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Artículos de Opinión, Relatos y Reflexiones

El Ratón Pérez

01:25, 2/12/2006 .. Publicado en Relatos .. 1 comentarios .. Link
 

EL RATÓN PÉREZ, LA CIGÜEÑA Y OTROS CUENTOS

L

a noche que llegó el Ratón Pérez por última vez, yo lo estaba esperando con el ojo avizor desde hacía algunas horas. Tuve una extraña sensación, una mezcla de intensa curiosidad y un miedo aterrador. Lo vi todo. Con sumo sigilo depositó un puñado de monedas debajo de mi almohada y se llevó el diente que guardaba envuelto en un pañuelo. Tenía los dedos muy largos, con unas uñas perfectamente recortadas, pintadas de rojo carmín. Esa noche lloré como una magdalena

Como todos los niños de aquella época, me imaginaba a la cigüeña saliendo de una gran factoría de París, con un bebé colgando del pico y posándose en todos los campanarios de las iglesias que se iba encontrando a lo largo de su travesía. «A veces las cigüeñas no tienen sitio para posarse en los campanarios y entonces lo hacen en la primera chimenea que encuentran», dijo mi madre cuando le pregunté por qué había niños que nacían negros.  Más adelante, aquella versión metaforizada de la realidad que me habían dado, fue perdiendo credibilidad al contradecirse con mis observaciones. Y el día que nació mi hermano, el trasiego de palanganas que había en la habitación hizo crecer mi curiosidad y enseguida lo comprendí todo.

Cuando me enteré por un compañero de clase, que era un chivato, de que los Reyes Magos no venían exactamente de Oriente, me dio mucha rabia. ¡Con la fe que tenía en ellos! Pero, como sus Majestades no tenían el monopolio de los regalos, no lo pensé y me pasé a la competencia. Duré poco tiempo, la verdad. Papá Noel tenía el atractivo de que llegaba quince días antes que los Reyes Magos, porque disponía de un medio de locomoción mucho más rápido, y podías presumir de tus juguetes delante de los demás niños tradicionales. Además, me quité un problema de encima, pues como no era muy fiel a ninguno de los Reyes, cuando tenía que escribir la carta solicitándoles los regalos, se me presentaba el dilema de si pedírselos a Melchor o a Gaspar, ya que los dos eran muy majos. Nunca se me hubiera ocurrido pedírselo a Baltasar, y no por cuestiones racistas sino porque no me gustaba su aspecto. No sé, creo que además le tenía un poco de manía.

No tardé mucho tiempo en descubrir que Papá Noel no entraba precisamente por la chimenea sino por la puerta. ¡Con la limpieza que le dio mi padre al tiro de la chimenea para que no se tiznara! Su cara era más natural de lo que yo imaginaba, además, tenía los mismos ojos que mi tío Manolo. Quedé muy desencantado, aunque me trajo todo lo que yo le había pedido. «Por la puerta entra cualquiera. Lo difícil es entrar por la chimenea», le dije nada más verle aparecer. Debí de hacerle gracia porque se desternillaba de risa. Mi madre empezó a reírse también y la risa se propagó por todo el comedor como un virus, contagiando a todos los presentes, menos a mí, que estaba tenso y con el ceño fruncido. El abuelo se tuvo que ir de la sala porque estaba recién operado de vesícula y no fuera que se le saltaran los puntos. Mi padre pidió calma y dijo que no teníamos consideración con Papá Noel, que venía de un largo viaje muerto de frío y no le habíamos dado una copa para entrar en calor. Después se dirigió al “mueblebar” y le echó una copa de un coñac que sólo tomaba mi tío Manolo cuando venía a casa, y que sabía a matarratas, según mi padre «¡Qué jodido el chiquillo!», dijo mi padre, provocando de nuevo las risas de los demás. Entonces me enfurecí y dije un taco que había aprendido recientemente: «¡Hijoputa!». Mi padre dijo: «¡Niiiiño!». Y mi madre, después de darme un soberano cachete, sentenció: « A partir de ahora los juguetes te los va a traer El Corte Inglés». A Papá Noel no le debió de gustar mucho porque desde ese día ya no volvió más.

Al domingo siguiente tuve que ir a confesarme con don Julián, el cura del barrio, que unos años más tarde me negaría el saludo en una calle del barrio chino. Yo confiándole todos mis pecados y él ignorándome de esa manera. Yo podía haber sido Budista, Islamista o Mahometano, pero soy Católico, Apostólico y Romano por imperativo legal, social y familiar. No había más remedio que ser Católico. La Iglesia tenía tanto poder como el Estado. Es más, su autoridad se dejaba sentir hasta en los bares con rótulos como este: SE PROHÍBE BLASFEMAR. Hoy sería chocante encontrar uno de estos carteles, pero hasta la muerte del Generalísimo, colgaban de las paredes de muchos bares.

 No quise pensar que don Julián había llegado al barrio chino llevado por la pasión carnal, sino por una misión pastoral, pero su actitud de negarme el saludo lo delató. Los curas nacen hombres, más tarde se hacen curas, pero siguen siendo hombres, esto era algo que comprendía perfectamente, pero lo que no entendía era por qué no practicaban lo que predicaban. Bueno, en realidad había muchas cosas que no entendía de la religión, por ejemplo, ¿por qué me tenía que esforzar en ser bueno toda mi vida, si al final del camino, cuando me llegue la hora del último viaje, me arrepiento de todos mis pecados y puedo ganar el cielo? Lo veía absurdo. Sin embargo, la posibilidad de ser pasto de las llamas del infierno me aterraba. “Aquellos que han hecho el bien tendrán vida eterna, y aquellos que han hecho el mal, fuego eterno. ¡Eterno! Toda la vida quemándome, o toda la muerte, qué más da... ¡Qué crueldad! Yo no estaba dispuesto a darle el gustazo a Satanás, y para librarme del castigo divino procuraba ser todo lo bueno que podía. O sea, que yo no era bueno por propia convicción, sino por miedo. Pero una mañana de agosto del 98, me despierto y me entero de que el cielo y el infierno no existen, que todo es mentira, pura invención, un cuento. En ese momento pensé: «Me han estafado. Nos han estado estafando a toda la humanidad durante 2000 años. ¿Cómo es posible?»

No es una herejía, no. El cielo y el infierno no existen como espacios físicos. Era el propio Papa Juan Pablo II quien negaba la existencia del cielo y del infierno: «El cielo no es un lugar físico en las nubes. El cielo es estar en Comunión con Dios. El infierno tampoco es un lugar, sino la situación de quien se aparta de Dios», dijo. No daba crédito a lo que estaba escuchando. Las imágenes que la Biblia ha utilizado para representar el Infierno como un horno en llamas, son ficción. El infierno no es un abismo a donde descienden los malvados. El infierno no es nada. No existe. ¡Qué fuerte!

No pude reprimir mi indignación por semejante fraude y pensé en llevar a la Iglesia a los Tribunales. Vale que me callara lo del Ratón Pérez, vale que me callara lo de la Cigüeña, y vale que me callara lo de los Reyes Magos y lo de Papá Noel, pero esto no, esto me había afectado psicológicamente. «Son nervios, señora, son nervios. El niño es de naturaleza nerviosa. Dele una tila antes de acostarse», le decía el médico de cabecera a mi madre, cada vez que me daban aquellas crisis. Mi psiquiatra dice que sufro hagiofobia (miedo al infierno), y que esta fobia tuvo su origen en mi niñez, a raíz de algún episodio traumático. Lo cierto es que la hagiofobia se fue instalando en mí, causándome miedo e inseguridad y mermando mi calidad de vida.

Había vivido atemorizado toda mi vida por la existencia de este maldito lugar. Había pasado muchas noches de vigilia por culpa de esa amenaza. Otras noches me despertaba sobresaltado justo en el mismo instante en que Satanás estaba a punto de introducirme en su horno. Lo pase francamente mal y por eso quería exigir responsabilidades, para que de alguna manera subsanaran el daño que me habían causado. Conseguí informes psiquiátricos que certificaban que mi estado de ansiedad era debido a esos temores, pero en el último momento una voz en mi interior me aconsejó desistir «Déjalo. ¿No sabes que tus derechos no van mucho más allá del libro de reclamaciones del bar de la esquina? La Iglesia tiene muchas influencias. No podrás con ella. Será un caso perdido. Déjalo», dijo, con un extraordinario poder de convicción. La verdad, la Justicia no me ofrecía ninguna confianza. Y después de descartar la viabilidad de cursar la denuncia por la vía administrativa, pensé en el Defensor del Pueblo y le envié una carta, adjuntándole todos los informes psiquiátricos, en los que se especifican todos los detalles de mi fobia, el tratamiento farmacológico que sigo y las limitaciones a las que estoy sujeto; además de un informe del facultativo del aparato digestivo, diagnosticando una úlcera en el duodeno, provocada por los ansiolíticos que palian mi ansiedad. Todavía no he recibido respuesta.

FIN

José Antonio Mayo Abargues

Registro en trámite

 


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el infierno

21:19, 26/01/2007 .. Publicado por romano4500@yahoo.es
qerido conocido, lei tu relato, y me parece valido, pero se te olvido mencional la contraparte el cielo, y la llave, Jesus , no la religion, ella no abre la puerta, y lo mas importante, la gracia, qe es el regalo inmerecido de Dios en la cual nos exime de las obras, y deja en claro que por fe se netrara a su reino, pa qe nadie se glorie. Un saludo y qe Dios te bendiga.

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