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Artículos de Opinión, Relatos y Reflexiones

María la Roja

01:17, 2/12/2006 .. Publicado en Relatos .. 0 comentarios .. Link
 

 

MARÍA LA ROJA

En honor a Josefa Dávila 

T

odos los días por la tarde, entre dos luces, Fernán, un hombre enjuto, de mirada perdida, pasaba frente a la casa de María la Roja con la guadaña al hombro, de regreso de sus labores. Fernán no estaba tarado, como creía todo el mundo en el pueblo. Es cierto que sufrió graves trastornos psíquicos, a consecuencia de los golpes recibidos cuando se despeñó por el barranco el día que lo iban a fusilar, pero, milagrosamente, fue recuperando su cordura en el más absoluto de los secretos. Ni siquiera su hermana, con la que convivía, sabía de su recuperación. Esa falsa tara psíquica fue lo que le hizo vivir con “normalidad” en la España del odio y el rencor. ¿Quién iba a atentar contra un tarado? ¡Bastante tenía el hombre! Y para dar credibilidad a su locura, Fernán hacía cosas insólitas, provocando la risa de unos y la lástima de otros; como hacer sonar insistentemente las campanas de la iglesia a horas intempestivas, o meter las gallinas en la cafetería Guantánamo un domingo por la mañana, al tiempo que abonaba el suelo del local, ante la mirada atónita de los allí presentes. Un día, animado por la euforia del alcohol, al que era muy aficionado, y amparándose en su locura, se vistió con el uniforme de un Guardia Civil, que ayudaba a la hermana a sufragar los gastos de la casa como posadero y a satisfacer alguna que otra necesidad carnal, y se paseó por todo el pueblo con aires de autoridad. El vínculo del número de la Guardia Civil con la hermana de éste, que iba más allá de lo afectivo, evitó que le dieran una somanta de palos en el cuartel. Fernán aprendió a vivir escondido en la locura, como otros aprendieron a vivir escondidos en el monte.

         Sólo una persona en el pueblo sabía que Fernán estaba cuerdo, esa era María la Roja, una mujer marcada a fuego, pero marcada también, como humana y vulnerable que era, por el horror de una guerra bárbara que asoló a España durante tres largos y sangrientos años. María sufrió la crudeza de la guerra en su Asturias natal, la segunda región con mayor número de muertos. Al poco de iniciada la contienda, desapareció Manuel, su marido, del que no tuvo noticias -nefastas noticias-, hasta tres años después de su desaparición. Manuel le dejó un recuerdo en el vientre, al que María llamo Carmina. Nació en el penal de Santoña (Santander), donde estuvo presa por las represalias de un pueblo envenenado. La encarcelaron por escuchar Radio Pirenaica, el medio de comunicación del bando republicano, que emitía desde el Pirineo francés. Sin embargo, nadie sabía que daba cobijo en su casa a Dolores Ibarruri “La Pasionaria”. La hubieran fusilado en el acto. Pero María no perdió la esperanza de encontrar a Manuel con vida hasta poco después de ser puesta en libertad. Por esa fecha (enero de 1940), Fernán fue localizado en un manicomio de Vizcaya, y devuelto a su hogar, a petición de la hermana, con una irreversible tara psíquica, según  los facultativos de ese centro.

         «Nos sacaron de la mina a culatazos y nos encerraron en la iglesia. Al día siguiente empezaron a hacer cribas con nosotros», relataba Fernán el mismo día que María recuperaba la libertad, mientras que las esperanzas que ésta albergaba se iban diluyendo en una balsa de lágrimas. «Los que salían en la criba de la noche, iban a la estación para ser trasladados al penal de Burgos. Los de la tarde..., los de la tarde corrían peor suerte: los llevaban a la tapia del cementerio para fusilarlos. A Manuel lo sacaron unos días antes que a mí en la criba de la tarde. Era consciente de lo que le iba a ocurrir: sabía que lo esperaba una fosa llena de cal. Fue muy dramático. Creyendo que mi destino podía correr mejor suerte, Manuel me entregó esto para ti».

 En ese justo momento, María estaba cruzando el bastidor de la antesala del desmayo, pero ante la expectación de la nueva de Fernán, tomó aliento y, tras un profundo suspiro, recobró la fuerza. Fernán se rasgó el forro de la chaqueta y sacó de allí un pequeño librito de pastas azules. «Toma. Lo he tenido aquí desde entonces», dijo, al tiempo que se lo acercaba a las manos. María leyó para sí:

         Esta mañana, Fernán se ha acercado a mí y me ha abrazado con todas sus fuerzas. ¡Fíjate, después de tantos años sin mirarnos a la cara! Yo me he dejado llevar por ese impulso y he correspondido a su abrazo. Tenía un sudor frío, como el mío, y, supongo que un nudo en la garganta, como yo. Hay circunstancias en la vida que acercan a las personas y las unen por encima de envidias y rencores… Lo triste es que las circunstancias sean estas… Nos fundimos en un abrazo intenso, como dos viejos amigos que hace años que no se ven. Cuando se separó de mí, me dijo, con los ojos encharcados: «La vida es una mierda, Manolín»

 Hoy a las dos de la tarde me llevan al paredón. Si la caligrafía de esta carta está deforme, no es porque me tiemble la mano, es por las condiciones en las que estoy escribiendo para no ser descubierto. Bien sabes tú que no es la muerte lo que me asusta. Desde el primer día que empecé a trabajar en la mina, he convivido con su sombra y la he tenido presente en cada instante de mi vida. Lo que me asusta es lo que os pueda pasar a vosotros si estos canallas ganan la guerra ¡Dios nos libre de semejante barbaridad!

Estoy seguro que a Fernán se lo van a llevar al penal. Él nunca tuvo ningún vínculo con el Partido. Y estoy seguro que hará lo posible e imposible para que estas letras lleguen a tus manos. Lo conozco bien y sé que es muy cabezota.

No me arrepiento de nada. Si naciera de nuevo, volvería a ser minero y comunista, y volvería a casarme contigo, María. Espero que mis verdugos tengan buena puntería y no me dejen morir como un perro rabioso. Un beso. Sé fuerte y cuida de los guajes[1].

En las páginas siguientes, Manuel se despedía de cada uno de sus seis hijos.

 

        

         De vez en cuando, María sacaba aquel librito de escasas hojas que ocultaba entre sábanas y alcanfor, y, con la actitud del que está cometiendo un delito y teme ser descubierto, lo abría y acariciaba sus hojas. Nunca se detenía a leerlo porque sabía de memoria su texto. Lo había leído tantas veces…

         Podrá parecer una tortura innecesaria, pero para ella era una terapia que aliviaba su desolación. Sólo con mirarla a los ojos te dabas cuenta de lo mucho que había sufrido: tenía condensada en sus retinas toda una vida de sufrimientos. Cualquier persona que hubiera pasado por la mitad de las adversidades que ella pasó, habría enloquecido. Pero María estaba hecha del mismo material que la proa de los barcos rompehielos, pues a pesar de su sufrimiento, las lágrimas encontraban dificultad para drenar por sus párpados.

         María vivía con un sentimiento de miedo, de persecución, y, fue por eso, precisamente, por lo que una mañana se levantó con la firme decisión de desprenderse del librito para no comprometer a los suyos. Y en el fogón de aquella inmensa cocina, debajo de un azulejo donde rezaba: Dios bendiga cada rincón de esta casa, María prendió fuego al librito y, entre sus cenizas quedó sepultado el último adiós de Manuel.

         Desprendida ya de ese lastre, María se sentó en la mecedora del porche y dejó que su vista se perdiera en el horizonte de San Juan de la Arena, al otro lado del río Nalón

         Todos los días por la tarde, entre dos luces, cuando Fernán regresaba de sus labores con la guadaña al hombro, María la Roja volvía a recordar tras el visillo el día de la tragedia.

 

Fin

José Antonio Mayo Abargues

Registro en trámite

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Muchacho

 


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