis observaciones. Y el día que nació mi hermano, el trasiego de palanganas que había en la habitación hizo crecer mi curiosidad y enseguida lo comprendí todo. Cuando me enteré por un compañero de clase, que era un chivato, de que los Reyes Magos no venían exactamente de Oriente, me dio mucha rabia. ¡Con la fe que tenía en ellos! Pero, como sus Majestades no tenían el monopolio de los regalos, no lo pensé y me pasé a la competencia. Duré poco tiempo, la verdad. Papá Noel tenía el atractivo de que llegaba quince días antes que los Reyes Magos, porque disponía de un medio de locomoción mucho más rápido, y podías presumir de tus juguetes delante de los demás niños tradicionales. Además, me quité un problema de encima, pues como no era muy fiel a ninguno de los Reyes, cuando tenía que escribir la carta solicitándoles los regalos, se me presentaba el dilema de si pedírselos a Melchor o a Gaspar, ya que los dos eran muy majos. Nunca se me hubiera ocurrido pedírselo a Baltasar, y no por cuestiones racistas sino porque no me gustaba su aspecto. No sé, creo que además le tenía un poco de manía. No tardé mucho tiempo en descubrir que Papá Noel no entraba precisamente por la chimenea sino por la puerta. ¡Con la limpieza que le dio mi padre al tiro de la chimenea para que no se tiznara! Su cara era más natural de lo que yo imaginaba, además, tenía los mismos ojos que mi tío Manolo. Quedé muy desencantado, aunque me trajo todo lo que yo le había pedido. «Por la puerta entra cualquiera. Lo difícil es entrar por la chimenea», le dije nada más verle aparecer. Debí de hacerle gracia porque se desternillaba de risa. Mi madre empezó a reírse también y la risa se propagó por todo el comedor como un virus, contagiando a todos los presentes, menos a mí, que estaba tenso y con el ceño fruncido. El abuelo se tuvo que ir de la sala porque estaba recién operado de vesícula y no fuera que se le saltaran los puntos. Mi padre pidió calma y dijo que no teníamos consideración con Papá Noel, que venía de un largo viaje muerto de frío y no le habíamos dado una copa para entrar en calor. Después se dirigió al “mueblebar” y le echó una copa de un coñac que sólo tomaba mi tío Manolo cuando venía a casa, y que sabía a matarratas, según mi padre «¡Qué jodido el chiquillo!», dijo mi padre, provocando de nuevo las risas de los demás. Entonces me enfurecí y dije un taco que había aprendido recientemente: «¡Hijoputa!». Mi padre dijo: «¡Niiiiño!». Y mi madre, después de darme un soberano cachete, sentenció: « A partir de ahora los juguetes te los va a traer El Corte Inglés». A Papá Noel no le debió de gustar mucho porque desde ese día ya no volvió más. Al domingo siguiente tuve que ir a confesarme con don Julián, el cura del barrio, que unos años más tarde me negaría el saludo en una calle del barrio chino. Yo confiándole todos mis pecados y él ignorándome de esa manera. Yo podía haber sido Budista, Islamista o Mahometano, pero soy Católico, Apostólico y Romano por imperativo legal, social y familiar. No había más remedio que ser Católico. La Iglesia tenía tanto poder como el Estado. Es más, su autoridad se dejaba sentir hasta en los bares con rótulos como este: SE PROHÍBE BLASFEMAR. Hoy sería chocante encontrar uno de estos carteles, pero hasta la muerte del Generalísimo, colgaban de las paredes de muchos bares. No quise pensar que don Julián había llegado al barrio chino llevado por la pasión carnal, sino por una misión pastoral, pero su actitud de negarme el saludo lo delató. Los curas nacen hombres, más tarde se hacen curas, pero siguen siendo hombres, esto era algo que comprendía perfectamente, pero lo que no entendía era por qué no practicaban lo que predicaban. Bueno, en realidad había muchas cosas que no entendía de la religión, por ejemplo, ¿por qué me tenía que esforzar en ser bueno toda mi vida, si al final del camino, cuando me llegue la hora del último viaje, me arrepiento de todos mis pecados y puedo ganar el cielo? Lo veía absurdo. Sin embargo, la posibilidad de ser pasto de las llamas del infierno me aterraba. “Aquellos que han hecho el bien tendrán vida eterna, y aquellos que han hecho el mal, fuego eterno. ¡Eterno! Toda la vida quemándome, o toda la muerte, qué más da... ¡Qué crueldad! Yo no estaba dispuesto a darle el gustazo a Satanás, y para librarme del castigo divino procuraba ser todo lo bueno que podía. O sea, que yo no era bueno por propia convicción, sino por miedo. Pero una mañana de agosto del 98, me despierto y me entero de que el cielo y el infierno no existen, que todo es mentira, pura invención, un cuento. En ese momento pensé: «Me han estafado. Nos han estado estafando a toda la humanidad durante 2000 años. ¿Cómo es posible?» No es una herejía, no. El cielo y el infierno no existen como espacios físicos. Era el propio Papa Juan Pablo II quien negaba la existencia del cielo y del infierno: «El cielo no es un lugar físico en las nubes. El cielo es estar en Comunión con Dios. El infierno tampoco es un lugar, sino la situación de quien se aparta de Dios», dijo. No daba crédito a lo que estaba escuchando. Las imágenes que la Biblia ha utilizado para representar el Infierno como un horno en llamas, son ficción. El infierno no es un abismo a donde descienden los malvados. El infierno no es nada. No existe. ¡Qué fuerte! No pude reprimir mi indignación por semejante fraude y pensé en llevar a la Iglesia a los Tribunales. Vale que me callara lo del Ratón Pérez, vale que me callara lo de la Cigüeña, y vale que me callara lo de los Reyes Magos y lo de Papá Noel, pero esto no, esto me había afectado psicológicamente. «Son nervios, señora, son nervios. El niño es de naturaleza nerviosa. Dele una tila antes de acostarse», le decía el médico de cabecera a mi madre, cada vez que me daban aquellas crisis. Mi psiquiatra dice que sufro hagiofobia (miedo al infierno), y que esta fobia tuvo su origen en mi niñez, a raíz de algún episodio traumático. Lo cierto es que la hagiofobia se fue instalando en mí, causándome miedo e inseguridad y mermando mi calidad de vida. Había vivido atemorizado toda mi vida por la existencia de este maldito lugar. Había pasado muchas noches de vigilia por culpa de esa amenaza. Otras noches me despertaba sobresaltado justo en el mismo instante en que Satanás estaba a punto de introducirme en su horno. Lo pase francamente mal y por eso quería exigir responsabilidades, para que de alguna manera subsanaran el daño que me habían causado. Conseguí informes psiquiátricos que certificaban que mi estado de ansiedad era debido a esos temores, pero en el último momento una voz en mi interior me aconsejó desistir «Déjalo. ¿No sabes que tus derechos no van mucho más allá del libro de reclamaciones del bar de la esquina? FIN José Antonio Mayo Abargues Registro en trámite María la RojaMARÍA
odos los días por la tarde, entre dos luces, Fernán, un hombre enjuto, de mirada perdida, pasaba frente a la casa de María la Roja con la guadaña al hombro, de regreso de sus labores. Fernán no estaba tarado, como creía todo el mundo en el pueblo. Es cierto que sufrió graves trastornos psíquicos, a consecuencia de los golpes recibidos cuando se despeñó por el barranco el día que lo iban a fusilar, pero, milagrosamente, fue recuperando su cordura en el más absoluto de los secretos. Ni siquiera su hermana, con la que convivía, sabía de su recuperación. Esa falsa tara psíquica fue lo que le hizo vivir con “normalidad” en la España del odio y el rencor. ¿Quién iba a atentar contra un tarado? ¡Bastante tenía el hombre! Y para dar credibilidad a su locura, Fernán hacía cosas insólitas, provocando la risa de unos y la lástima de otros; como hacer sonar insistentemente las campanas de la iglesia a horas intempestivas, o meter las gallinas en la cafetería Guantánamo un domingo por la mañana, al tiempo que abonaba el suelo del local, ante la mirada atónita de los allí presentes. Un día, animado por la euforia del alcohol, al que era muy aficionado, y amparándose en su locura, se vistió con el uniforme de un Guardia Civil, que ayudaba a la hermana a sufragar los gastos de la casa como posadero y a satisfacer alguna que otra necesidad carnal, y se paseó por todo el pueblo con aires de autoridad. El vínculo del número de la Guardia Civil con la hermana de éste, que iba más allá de lo afectivo, evitó que le dieran una somanta de palos en el cuartel. Fernán aprendió a vivir escondido en la locura, como otros aprendieron a vivir escondidos en el monte. Sólo una persona en el pueblo sabía que Fernán estaba cuerdo, esa era María la Roja, una mujer marcada a fuego, pero marcada también, como humana y vulnerable que era, por el horror de una guerra bárbara que asoló a España durante tres largos y sangrientos años. María sufrió la crudeza de la guerra en su Asturias natal, la segunda región con mayor número de muertos. Al poco de iniciada la contienda, desapareció Manuel, su marido, del que no tuvo noticias -nefastas noticias-, hasta tres años después de su desaparición. Manuel le dejó un recuerdo en el vientre, al que María llamo Carmina. Nació en el penal de Santoña (Santander), donde estuvo presa por las represalias de un pueblo envenenado. La encarcelaron por escuchar Radio Pirenaica, el medio de comunicación del bando republicano, que emitía desde el Pirineo francés. Sin embargo, nadie sabía que daba cobijo en su casa a Dolores Ibarruri “La Pasionaria”. La hubieran fusilado en el acto. Pero María no perdió la esperanza de encontrar a Manuel con vida hasta poco después de ser puesta en libertad. Por esa fecha (enero de 1940), Fernán fue localizado en un manicomio de Vizcaya, y devuelto a su hogar, a petición de la hermana, con una irreversible tara psíquica, según los facultativos de ese centro. «Nos sacaron de la mina a culatazos y nos encerraron en la iglesia. Al día siguiente empezaron a hacer cribas con nosotros», relataba Fernán el mismo día que María recuperaba la libertad, mientras que las esperanzas que ésta albergaba se iban diluyendo en una balsa de lágrimas. «Los que salían en la criba de la noche, iban a la estación para ser trasladados al penal de Burgos. Los de la tarde..., los de la tarde corrían peor suerte: los llevaban a la tapia del cementerio para fusilarlos. A Manuel lo sacaron unos días antes que a mí en la criba de la tarde. Era consciente de lo que le iba a ocurrir: sabía que lo esperaba una fosa llena de cal. Fue muy dramático. Creyendo que mi destino podía correr mejor suerte, Manuel me entregó esto para ti». En ese justo momento, María estaba cruzando el bastidor de la antesala del desmayo, pero ante la expectación de la nueva de Fernán, tomó aliento y, tras un profundo suspiro, recobró la fuerza. Fernán se rasgó el forro de la chaqueta y sacó de allí un pequeño librito de pastas azules. «Toma. Lo he tenido aquí desde entonces», dijo, al tiempo que se lo acercaba a las manos. María leyó para sí: Esta mañana, Fernán se ha acercado a mí y me ha abrazado con todas sus fuerzas. ¡Fíjate, después de tantos años sin mirarnos a la cara! Yo me he dejado llevar por ese impulso y he correspondido a su abrazo. Tenía un sudor frío, como el mío, y, supongo que un nudo en la garganta, como yo. Hay circunstancias en la vida que acercan a las personas y las unen por encima de envidias y rencores… Lo triste es que las circunstancias sean estas… Nos fundimos en un abrazo intenso, como dos viejos amigos que hace años que no se ven. Cuando se separó de mí, me dijo, con los ojos encharcados: «La vida es una mierda, Manolín» Hoy a las dos de la tarde me llevan al paredón. Si la caligrafía de esta carta está deforme, no es porque me tiemble la mano, es por las condiciones en las que estoy escribiendo para no ser descubierto. Bien sabes tú que no es la muerte lo que me asusta. Desde el primer día que empecé a trabajar en la mina, he convivido con su sombra y la he tenido presente en cada instante de mi vida. Lo que me asusta es lo que os pueda pasar a vosotros si estos canallas ganan la guerra ¡Dios nos libre de semejante barbaridad! Estoy seguro que a Fernán se lo van a llevar al penal. Él nunca tuvo ningún vínculo con el Partido. Y estoy seguro que hará lo posible e imposible para que estas letras lleguen a tus manos. Lo conozco bien y sé que es muy cabezota. No me arrepiento de nada. Si naciera de nuevo, volvería a ser minero y comunista, y volvería a casarme contigo, María. Espero que mis verdugos tengan buena puntería y no me dejen morir como un perro rabioso. Un beso. Sé fuerte y cuida de los guajes[1]. En las páginas siguientes, Manuel se despedía de cada uno de sus seis hijos. De vez en cuando, María sacaba aquel librito de escasas hojas que ocultaba entre sábanas y alcanfor, y, con la actitud del que está cometiendo un delito y teme ser descubierto, lo abría y acariciaba sus hojas. Nunca se detenía a leerlo porque sabía de memoria su texto. Lo había leído tantas veces… Podrá parecer una tortura innecesaria, pero para ella era una terapia que aliviaba su desolación. Sólo con mirarla a los ojos te dabas cuenta de lo mucho que había sufrido: tenía condensada en sus retinas toda una vida de sufrimientos. Cualquier persona que hubiera pasado por la mitad de las adversidades que ella pasó, habría enloquecido. Pero María estaba hecha del mismo material que la proa de los barcos rompehielos, pues a pesar de su sufrimiento, las lágrimas encontraban dificultad para drenar por sus párpados. María vivía con un sentimiento de miedo, de persecución, y, fue por eso, precisamente, por lo que una mañana se levantó con la firme decisión de desprenderse del librito para no comprometer a los suyos. Y en el fogón de aquella inmensa cocina, debajo de un azulejo donde rezaba: Dios bendiga cada rincón de esta casa, María prendió fuego al librito y, entre sus cenizas quedó sepultado el último adiós de Manuel. Desprendida ya de ese lastre, María se sentó en la mecedora del porche y dejó que su vista se perdiera en el horizonte de San Juan de la Arena, al otro lado del río Nalón Todos los días por la tarde, entre dos luces, cuando Fernán regresaba de sus labores con la guadaña al hombro, María la Roja volvía a recordar tras el visillo el día de la tragedia. Fin José Antonio Mayo Abargues Registro en trámite [1] Muchacho
OlegarioOLEGARIO SE ESCRIBE SIN HACHE
na estruendosa detonación hizo rechinar los cristales del Nacional y nos produjo un gran vacío en el pecho. Hasta Iñigo, que no se inmutaba por nada, dijo: «¡Coño! ¿Qué ha sido eso?», y continuó tomando su cerveza como si nada hubiera pasado. Los demás, alarmados por la explosión e impulsados por la curiosidad, salimos precipitadamente a la calle para ver qué ocurría. — ¡Gol! ¡Gol del Athlétic! —dijo eufórico desde un balcón de los nichos* de enfrente la mano ejecutora del artefacto. — ¡Me cago en la leche…! ¡Será capullo…! —exclamó cabreado Toni, el hijo del dueño del Nacional. En aquel barrio sólo podían sonar los cohetes por tres motivos: por un gol del Athlétic, por la bienvenida del Año Nuevo, o porque “Tomate” invitara a unas copas. Éste último, motivo poco probable, pues Tomate no metía la mano en el bolsillo ni para resguardarla del frío. Que yo recuerde, invitar, lo que se dice invitar, sólo invitó una vez. Fue el día que se casó un hijo que vivía en Murcia, que era Policía Armada. Al regreso de la boda invitó a café completo a todos los asiduos del bar Nacional. No lo podíamos creer. Toni fue corriendo a comprar unos cohetes y los tiró cuando el local estaba más concurrido. — ¿Qué celebramos? —preguntó uno de los clientes. — ¡Que Tomate ha invitado a un completo a todo el mundo! —dijo Toni, sin salir de su asombro. — ¿Que Tomate ha invitado a un completo? ¡Venga ya! No puede ser —respondió el primer sorprendido. Tomate era un viudo cincuentón que siempre estaba bebido. Era alto, fuerte, con la nariz muy grande; pero era coreano, es decir, no era vasco, como la mayoría de los que habitábamos aquel barrio. En Bilbao, a los que no son vascos se les llama coreanos. Tomate tenía la nariz como un tomate, valga la redundancia, de ahí su apodo. Debido a los degradantes efectos del alcohol, su cara presentaba también un tono rojizo, tirando a granate; completamente cuarteada, como un filete de vaca vieja. Aunque su estado normal era siempre ebrio, tenía un gran control sobre sí mismo y “sabía estar”. Era educado, respetuoso con los demás y culto, sobre todo culto. Todos los días compraba la prensa y estaba al día de todo lo que acontecía en el mundo; bueno, de todo lo que la tijera de la censura permitía en aquella época. Ahora mismo lo recuerdo igual que si lo tuviera delante de mis ojos: el periódico enrollado debajo del brazo izquierdo y las manos cruzadas a la espalda. Vestido elegantemente con un pantalón de tergal con la raya impecable, una cazadora de algodón con una insignia del Athlétic en la solapa y unos zapatos deslumbrantes, incluso, en los meses de más lluvia. A Tomate le gustaba mucho la poesía, y de vez en cuando saltaba espontáneamente y nos recitaba algo. Era curioso ver cómo se transformaba su estado de ebrio a sobrio mientras recitaba. Las palabras salían de su boca con una increíble claridad y con una vocalización que ya quisiera yo para mí. Algunos trataban de evitarle y se ausentaban, pero discretamente y con todo el respeto. Nunca, nadie se rió de él. Yo tampoco lo hubiera consentido. A mí me gustaba lo que decía, aunque a veces no entendía la mitad de las cosas. Algunos poemas me ponían la carne de gallina. Nos hablaba de los hermanos Machado, de Alberti, de Lorca, de Miguel Hernández, éste último era su favorito. Conocía a la perfección la obra de Miguel y hablaba de su vida y de su muerte con cierta tristeza, como si se tratara de un familiar suyo. Un día nos recitó las Nanas de Podíamos estar toda la noche charlando o escuchando sus historias, porque Tomate tenía mucho mundo, que nunca metía la mano en el bolsillo para invitar a una ronda. Sin embargo, él aceptaba muy gustoso todas nuestras invitaciones. Un poco de morro, sí que tenía. Cuando alguien requería de Tomate una invitación, él siempre respondía con la misma evasiva: «Olegario se escribe sin hache». Nunca supimos por qué lo decía, pero supongo que sería algún trauma de su época de estudiante. Los jueves y los sábados, Tomate frecuentaba un club de viudos donde hacían guateques, y llegaba al Nacional a la hora de cerrar; muy parlanchín y contando sus aventuras con un aire fantástico y exagerado, que por supuesto, nadie creía. ¿Cómo iba a ligar Tomate? ¿Quién se iba a fijar en un alcohólico? Pero una noche llegó al bar con una tía impresionante, veinte años más joven que él, y nos quedamos todos con la boca abierta. La gachí estaba como un tren. No podíamos creerlo y por eso pensamos que se trataba de una furcia a la que Tomate había pagado para impresionarnos. Unos meses más tarde se casaba con aquel bombón que se había enamorado de su cartera, porque Tomate tenía mucho dinero. El Nacional era el único bar del barrio donde no se escupía en el suelo. ¡Pobre del osado que lo hiciera! Y el único también donde no se echaba serrín en el suelo después de fregar; bueno, excepto el día del crimen de Mercedes. El suelo brillaba como El local era moderadamente amplio y tenía tres divisiones. A la izquierda, tras unas puertas abatibles, había un futbolín y una mesa de billar con un enorme foco colgando del techo. Dos fotografías de extraordinarias dimensiones presidían las partidas de los aficionados a los tacos: una de José Antonio Primo de Rivera y otra del Caudillo de España. Y si no había más motivos patrióticos en aquella sala, era por la oposición de su hijo Toni. Aquí estaban también los servicios y un pequeño almacén lleno de cajas de bebidas. A la derecha se encontraba la cocina, y en su interior dos féminas: Charo, la hija de Mariano, que siempre estaba pelando patatas y haciendo tortillas, y Amparo, su mujer, que cocinaba como dios. En la cocina había un pequeño ventanillo que daba a la barra del bar, con una cortina de tirillas metálicas que, casi siempre estaba recogida. La parte central era la destinada al bar, y, por tanto, la más amplia. Aquí, Mariano tenía impuestas unas normas de régimen interno anunciadas por todas las paredes: Se prohibe blasfemar. Está terminantemente prohibido escupir en el suelo. A partir de las doce de la noche queda prohibido el cante. Si quieres ser tratado como en tu casa, compórtate como si estuvieras en ella. Queda reservado el derecho de admisión. Sus normas no eran tan rígidas como en los carteles se apreciaba, y él era el primero en saltarse algunas a la torera. Por ejemplo, la de Prohibido blasfemar, pues no había un solo día que no bajara a todos los santos del cielo para vestirlos de limpio. Los sábados por la noche, Mariano descolgaba el cartel de Prohibido el cante, le daba la vuelta y lo volvía a colgar. Por el revés había una foto de Mariano dándole la mano a Rafael Farina. Los sábados era día de cobro, y no sólo para los clientes; el más beneficiado era Mariano, que, a parte de las consumiciones desmesuradas que a partir de cierta hora se hacían, cobraba también las deudas que éstos acumulaban durante la semana. El sábado, era pues, un día grande e incontrolable. Los hombres salían sin sus mujeres; y salían, única y exclusivamente a emborracharse. Pillaban unas cogorzas tremendas. Pero el domingo por la mañana, con resaca o sin ella, a las doce en punto estaban sentados en los bancos de la parroquia con sus respectivas, redimiendo el único pecado que habían cometido durante la semana: el haber trabajado como unos cabrones durante diez horas diarias. El resto del día se lo dedicaban a sus mujeres: un vermú aquí, un pincho allí… Recuerdo las grescas que se armaban en la casa de Marcelino, mi vecino, que el sábado la cogía a tumba abierta, y al llegar a casa tenía que atravesar la barrera iracundia de su mujer. Los dos tenían un carácter temperamental y la bronca se escuchaba en todo el vecindario. Sin embargo, el domingo, después de misa, los veías tan frescos tomando el vermú en el Nacional. Y es que el amor no tiene memoria. En el barrio, la convivencia, la armonía y la solidaridad, era algo asombroso. Cuando un vecino tenía problemas, incluso, económicos, todos nos uníamos igual que una piña para ayudarle. Éramos pobres, pero felices. Y tal vez por eso, por no existir diferencia de clases entre nosotros, éramos así de felices. Hay que decir, que aquel rebaño proletario no pacía a su antojo: tenía un buen pastor que los llevaba por las dehesas del amor y la confraternidad. Este era don Julio, el cura del barrio; un chico joven, alto, delgado y aparente, recién salido del seminario. Al principio no había Iglesia y hubo que improvisar una en una lonja que tenía el techo muy bajo y escasa ventilación. Pero, don Julio, que en tan sólo unos meses se había ganado la confianza y la simpatía de todos los vecinos, tardó muy poco en tener una Iglesia como dios manda. Después de una ardua jornada laboral, hombres y mujeres participaron afanosamente en la construcción de la nueva Iglesia, en unos terrenos que había cedido el Ayuntamiento. Un día vi a don Julio caminando por la calle San Francisco, vestido de paisano. Era la primera vez que lo veía vestido de paisano, y, la verdad es que, aún aparentaba ser más joven de lo que era. Los dos circulábamos en direcciones opuestas y por distintas aceras. Y al cruzarnos, o no me vio, o trató de evitarme. La calle San Francisco es paralela a “ Es cierto que pasaron algunas cosas que enturbiaron nuestra convivencia y dieron un cierto desprestigio al barrio, como el asesinato de Mercedes o el infanticidio de la viuda del 52. ¡Qué sangre más fría! ¿Cómo puede haber gente así? Si el día que se la llevaron nos la hubieran dejado a nosotros… La viuda del 52 llevó en secreto un embarazo y dio a luz sola en su casa. Después cogió a la criatura, la introdujo en una bolsa de plástico y la guardó en el armario ropero hasta que ya no pudo soportar más el hedor. Entonces sacó el cuerpo putrefacto de la bolsa, lo seccionó en pequeños trozos con un cuchillo de cocina y luego lo arrojó por la taza del váter. Fue la vecina del bajo la que descubrió el puzle del angelito entre un enorme tapón de papeles y excrementos. Se supo más tarde, que todo lo había hecho para no descubrir su idilio con un conocido empresario conservero de Vigo. El día que se la llevaron tenía en su rostro una sonrisa de felicidad; quizá, porque al confesar, su conciencia descansó. En el Nacional entraba todas las noches un sargento de — ¡Qué, Tomate!, ¿invitas a algo? Tomate, que no se casaba ni con dios, contestó como de costumbre: — Olegario se escribe sin hache. — ¡Mariano, ponle a Lerma lo que quiera, que invito yo! —dijo el pelota de turno. Esa noche yo iba estrenando un jersey de punto precioso, jaspeado y con tres franjas de colores en mangas y cuello, que me había hecho una vecina que tenía una tricotosa. Estaba más contento que unas castañuelas, pero el sargento Lerma me amargó la noche. Toni me advirtió que Lerma no me quitaba la vista de encima, que no hacía más que mirarme desde hacía un buen rato. Empecé a ponerme nervioso, como sintiéndome culpable de algo. Las manos me sudaban en abundancia y el corazón me latía a toda velocidad. Levanté la cabeza y miré con disimulo, pero sus ojos se clavaron en los míos y un escalofrío invadió todo mi cuerpo. Estaba acojonado. — ¡Tú, chaval! ¡Ven aquí! —dijo en tono amenazante — ¿Quién, yo? — ¡Sí, tú!… ¡Ven aquí! Obedecí de inmediato su orden, igual que un militar subordinado. — Dígame. — Oye, chaval, ¿cómo te llamas? — Lolo. Me llamo Lolo. — ¿Lolo? ¡Tú qué coño te vas a llamar Lolo! ¡Te llamarás Manolo!, ¿no? — Sí, me llamo Manolo, pero todos me dicen… — ¡A callar! ¡Otro día, cuando yo te pregunte cómo te llamas, tú responderás, Manolo!, ¿vale? — Vale, vale. Sus voces autoritarias habían provocado la expectación de todos los clientes, y yo me sentía avergonzado en aquella situación. De repente, su voz cambió a un tono algo más amable: — Manolo, hijo, ¿quién te ha hecho ese jersey tan bonito? — ¿Le gusta? Me lo hizo una vecina. — … Una vecina, ¿no? ¡Quítatelo ahora mismo! — ¿Qué? — ¿Yo hablo en chino? ¡Te he dicho que te lo quites, coño! Me quité el jersey y se lo entregué sin rechistar. Lerma hizo con él una pelota y lo metió debajo del brazo. Después, dijo: — Manolo, si quieres recuperar el jersey, baja mañana al cuartelillo acompañado de tus padres y de tu vecina. Yo ignoraba que los colores de las franjas de las mangas y del cuello: rojas, blancas y verdes, eran los colores de la ikurriña. Mi madre se creyó a pies juntillas que lo había perdido en el guardarropas de la discoteca, y mi vecina nunca se enteró de nada. El jersey pasó a formar parte del material subversivo incautado. Unos años después, el sargento Lerma moría asesinado de un tiro en la nuca. Frente al Nacional había un mirador con un banco lleno de tiernas y emocionantes inscripciones de amor, que por el día siempre estaba ocupado por los jubilados de Altos Hornos. Desde allí se podía ver con total claridad, dada su proximidad, cómo la bravura del Cantábrico descargaba sus olas sobre los bloques de hormigón de la dársena del puerto. Los jubilados se entretenían observando el tráfico marítimo y llevaban un control de las entradas y salidas de los barcos que frecuentemente visitaban el puerto, como el ferry “Patricia”, que hacía la ruta Santurce-Londonderry, o el mercante “Liberty”, que transportaba azúcar de Cuba. Hasta el mirador llegaba el exquisito olor de la cocina del Nacional, que abría el apetito a un muerto, excepto, cuando soplaba sur, entonces; el intenso hedor del matadero próximo, hacía que aquel banco tan solicitado quedara rápidamente vacío. Los jubilados de Altos Hornos discutían a diario sobre el olor de los guisos de Amparo: «Es bacalao», decía uno. «No, son callos», respondía otro con total seguridad. La noche del crimen de Mercedes, Amparo cocinaba marmitako para la fiesta del barrio. Era la víspera de San Juan y el bar estaba a rebosar. En la esquina de la barra, Tomate, asediado por un grupo de clientes, se hacía de rogar: — Venga, Tomate, que estamos en fiestas. Déjate caer —dijo uno de ellos. — Olegario se escribe sin hache —respondió él. Santi, el marido de Mercedes, entró en el bar con cara aflictiva y se situó en la esquina, junto a Tomate. — ¡Hombre, Santi! — Buenas noches, Tomate —dijo con la mirada ausente. — ¿Qué te pongo, Santi? — Un clarete, Mariano. Mariano, que siempre estaba muy pendiente de sus clientes, apreció su pesar y le preguntó: — Oye, ¿te pasa algo? — No, no me pasa nada. ¿Qué me va a pasar? — No sé, chico… Te veo muy raro. — No me pasa nada, Mariano. — ¿Seguro? —insistió. — ¡Seguro, coño! No me pasa nada, ¿vale? — Vale, vale. Santi trabajaba en la colla del muelle, un trabajo duro y agotador, y Mariano pensó por un momento, que quizá su estado se debía a eso, o tal vez no le ocurría nada y todo era producto de su imaginación. Se olvidó de aquello y no le dio más importancia. Pero, poco después vio entrar exaltada a Mercedes y tuvo lugar la tragedia. Todo ocurrió de una manera muy rápida: un cruce de palabras, que, curiosamente, cuando se hizo la reconstrucción del crimen, nadie pudo explicar, a ciencia cierta, qué era lo que se habían dicho; un ruido metálico, provocado por el impacto contra la máquina de discos, un ligero gemido y un bullicio general. Mercedes caía al suelo mientras desgarraba con sus uñas la camisa de Santi, justo en el instante que comenzaba a sonar “Perdóname”, del Dúo Dinámico. Una puñalada acabó con su corta vida: 32 años. Santi, cuchillo en mano, salió del bar, cruzó la calle, y, con una asombrosa tranquilidad, se dirigió a la tienda de ultramarinos de la esquina para avisar por teléfono a la policía. — Dolores, llama a la policía y diles que vengan, que acabo de matar a mi mujer —dijo con absoluta serenidad. A Dolores le entraron las siete cosas. Y fue un viajante, que se encontraba allí en ese momento, el que dio parte a — ¡Pero, Santi!, ¿qué has hecho? —dijo Mariano. Santi, sin levantar siquiera la cabeza, dijo a — Cuando ustedes quieran… Santi y Mercedes se querían con locura. El suyo era un matrimonio modelo, incluso, provocaban la envidia entre los vecinos. Siempre iban juntos a todos los sitios. Eran simpáticos, joviales, comunicativos y llenos de vida. Tenían, como es natural, las discusiones comunes de cualquier pareja, pero nada más. Nadie encontró una explicación a aquel dramático suceso. La mañana siguiente al crimen, el Nacional parecía la sala de prensa de Por la tarde llegó una periodista de “El Caso”, una tía que fumaba en pipa. Nos hizo unas preguntas y después, Iñigo y yo la acompañamos a la tienda de ultramarinos para entrevistar a Dolores, que todavía estaba muy afectada. A raíz de este suceso, al barrio lo empezaron a llamar Kansas City, por un Western que se titulaba “Kansas City, la ciudad sin ley”. Esa misma semana el barrio se volvía a vestir de luto por la muerte de Tomate. La noticia conmocionó, no sólo a los clientes del Nacional, sino al barrio en general, ya que Tomate era querido y respetado por todos. Al entierro asistieron los compañeros del astillero, sus colegas del club de viudos, y, casi la totalidad del barrio. Hubo mucha gente, a pesar de que aquella tarde diluviaba. En el Nacional se hizo una colecta y le compramos una corona con un lazo que decía: Olegario se escribe sin hache. A su hijo, el Policía Armada de Murcia, no le gustó nada, pero nosotros teníamos el consentimiento de su viuda, y seguro que Tomate iría muerto de risa en la caja. Después de su muerte, al hijo se le veía con bastante frecuencia por el barrio, y la gente decía que era porque estaba arreglando las cosas de la herencia. Y, cuando nos enteramos que iban a exhumar el cadáver, pensamos que era porque Tomate se lo había llevado todo en los bolsillos. Pero, no. Unos días después, su viuda era detenida y acusada de asesinato. FIN José Antonio Mayo Abargues
* Viviendas muy pequeñas La Visita
staba disfrutando de esos minutos mágicos en los que uno no piensa, no siente, no sueña y no padece, resultado de una explosión orgásmica, cuando de repente sonó el timbre con una violencia desmesurada. El ritmo cardiaco, casi recuperado, se volvió a acelerar, ahora por un suceso menos placentero. —¡Oh, no! ¿Quién será a estas horas? —dije lleno de rabia. —Será alguien que viene a la casa de al lado y se ha equivocado de timbre. Pasa muchas veces —dijo Mayte con voz soñolienta. El timbre volvió a sonar, y lo hizo con más virulencia que la vez anterior. En la calle se escuchaban voces y el motor de un coche en marcha. Las voces, aunque lejanas, no me resultaban familiares. Y el hecho de no parar el motor del coche, me hizo pensar de que se trataba de un vendedor ambulante o alguien que estuviera despistado por la zona. Descarté pues, la posibilidad de que pudiera ser alguien que venía al número 24 sabiendo a dónde venia. — Quien quiera que sea, que vuelva más tarde —dije muy resolutivo. Aquella tarde se daban todas las condiciones para dormir una siesta imperturbable: ni niños jugando en la calle, ni perros ladrando, ni música alta por ningún lado, y el teléfono desconectado; pero el maldito timbre vino a estropearlo todo. Es verdaderamente increíble; basta con que alguien ponga un solo segundo el dedo en un insignificante pulsador y tu siesta queda mutilada. Unas horas después, cuando la tarde empezaba a perder su nombre, declinando en una asombrosa puesta de sol, un coche se detuvo en la puerta y sus ocupantes se bajaron sin parar el motor. El timbre sonó y vino a mi memoria el episodio de la siesta. «Seguro que son los mismos de antes», me dije convencido. Mientras Mayte se dirigía a abrir la puerta, mi interés por saber quién había sido el malnacido que me había fastidiado el sueño aumentaba progresivamente. De repente, reconocí una voz afónica, muy peculiar, y entonces fue cuando me di cuenta de que estaba a punto de entrar por la puerta Gorta, el tío de Mayte, hermano de mi suegro. «Cómo pasa el tiempo. Dos años no son nada — pensé en ese instante— ¿Cómo habrán dado con nosotros? Es increíble». Desde la última vez que nos visitaron, Mayte y yo hemos estado vagando como los nómadas en el desierto, en busca de la residencia que ahora tenemos: una casa entre los pinos, cerca del mar y alejada de las aglomeraciones y la polución, algo que detestamos. En este tiempo pasamos por tres ciudades y tuvimos cuatro domicilios diferentes, pero de ninguno de ellos dimos cuenta a Gorca y a Marichu, su mujer. Fue tan desagradable su estancia la última vez... Son verdaderamente insoportables. Gorca me dio un apretón de manos y un abrazo muy efusivo. Yo intenté corresponderle, pero no pude. Si en ese momento me cortan la yugular, la sangre no hubiera llegado al suelo. —¡Qué pasa, machote! Oye, estás más gordo. —Como una tapia —¿Qué? —No, nada —Pero si te estás quedando todo canoso. Los años no pasan en balde, ¿eh? No lo debí de encajar muy bien por la pregunta que a continuación me hizo —¿No te alegras de verme, o qué? —Sí, sí —Joder, chaval, pues parece que no, ¡la hostia! —Si, hombre, cómo no me voy a alegrar —dije, dándole una palmada en la espalda—. Lo que pasa es que a veces que quedo bloqueado. El psicólogo dice que hay ocasiones en las que mis neurotransmisores se quedan como congelados y no desciñen bien entre la alegría y la pena. —¿Qué estás de los nervios, o qué? “Cagoendiez” Gorca es de los que confunden atún con betún y sicología con neurología. —Estuvimos aquí esta tarde —dijo Marichu —Ya —respondió Mayte—. Escuchamos el timbre, pero... —O sea, que estabais en casa... —dijo Marichu, como censurando nuestra actitud de no abrir. —Sí, pero pensamos que era alguien que venía a la casa de al lado —respondí yo—. No sé por qué motivo llaman siempre a este timbre cuando vienen a la casa de al lado. Es un lata. Si tú supieras la que nos dan... Marichu hizo un gesto como aceptando mi disculpa. —Bueno, hombre, bueno, Nacho. Saca unas cervezas para celebrarlo, ¿no? —Luis, tío, Luis. Nacho es el marido de mi hermana. —corrigió Mayte con cierto grado de irritación. Hasta que Gorca y Marichu decidieron que la forma más económica de pasar las vacaciones era visitando a su sobrina, por la que nunca habían dado una muestra de aprecio, mi relación con ellos se había limitado a dos o tres encuentros que tuvimos cuando el padre de Mayte cayó enfermo: un hola, un café y un adiós. Sólo eso. Marichu había regentado una churrería en la capital. Aquello, más que una churrería era una máquina de hacer dinero, aunque se lo curraba bien, ya que trabajaba de sol a sol. Gorca, sin embargo, no daba un palo al agua. El informe de su vida laboral tiene menos texto que un sello de correos. Durante muchos años se dedicó sólo y exclusivamente a cuidar de su “body”, modelándolo a diario en un gimnasio situado en los bajos de su casa, donde pasaba prácticamente todo el día. Tuvo algún trabajo esporádico como “gorila” en discotecas y clubes de alterne, que estuvieron a punto de terminar con su matrimonio. Un día, harto ya de ver pasar la vida desde el balcón del ocio, decidió que había que sacarle provecho a ese pedazo de cuerpo —Gorca es la versión vasca de Arnold Schwarzenegger—, y se colocó en una empresa de seguridad. Estuvo varios meses realizando trabajos de custodia en entidades bancarias, y luego fue contratado como guardaespaldas de un político, con tan mala fortuna que fue víctima de un atentado terrorista que lo llevó hasta las puertas de la muerte. Marichu tuvo que vender la churrería para poder estar a su lado los dieciocho meses que duró la convalecencia, y la vendió por una cantidad nada despreciable por aquella época: treinta y cinco millones de las antiguas pesetas. Gorca abandonó el hospital con un grado de minusvalía que lo ha imposibilitado para la vida laboral. Recibió una sustanciosa indemnización del montepío que el “segurata” tenía suscrito y percibe una pensión que le permite vivir con desahogo. En fin, que entre una cosa y otra, se han hecho con una pequeña fortuna que guardan a buen recaudo en un fondo de inversiones. Mientras iba hacia el frigorífico para cumplir con el agasajo que me había solicitado, se me ocurrió decirle algo para no caer demasiado antipático: —Qué tal el viaje. Estaréis muy cansados. —¡Jo-der! —Muchos kilómetros, ¿verdad? —¡Joder, majo, si es que vivís en el culo de España, la hostia! Anda que no está lejos esto. Y la carretera de la sierra, una mierda. Anda que vaya carreteras que tenéis en Andalucía. Tercermundistas. —También tenemos muchas autopistas —dije algo molesto— Y, además, casi todas son gratis —añadí, al tiempo que le ponía la cerveza en la mano. Gorga se tomó la cerveza casi de un trago y luego eructó sin ningún pudor. —“Cagondiez”. Cómo pasa el tiempo, Nacho. Si parece que fue ayer la última ver que nos vimos. —Nacho es el marido de Nerea. Yo soy Luis. —Sí, hombre sí, Luis. Siempre te confundo con Nacho, pero no pasa nada, ¡coño! ¡Ahí va la hostia! —Vale. Si tú lo dices... —Qué, cómo va el trabajo. Con los años que llevas en esa empresa ya tendrás que ser jefe de algo ¿no? Por lo menos ganarás bien. Oye, ya no te quedará mucho para jubilarte, ¿no? —Sólo tengo cincuenta —dije, imprimiendo a mi voz un tono ácido. —Oye, Mayte, tú le das mala vida a este ¿no? ¿Le pegas o qué? Está muy “quemao”. Mayte notó en mi rostro una expresión de cabreo profundo e intervino rápidamente para tratar de remediar lo que ya parecía inevitable. —Bueno, venga, vamos a la terraza que allí estaremos más fresquitos. Gorca no sólo es indiscreto y descarado, además es prepotente, arrogante, engreído, egocéntrico, y cree estar siempre en posesión de la verdad. Para aborrecerlo. La visita, que en principio iba a ser de cuatro o cinco días, según dijeron el día que llegaron, se prolongó algo más. Claro que, ellos de esto no tuvieron la culpa, sino Mayte que les ponía gambones a la plancha, chicharros a la parrilla y chipirones en su tinta, entre otras cosas. Fueron dos semanas, catorce días, trescientas treinta horas, para ser más exacto. Total, nada, una visita cortita. La contaminación acústica es un problema que padece todo el que vive en una gran ciudad. Bilbao es una ciudad muy ruidosa y Gorca y Marichu no son una excepción. Sufren los efectos de la hipoacusia, una disminución de la audición producida por la exposición permanente a un ruido fuerte. En la zona donde viven soportan ruidos de una intensidad superior a los 85 decibelios, un valor que está muy por encima del límite de tolerancia: 65 db. Y es por eso, que cuando hablan, lo hacen a voces, como si te estuvieran hablando a una distancia de cincuenta metros. Ellos no se dan cuenta, pero cada vez están más sordos. Y es que el daño que provoca la hipoacusia es irreversible, ya que afecta a células internas del oído que no se reconstituyen. Hablan, además, con una irritabilidad y una agresividad increíble, resultado del estrés que padecen. Gorca esfuerza mucho la voz —de ahí su afonía—, y se le hinchan las venas de las sienes. Yo creo que es neurótico. Y lo peor de todo: hablan los dos al mismo tiempo, interrumpiéndose con una agresividad irracional, hasta el punto de que Mayte y yo teníamos que intervenir para apaciguarlos. La jornada había sido agotadora. Habíamos estado todo el día sin parar de un lado a otro, visitando lugares de interés turístico y cultural, con la actitud del que quiere llegar el primero a la meta. Gorca y Marichu se habían acostado, y Mayte y yo decidimos ponernos un güisqui y relajarnos un poco en la terraza. Mayte me recriminó por ser demasiado seco con ellos. —Esfuérzate un poquito por ser amable con ellos, anda. —Mira, Mayte, no los soporto. Marichu parece ser que no termina de adaptarse a la dentadura postiza y está continuamente moviéndola de un lado a otro. Cualquier día de estos se le va a escapar y puede ir a parar a la ensalada. Me pone nervioso. Gorca te echa saliva cuando te habla. Es asqueroso. Y, para remate, los dos hablan con la boca llena. ¿No has observado las barricadas que hago con el servilletero y las botellas para protegerme de los meteoritos? Mayte sonrió, me alisó el pelo e insistió en que tenía que ser amable con ellos. —Es poco tiempo. Dentro de unos días se irán. ¿Qué te cuesta? Apuré el güisqui, puse los pies en el balaustre de la terraza y embriagado con el olor a jazmín y salitre, me quedé dormido. Al poco me despertó un grito terrorífico que venía de la habitación de al lado. —¿Qué ha sido eso? —dije sobresaltado. —Es mi tío. Le pasa con mucha frecuencia. Desde el atentado sufre pesadillas. Mi tía me lo advirtió el otro día. Le hice caso a Mayte y fui todo lo amable que pude con ellos, incluso haciendo uso de los chistes, algo para lo que carezco de gracia. Le conté uno de un vasco bruto y torpe. Me escuchó con desgana y cuando terminé dijo. —Ya lo había escuchado. Es muy viejo. Pero te voy a decir una cosa, chaval — dijo, al tiempo que aumentaba exageradamente el volumen de su tórax—: el chiste le viene mejor a un lepero que a un vasco. Por si no lo sabes, el vasco tiene un coeficiente intelectual muy superior al de los españoles. Después le conté otro que magnificaba los atributos genitales de los vascos. Se desternillaba de risa, aunque después me dijo que ya lo sabía, pero que estaba muy bien, que era un chiste muy bueno. Los primeros días salíamos a tomar las cañas a los bares que habitualmente frecuentábamos Mayte y yo, pero pasamos por algunas situaciones bochornosas y decidimos ir a sitios donde no solíamos entrar. En —¡Pues que se ha roto aquí, oye! ¡Hay va la hostia! En Casa Valdés se apuntan las cuentas como en las antiguas tabernas: con una tiza en el mismo mostrador. Gorca pidió la cuenta: —¿La cuenta nos das, oye? Valdés trazó una raya al final de la cuenta y comenzó a sumar —¡Oye, tú, ahí va la hostia!, ¿por qué me has apuntado ahí? —dijo Gorca con las venas de las sienes inflamadas— Eso es una falta de respeto hacia el cliente, oye. A nadie le importa lo que yo he tomado, majo. Pues qué pasa, pues, que no tienes una libreta ¿o qué? Valdés se disculpó con él, pero le dijo que era una costumbre de toda la vida a la que no iba a renunciar. Se quejaron de los accesos a la playa, de la falta de infraestructura turística, de los mosquitos, del mal sabor que tenía el agua, de la incomodidad de la cama, del camarero del chiringuito, que era muy antipático. De lo único que no se quejaron fue del vino del condado, que se lo bebían como si de agua se tratara. Por fin dijeron que se iban. —Mañana a primera hora marchamos. Oye, como vosotros no vayáis a visitarnos este invierno, no volvemos más por aquí ¿eh? Ya le he dicho a Mayte: «Si algún día me pierdo, no me busques por Bilbao». FIN José Antonio Mayo Abargues ImberbeIMBERBE
ayó de plomo. Se escurrió entre sus brazos con la rapidez que el agua se desliza por el sumidero «Me encuentro mal. Llévame a la cama», había dicho unos segundos antes. Se quedó con la boca torcida, el labio inferior caído y los ojos en blanco. Adolfo la arrastró hacia la cama de la manera que pudo, al tiempo que le decía repetidamente: «¡Háblame! ¡Dime algo!». Don Wenceslao era muy exigente. Tenías que responder a sus preguntas rápidamente y al pie de la letra. Y si fallabas en algo o no le gustaba tu manera de expresarte, te decía con la voz grave que le caracterizaba: «¡Siéntese, imberbe!». Adolfo Requena no sabía lo que quería decir aquella palabra que tan mal le sonaba, pero por el tono despectivo con el que la pronunciaba, le parecía un insulto de lo más humillante. ¡Imberbe!… ¡Dios, qué mal le sentaba! Por las noches, en la penumbra de la habitación, hacía entre sus sesos una amalgama de reyes godos y visigodos, de quebrados, de raíces cuadradas, de mesetas, de comarcas, de ríos y afluentes, para que don Wenceslao no le llamara imberbe. Le puso la almohada debajo de la cabeza y comenzó a abanicarla con una revista, pero Ana no reaccionaba «¡Háblame! ¡Dime algo!», exclamó, preso de un ataque de nervios «¡Qué hago, Dios!», repetía constantemente sin encontrar respuesta a su pregunta. Durante un tiempo que no pudo determinar, estuvo bloqueado, sin saber qué hacer. La tapó, pensando que tal vez tuviera frío, y la volvió a destapar, pensando que tal vez el exceso de calor pudiera perjudicarla aún más. Nada, Ana no respondía. La abanicó con insistencia y le dio varias bofetadas, pero su esfuerzo por reanimarla fue en vano. Su padre pensó que don Wenceslao, un simple maestro de una escuela de barrio, no daba la talla para enseñar a su hijo a afrontar la vida el día de mañana, y decidió mandarle a un colegio de “pijorris”, que vestían con uniforme y corbata de gomilla. El San Francisco Javier gozaba de un excelente prestigio, y a él acudían alumnos de toda la región en régimen de internos. Le enseñaron mucha religión, mucho francés, y a sentarse a la mesa como se sienta la gente de bien. Begoña, la mujer del director, presente en todas las fotografías de la revista del centro, luciendo una suntuosa colección de alhajas, se encargaba de enseñarle las normas sociales y protocolarias del comensal. Acostumbrarse a comer como los ricos no fue tarea fácil: coger los cubiertos por la parte central y no por el extremo como siempre lo había hecho, era algo que no podía remediar. Pero más difícil aún era introducir la cuchara en la boca: después de tantos años introduciendo la cuchara por un lado, hacerlo ahora de frente le resultaba demasiado incómodo. De manera que, unas veces lo hacía por un lado, y otras de frente, provocando la irritación de Begoña que no era capaz de corregir su defecto. Los minutos pasaban de largo sin dejar un hueco a la esperanza. Empezó a tomar conciencia de que algo irreversible estaba ocurriendo. No tenía pulso, o, al menos, él no era capaz de tomárselo. Le tocó el cuello: frío como un témpano. Puso el oído en su pecho, y sólo logró escuchar sus propios latidos a un ritmo demasiado acelerado. Sus ojos continuaban en blanco y la boca torcida, con el labio inferior caído hacia un lado «Está muerta…», pensó convencido ante la evidencia «¡Ana, por favor, no me hagas esto!», dijo, como si fuera una voluntad que ella pudiera controlar. El perro profirió un aullido prolongado, y dos moscas se posaron en su rostro, tal vez por haber detectado ya algunos tejidos muertos. Volvió a poner el oído en su pecho, pero no escuchó su respiración, ni tampoco percibió su aliento. De nuevo llevó los dedos hacia la muñeca; luego hacia el cuello, con el fin de sentir una palpitación, un latido… Nada. Se abrazó a ella, con las lágrimas drenando por sus párpados «¡No te vayas! ¡Te necesito!», dijo, egoístamente. Para formarse como un auténtico hombre, sólo le faltaba una cosa: cumplir el Servicio Militar «En la mili te haces un hombre», dijo su padre, lleno de orgullo cuando le despidió en la estación. Aprendió muchas cosas en poco tiempo, cosas inútiles que nunca le sirvieron para nada; excepto el juego de la brisca, el tute y las siete y media. El día de la Jura de Bandera, cuando el jefe del destacamento dijo: «¿Juráis por Dios y por la Patria, amar a España, defenderla, y si es preciso derramar hasta la última gota de vuestra sangre?», él estuvo a punto de decir: «¡Una mierda!», pero como quería ser un auténtico hombre, hecho y derecho, no estaba dispuesto a cagarla por una tontería, y uniendo su voz a la de los demás, dijo: «¡Sí, juramos!» Qué podía hacer por Ana… Jamás le había ocurrido algo así. Se negó a admitir la posibilidad de que estuviera muerta y pensó que quizá sufriera una pérdida transitoria del conocimiento. Esperaba que de un momento a otro recobrara la conciencia. El perro volvió a aullar, ahora fue un aullido más melancólico. La desesperación se instaló en él. Estaba más desconcertado que un animal irracional ante la muerte de un semejante. Descolgó el teléfono y marcó el 061. Cuando tuvo que ganarse la vida le enseñaron a fabricar cianuro sódico, cloruro de metileno, cloroformo y tetracloruro de carbono. Conoce a la perfección la naturaleza de estos productos, sus propiedades físicas y químicas, su estabilidad y reactividad, la toxicología, su manejo y almacenamiento, así como las repercusiones sobre el medio ambiente. Además, tiene una ligera noción sobre los primeros auxilios en caso de accidente con alguno de estos productos. Cuando llegó el médico del 061, Ana yacía en la cama con los labios totalmente morados. «Si no le hubiera puesto la almohada debajo de la cabeza, tal vez esta mujer no hubiera muerto», dijo el médico con cierto sentimiento de pena. El informe forense determinó que la causa de la muerte fue el ahogamiento, debido a una obstrucción en la laringe por caída de la lengua, como consecuencia de un síncope simple, producido por la ansiedad o el estrés. Adolfo se sentía un hombre realizado, capaz de afrontar la vida y sus desafíos, pero a sus formadores se les olvidó algo muy importante: Nadie le enseñó cómo salvar la vida de un ser humano. Ahora, un año después del fallecimiento de Ana, Adolfo Requena se pasea por los pasillos del hospital psiquiátrico, llamando imberbes, a modo de insulto, a todos los que se encuentra en su camino. Está en una fase muy delicada. Tiene un profundo sentimiento de culpabilidad, rabia y odio. Además, sufre insomnio y ha perdido mucho peso. Pero Adolfo está respondiendo bien al tratamiento y es un buen paciente. No fue fácil sacarle esta historia, pero ha sido una terapia que le ha ayudado a espantar algunos fantasmas de la cabeza. FIN José Antonio Mayo Abargues Alicia, mon amour
unca pensé que aquellos pequeños detallitos que papá traía para la profesora Alicia, de sus frecuentes viajes al extranjero, me iban a hacer un desdichado Papá todo lo arreglaba con un regalo y una sonrisa fingida, ornamentada con unas palmaditas en la espalda y un excesivo apretón de manos que provocaba un chasquido en los dedos del agasajado y lo obligaba a encorvarse. Este gesto generoso lo hacía gozar de algunos tratos de favor, de los que presumía hasta jactarse, delante de sus amistades. Por eso, cada vez que volvía de viaje traía la maleta llena de un sustancioso abono: tabaco rubio y whisky para el doctor Arteche, nuestro médico de cabecera, pastillas de tabaco prensado de estraperlo para la cachimba de don Alberto Contreras, el sargento de la Guardia Civil, y, cómo no, el pequeño detallito para Alicia, mi profesora de francés, que mi padre me encomendaba hacérselo llegar. ¡Qué ingenuo! Si él supiera el destino de aquellos regalos... Y no es que Alicia no lo mereciera, todo lo contrario. A papá se le llenaba la boca de halagos cada vez que hablaba de Alicia. Y es que, gracias a ella, en tan sólo unos meses de clases particulares pudo decirle a los “franchutes” que quería comprar los barcos que ellos desahuciaban, para desguazarlos en su dique. Para describir la anatomía y fisonomía de Alicia, serían necesarios más de tres folios. Lo resumiré en pocas palabras: Alicia era la manifestación de la belleza en su estado más puro. ¡Qué mujer! A veces llegaba a clase con una mínima falda plisada que, a los pocos centímetros de la bastilla, me hacía imaginar unas braguitas blancas, rojas, negras, rosas; o azules, como sus ojos; a los que yo miraba todos los días y a todas las horas con un deseo irrefrenable. Alicia era mi amor platónico. ¿Cómo le iba a hacer yo semejantes regalos? Se me notaría enseguida. Además, sería incapaz de decirle: «Toma, esto es de parte de mi padre» ¡Qué vergüenza! Tampoco le iba a decir: «Toma, cariño, esto es para ti». Me expulsarían de inmediato. Y, como aquellos regalos merecían un receptor más digno que un cubo de la basura, pensé en Marisa, mi compañera de pupitre. El primer regalo fue un alfiler precioso de oro, de no sé cuántos quilates, que mi padre había encontrado tirado de precio en un país africano. Aquella mañana, Alicia llevaba una falda de tubo que marcaba sus curvas de una manera provocativa, y un jersey de punto muy ajustado. Por un momento me imaginé colocándole el alfiler entre aquellos pechos simétricos con los pezones puntiagudos amenazando con salirse entre los hilos de la fina lana, y me sobrevino una erección que tuve que reprimir rápidamente, distrayendo la atención en una cosa fofa que se llamaba Marisa. Recorrí con la mirada todo su cuerpo, tratando de encontrar un lugar donde pudiera lucir el alfiler, pero aquella mocosa con gafas de culo de vaso, desvirtuaba tremendamente la joya. No obstante, ya había decidido regalársela. «¿Te gusta?», le dije, cuando aún no había terminado de quitarle la funda que lo protegía. Marisa no dijo nada, pero por la expresión de su cara, era como si hubiese dicho: «¡Qué barbaridad! ¡Qué cosa más bonita! No he visto nada igual en mi vida», mientras se mordía las uñas de la mano derecha. «Para ti. Te lo regalo», dije indiferente. Trató de articular una palabra y no pudo, pero por su cara de admiración y asombro era como si hubiese dicho: «¿Para mí? ¿De verdad? No me lo puedo creer. Gracias, gracias, gracias.» «Está por ti», dijo sin reparo una voz femenina que venía de los pupitres de atrás. Primero, Marisa se ruborizó, y luego sus carrillos se fueron tornando a un rojo vivo, haciendo que sus ojos brillaran con más intensidad de lo habitual. Aquel fue el primero de una larga lista de detallitos que, inocentemente contribuyeron a albergar falsas esperanzas en el corazón de Marisa, que enseguida dio con los lugares de ocio que yo frecuentaba. Irrumpió en mi ambiente de una manera descarada, pero todos la aceptaron porque les infundaba lástima: Aquella pobre chica solitaria, tan poco afortunada, sólo buscaba un poco de compañía. Para describir la anatomía y fisonomía de Marisa, basta con una sola palabra: callo. Así de breve. Marisa era un auténtico callo que poco tenía que agradecer a la naturaleza. Me compraba tabaco y me invitaba a cerveza, y como mi economía no era muy boyante, yo “me dejaba querer”. Pero pronto se quitó aquella máscara de niña modosita y nos mostró su verdadero rostro: Marisa era tremendamente soberbia y egocéntrica, y empezó a caer mal entre mis amigos. El colmo llegó cuando empezó a espantar a todas las chicas que se aproximaban a mí, más de lo que ella creía conveniente. Ese fue el comienzo de una larga pesadilla. Por las noches yo rogaba a San Valentín que le buscara algo urgentemente y se olvidara de mí para siempre, pero debía estar ocupado con otros asuntos más importantes y no oía mis plegarias. Una tarde de una calurosa primavera, nada propia del cantábrico, Alicia y yo coincidimos en el autobús urbano. Ella iba al fondo, agarrada a la barra que colgaba del techo. Como pude me abrí camino para llegar hasta ella. Al agarrarme a la barra, mi meñique chocó contra su pulgar, y un escalofrío invadió todo mi cuerpo. ¿Con cuántos pulgares femeninos chocaba mi meñique a lo largo del día y no sentía absolutamente nada...? Nos saludamos con una sonrisa social y no volvimos a decirnos nada hasta la siguiente parada, que abrimos un diálogo tan trivial como absurdo. El autobús se había llenado por completo y Alicia y yo íbamos pegados el uno al otro como la lapa a la roca. El calor era sofocante. Por el canalillo de su pecho se deslizaban algunas gotas de sudor que irían a desembocar al centro de su vientre, es decir, al ombligo, que lo imaginé oblicuo y profundo. Imaginé también su pubis, con un bello perfectamente recortado, lo imaginé abundante y lo imaginé rapado; mientras la observaba masticar chicle con una sensualidad y un movimiento de mandíbulas muy sugestivo. Nadie mastica chicle de sea manera si no es con el fin de provocar. Me estaba provocando. Y yo sucumbí a su provocación imaginando que besaba su boca, que mordía sus labios, que comía su lengua, que lamía su cuello, que chupaba el lóbulo de su oreja, al tiempo que mi mano izquierda caminaba espalda arriba hasta llegar al broche del sujetador, que se me antojó negro y con encajes. Pero esos pensamientos obscenos se desmoronaron cuando ella introdujo su rodilla entre mis piernas. Mi corazón se detuvo por un instante, y luego empezó a latir a toda pastilla, como tratando de recuperar el tiempo perdido. Alicia clavó sus pupilas en las mías de una manera penetrante, mientras hacía un globo con el chicle. Jamás me había mirado de esa manera. Luego empezó a mover la rodilla de un lado a otro, estimulando aún más mis genitales, que ya estaban a punto de explotar. Deseaba que aquella situación terminara cuanto antes. De repente el autobús paró, y Alicia se bajo de él sin decir ni adiós. Marisa seguía acosándome, a pesar de que yo me mostraba cada día más indiferente con ella. Me llamaba por teléfono continuamente para proponerme dar un paseo o tomar unas cañas, y algunas veces me esperaba a la salida del gimnasio para invitarme al cine. Yo empezaba a tener dificultad para encontrar un pretexto que eludiera sus invitaciones, y si no fuera porque me pasaba los apuntes y me resolvía muchos problemas, la hubiera mandado a la mierda. Entre Marisa y yo no había nada y era poco probable que lo hubiera en el futuro. Intenté buscar debajo del envoltorio físico, algún aspecto positivo, alguna virtud que me atrajera, pero no encontré nada porque Marisa era igual que una botella sin nada dentro. Después del ardiente episodio del autobús, las esperanzas de que Alicia estuviera algún día entre mis brazos, se habían reforzado enormemente. Sin embargo, ella se mostraba fría y distante conmigo. Cuando me miraba, dos cuchillos recién afilados se clavaban en mis ojos. Más tarde se volvió exigente e intolerante, pero la llegada de las vacaciones puso fin a ese comportamiento hostil. La busqué por playas, parques, cines, bares; y por todas las paradas del autobús urbano. Alicia había desaparecido. Pensé que tal vez estuviera en Mon de Marsan, un pueblo del sur de Francia, donde solía pasar algunas temporadas con una tía suya. Y, después de rechazar la idea de tomar el tren, rumbo a Francia, decidí esperar su regreso, imaginándola frente a mí, masticando chicle con ese movimiento de mandíbula tan provocativo que tanto me excitaba. Llovía a mares el día que iniciamos las clases, y el descenso de la temperatura hacía presagiar un invierno prematuro. Alicia todavía lucía en su rostro un ligero bronceado que realzaba aún más su hermosura. «¡Te quiero!... No sabes tú cómo te quiero», pensé decirle de manera espontánea, evitando preámbulos que me quebraran la voz. No tuve valor. Y los días pasaban indiferentes, viéndome practicar en voz baja la misma frase en diferentes tonos, mientras Madariaga, el nuevo profesor de educación física, un tío enclenque con cara de memo, baboseaba por los pasillos detrás de ella. El clima entre nosotros se hizo cada día más tenso. Alicia se había vuelto muy arisca conmigo. Su conducta era anormal. Me preguntaba qué había hecho yo para que se comportara de esa manera. El motivo de su actitud podría radicar en lo sucedido en el autobús. Tal vez estuviera arrepentida y esa era su forma de manifestarlo. Pero yo no era culpable de ello; no fui yo el que provocó aquel episodio. Si ni siquiera me había atrevido a decirle lo guapa que era, lo buena que estaba y lo mucho que la quería, algo que todavía me sigo reprochando. De qué me podía culpar a mí. Una tarde, Madariaga se cruzó con ella en la escalera y la llamó “Ali”. Alicia respondió con una sonrisa íntima que me hizo comprender todo lo que estaba ocurriendo. El baboso de Madariaga, que parecía haber salido de un cuadro antiguo, había llegado hasta el corazón de Alicia. Fue el día más amargo de mi vida. Esta noche me han interrumpido el sueño bruscamente, y desde entonces sufro taquicardia. Soñaba en alto llamando a Alicia: «Alicia, mon amour·». No es la primera vez que me pasa, me ocurre con mucha frecuencia. Y Marisa me ha vuelto a someter a interrogatorio: Que quién es esa mujer, que si tengo algún rollo por ahí, que si ya no la quiero... Yo le he dicho que ese nombre no significa nada para mí, que es producto de un sueño y que los sueños son algo tan complicado que ni Freud lo tenía claro. Y, como si yo pudiera controlar la voluntad de este fenómeno, ha concluido diciendo, a modo de amenaza: «Pues como sigas así, me voy a ir a dormir a otra habitación». ¡Ojalá! FIN José Antonio Mayo Abargues Inscrito en el Registro General de · Alicia, amor mío El TrepaPRÓLOGO A excepción de algunos párrafos cómicos con los que he intentado dar un toque divertido a la historia, en El Trepa, pretendo sobretodo, desnudar a sus personajes y mostrar sus inmoralidades. El envidiable ejecutivo, el concienciado ecologista, y el insobornable delegado sindical, son en realidad unos auténticos rufianes que interponen sus intereses personales a sus creencias o ideologías. La malvada astucia del protagonista y la actitud de los personajes que le rodean, es fruto del ritmo acelerado de esta sociedad equivocada que estamos viviendo. Valores como la dignidad, la honradez o la fidelidad, por los que en otros tiempos el hombre se hubiera batido en duelo, quedan hoy relegados a un segundo plano. J. A. Mayo
las siete y veinte minutos exactamente, como venía siendo habitual desde hacía más de treinta años, sonó el minúsculo despertador suizo, que tenía un sonido algo violento. Arturo Mendoza, “El trepa”, jefe de personal y relaciones públicas de Euroquímicas Unidas, S.A., se despertó sobresaltado, palpó varias veces el mármol de la mesilla, en busca del interruptor de la lámpara que nunca lograba encontrar, y fue dando manotazos a todo aquello que se encontraba en su desesperada búsqueda, hasta que, por fin, en uno de ellos consiguió acallar el maldito ruido de la maquinaria. Después, algo más sereno, se incorporó colocando un cojín entre la cabecera y su deforme espalda, bostezó; se rascó los cuatro pelos que aún le quedaban, ventoseó con la misma rapidez de una escopeta de repetición, y se llevó la mano a la boca del estómago, aquejándose de la dichosa úlcera. Su mujer, que al mínimo lamento de su marido se desvelaba, abandonó el plácido sueño para interesarse por su dolencia. ¾ ¿Qué te pasa, cariño? —dijo, mientras le alisaba los dedos de la mano derecha. ¾ No sé. Me duele. ¾ Será de la cebolla. ¾ Seguro. ¾ La cebolla es muy dañina. Por las noches deberías evitarla. ¾ Tienes razón —dijo él, llevándose de nuevo la mano a la boca del estómago. ¾ En la mesilla tienes Almax. Tómate un par de pastillas. ¾ Vale. Arturo Mendoza se levantó, se calzó las zapatillas y se dirigió, medio zombi, al cuarto de baño. Abrió la solapa del calzoncillo, echó el culo hacia atrás; después apoyó la mano derecha en los relucientes azulejos, dejando sus sucios dedos marcados, y comenzó a poner esa carilla de placer que produce el aliviar la vejiga. Satisfecha la necesidad fisiológica, se sacudió violentamente el flácido pene, salpicando la taza del váter; esputó repetidas veces y presionó el pulsador de la cisterna. Un ciclón de agua arrastró todas sus miserias hacia el Atlántico. Luego prosiguió de manera mecánica con la rutina de todos los días desde hacía más de treinta años: Se cepilló la desmedrada dentadura, que, como un puente romano apuntalado, se resistía a lo inevitable; se afeitó con la maquinilla eléctrica que le regalaron cuando cumplió los dieciocho, y después se aplicó una loción de “Floïd”, el masaje que ha usado toda la vida. Él es un hombre fiel a todo; a todo menos a su mujer, pero de eso ya hablaremos. Arturo se miró al espejo y se acarició la barriga, como sorprendido por su volumen, aunque él no es una persona excesivamente preocupada por la obesidad. Lo asume como algo propio de quien tiene un buen salario, una segunda vivienda, dos mujeres que le quieren, cada una a su manera, claro está, y la certidumbre de un futuro esperanzador y lleno de ilusiones. Le gustaría tener un cuerpo atlético, claro que sí, pero la redondez de su barriga no es más que el fruto de la dicha. Este hombre nuevo e inmaculado, salió del cuarto de baño más satisfecho que un torero por la Puerta del Príncipe. ¾ Hoy no tomes café… Ni zumo de naranja. La acidez te perjudicará aún más el estómago ¾dijo la mujer, mientras él iba en dirección a la cocina¾. Tómate un descafeinado. Será mejor. El jefe de personal y relaciones públicas de Euroquímicas Unidas, S.A., es un tío que ha salido de la nada más absoluta, profesionalmente hablando, y ha llegado a ocupar uno de los escalafones más preciados del organigrama. Estarán pensando ustedes que Arturo es un “lumbreras”… Pues no. Y eso lo saben muy bien todos los que le conocen desde el inicio de su trayectoria profesional. Entró recomendado en la empresa, siendo un vulgar chupatintas con escasos conocimientos de mecanografía y mínimas nociones de contabilidad. Pero se pegó a sus superiores como una lapa a la roca y poco a poco se fue ganando su confianza. Arturo es lo que se llama “un trepa” (de ahí su apodo), es decir, un tío ambicioso, egoísta y sin escrúpulos, que se ha ido abriendo paso a codazos y haciéndose con los diferentes puestos de confianza que ha desempeñado en su dilatada carrera, del modo más indigno y miserable, con cenas, fiestas y regalos. Ahora, Arturo ya no es el inepto chupatintas de antes; ahora es un hombre de empresa, calculador, previsor, con una facilidad de palabra algo extraordinaria que asombra a sus interlocutores. Sabe convencer, razonando argumentos, y tiene una destreza singular para salir de situaciones conflictivas. Es un lince. Pero este triunfador, que ha pasado por tantas adversidades y ha salido siempre victorioso de ellas, está hoy preocupado, porque; tal vez hoy sea uno de los días más difíciles de su carrera. En cierto modo es normal. Todo el mundo tiene miedo al fracaso. Le pasa a Fonsi Nieto cada vez que se sube a una moto y a Fernando Alonso cuando coge en sus manos el volante de un fórmula 1. Es inevitable. ¾ ¡Arturo, está en posición de descongelado! ¾dijo la mujer desde la habitación al escuchar el ruido del microondas¾. ¡Anoche se me olvidó cambiarlo! ¿Has oído? ¾ Sí. Vale. Se tomó el descafeinado con tres bizcochos, encendió un cigarrillo; que le dio una punzada al estómago a la primera calada, y abrió la agenda por el día 24 de septiembre, tal vez el día más difícil de su carrera. Hizo un breve repaso a las anotaciones del día anterior y no encontró nada eludible que pudiera aliviarle un poco el agobio que padecía. Por tanto, no tenía más remedio que hacer frente a todo ello de la manera más eficaz. A las ocho, el Comité de Empresa iba a iniciar un encierro indefinido en la sala de reuniones, para protestar por el despido improcedente de Márquez, un trabajador dado a las bajas de enfermedad. El problema tenía difícil solución, y ponía en peligro la reputación de la empresa, máxime, ahora que aún estaba fresca la firma de un sustancial contrato con los chilenos. Sobre las diez estaba prevista la visita de una delegación provincial de políticos, acompañados de un grupo de militantes ecologistas que trataban de investigar sobre la mortandad masiva de peces por un derrame tóxico, posiblemente, vertido por su empresa. Una hora más tarde tenía que asistir al entierro de la madre de un trabajador. Si lograba sobrevivir a la mañana, la tarde se le iba a presentar un poco más pacífica: una reunión con el director general para informarle de todos los pormenores acontecidos durante la mañana, de la que saldría con unas reconfortantes palmaditas en la espalda. Debía resolver también un problemilla sin importancia con un trabajador conflictivo que sólo creía tener derechos, y no obligaciones. Y por último, tenía la grata tarea de notificar un aumento de sueldo a dos trabajadores cualificados de la misma sección. Cómodamente instalado en su despacho, y haciendo caso omiso a los consejos de su mujer, se sirve un café negro y sin azúcar, como se debe tomar el café; todo lo demás es alterar su estado natural, enciende un cigarrillo y hace un repaso a la prensa del día, mientras va degustando a pequeños sorbos la taza de café. El despacho es de estilo moderno y muy simple: una gran mesa ovalada, dos butacas de diseño, un archivador, un pequeño armario, un ordenador, un interfono que no deja de pitar, y el imprescindible teléfono. De las paredes cuelgan numerosos diplomas obtenidos en congresos y seminarios sobre Gestión de Empresa y Relaciones Laborales. Y, frente a su mesa, justo en el lugar donde antes estuvo la fotografía de Aznar, se encuentra ahora la del presidente Zapatero. No obstante, Arturo guarda como oro en paño la foto de Aznar, por si algún día tuviera que volver a colgarla. Suena el interfono y Arturo se afloja el nudo de la corbata y responde con una voz artificial: ¾ ¿Siiii…? ¾ Arturo, están aquí Cañizares y Zamorano. Dicen que quieren una reunión urgente con usted. ¾ …Dígales que pasen. Cañizares y Zamorano, miembros del Comité de Empresa, son asimismo, delegados sindicales de Comisiones Obreras y de la Unión General de Trabajadores, respectivamente. Y son los únicos subordinados que se atreven a tutear al jefe de personal, claro, que él lo consiente, un poco a regañadientes, porque son muchos los favores que les debe a estos elementos. Se puede decir que, una parte muy importante de su éxito se la debe a ellos. ¾ Pasad, pasad. ¿Un café? Pedid lo que queráis. Esta es vuestra casa ¾dijo con una sonrisa, un tanto hipócrita y guasona, con unas gotitas de mala leche. Cañizares se enzarzó en un discurso Marxista que, ni él mismo sería capaz de entender en los momentos más lúcidos de su existencia. Dijo frases hechas, citó personajes, fechas; y acusó a la empresa de fascista, paternalista, prepotente e intransigente, mientras miraba a su compañero reclamándole muestras de complicidad. Éste, de vez en cuando, hacía un gesto afirmativo con la cabeza, pero de una manera tímida. Cañizares tragó saliva, llenó el pecho de aire y continuó diciendo: ¾ ¡No consentiremos, de ningún modo, que un trabajador sea despedido improcedentemente, y mucho menos por el simple hecho de estar enfermo! ¡Si Márquez coge la baja, es porque está enfermo, y nadie debe dudar de ello! ¡El parte de baja lo extiende un profesional de la medicina, al que también se está poniendo en entredicho! ¡Exigimos la inmediata readmisión de nuestro compañero! El jefe de personal no intervino en ningún momento. Sólo escuchaba muy atento. Era su táctica. Ahora Zamorano tomaba la palabra: ¾ Permaneceremos encerrados indefinidamente en la sala de reuniones, y comenzaremos a realizar una serie de movilizaciones que culminarán en una huelga, en el caso de que nuestro compañero no sea readmitido. En este instante se está redactando un comunicado que se enviará a la prensa para hacer público el problema. Después de estas dos acaloradas intervenciones, el jefe de personal continuó en silencio durante un buen rato, lo que crispó aún más los nervios de los delegados. Por fin se decidió a hablar: ¾ Vamos a ver, Zamorano… No quiero cuestionar la honradez de Márquez, y mucho menos me atrevería a cuestionar la del médico que diagnostica sus enfermedades. Pero Márquez es un hombre que estaba creando muchos problemas a esta empresa, e indirectamente a todos sus empleados. Márquez estaba ocupando un puesto de trabajo que no desarrollaba. Cuántos estarán deseando un empleo así… Seguro que su despido va a beneficiar a otro. Seguro. Por cierto, Zamorano, ¿cuándo termina tu hijo el contrato? ¾ En noviembre. ¾ Es posible que lo vuelva a renovar. Es muy posible. Tu hijo es trabajador, constante y tiene iniciativa. Si el orgullo engordara, Zamorano estaría pesando ahora diez kilos más. El jefe de personal se dirigió ahora a Cañizares, que mantenía una irónica sonrisa en sus labios. ¾ Cañizares, dentro de unos meses, tres o cuatro a lo sumo, Garrochena, el encargado del almacén, se va con la jubilación anticipada. De los numerosos candidatos a ocupar su puesto, la dirección cree que tú eres el más idóneo. ¿Qué te parece? Los dos representantes de los trabajadores, después de hora y media de confidencias extraoficiales, bromas, cafés y cigarrillos, abandonaron el despacho del jefe de personal y desconvocaron el encierro, porque Márquez, “tenía mucho que matar”. Esta es la razón que dieron a sus compañeros encerrados. Así quedó zanjado uno de los mayores problemas con los que se ha enfrentado en su carrera. Inmediatamente después, su secretaria le pasa una llamada de María Garrido, su amante, una viuda de buen ver. Bueno, ella siempre se anuncia como Concha Zamudio, de Seguros Peninsulares, para evitar suspicacias. María, diplomada en felaciones y otras artes carnales, que para Arturo están vetadas por su legítima, absorbe casi la totalidad del presupuesto que Arturo tiene asignado a gastos de representación como relaciones públicas, que no es moco de pavo. ¾ Arturo, soy yo, Mari. ¿Cómo estás del estómago? ¾ Psch… regular. ¾ Oye, no me llames a casa en unos días. Mi hijo ha venido a verme, y ya sabes que no me gusta que se entere de lo nuestro. Todavía tiene a su padre muy metido en la cabeza. Es normal. Compréndelo. ¾ ¿Estará mucho tiempo aquí? ¾ No sé, chico… Siete u ocho días. Qué vamos a hacer. No te importa, ¿verdad? ¾ No, no, qué va. ¾ A las seis y media nos vemos en el California, ¿vale? ¾ Vale. ¾ Un beso, amor. ¾ Adiós, cariño. No habían pasado ni cinco minutos, cuando llamó su legítima con la misma historia de siempre: ¾ Arturo, cariño, ¿estás mejor? ¾ Psch… regular. ¾ Que te llamo, porque cuando salga del gimnasio voy a ir con mis amigas al centro, de tiendas, ya sabes. Y después nos quedaremos a comer en algún self-service. Te lo digo por si se te ocurriera llamar a casa, para que lo sepas. ¾ No te preocupes. ¾ Oye, no tomes café, ¿eh? Y no fumes. ¾ Bueno… La pobre era con lo único que disfrutaba, porque el sexo, ni catarlo. La última vez que tuvo un orgasmo fue en Conil, durante las vacaciones de Semana Santa, hace ya más de cinco meses. Pero eso no parece importarle mucho, porque ella con lo que verdaderamente disfruta es comprándose modelitos, que a veces, no se los pone más de una vez. Siente un placer especial estrenando. Y sólo algunas veces, cuando las compañeras de aeróbic presumen de la virilidad de sus maridos y de sus juegos perversos, ella siente que algo se está perdiendo. De nuevo suena el interfono: ¾ Arturo, los diputados y el grupo ecologista esperan en la sala de reuniones. ¾ Gracias. Voy ahora mismo. No fue fácil convencerles. Para ello tuvo que ocultar información, falsear datos y registros, y sobornar a un ecologista poco convencido de su militancia, que estaba empeñado en que el derrame tóxico se había producido en esa factoría. Los políticos, sin embargo, se mostraron cordiales en todo momento, porque comprendían que, a veces, los procesos industriales no pueden evitar desastres como este. Es el precio del progreso. Arturo explicó, con datos maquillados, lo mucho que su empresa contribuye a la protección del medio ambiente, y dio unas cifras poco creíbles sobre las inversiones que tenían previstas para adecuar las instalaciones a la normativa comunitaria en materia ecológica. Todo salió bordado, y las delegaciones quedaron satisfechas, más aún, después de haber tomado unos crustáceos con manzanilla de Sanlúcar. De regreso al despacho, la secretaria le comunica que tiene al teléfono a un tal Sarasóla, de la Delegación Provincial de Trabajo, que ha llamado dos veces mientras él estaba reunido. ¾ Dime, Sarasóla. ¾ Oye, Arturo, que te llamo porque, el día veintinueve te haremos una visita. La última vez nos pusiste en un compromiso. Que esté todo en orden, ¿vale? ¾ Estará todo en orden. No te preocupes. ¾ Mira, … Arturo, …que dentro de unos meses hay elecciones y los de arriba quieren lavar la imagen… ¾ Yo me encargaré de todo. No habrá ningún problema. Finalizada la jornada, Arturo acude a la cita del California, allí toma unas cañas con Jabugo, acaricia las cachas de Mari, mientras escucha una canción de Sabina; después la coge por la nuca con extrema delicadeza, la atrae hacia él violentamente y le muerde el labio inferior, tal vez, descargando esa rabia contenida por no haber podido subir al piso, porque al “capullo” del niño se le había ocurrido ir a visitar a mamá. Al salir, Arturo se despide de Mari con un dilatado beso de lengua, ante la mirada atónita de unos clientes que se disponían a entrar en el establecimiento. Después se detuvo en un pub cercano a su casa, tomó un gintonic con unos frutos secos; tiró unos dardos con muy poca precisión, y comprendió que era el momento de subir a casa. Su mujer le besó como se besa a alguien que viene de un largo viaje, luego le cogió la chaqueta y el portafolios y le facilitó las zapatillas. ¾ ¿Qué tal, cariño? ¿Cómo ha ido el trabajo? ¾preguntó, y no por simple cumplido, sino con sumo interés. Ella es así. ¾ Bien, bien. Todo ha ido bien, pero estoy muy agotado. El día ha sido muy duro. Se sentó en su segundo trono, encendió el televisor y comenzó a hacer zapping. La mujer fue hacia la cocina y enseguida volvió con una cerveza muy fría, como a él le gusta. ¾ Toma, cariño. Voy a terminar de preparar la ensalada. ¾ Ponle mucha cebolla. ¾ Bueno. Después de cenar, él se fue a la cama, y ella se encerró en el cuarto de baño. Llevaba ya más de diez minutos allí metida, cuando Arturo se percató de que tardaba demasiado, y pensó, que quizás estuviera entretenida con los cuidados dentales, o dándose esos potingues para las arrugas, en los que dejaba todos los meses una fortuna. Pero, cuál fue su sorpresa, cuando la vio salir con un provocativo conjuntito de fino encaje. ¾ ¿Te gusta? ¾dijo ella, con una extraordinaria sensualidad. ¾ Sí. Te favorece mucho. Es muy bonito. Es precioso. Arturo apagó la luz, encendió la radio y se puso a escuchar El Larguero. Al día siguiente, como venía siendo habitual desde hacía más de treinta años, sonó el minúsculo despertador suizo que tenía un sonido algo violento, y Arturo Mendoza, “El trepa”, se despertó sobresaltado, palpó varias veces el mármol de la mesilla, en busca del dichoso interruptor de la lámpara que nunca lograba encontrar; y en uno de los manotazos con los que abatía todo lo que se iba encontrando en su desesperada búsqueda, consiguió acallar la maldita maquinaria suiza. Se incorporó colocando un cojín entre la cabecera y su deforme espalda, bostezó; se rascó los cuatro pelos que aún le quedaban, ventoseó con la misma rapidez de una escopeta de repetición, y se llevó la mano a la boca del estómago, aquejándose de la dichosa úlcera. Su mujer, que al mínimo lamento de su marido se desvelaba, ese día no se despertó. FIN José Antonio Mayo Abargues © Inscrito en el Registro de |
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