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OlegarioOLEGARIO SE ESCRIBE SIN HACHE
na estruendosa detonación hizo rechinar los cristales del Nacional y nos produjo un gran vacío en el pecho. Hasta Iñigo, que no se inmutaba por nada, dijo: «¡Coño! ¿Qué ha sido eso?», y continuó tomando su cerveza como si nada hubiera pasado. Los demás, alarmados por la explosión e impulsados por la curiosidad, salimos precipitadamente a la calle para ver qué ocurría. — ¡Gol! ¡Gol del Athlétic! —dijo eufórico desde un balcón de los nichos* de enfrente la mano ejecutora del artefacto. — ¡Me cago en la leche…! ¡Será capullo…! —exclamó cabreado Toni, el hijo del dueño del Nacional. En aquel barrio sólo podían sonar los cohetes por tres motivos: por un gol del Athlétic, por la bienvenida del Año Nuevo, o porque “Tomate” invitara a unas copas. Éste último, motivo poco probable, pues Tomate no metía la mano en el bolsillo ni para resguardarla del frío. Que yo recuerde, invitar, lo que se dice invitar, sólo invitó una vez. Fue el día que se casó un hijo que vivía en Murcia, que era Policía Armada. Al regreso de la boda invitó a café completo a todos los asiduos del bar Nacional. No lo podíamos creer. Toni fue corriendo a comprar unos cohetes y los tiró cuando el local estaba más concurrido. — ¿Qué celebramos? —preguntó uno de los clientes. — ¡Que Tomate ha invitado a un completo a todo el mundo! —dijo Toni, sin salir de su asombro. — ¿Que Tomate ha invitado a un completo? ¡Venga ya! No puede ser —respondió el primer sorprendido. Tomate era un viudo cincuentón que siempre estaba bebido. Era alto, fuerte, con la nariz muy grande; pero era coreano, es decir, no era vasco, como la mayoría de los que habitábamos aquel barrio. En Bilbao, a los que no son vascos se les llama coreanos. Tomate tenía la nariz como un tomate, valga la redundancia, de ahí su apodo. Debido a los degradantes efectos del alcohol, su cara presentaba también un tono rojizo, tirando a granate; completamente cuarteada, como un filete de vaca vieja. Aunque su estado normal era siempre ebrio, tenía un gran control sobre sí mismo y “sabía estar”. Era educado, respetuoso con los demás y culto, sobre todo culto. Todos los días compraba la prensa y estaba al día de todo lo que acontecía en el mundo; bueno, de todo lo que la tijera de la censura permitía en aquella época. Ahora mismo lo recuerdo igual que si lo tuviera delante de mis ojos: el periódico enrollado debajo del brazo izquierdo y las manos cruzadas a la espalda. Vestido elegantemente con un pantalón de tergal con la raya impecable, una cazadora de algodón con una insignia del Athlétic en la solapa y unos zapatos deslumbrantes, incluso, en los meses de más lluvia. A Tomate le gustaba mucho la poesía, y de vez en cuando saltaba espontáneamente y nos recitaba algo. Era curioso ver cómo se transformaba su estado de ebrio a sobrio mientras recitaba. Las palabras salían de su boca con una increíble claridad y con una vocalización que ya quisiera yo para mí. Algunos trataban de evitarle y se ausentaban, pero discretamente y con todo el respeto. Nunca, nadie se rió de él. Yo tampoco lo hubiera consentido. A mí me gustaba lo que decía, aunque a veces no entendía la mitad de las cosas. Algunos poemas me ponían la carne de gallina. Nos hablaba de los hermanos Machado, de Alberti, de Lorca, de Miguel Hernández, éste último era su favorito. Conocía a la perfección la obra de Miguel y hablaba de su vida y de su muerte con cierta tristeza, como si se tratara de un familiar suyo. Un día nos recitó las Nanas de Podíamos estar toda la noche charlando o escuchando sus historias, porque Tomate tenía mucho mundo, que nunca metía la mano en el bolsillo para invitar a una ronda. Sin embargo, él aceptaba muy gustoso todas nuestras invitaciones. Un poco de morro, sí que tenía. Cuando alguien requería de Tomate una invitación, él siempre respondía con la misma evasiva: «Olegario se escribe sin hache». Nunca supimos por qué lo decía, pero supongo que sería algún trauma de su época de estudiante. Los jueves y los sábados, Tomate frecuentaba un club de viudos donde hacían guateques, y llegaba al Nacional a la hora de cerrar; muy parlanchín y contando sus aventuras con un aire fantástico y exagerado, que por supuesto, nadie creía. ¿Cómo iba a ligar Tomate? ¿Quién se iba a fijar en un alcohólico? Pero una noche llegó al bar con una tía impresionante, veinte años más joven que él, y nos quedamos todos con la boca abierta. La gachí estaba como un tren. No podíamos creerlo y por eso pensamos que se trataba de una furcia a la que Tomate había pagado para impresionarnos. Unos meses más tarde se casaba con aquel bombón que se había enamorado de su cartera, porque Tomate tenía mucho dinero. El Nacional era el único bar del barrio donde no se escupía en el suelo. ¡Pobre del osado que lo hiciera! Y el único también donde no se echaba serrín en el suelo después de fregar; bueno, excepto el día del crimen de Mercedes. El suelo brillaba como El local era moderadamente amplio y tenía tres divisiones. A la izquierda, tras unas puertas abatibles, había un futbolín y una mesa de billar con un enorme foco colgando del techo. Dos fotografías de extraordinarias dimensiones presidían las partidas de los aficionados a los tacos: una de José Antonio Primo de Rivera y otra del Caudillo de España. Y si no había más motivos patrióticos en aquella sala, era por la oposición de su hijo Toni. Aquí estaban también los servicios y un pequeño almacén lleno de cajas de bebidas. A la derecha se encontraba la cocina, y en su interior dos féminas: Charo, la hija de Mariano, que siempre estaba pelando patatas y haciendo tortillas, y Amparo, su mujer, que cocinaba como dios. En la cocina había un pequeño ventanillo que daba a la barra del bar, con una cortina de tirillas metálicas que, casi siempre estaba recogida. La parte central era la destinada al bar, y, por tanto, la más amplia. Aquí, Mariano tenía impuestas unas normas de régimen interno anunciadas por todas las paredes: Se prohibe blasfemar. Está terminantemente prohibido escupir en el suelo. A partir de las doce de la noche queda prohibido el cante. Si quieres ser tratado como en tu casa, compórtate como si estuvieras en ella. Queda reservado el derecho de admisión. Sus normas no eran tan rígidas como en los carteles se apreciaba, y él era el primero en saltarse algunas a la torera. Por ejemplo, la de Prohibido blasfemar, pues no había un solo día que no bajara a todos los santos del cielo para vestirlos de limpio. Los sábados por la noche, Mariano descolgaba el cartel de Prohibido el cante, le daba la vuelta y lo volvía a colgar. Por el revés había una foto de Mariano dándole la mano a Rafael Farina. Los sábados era día de cobro, y no sólo para los clientes; el más beneficiado era Mariano, que, a parte de las consumiciones desmesuradas que a partir de cierta hora se hacían, cobraba también las deudas que éstos acumulaban durante la semana. El sábado, era pues, un día grande e incontrolable. Los hombres salían sin sus mujeres; y salían, única y exclusivamente a emborracharse. Pillaban unas cogorzas tremendas. Pero el domingo por la mañana, con resaca o sin ella, a las doce en punto estaban sentados en los bancos de la parroquia con sus respectivas, redimiendo el único pecado que habían cometido durante la semana: el haber trabajado como unos cabrones durante diez horas diarias. El resto del día se lo dedicaban a sus mujeres: un vermú aquí, un pincho allí… Recuerdo las grescas que se armaban en la casa de Marcelino, mi vecino, que el sábado la cogía a tumba abierta, y al llegar a casa tenía que atravesar la barrera iracundia de su mujer. Los dos tenían un carácter temperamental y la bronca se escuchaba en todo el vecindario. Sin embargo, el domingo, después de misa, los veías tan frescos tomando el vermú en el Nacional. Y es que el amor no tiene memoria. En el barrio, la convivencia, la armonía y la solidaridad, era algo asombroso. Cuando un vecino tenía problemas, incluso, económicos, todos nos uníamos igual que una piña para ayudarle. Éramos pobres, pero felices. Y tal vez por eso, por no existir diferencia de clases entre nosotros, éramos así de felices. Hay que decir, que aquel rebaño proletario no pacía a su antojo: tenía un buen pastor que los llevaba por las dehesas del amor y la confraternidad. Este era don Julio, el cura del barrio; un chico joven, alto, delgado y aparente, recién salido del seminario. Al principio no había Iglesia y hubo que improvisar una en una lonja que tenía el techo muy bajo y escasa ventilación. Pero, don Julio, que en tan sólo unos meses se había ganado la confianza y la simpatía de todos los vecinos, tardó muy poco en tener una Iglesia como dios manda. Después de una ardua jornada laboral, hombres y mujeres participaron afanosamente en la construcción de la nueva Iglesia, en unos terrenos que había cedido el Ayuntamiento. Un día vi a don Julio caminando por la calle San Francisco, vestido de paisano. Era la primera vez que lo veía vestido de paisano, y, la verdad es que, aún aparentaba ser más joven de lo que era. Los dos circulábamos en direcciones opuestas y por distintas aceras. Y al cruzarnos, o no me vio, o trató de evitarme. La calle San Francisco es paralela a “ Es cierto que pasaron algunas cosas que enturbiaron nuestra convivencia y dieron un cierto desprestigio al barrio, como el asesinato de Mercedes o el infanticidio de la viuda del 52. ¡Qué sangre más fría! ¿Cómo puede haber gente así? Si el día que se la llevaron nos la hubieran dejado a nosotros… La viuda del 52 llevó en secreto un embarazo y dio a luz sola en su casa. Después cogió a la criatura, la introdujo en una bolsa de plástico y la guardó en el armario ropero hasta que ya no pudo soportar más el hedor. Entonces sacó el cuerpo putrefacto de la bolsa, lo seccionó en pequeños trozos con un cuchillo de cocina y luego lo arrojó por la taza del váter. Fue la vecina del bajo la que descubrió el puzle del angelito entre un enorme tapón de papeles y excrementos. Se supo más tarde, que todo lo había hecho para no descubrir su idilio con un conocido empresario conservero de Vigo. El día que se la llevaron tenía en su rostro una sonrisa de felicidad; quizá, porque al confesar, su conciencia descansó. En el Nacional entraba todas las noches un sargento de — ¡Qué, Tomate!, ¿invitas a algo? Tomate, que no se casaba ni con dios, contestó como de costumbre: — Olegario se escribe sin hache. — ¡Mariano, ponle a Lerma lo que quiera, que invito yo! —dijo el pelota de turno. Esa noche yo iba estrenando un jersey de punto precioso, jaspeado y con tres franjas de colores en mangas y cuello, que me había hecho una vecina que tenía una tricotosa. Estaba más contento que unas castañuelas, pero el sargento Lerma me amargó la noche. Toni me advirtió que Lerma no me quitaba la vista de encima, que no hacía más que mirarme desde hacía un buen rato. Empecé a ponerme nervioso, como sintiéndome culpable de algo. Las manos me sudaban en abundancia y el corazón me latía a toda velocidad. Levanté la cabeza y miré con disimulo, pero sus ojos se clavaron en los míos y un escalofrío invadió todo mi cuerpo. Estaba acojonado. — ¡Tú, chaval! ¡Ven aquí! —dijo en tono amenazante — ¿Quién, yo? — ¡Sí, tú!… ¡Ven aquí! Obedecí de inmediato su orden, igual que un militar subordinado. — Dígame. — Oye, chaval, ¿cómo te llamas? — Lolo. Me llamo Lolo. — ¿Lolo? ¡Tú qué coño te vas a llamar Lolo! ¡Te llamarás Manolo!, ¿no? — Sí, me llamo Manolo, pero todos me dicen… — ¡A callar! ¡Otro día, cuando yo te pregunte cómo te llamas, tú responderás, Manolo!, ¿vale? — Vale, vale. Sus voces autoritarias habían provocado la expectación de todos los clientes, y yo me sentía avergonzado en aquella situación. De repente, su voz cambió a un tono algo más amable: — Manolo, hijo, ¿quién te ha hecho ese jersey tan bonito? — ¿Le gusta? Me lo hizo una vecina. — … Una vecina, ¿no? ¡Quítatelo ahora mismo! — ¿Qué? — ¿Yo hablo en chino? ¡Te he dicho que te lo quites, coño! Me quité el jersey y se lo entregué sin rechistar. Lerma hizo con él una pelota y lo metió debajo del brazo. Después, dijo: — Manolo, si quieres recuperar el jersey, baja mañana al cuartelillo acompañado de tus padres y de tu vecina. Yo ignoraba que los colores de las franjas de las mangas y del cuello: rojas, blancas y verdes, eran los colores de la ikurriña. Mi madre se creyó a pies juntillas que lo había perdido en el guardarropas de la discoteca, y mi vecina nunca se enteró de nada. El jersey pasó a formar parte del material subversivo incautado. Unos años después, el sargento Lerma moría asesinado de un tiro en la nuca. Frente al Nacional había un mirador con un banco lleno de tiernas y emocionantes inscripciones de amor, que por el día siempre estaba ocupado por los jubilados de Altos Hornos. Desde allí se podía ver con total claridad, dada su proximidad, cómo la bravura del Cantábrico descargaba sus olas sobre los bloques de hormigón de la dársena del puerto. Los jubilados se entretenían observando el tráfico marítimo y llevaban un control de las entradas y salidas de los barcos que frecuentemente visitaban el puerto, como el ferry “Patricia”, que hacía la ruta Santurce-Londonderry, o el mercante “Liberty”, que transportaba azúcar de Cuba. Hasta el mirador llegaba el exquisito olor de la cocina del Nacional, que abría el apetito a un muerto, excepto, cuando soplaba sur, entonces; el intenso hedor del matadero próximo, hacía que aquel banco tan solicitado quedara rápidamente vacío. Los jubilados de Altos Hornos discutían a diario sobre el olor de los guisos de Amparo: «Es bacalao», decía uno. «No, son callos», respondía otro con total seguridad. La noche del crimen de Mercedes, Amparo cocinaba marmitako para la fiesta del barrio. Era la víspera de San Juan y el bar estaba a rebosar. En la esquina de la barra, Tomate, asediado por un grupo de clientes, se hacía de rogar: — Venga, Tomate, que estamos en fiestas. Déjate caer —dijo uno de ellos. — Olegario se escribe sin hache —respondió él. Santi, el marido de Mercedes, entró en el bar con cara aflictiva y se situó en la esquina, junto a Tomate. — ¡Hombre, Santi! — Buenas noches, Tomate —dijo con la mirada ausente. — ¿Qué te pongo, Santi? — Un clarete, Mariano. Mariano, que siempre estaba muy pendiente de sus clientes, apreció su pesar y le preguntó: — Oye, ¿te pasa algo? — No, no me pasa nada. ¿Qué me va a pasar? — No sé, chico… Te veo muy raro. — No me pasa nada, Mariano. — ¿Seguro? —insistió. — ¡Seguro, coño! No me pasa nada, ¿vale? — Vale, vale. Santi trabajaba en la colla del muelle, un trabajo duro y agotador, y Mariano pensó por un momento, que quizá su estado se debía a eso, o tal vez no le ocurría nada y todo era producto de su imaginación. Se olvidó de aquello y no le dio más importancia. Pero, poco después vio entrar exaltada a Mercedes y tuvo lugar la tragedia. Todo ocurrió de una manera muy rápida: un cruce de palabras, que, curiosamente, cuando se hizo la reconstrucción del crimen, nadie pudo explicar, a ciencia cierta, qué era lo que se habían dicho; un ruido metálico, provocado por el impacto contra la máquina de discos, un ligero gemido y un bullicio general. Mercedes caía al suelo mientras desgarraba con sus uñas la camisa de Santi, justo en el instante que comenzaba a sonar “Perdóname”, del Dúo Dinámico. Una puñalada acabó con su corta vida: 32 años. Santi, cuchillo en mano, salió del bar, cruzó la calle, y, con una asombrosa tranquilidad, se dirigió a la tienda de ultramarinos de la esquina para avisar por teléfono a la policía. — Dolores, llama a la policía y diles que vengan, que acabo de matar a mi mujer —dijo con absoluta serenidad. A Dolores le entraron las siete cosas. Y fue un viajante, que se encontraba allí en ese momento, el que dio parte a — ¡Pero, Santi!, ¿qué has hecho? —dijo Mariano. Santi, sin levantar siquiera la cabeza, dijo a — Cuando ustedes quieran… Santi y Mercedes se querían con locura. El suyo era un matrimonio modelo, incluso, provocaban la envidia entre los vecinos. Siempre iban juntos a todos los sitios. Eran simpáticos, joviales, comunicativos y llenos de vida. Tenían, como es natural, las discusiones comunes de cualquier pareja, pero nada más. Nadie encontró una explicación a aquel dramático suceso. La mañana siguiente al crimen, el Nacional parecía la sala de prensa de Por la tarde llegó una periodista de “El Caso”, una tía que fumaba en pipa. Nos hizo unas preguntas y después, Iñigo y yo la acompañamos a la tienda de ultramarinos para entrevistar a Dolores, que todavía estaba muy afectada. A raíz de este suceso, al barrio lo empezaron a llamar Kansas City, por un Western que se titulaba “Kansas City, la ciudad sin ley”. Esa misma semana el barrio se volvía a vestir de luto por la muerte de Tomate. La noticia conmocionó, no sólo a los clientes del Nacional, sino al barrio en general, ya que Tomate era querido y respetado por todos. Al entierro asistieron los compañeros del astillero, sus colegas del club de viudos, y, casi la totalidad del barrio. Hubo mucha gente, a pesar de que aquella tarde diluviaba. En el Nacional se hizo una colecta y le compramos una corona con un lazo que decía: Olegario se escribe sin hache. A su hijo, el Policía Armada de Murcia, no le gustó nada, pero nosotros teníamos el consentimiento de su viuda, y seguro que Tomate iría muerto de risa en la caja. Después de su muerte, al hijo se le veía con bastante frecuencia por el barrio, y la gente decía que era porque estaba arreglando las cosas de la herencia. Y, cuando nos enteramos que iban a exhumar el cadáver, pensamos que era porque Tomate se lo había llevado todo en los bolsillos. Pero, no. Unos días después, su viuda era detenida y acusada de asesinato. FIN José Antonio Mayo Abargues
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