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ImberbeIMBERBE
ayó de plomo. Se escurrió entre sus brazos con la rapidez que el agua se desliza por el sumidero «Me encuentro mal. Llévame a la cama», había dicho unos segundos antes. Se quedó con la boca torcida, el labio inferior caído y los ojos en blanco. Adolfo la arrastró hacia la cama de la manera que pudo, al tiempo que le decía repetidamente: «¡Háblame! ¡Dime algo!». Don Wenceslao era muy exigente. Tenías que responder a sus preguntas rápidamente y al pie de la letra. Y si fallabas en algo o no le gustaba tu manera de expresarte, te decía con la voz grave que le caracterizaba: «¡Siéntese, imberbe!». Adolfo Requena no sabía lo que quería decir aquella palabra que tan mal le sonaba, pero por el tono despectivo con el que la pronunciaba, le parecía un insulto de lo más humillante. ¡Imberbe!… ¡Dios, qué mal le sentaba! Por las noches, en la penumbra de la habitación, hacía entre sus sesos una amalgama de reyes godos y visigodos, de quebrados, de raíces cuadradas, de mesetas, de comarcas, de ríos y afluentes, para que don Wenceslao no le llamara imberbe. Le puso la almohada debajo de la cabeza y comenzó a abanicarla con una revista, pero Ana no reaccionaba «¡Háblame! ¡Dime algo!», exclamó, preso de un ataque de nervios «¡Qué hago, Dios!», repetía constantemente sin encontrar respuesta a su pregunta. Durante un tiempo que no pudo determinar, estuvo bloqueado, sin saber qué hacer. La tapó, pensando que tal vez tuviera frío, y la volvió a destapar, pensando que tal vez el exceso de calor pudiera perjudicarla aún más. Nada, Ana no respondía. La abanicó con insistencia y le dio varias bofetadas, pero su esfuerzo por reanimarla fue en vano. Su padre pensó que don Wenceslao, un simple maestro de una escuela de barrio, no daba la talla para enseñar a su hijo a afrontar la vida el día de mañana, y decidió mandarle a un colegio de “pijorris”, que vestían con uniforme y corbata de gomilla. El San Francisco Javier gozaba de un excelente prestigio, y a él acudían alumnos de toda la región en régimen de internos. Le enseñaron mucha religión, mucho francés, y a sentarse a la mesa como se sienta la gente de bien. Begoña, la mujer del director, presente en todas las fotografías de la revista del centro, luciendo una suntuosa colección de alhajas, se encargaba de enseñarle las normas sociales y protocolarias del comensal. Acostumbrarse a comer como los ricos no fue tarea fácil: coger los cubiertos por la parte central y no por el extremo como siempre lo había hecho, era algo que no podía remediar. Pero más difícil aún era introducir la cuchara en la boca: después de tantos años introduciendo la cuchara por un lado, hacerlo ahora de frente le resultaba demasiado incómodo. De manera que, unas veces lo hacía por un lado, y otras de frente, provocando la irritación de Begoña que no era capaz de corregir su defecto. Los minutos pasaban de largo sin dejar un hueco a la esperanza. Empezó a tomar conciencia de que algo irreversible estaba ocurriendo. No tenía pulso, o, al menos, él no era capaz de tomárselo. Le tocó el cuello: frío como un témpano. Puso el oído en su pecho, y sólo logró escuchar sus propios latidos a un ritmo demasiado acelerado. Sus ojos continuaban en blanco y la boca torcida, con el labio inferior caído hacia un lado «Está muerta…», pensó convencido ante la evidencia «¡Ana, por favor, no me hagas esto!», dijo, como si fuera una voluntad que ella pudiera controlar. El perro profirió un aullido prolongado, y dos moscas se posaron en su rostro, tal vez por haber detectado ya algunos tejidos muertos. Volvió a poner el oído en su pecho, pero no escuchó su respiración, ni tampoco percibió su aliento. De nuevo llevó los dedos hacia la muñeca; luego hacia el cuello, con el fin de sentir una palpitación, un latido… Nada. Se abrazó a ella, con las lágrimas drenando por sus párpados «¡No te vayas! ¡Te necesito!», dijo, egoístamente. Para formarse como un auténtico hombre, sólo le faltaba una cosa: cumplir el Servicio Militar «En la mili te haces un hombre», dijo su padre, lleno de orgullo cuando le despidió en la estación. Aprendió muchas cosas en poco tiempo, cosas inútiles que nunca le sirvieron para nada; excepto el juego de la brisca, el tute y las siete y media. El día de la Jura de Bandera, cuando el jefe del destacamento dijo: «¿Juráis por Dios y por la Patria, amar a España, defenderla, y si es preciso derramar hasta la última gota de vuestra sangre?», él estuvo a punto de decir: «¡Una mierda!», pero como quería ser un auténtico hombre, hecho y derecho, no estaba dispuesto a cagarla por una tontería, y uniendo su voz a la de los demás, dijo: «¡Sí, juramos!» Qué podía hacer por Ana… Jamás le había ocurrido algo así. Se negó a admitir la posibilidad de que estuviera muerta y pensó que quizá sufriera una pérdida transitoria del conocimiento. Esperaba que de un momento a otro recobrara la conciencia. El perro volvió a aullar, ahora fue un aullido más melancólico. La desesperación se instaló en él. Estaba más desconcertado que un animal irracional ante la muerte de un semejante. Descolgó el teléfono y marcó el 061. Cuando tuvo que ganarse la vida le enseñaron a fabricar cianuro sódico, cloruro de metileno, cloroformo y tetracloruro de carbono. Conoce a la perfección la naturaleza de estos productos, sus propiedades físicas y químicas, su estabilidad y reactividad, la toxicología, su manejo y almacenamiento, así como las repercusiones sobre el medio ambiente. Además, tiene una ligera noción sobre los primeros auxilios en caso de accidente con alguno de estos productos. Cuando llegó el médico del 061, Ana yacía en la cama con los labios totalmente morados. «Si no le hubiera puesto la almohada debajo de la cabeza, tal vez esta mujer no hubiera muerto», dijo el médico con cierto sentimiento de pena. El informe forense determinó que la causa de la muerte fue el ahogamiento, debido a una obstrucción en la laringe por caída de la lengua, como consecuencia de un síncope simple, producido por la ansiedad o el estrés. Adolfo se sentía un hombre realizado, capaz de afrontar la vida y sus desafíos, pero a sus formadores se les olvidó algo muy importante: Nadie le enseñó cómo salvar la vida de un ser humano. Ahora, un año después del fallecimiento de Ana, Adolfo Requena se pasea por los pasillos del hospital psiquiátrico, llamando imberbes, a modo de insulto, a todos los que se encuentra en su camino. Está en una fase muy delicada. Tiene un profundo sentimiento de culpabilidad, rabia y odio. Además, sufre insomnio y ha perdido mucho peso. Pero Adolfo está respondiendo bien al tratamiento y es un buen paciente. No fue fácil sacarle esta historia, pero ha sido una terapia que le ha ayudado a espantar algunos fantasmas de la cabeza. FIN José Antonio Mayo Abargues Deja un comentario { Pagina anterior } { Pagina 57 de 59 } { Pagina siguiente } |
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