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La Visita
staba disfrutando de esos minutos mágicos en los que uno no piensa, no siente, no sueña y no padece, resultado de una explosión orgásmica, cuando de repente sonó el timbre con una violencia desmesurada. El ritmo cardiaco, casi recuperado, se volvió a acelerar, ahora por un suceso menos placentero. —¡Oh, no! ¿Quién será a estas horas? —dije lleno de rabia. —Será alguien que viene a la casa de al lado y se ha equivocado de timbre. Pasa muchas veces —dijo Mayte con voz soñolienta. El timbre volvió a sonar, y lo hizo con más virulencia que la vez anterior. En la calle se escuchaban voces y el motor de un coche en marcha. Las voces, aunque lejanas, no me resultaban familiares. Y el hecho de no parar el motor del coche, me hizo pensar de que se trataba de un vendedor ambulante o alguien que estuviera despistado por la zona. Descarté pues, la posibilidad de que pudiera ser alguien que venía al número 24 sabiendo a dónde venia. — Quien quiera que sea, que vuelva más tarde —dije muy resolutivo. Aquella tarde se daban todas las condiciones para dormir una siesta imperturbable: ni niños jugando en la calle, ni perros ladrando, ni música alta por ningún lado, y el teléfono desconectado; pero el maldito timbre vino a estropearlo todo. Es verdaderamente increíble; basta con que alguien ponga un solo segundo el dedo en un insignificante pulsador y tu siesta queda mutilada. Unas horas después, cuando la tarde empezaba a perder su nombre, declinando en una asombrosa puesta de sol, un coche se detuvo en la puerta y sus ocupantes se bajaron sin parar el motor. El timbre sonó y vino a mi memoria el episodio de la siesta. «Seguro que son los mismos de antes», me dije convencido. Mientras Mayte se dirigía a abrir la puerta, mi interés por saber quién había sido el malnacido que me había fastidiado el sueño aumentaba progresivamente. De repente, reconocí una voz afónica, muy peculiar, y entonces fue cuando me di cuenta de que estaba a punto de entrar por la puerta Gorta, el tío de Mayte, hermano de mi suegro. «Cómo pasa el tiempo. Dos años no son nada — pensé en ese instante— ¿Cómo habrán dado con nosotros? Es increíble». Desde la última vez que nos visitaron, Mayte y yo hemos estado vagando como los nómadas en el desierto, en busca de la residencia que ahora tenemos: una casa entre los pinos, cerca del mar y alejada de las aglomeraciones y la polución, algo que detestamos. En este tiempo pasamos por tres ciudades y tuvimos cuatro domicilios diferentes, pero de ninguno de ellos dimos cuenta a Gorca y a Marichu, su mujer. Fue tan desagradable su estancia la última vez... Son verdaderamente insoportables. Gorca me dio un apretón de manos y un abrazo muy efusivo. Yo intenté corresponderle, pero no pude. Si en ese momento me cortan la yugular, la sangre no hubiera llegado al suelo. —¡Qué pasa, machote! Oye, estás más gordo. —Como una tapia —¿Qué? —No, nada —Pero si te estás quedando todo canoso. Los años no pasan en balde, ¿eh? No lo debí de encajar muy bien por la pregunta que a continuación me hizo —¿No te alegras de verme, o qué? —Sí, sí —Joder, chaval, pues parece que no, ¡la hostia! —Si, hombre, cómo no me voy a alegrar —dije, dándole una palmada en la espalda—. Lo que pasa es que a veces que quedo bloqueado. El psicólogo dice que hay ocasiones en las que mis neurotransmisores se quedan como congelados y no desciñen bien entre la alegría y la pena. —¿Qué estás de los nervios, o qué? “Cagoendiez” Gorca es de los que confunden atún con betún y sicología con neurología. —Estuvimos aquí esta tarde —dijo Marichu —Ya —respondió Mayte—. Escuchamos el timbre, pero... —O sea, que estabais en casa... —dijo Marichu, como censurando nuestra actitud de no abrir. —Sí, pero pensamos que era alguien que venía a la casa de al lado —respondí yo—. No sé por qué motivo llaman siempre a este timbre cuando vienen a la casa de al lado. Es un lata. Si tú supieras la que nos dan... Marichu hizo un gesto como aceptando mi disculpa. —Bueno, hombre, bueno, Nacho. Saca unas cervezas para celebrarlo, ¿no? —Luis, tío, Luis. Nacho es el marido de mi hermana. —corrigió Mayte con cierto grado de irritación. Hasta que Gorca y Marichu decidieron que la forma más económica de pasar las vacaciones era visitando a su sobrina, por la que nunca habían dado una muestra de aprecio, mi relación con ellos se había limitado a dos o tres encuentros que tuvimos cuando el padre de Mayte cayó enfermo: un hola, un café y un adiós. Sólo eso. Marichu había regentado una churrería en la capital. Aquello, más que una churrería era una máquina de hacer dinero, aunque se lo curraba bien, ya que trabajaba de sol a sol. Gorca, sin embargo, no daba un palo al agua. El informe de su vida laboral tiene menos texto que un sello de correos. Durante muchos años se dedicó sólo y exclusivamente a cuidar de su “body”, modelándolo a diario en un gimnasio situado en los bajos de su casa, donde pasaba prácticamente todo el día. Tuvo algún trabajo esporádico como “gorila” en discotecas y clubes de alterne, que estuvieron a punto de terminar con su matrimonio. Un día, harto ya de ver pasar la vida desde el balcón del ocio, decidió que había que sacarle provecho a ese pedazo de cuerpo —Gorca es la versión vasca de Arnold Schwarzenegger—, y se colocó en una empresa de seguridad. Estuvo varios meses realizando trabajos de custodia en entidades bancarias, y luego fue contratado como guardaespaldas de un político, con tan mala fortuna que fue víctima de un atentado terrorista que lo llevó hasta las puertas de la muerte. Marichu tuvo que vender la churrería para poder estar a su lado los dieciocho meses que duró la convalecencia, y la vendió por una cantidad nada despreciable por aquella época: treinta y cinco millones de las antiguas pesetas. Gorca abandonó el hospital con un grado de minusvalía que lo ha imposibilitado para la vida laboral. Recibió una sustanciosa indemnización del montepío que el “segurata” tenía suscrito y percibe una pensión que le permite vivir con desahogo. En fin, que entre una cosa y otra, se han hecho con una pequeña fortuna que guardan a buen recaudo en un fondo de inversiones. Mientras iba hacia el frigorífico para cumplir con el agasajo que me había solicitado, se me ocurrió decirle algo para no caer demasiado antipático: —Qué tal el viaje. Estaréis muy cansados. —¡Jo-der! —Muchos kilómetros, ¿verdad? —¡Joder, majo, si es que vivís en el culo de España, la hostia! Anda que no está lejos esto. Y la carretera de la sierra, una mierda. Anda que vaya carreteras que tenéis en Andalucía. Tercermundistas. —También tenemos muchas autopistas —dije algo molesto— Y, además, casi todas son gratis —añadí, al tiempo que le ponía la cerveza en la mano. Gorga se tomó la cerveza casi de un trago y luego eructó sin ningún pudor. —“Cagondiez”. Cómo pasa el tiempo, Nacho. Si parece que fue ayer la última ver que nos vimos. —Nacho es el marido de Nerea. Yo soy Luis. —Sí, hombre sí, Luis. Siempre te confundo con Nacho, pero no pasa nada, ¡coño! ¡Ahí va la hostia! —Vale. Si tú lo dices... —Qué, cómo va el trabajo. Con los años que llevas en esa empresa ya tendrás que ser jefe de algo ¿no? Por lo menos ganarás bien. Oye, ya no te quedará mucho para jubilarte, ¿no? —Sólo tengo cincuenta —dije, imprimiendo a mi voz un tono ácido. —Oye, Mayte, tú le das mala vida a este ¿no? ¿Le pegas o qué? Está muy “quemao”. Mayte notó en mi rostro una expresión de cabreo profundo e intervino rápidamente para tratar de remediar lo que ya parecía inevitable. —Bueno, venga, vamos a la terraza que allí estaremos más fresquitos. Gorca no sólo es indiscreto y descarado, además es prepotente, arrogante, engreído, egocéntrico, y cree estar siempre en posesión de la verdad. Para aborrecerlo. La visita, que en principio iba a ser de cuatro o cinco días, según dijeron el día que llegaron, se prolongó algo más. Claro que, ellos de esto no tuvieron la culpa, sino Mayte que les ponía gambones a la plancha, chicharros a la parrilla y chipirones en su tinta, entre otras cosas. Fueron dos semanas, catorce días, trescientas treinta horas, para ser más exacto. Total, nada, una visita cortita. La contaminación acústica es un problema que padece todo el que vive en una gran ciudad. Bilbao es una ciudad muy ruidosa y Gorca y Marichu no son una excepción. Sufren los efectos de la hipoacusia, una disminución de la audición producida por la exposición permanente a un ruido fuerte. En la zona donde viven soportan ruidos de una intensidad superior a los 85 decibelios, un valor que está muy por encima del límite de tolerancia: 65 db. Y es por eso, que cuando hablan, lo hacen a voces, como si te estuvieran hablando a una distancia de cincuenta metros. Ellos no se dan cuenta, pero cada vez están más sordos. Y es que el daño que provoca la hipoacusia es irreversible, ya que afecta a células internas del oído que no se reconstituyen. Hablan, además, con una irritabilidad y una agresividad increíble, resultado del estrés que padecen. Gorca esfuerza mucho la voz —de ahí su afonía—, y se le hinchan las venas de las sienes. Yo creo que es neurótico. Y lo peor de todo: hablan los dos al mismo tiempo, interrumpiéndose con una agresividad irracional, hasta el punto de que Mayte y yo teníamos que intervenir para apaciguarlos. La jornada había sido agotadora. Habíamos estado todo el día sin parar de un lado a otro, visitando lugares de interés turístico y cultural, con la actitud del que quiere llegar el primero a la meta. Gorca y Marichu se habían acostado, y Mayte y yo decidimos ponernos un güisqui y relajarnos un poco en la terraza. Mayte me recriminó por ser demasiado seco con ellos. —Esfuérzate un poquito por ser amable con ellos, anda. —Mira, Mayte, no los soporto. Marichu parece ser que no termina de adaptarse a la dentadura postiza y está continuamente moviéndola de un lado a otro. Cualquier día de estos se le va a escapar y puede ir a parar a la ensalada. Me pone nervioso. Gorca te echa saliva cuando te habla. Es asqueroso. Y, para remate, los dos hablan con la boca llena. ¿No has observado las barricadas que hago con el servilletero y las botellas para protegerme de los meteoritos? Mayte sonrió, me alisó el pelo e insistió en que tenía que ser amable con ellos. —Es poco tiempo. Dentro de unos días se irán. ¿Qué te cuesta? Apuré el güisqui, puse los pies en el balaustre de la terraza y embriagado con el olor a jazmín y salitre, me quedé dormido. Al poco me despertó un grito terrorífico que venía de la habitación de al lado. —¿Qué ha sido eso? —dije sobresaltado. —Es mi tío. Le pasa con mucha frecuencia. Desde el atentado sufre pesadillas. Mi tía me lo advirtió el otro día. Le hice caso a Mayte y fui todo lo amable que pude con ellos, incluso haciendo uso de los chistes, algo para lo que carezco de gracia. Le conté uno de un vasco bruto y torpe. Me escuchó con desgana y cuando terminé dijo. —Ya lo había escuchado. Es muy viejo. Pero te voy a decir una cosa, chaval — dijo, al tiempo que aumentaba exageradamente el volumen de su tórax—: el chiste le viene mejor a un lepero que a un vasco. Por si no lo sabes, el vasco tiene un coeficiente intelectual muy superior al de los españoles. Después le conté otro que magnificaba los atributos genitales de los vascos. Se desternillaba de risa, aunque después me dijo que ya lo sabía, pero que estaba muy bien, que era un chiste muy bueno. Los primeros días salíamos a tomar las cañas a los bares que habitualmente frecuentábamos Mayte y yo, pero pasamos por algunas situaciones bochornosas y decidimos ir a sitios donde no solíamos entrar. En —¡Pues que se ha roto aquí, oye! ¡Hay va la hostia! En Casa Valdés se apuntan las cuentas como en las antiguas tabernas: con una tiza en el mismo mostrador. Gorca pidió la cuenta: —¿La cuenta nos das, oye? Valdés trazó una raya al final de la cuenta y comenzó a sumar —¡Oye, tú, ahí va la hostia!, ¿por qué me has apuntado ahí? —dijo Gorca con las venas de las sienes inflamadas— Eso es una falta de respeto hacia el cliente, oye. A nadie le importa lo que yo he tomado, majo. Pues qué pasa, pues, que no tienes una libreta ¿o qué? Valdés se disculpó con él, pero le dijo que era una costumbre de toda la vida a la que no iba a renunciar. Se quejaron de los accesos a la playa, de la falta de infraestructura turística, de los mosquitos, del mal sabor que tenía el agua, de la incomodidad de la cama, del camarero del chiringuito, que era muy antipático. De lo único que no se quejaron fue del vino del condado, que se lo bebían como si de agua se tratara. Por fin dijeron que se iban. —Mañana a primera hora marchamos. Oye, como vosotros no vayáis a visitarnos este invierno, no volvemos más por aquí ¿eh? Ya le he dicho a Mayte: «Si algún día me pierdo, no me busques por Bilbao». FIN José Antonio Mayo Abargues Deja un comentario { Pagina anterior } { Pagina 56 de 59 } { Pagina siguiente } |
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