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Artículos de Opinión, Relatos y Reflexiones

La última fiesta

12:57, 2/12/2006 .. Publicado en Relatos .. 0 comentarios .. Link
 

 

LA ÚLTIMA FIESTA

Publicado en la revista literaria “Letrasperdidas”  www.letrasperdidas.galeon.com

 

 N

os pasamos durmiendo casi un tercio de nuestra vida, de lo cual muchas veces nos lamentamos, pero no tenemos otra alternativa, pues para descansar es necesario dormir. Dormir es una necesidad fisiológica tan necesaria como comer, o quizá más, por tanto, es imprescindible y fundamental para el desarrollo físico y psíquico de la persona. Nuestro cuerpo, y sobre todo nuestro cerebro, necesita reposo —dijo la voz metálica del locutor, en la introducción al tema de la noche: “El sueño, un fenómeno imprescindible”.

A Hugo le pareció interesante el tema del programa de Onda 33, la emisora que había sintonizado, y pensó que tal vez le pudiera servir de ayuda para remediar el cuadro dramático de insomnio que padecía. Ya estaba harto de remedios naturales, de ansiolíticos, y había decidido dejar aparcado en un cajón de la cómoda, el Transilium, el Aneurol y todas aquellas porquerías que le recetaba el neurólogo para tratar de corregir su enfermedad.

¾ ¿Por qué es necesario dormir? ¾continuó diciendo el locutor¾ Esto es algo que los científicos no tienen muy claro. Unos piensan que mientras se duerme se producen unas sustancias químicas de las que el cuerpo se abastece para el proceso elemental de la vida. Otras, sin embargo, opinan que dormir, simplemente proporciona descanso: la fatiga, el agotamiento, y el desgaste; producto de la intensa actividad a la que el cuerpo se somete durante el día, provoca la necesidad de descansar, y la inactividad muscular, propia del sueño, proporciona este descanso. Lo cierto es que existe una estrecha relación entre el sueño y el equilibrio del organismo. Si una persona duerme bien, al día siguiente se encontrará jovial, dinámica y con buena memoria. Por el contrario, si ha tenido problemas para conciliar el sueño, o alteraciones en el mismo: pesadillas, inquietud o nerviosismo, sus reacciones serán más lentas, se encontrará cansada, malhumorada y menos sociable. Por consiguiente, se puede decir que el sueño tiene una función restauradora de los procesos físico y psíquico.

Hugo empezó a sospechar que todo aquello no era más que puro marketing, una triquiñuela comercial para engatusar al oyente, y perdió el interés por el programa. «Seguro que terminaran ofreciendo una almohada para las cervicales, una pulsera ionizada, o un baño termal en algún balneario que cueste un riñón», pensó.

El estómago le ardía como una caimada en plena ebullición. Abrió el cajón de la mesilla y sacó de él una pastilla digestiva que masticó con cierto asco. Había cenado desmesuradamente, como casi todas las noches: comer, era lo único que hacía con entusiasmo desde que perdió a su mujer y a su hija en un dramático accidente. La depresión le había provocado un estado bulímico, y como consecuencia de ello, un exagerado aumento de peso que estaba poniendo en peligro su mermada salud. Hugo no hacía nada por corregir su debilidad por la comida, además, tenía la mala costumbre de irse a la cama sin apenas digerir la cena.

Aquella noche no fue una excepción. Terminó de cenar, se preparó una tisana bien cargada y se encaminó hacia la cama con la actitud del minero que va hacia el pozo, es decir, con acusada pesadumbre. «Otra noche más…, otra noche más de vigilia», dijo al subir la escalera que conducía al dormitorio.

Atrás había dejado una cocina desordenada hasta lo indecible, una mesa llena de desperdicios, un cenicero atestado de colillas, y un cuarto de baño donde había un cepillo de dientes que echaba de menos el frescor del dentífrico. Hugo se había dejado llevar por el abandono más indeseable. Vivía en una casa amplia, demasiado grande para uno solo. Decidió mudarse allí poco después de la tragedia, porque no podía seguir viviendo en aquel lujoso piso del centro, se ahogaba y necesitaba huir de allí; huir de él mismo y de aquellas gentes que lo odiaban y le miraban con desprecio a su paso. La sociedad es muy permisiva y tolerante para algunas cosas, pero no perdona fallos como el que él cometió Era una vivienda adosada, situada en una zona residencial en las afueras de la ciudad, muy próxima a un campo de golf, habitada por ejecutivos de pelo engominado y señoras de cutis envidiable que paseaban a sus caniches al atardecer.

Hugo escuchaba sin demasiado entusiasmo las reflexiones del locutor de Onda 33, mientras acariciaba suavemente con la yema de los dedos la costura del cobertor.

Ahora, el científico invitado exponía su teoría:

— Los primeros años de nuestra vida los pasamos prácticamente dormidos. Un bebé duerme más de dieciséis horas diarias. A medida que vamos creciendo, van disminuyendo las horas de sueño, hasta llegar a la edad adulta, que quedan establecidas entre siete u ocho horas —Hugo sacudió la cabeza—, aunque esto depende de la naturaleza de cada individuo. Pero lo importante no es la cantidad, sino la calidad. Una hora de sueño profundo es más efectiva para el reposo, que ocho horas de sueño alterado.

Un corte limpio interrumpió la intervención del científico, para introducir un anuncio publicitario que venía a confirmar las sospechas de Hugo, respecto al fin del programa:

— Si está cansado de contar ovejitas y no es capaz de desconectarse de la escena social, si ha probado con el baño de agua caliente, la tila o la valeriana y no consigue llegar hasta las puertas de la somnolencia, vaya mañana mismo a la farmacia y pida Somnolín

 ¡Somnolín!, de venta exclusiva en farmacias.

 

Al advertir  la intermitencia de la minúscula luz verde del teléfono móvil, Hugo llevó su vista hacia la mesilla y un golpe de angustia invadió todo su ser. Se había prometido que no escucharía más, al menos por ese día, la voz inmortal que su hija Raquel le había dejado en el buzón de voz el mismo día de la tragedia. Trató de convencerse de que eso sólo serviría para empeorar aún más su crítico estado, pero no pudo resistir la tentación y, como atraído por una fuerza magnética, fue hasta el teléfono y pulsó el botón del buzón de voz:

— ¡Hola, papá! Tengo una buena noticia que darte…: ¡He aprobado! ¡Ya soy licenciada en Derecho!…

La emoción no le permitió terminar de escuchar el mensaje «¡Soy un miserable! ¡Soy un canalla! —dijo entre sollozos.

Aquella noche, Hugo, su hija, y Marga, su mujer, celebraban la licenciatura de Raquel en un lujoso restaurante de la playa. La cena fue exquisita. Hugo no escatimó en nada: un auténtico Jabugo, que fue como una caricia para el paladar, langosta, almejas y lubina al horno; todo bañado con un delicioso caldo de Sanlúcar.

— Ahora tienes que preparar unas oposiciones para la Administración. Ahí se gana bien y no se hace ni el huevo; además, es un trabajo para toda la vida. Fíjate tu primo Nacho, vive como un rey —dijo Hugo, mientras mojaba la punta de un Habano en la copa de coñac.

—La casa tiene el placer de invitarles a una botella de cava —dijo el camarero, de vuelta con la factura.

Brindaron por el éxito de Raquel. Ésta se ruborizó cuando su padre dijo en un tono algo elevado:

— ¡Por la futura abogada del Estado!

Hugo propuso tomar una copa en alguna terraza del paseo marítimo antes de regresar a casa. A Marga no le gustó mucho la idea, pero la noche había sido maravillosa, y a él se le veía tan feliz que no dijo nada por temor a estropearlo todo. Raquel sugirió El Caimán, un bar de copas con actuación en directo.

 

Estaba sonando No sé qué pasa esta noche, de Hilario Camacho, en la voz de un joven de cráneo rapado. El ambiente era excelente. Eligieron una mesa cerca de la tarima que hacía de escenario y pidieron las consumiciones. El solista miró a Raquel con ojos de deseo y se puso a cantar para ella. Al poco llegaron dos compañeros de trabajo de Hugo, acompañados de sus mujeres. Arrimaron otra mesa a la de ellos y, en seguida los hombres hicieron la típica reunión machista, ignorándolas a ellas. Las mujeres hablaron de todo un poco; los hombres sólo de trabajo.

La velada se prolongó algo más de lo que Marga y Raquel hubieran deseado. Eran las cuatro y media de la mañana cuando ellos decidieron dejar de castigar su hígado. En el trayecto del bar hacia el aparcamiento, Hugo dijo algunas frases inconexas que alarmaron a Marga.

— Creo que será mejor que llamemos a un taxi. Tú no estas en condiciones de conducir. Has bebido demasiado —dijo Marga.

— Estoy bien, Marga. No debes de preocuparte —dijo él, víctima de la sensación engañosa de bienestar que produce el alcohol.

   ¿Seguro?

   ¡Que sí, mujer!

Marga reflexionó sobre el comportamiento de Hugo como conductor, y pensó que debía de tener confianza en él: en veintiséis años que llevaba conduciendo no había tenido ningún percance; ni siquiera le habían multado por estacionamiento indebido. Hugo era un hombre muy prudente.

Fue todo muy rápido. Hugo, llevado por la falsa seguridad que el güisqui le había proporcionado, tomó una curva a una velocidad que no pudo controlar y tuvo lugar la tragedia. Marga falleció en el acto, y Raquel llegó con vida al hospital, falleciendo unas horas después. Hugo era un muerto viviente desde entonces. En el informe policial figuraban unas cifras astronómicas de alcohol en sangre.

Hugo recordaba las secuencias de aquella noche siniestra con asco y repudio de sí mismo.

A la vuelta de la publicidad  el científico prosiguió con su teoría sobre el fenómeno del sueño:

— Antiguamente el sueño se consideraba como un estado pasivo, como un periodo de inactividad que carecía de interés para el mundo científico, pues solamente eran estudiados los sueños. Fue en 1937 cuan…

Las emisoras se empezaron a cruzar al antojo del dial, llevado por el hastío de Hugo, que buscaba algo más ameno para soportar la crudeza de la noche. Se detuvo en un debate sobre la contaminación industrial. Él era un hombre muy concienciado con la protección del medio ambiente.

Era tiempo de vendimia y las moscas abundaban por doquier. Hugo se levantó y enchufó el ahuyentador de insectos, luego cogió un cuadro de la cómoda con una fotografía en la que estaban él y Marga, y las lágrimas comenzaron a drenar por sus párpados. La foto estaba hecha por Raquel, tres años antes del accidente, en la terraza de un restaurante chino de Puerto de la Duquesa. Aquellos fueron unos días muy felices para todos. Marga, hacía unos días que había recibido el resultado satisfactorio de una mamografía que la tenía obsesionada. Y a Hugo lo habían ascendido en la empresa a un peldaño de los más altos del organigrama. Aquello era motivo suficiente para pasar unas pequeñas vacaciones en las costas de Manilva, antes de que Raquel partiera para Inglaterra a perfeccionar el idioma.

 

Ya quedaba poco para que comenzara Hilo Directo, un programa conducido por una dulce voz femenina, donde los noctámbulos encontraban su válvula de escape, y al que Hugo había llamado en más de una ocasión para descargar el lastre de su conciencia. Hugo volvió a poner el dial en Onda 33, a la espera del comienzo. El científico del sueño parecía haberse adueñado de la emisora.

— Cuando una persona duerme —dijo—, los ojos tienen movimientos lentos y rotativos, y a través del electrooculograma podemos detectar las corrientes que estos generan cuando se mueven. Hoy sabemos que el sueño es un proceso que consta de cinco etapas: somnolencia, adormecimiento, sueño ligero, sueño establecido y sueño profundo.

La sintonía del programa dio paso a las noticias, pero antes de terminar la última señal horaria, Hugo cayó en un sueño profundo, saltándose las cuatro etapas anteriores.

Dos meses después un fétido olor alarmó a los vecinos. Hugo apareció en posición fetal, con la foto de su mujer entre los brazos. «Era un tipo muy raro. Apenas salía de casa. Sólo se le veía en el supermercado y en la farmacia. Yo creo que estaba algo trastornado», respondía así, una vecina a las preguntas de un joven periodista.

 

El forense se detuvo en una pequeña úlcera que apareció en el duodeno, pero no le dio ninguna importancia. Luego, al llegar al corazón, dijo: «Corazón contraído y atrofiado… Raquitismo en los vasos». El ayudante tomó nota del diagnóstico. Después el forense continuó buscando celosamente en las vísceras, en los huesos y en el cerebro, pero no encontró nada que pudiera determinar su muerte. «Este hombre ha muerto de angustia», resolvió el forense.

FIN

José Antonio Mayo Abargues

Inscrito en el Registro General de la Propiedad Intelectual de Madrid, dentro del libro “Vidas sesgadas”, con el nº 00/2000/16022 Sección 1

 


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