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Alicia, mon amour
unca pensé que aquellos pequeños detallitos que papá traía para la profesora Alicia, de sus frecuentes viajes al extranjero, me iban a hacer un desdichado Papá todo lo arreglaba con un regalo y una sonrisa fingida, ornamentada con unas palmaditas en la espalda y un excesivo apretón de manos que provocaba un chasquido en los dedos del agasajado y lo obligaba a encorvarse. Este gesto generoso lo hacía gozar de algunos tratos de favor, de los que presumía hasta jactarse, delante de sus amistades. Por eso, cada vez que volvía de viaje traía la maleta llena de un sustancioso abono: tabaco rubio y whisky para el doctor Arteche, nuestro médico de cabecera, pastillas de tabaco prensado de estraperlo para la cachimba de don Alberto Contreras, el sargento de la Guardia Civil, y, cómo no, el pequeño detallito para Alicia, mi profesora de francés, que mi padre me encomendaba hacérselo llegar. ¡Qué ingenuo! Si él supiera el destino de aquellos regalos... Y no es que Alicia no lo mereciera, todo lo contrario. A papá se le llenaba la boca de halagos cada vez que hablaba de Alicia. Y es que, gracias a ella, en tan sólo unos meses de clases particulares pudo decirle a los “franchutes” que quería comprar los barcos que ellos desahuciaban, para desguazarlos en su dique. Para describir la anatomía y fisonomía de Alicia, serían necesarios más de tres folios. Lo resumiré en pocas palabras: Alicia era la manifestación de la belleza en su estado más puro. ¡Qué mujer! A veces llegaba a clase con una mínima falda plisada que, a los pocos centímetros de la bastilla, me hacía imaginar unas braguitas blancas, rojas, negras, rosas; o azules, como sus ojos; a los que yo miraba todos los días y a todas las horas con un deseo irrefrenable. Alicia era mi amor platónico. ¿Cómo le iba a hacer yo semejantes regalos? Se me notaría enseguida. Además, sería incapaz de decirle: «Toma, esto es de parte de mi padre» ¡Qué vergüenza! Tampoco le iba a decir: «Toma, cariño, esto es para ti». Me expulsarían de inmediato. Y, como aquellos regalos merecían un receptor más digno que un cubo de la basura, pensé en Marisa, mi compañera de pupitre. El primer regalo fue un alfiler precioso de oro, de no sé cuántos quilates, que mi padre había encontrado tirado de precio en un país africano. Aquella mañana, Alicia llevaba una falda de tubo que marcaba sus curvas de una manera provocativa, y un jersey de punto muy ajustado. Por un momento me imaginé colocándole el alfiler entre aquellos pechos simétricos con los pezones puntiagudos amenazando con salirse entre los hilos de la fina lana, y me sobrevino una erección que tuve que reprimir rápidamente, distrayendo la atención en una cosa fofa que se llamaba Marisa. Recorrí con la mirada todo su cuerpo, tratando de encontrar un lugar donde pudiera lucir el alfiler, pero aquella mocosa con gafas de culo de vaso, desvirtuaba tremendamente la joya. No obstante, ya había decidido regalársela. «¿Te gusta?», le dije, cuando aún no había terminado de quitarle la funda que lo protegía. Marisa no dijo nada, pero por la expresión de su cara, era como si hubiese dicho: «¡Qué barbaridad! ¡Qué cosa más bonita! No he visto nada igual en mi vida», mientras se mordía las uñas de la mano derecha. «Para ti. Te lo regalo», dije indiferente. Trató de articular una palabra y no pudo, pero por su cara de admiración y asombro era como si hubiese dicho: «¿Para mí? ¿De verdad? No me lo puedo creer. Gracias, gracias, gracias.» «Está por ti», dijo sin reparo una voz femenina que venía de los pupitres de atrás. Primero, Marisa se ruborizó, y luego sus carrillos se fueron tornando a un rojo vivo, haciendo que sus ojos brillaran con más intensidad de lo habitual. Aquel fue el primero de una larga lista de detallitos que, inocentemente contribuyeron a albergar falsas esperanzas en el corazón de Marisa, que enseguida dio con los lugares de ocio que yo frecuentaba. Irrumpió en mi ambiente de una manera descarada, pero todos la aceptaron porque les infundaba lástima: Aquella pobre chica solitaria, tan poco afortunada, sólo buscaba un poco de compañía. Para describir la anatomía y fisonomía de Marisa, basta con una sola palabra: callo. Así de breve. Marisa era un auténtico callo que poco tenía que agradecer a la naturaleza. Me compraba tabaco y me invitaba a cerveza, y como mi economía no era muy boyante, yo “me dejaba querer”. Pero pronto se quitó aquella máscara de niña modosita y nos mostró su verdadero rostro: Marisa era tremendamente soberbia y egocéntrica, y empezó a caer mal entre mis amigos. El colmo llegó cuando empezó a espantar a todas las chicas que se aproximaban a mí, más de lo que ella creía conveniente. Ese fue el comienzo de una larga pesadilla. Por las noches yo rogaba a San Valentín que le buscara algo urgentemente y se olvidara de mí para siempre, pero debía estar ocupado con otros asuntos más importantes y no oía mis plegarias. Una tarde de una calurosa primavera, nada propia del cantábrico, Alicia y yo coincidimos en el autobús urbano. Ella iba al fondo, agarrada a la barra que colgaba del techo. Como pude me abrí camino para llegar hasta ella. Al agarrarme a la barra, mi meñique chocó contra su pulgar, y un escalofrío invadió todo mi cuerpo. ¿Con cuántos pulgares femeninos chocaba mi meñique a lo largo del día y no sentía absolutamente nada...? Nos saludamos con una sonrisa social y no volvimos a decirnos nada hasta la siguiente parada, que abrimos un diálogo tan trivial como absurdo. El autobús se había llenado por completo y Alicia y yo íbamos pegados el uno al otro como la lapa a la roca. El calor era sofocante. Por el canalillo de su pecho se deslizaban algunas gotas de sudor que irían a desembocar al centro de su vientre, es decir, al ombligo, que lo imaginé oblicuo y profundo. Imaginé también su pubis, con un bello perfectamente recortado, lo imaginé abundante y lo imaginé rapado; mientras la observaba masticar chicle con una sensualidad y un movimiento de mandíbulas muy sugestivo. Nadie mastica chicle de sea manera si no es con el fin de provocar. Me estaba provocando. Y yo sucumbí a su provocación imaginando que besaba su boca, que mordía sus labios, que comía su lengua, que lamía su cuello, que chupaba el lóbulo de su oreja, al tiempo que mi mano izquierda caminaba espalda arriba hasta llegar al broche del sujetador, que se me antojó negro y con encajes. Pero esos pensamientos obscenos se desmoronaron cuando ella introdujo su rodilla entre mis piernas. Mi corazón se detuvo por un instante, y luego empezó a latir a toda pastilla, como tratando de recuperar el tiempo perdido. Alicia clavó sus pupilas en las mías de una manera penetrante, mientras hacía un globo con el chicle. Jamás me había mirado de esa manera. Luego empezó a mover la rodilla de un lado a otro, estimulando aún más mis genitales, que ya estaban a punto de explotar. Deseaba que aquella situación terminara cuanto antes. De repente el autobús paró, y Alicia se bajo de él sin decir ni adiós. Marisa seguía acosándome, a pesar de que yo me mostraba cada día más indiferente con ella. Me llamaba por teléfono continuamente para proponerme dar un paseo o tomar unas cañas, y algunas veces me esperaba a la salida del gimnasio para invitarme al cine. Yo empezaba a tener dificultad para encontrar un pretexto que eludiera sus invitaciones, y si no fuera porque me pasaba los apuntes y me resolvía muchos problemas, la hubiera mandado a la mierda. Entre Marisa y yo no había nada y era poco probable que lo hubiera en el futuro. Intenté buscar debajo del envoltorio físico, algún aspecto positivo, alguna virtud que me atrajera, pero no encontré nada porque Marisa era igual que una botella sin nada dentro. Después del ardiente episodio del autobús, las esperanzas de que Alicia estuviera algún día entre mis brazos, se habían reforzado enormemente. Sin embargo, ella se mostraba fría y distante conmigo. Cuando me miraba, dos cuchillos recién afilados se clavaban en mis ojos. Más tarde se volvió exigente e intolerante, pero la llegada de las vacaciones puso fin a ese comportamiento hostil. La busqué por playas, parques, cines, bares; y por todas las paradas del autobús urbano. Alicia había desaparecido. Pensé que tal vez estuviera en Mon de Marsan, un pueblo del sur de Francia, donde solía pasar algunas temporadas con una tía suya. Y, después de rechazar la idea de tomar el tren, rumbo a Francia, decidí esperar su regreso, imaginándola frente a mí, masticando chicle con ese movimiento de mandíbula tan provocativo que tanto me excitaba. Llovía a mares el día que iniciamos las clases, y el descenso de la temperatura hacía presagiar un invierno prematuro. Alicia todavía lucía en su rostro un ligero bronceado que realzaba aún más su hermosura. «¡Te quiero!... No sabes tú cómo te quiero», pensé decirle de manera espontánea, evitando preámbulos que me quebraran la voz. No tuve valor. Y los días pasaban indiferentes, viéndome practicar en voz baja la misma frase en diferentes tonos, mientras Madariaga, el nuevo profesor de educación física, un tío enclenque con cara de memo, baboseaba por los pasillos detrás de ella. El clima entre nosotros se hizo cada día más tenso. Alicia se había vuelto muy arisca conmigo. Su conducta era anormal. Me preguntaba qué había hecho yo para que se comportara de esa manera. El motivo de su actitud podría radicar en lo sucedido en el autobús. Tal vez estuviera arrepentida y esa era su forma de manifestarlo. Pero yo no era culpable de ello; no fui yo el que provocó aquel episodio. Si ni siquiera me había atrevido a decirle lo guapa que era, lo buena que estaba y lo mucho que la quería, algo que todavía me sigo reprochando. De qué me podía culpar a mí. Una tarde, Madariaga se cruzó con ella en la escalera y la llamó “Ali”. Alicia respondió con una sonrisa íntima que me hizo comprender todo lo que estaba ocurriendo. El baboso de Madariaga, que parecía haber salido de un cuadro antiguo, había llegado hasta el corazón de Alicia. Fue el día más amargo de mi vida. Esta noche me han interrumpido el sueño bruscamente, y desde entonces sufro taquicardia. Soñaba en alto llamando a Alicia: «Alicia, mon amour·». No es la primera vez que me pasa, me ocurre con mucha frecuencia. Y Marisa me ha vuelto a someter a interrogatorio: Que quién es esa mujer, que si tengo algún rollo por ahí, que si ya no la quiero... Yo le he dicho que ese nombre no significa nada para mí, que es producto de un sueño y que los sueños son algo tan complicado que ni Freud lo tenía claro. Y, como si yo pudiera controlar la voluntad de este fenómeno, ha concluido diciendo, a modo de amenaza: «Pues como sigas así, me voy a ir a dormir a otra habitación». ¡Ojalá! FIN José Antonio Mayo Abargues Inscrito en el Registro General de · Alicia, amor mío Deja un comentario { Pagina anterior } { Pagina 58 de 59 } { Pagina siguiente } |
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