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Artículos de Opinión, Relatos y Reflexiones

Camagüey

01:46, 2/12/2006 .. Publicado en Relatos .. 0 comentarios .. Link
 

CAMAGÜEY

 

R

aúl era un nómada del asfalto. En tan sólo diez años había cambiado de domicilio seis veces. Marina, su mujer, ya estaba acostumbrada a aquellos arrebatos:

— He visto un piso en una zona muy tranquila, cerca del centro. Es amplio, todo exterior y muy independiente. Además, tiene instalado hilo musical y aire acondicionado. ¿Por qué no nos mudamos? —dijo Raúl.

— ¡Papá!, ¿otra vez? —exclamó Iñigo, su único hijo.

— ¿Qué planta es? —preguntó Marina, sabiendo de antemano la respuesta.

— La última, por supuesto.

— ¡Ah!

En realidad, a Marina, una cubana que había recorrido medio mundo, y que un día unos cursos de verano la llevaron hasta la Universidad Iberoamericana de La Rábida, no le importaba en absoluto cambiar de domicilio; es más, disfrutaba con ello. Marina hacía planes para la decoración del nuevo hogar: «Tendré que cambiar las lámparas del comedor, ya están un poco anticuadas… Tal vez no pueda adaptar las cortinas…».

Una tarde, Raúl llegó a casa algo más tarde de lo habitual. Iba cargado de un montón de papelotes, que enseguida extendió encima de la mesa.

— ¡Mira! —le dijo a su mujer, al tiempo que desplegaba el plano de una urbanización de lujo— ¡Mira qué maravilla, Marina!

— ¡Raúl, pero si hace sólo ocho meses que nos hemos mudado aquí!

— No importa. Esto es algo diferente. Ya estoy cansado de vivir en estos enjambres y de soportar a los vecinos… ¡Independencia! ¡Naturaleza! ¡Calidad de vida! ¿Sabes lo que es eso, Marina?

— ¡Qué bonito! —dijo ella, fijando su vista en el porche— Costará un riñón, ¿no?

— Eso es cosa de los bancos, no te preocupes. Tú ocúpate de las cortinas.

 Marina cogió el plano en sus manos, y llevando el dedo índice hacia una forma circular, dijo:

— ¿Y esto qué es?

— Es una claraboya. Dará mucha luz a la escalera. Desde la terraza del dormitorio se ve el mar. Está tan sólo a trescientos metros. ¿Qué te parece?

— No sé… La verdad…

— Será definitivo. Te lo prometo. No habrá más cambios.

Iñigo escuchaba con cierto escepticismo la propuesta de su padre: dieciséis años son demasiados para no darse cuenta de que no estaba diciendo la verdad. Lo conocía demasiado bien y sabía que el nuevo domicilio no iba a durar más de un año: el tiempo de hacer nuevos amigos para después tener que abandonarlos.

— Iñigo, di algo, hijo. ¿Te gusta? —dijo su padre.

— ¡No! —respondió raudo el muchacho.

— ¿Por qué?

— ¡Porque no! Ya estoy cansado de tantos cambios.

— Mira, ¿ves esto?… Es el sótano. Mide más de cien metros. Pondremos una mesa de pimpón y montaremos un gimnasio. Ya verás lo bien que lo vamos a pasar allí.

Iñigo miró el plano con indiferencia y se retiró sin hacer ningún comentario.

Efectivamente, Iñigo tenía razón. Había pasado poco más de un año, cuando lo novedoso se convirtió en cotidiano, y aquél hogar tan deseado que un día lo llenó de ilusiones, caía ahora sobre él como una enorme lápida. Raúl no se atrevía a proponer otro cambio «Me calificarán de demente», se decía cada vez que pensaba en ello. No obstante, cuando pasaba por una agencia inmobiliaria, entraba y soñaba despierto. La monotonía se había instalado en él y lo estaba desequilibrando psíquicamente. Raúl pensó que tenía que hacer algo para salir de aquella situación.

Esa misma noche, después de cenar, Raúl, con la mirada ausente, se entretenía dando vueltas en sentido contrario a las manecillas del reloj, a un escocés mediocre. Marina, acurrucada en su hombro, veía un programa en La Primera; mientras Iñigo dormitaba tumbado en la alfombra. Era la estampa típica de una familia feliz, en un hogar feliz. Raúl detuvo el movimiento del vaso, bebió un pequeño sorbo y quebró el silencio.

— ¡No podemos seguir así, Marina! —dijo, dejándose llevar por el impulso.

Marina le miró perpleja.

— Dime una cosa, Marina, ¿eres feliz?

— ¡Claro que soy feliz! —dijo, un tanto molesta. Luego le dio un beso y le alisó el pelo.

— ¿Serías capaz de recordar todo lo que has hecho hoy desde que te has levantado de la cama, hasta el momento actual?

— Creo que sí…

— A ver…

Marina, con una curiosidad impaciente, como quien emprende un largo camino que no sabe a donde lleva, fue relatando uno a uno todos los episodios de la jornada, hasta llegar al momento actual.

   ¿A qué viene todo esto? —dijo al concluir.

— ¿Serías capaz de recordar qué fue lo que hiciste ayer?

— Pues… lo mismo. Lo único que varía, es que en vez de comprar carne, compré pescado, por lo demás…

— ¡Qué monotonía! ¡Qué aburrimiento!… Mi jornada ha sido similar a la tuya, y en nada se diferencia de la de ayer. Marina…, si dentro de unos meses tuviéramos que recordar alguno de estos días, ¿por qué detalle lo haríamos? ¿No te das cuenta de que todos los días de nuestras vidas son iguales? No hay ni un solo detalle significativo que nos haga recordar un episodio de estos días. ¡Odio la rutina!

— La vida es esto, Raúl.

— No, la vida no es monotonía. ¡Rompámosla!

— Pues no sé, chico, como no juguemos al parchís…

— ¡Ése puede ser un buen instrumento para hacerle frente! Pero, además de eso, debemos hacer cosas que no hayamos hecho nunca, cosas originales, algo insólito.

—¿Qué sugieres? ¿Se te ocurre algo? —dijo Marina, con la sonrisa en los labios.

— No sé, cualquier cosa…, por ejemplo, cambiar el canal de televisión con el mando al revés, es decir, boca abajo. Y mañana, podríamos volver a jugar al parchís, pero en vez de cambiar  con el mando al revés, podríamos ir a la cama a la pata coja. Así, cuando pasen unos meses y queramos referir algún detalle de estos días, diremos: «Sí, fue el día que estuvimos jugando al parchís y cambiábamos de canal con el mando al revés». O bien: «No, fue cuando estábamos jugando al parchís y nos fuimos a la cama a la pata coja».

— ¡Papá!, por favor, no tomes más whisky  —dijo Iñigo, saliendo de su modorra.

Marina y Iñigo se desternillaban de risa, pero, como siempre, terminarían participando en las excentricidades de Raúl.

Aquella noche, Raúl y Marina jugaron al parchís hasta bien entrada la madrugada, mientras Iñigo, con el mando a distancia al revés, trataba de familiarizarse con él, asociando sus dedos a los diferentes botones.

Raúl había superado los problemas de identidad que padeció durante más de dos décadas. Había decidido que el bigote le favorecía más que la barba o la perilla; que el pelo corto, a parte de ser más práctico que el largo, a la hora de camuflar las canas, iba mejor con su estructura física. En cuanto a la forma de vestir, la ropa deportiva fue la que obtuvo más éxito, y había jurado no ponerse más una corbata, excepto casos ineludibles. Por fin, había encontrado un lugar donde alojar su personalidad. Pero, a pesar de esa madurez que se adquiere al superar los cuarenta, Raúl continuaba siendo una persona muy inestable, además de ser sumamente complejo: por la mañana ponía su ilusión en algo con un interés desmedido, y por la tarde lo odiaba con el mismo grado.

Un día descubrió que el mar le atraía de una manera especial. Fue al comienzo de una cálida primavera, cuando, después de varias jornadas de pesca en el barco de un amigo, se creyó el comandante Cousteau. Le apasionó de tal manera, que en los seis meses siguientes la monotonía no encontró cobijo en su persona. Todas las noches se quedaba a estudiar en el comedor, ayudado de unas dosis de cafeína y nicotina             —fumaba como un carretero—. Nada más terminar de cenar, y una vez que Marina terminaba de recoger la mesa, él la llenaba de libros náuticos, cartas de navegación, reglas, escuadras, cartabones y todos los utensilios necesarios para trazar rutas.

A Iñigo le gustaba lo que hacía su padre, y algunas noches se sentaba a su lado y observaba con admiración, cómo trazaba rumbos, hallaba declinaciones y corregía desvíos.

— El mar es muy bonito, Iñigo —dijo Raúl, arrastrando el transportador de grados por la carta—, pero muy peligroso también. Ahí afuera hay que estar muy seguro de uno mismo. No se puede flaquear frente a una adversidad. La mar es muy jodida, muy traicionera; incluso estando a una milla de la costa.

— Papá, imagínate que estás pescando cerca de la costa y de repente se pone una niebla tan densa que no puedes divisar tierra. ¿Qué harías?

Sin apenas tomar el aire suficiente para responder a la pregunta, Raúl dijo muy resolutivo:

— Guiarme por el compás. Pondría rumbo Norte y llegaría a tierra.

         — Sí, pero, imagínate que no tienes compás, ni brújula manual, ni nada con qué orientarte. ¿Qué harías para llegar a tierra?

         Raúl puso cara de bobo, y después de unos segundos de vacilación, sus cuerdas vocales sólo fueron capaces de articular una palabra:

— Pues…

         — Es muy fácil —dijo Iñigo con una sonrisa—: echas el ancla y mides los metros de cabo que hacen falta para llegar al fondo. Luego la recoges y, durante un rato, navegas en la primera dirección que se te ocurra. Después vuelves a echar el ancla: si te hacen falta más metros de cabo para llegar al fondo, es que vas navegando mar adentro; si te sobran, entonces pronto llegaras a tierra.

         — ¿Dónde has aprendido eso?

   En una clase de ética.

   ¡Ah!

En pocos meses, Raúl se hizo con el título de Patrón de Yate y comenzó a recorrer todos los clubes náuticos de la provincia, en busca del barco con el que venía soñando. No dijo nada a su familia —Raúl era muy hermético con sus proyectos—, y una tarde llegó a casa tocando el claxon insistentemente, y sin bajarse del coche llamó a su mujer y a su hijo:

— ¡Marina! ¡Iñigo!, venid, que os quiero enseñar algo.

Los llevó al club náutico, y enseguida comprendieron el motivo de su alegría. Mientras caminaban por el pantalán, Marina y su hijo le hicieron muchas preguntas, de las que no obtuvieron respuesta, ya que Raúl iba ensimismado. Se detuvo frente a una embarcación de seis metros de eslora, y con una tímida sonrisa, dijo:

— ¿Os gusta?

— ¡Oh! Te habrá costado una fortuna, ¿no? —dijo Marina.

— Eso es cosa de los bancos, no te preocupes. ¡Venga, embarcar!

— ¿No tiene nombre? —dijo Marina, después de examinar el casco de proa a popa.

— No. Tendremos que ponerle uno… Le buscaremos uno original.

A Iñigo se le ocurrió Camagüey, en honor a la ciudad cubana donde había nacido su madre. Raúl aprobó la idea.

El Camagüey enseguida se hizo famoso entre los aficionados a la pesca, por la habilidad de su patrón para esta práctica. Raúl había capturado los mayores ejemplares de corvina y dorada que jamás se habían visto por el litoral onubense. Y, en el bar del club, de una de las paredes colgaba una enorme fotografía de Raúl, luciendo una sonrisa de felicidad, junto a una corvina de 53 kilogramos.

Raúl había cambiado notablemente y gozaba de una extraordinaria estabilidad emocional. La mar lo había transformado de una manera sorprendente.

Una mañana de otoño, nada propia para la navegación, el Camagüey se hizo a la mar, bajo una espesa niebla. Nunca más regresó. Dicen que la mar siempre devuelve lo que no le pertenece, y con esa esperanza vivió Marina los meses siguientes a la desaparición de Raúl. El Camagüey fue buscado insistentemente por todo el Golfo de Cádiz y las costas de Portugal, pero no se encontró ni rastro de él.

Algunos de los que le conocían bien, los más íntimos; víctimas de esa enfermedad incurable por la que Caín mató a su hermano Abel, atribuyeron su desaparición a un acto premeditado, añadiendo comentarios infundados que ensuciaban su memoria. Pero Raúl no tenía motivos para desaparecer de esa manera. Había encontrado la paz interior que siempre estuvo buscando, tenía un trabajo liviano y bien remunerado, y, además,  quería a su familia con locura.

Para Marina no fue fácil reemprender la vida en solitario. Vendió la casa porque los recuerdos la abordaban en cada decímetro de su superficie, y se mudo a un piso en la capital. Desabrigada ya de la esperanza, Marina trabajó duro para salir adelante, y poco a poco el dolor se fue alojando en un rincón del desván de la memoria. Cuatro años después el erial de su corazón volvió a ser sembrado por otro hombre, con el que se casó dos años más tarde.

A veces ocurre que vas a otra ciudad y de repente te encuentras con alguien al que crees reconocer. No sabes de qué lo conoces, pero estás seguro que lo conoces de algo. Piensas que es alguien de tu ciudad al que ves con frecuencia; tal vez un antiguo vecino, el dependiente de una tienda o el camarero de alguno de los bares que frecuentas. Si al cruzarte con él, da la casualidad de que te mira, tú vas y le saludas efusivamente. Pero te quedas helado cuando ves que, lejos de corresponderte, te mira con indiferencia. Después te quedas machacándote la cabeza: «¿De qué conozco yo a este tío?», te preguntas continuamente. Otras veces, la semejanza con tu conocido es tal, que terminas por no darle crédito «No puede ser. Es imposible», te dices, muy seguro de ti mismo. Y piensas en eso de que todo el mundo tiene un doble en algún lugar del planeta.

Algo así es lo que pensó Iñigo el primer día de su Luna de Miel, cuando creyó ver a su padre en la persona del dueño del restaurante donde se disponía a cenar.

“A Cazola”, un pequeño, pero acogedor restaurante del casco viejo de Lisboa, fue el lugar elegido por la pareja «Son españoles…, de Galicia», apostilló el taxista que los llevó hasta allí, después de un derroche de halagos a la cocina y a sus regentes, en un español chapurreado «No puede ser. Es imposible», pensó Iñigo, cuando tuvo delante al hombre, que en un principio identificó como su padre.

Con una amabilidad poco corriente, el hombre le entregó la carta. Iñigo le miró fijamente a los ojos y dijo:

   ¿De qué parte de Galicia son ustedes?

— De Pontevedra.

— ¿De Pontevedra…, Pontevedra? —preguntó Iñigo, con el propósito de descubrir algún carácter familiar en su voz.

— No, de Vigo.

— Ah.

— Pero llevamos ya cinco años aquí en Lisboa —añadió el hombre, con un ligero acento gallego.

— ¿Qué nos aconseja, carne o pescado?

— El pescado es nuestra especialidad.

El hombre anotó sus deseos. Luego, dijo:

         — Ustedes son andaluces, ¿verdad?

         — Sí, de Huelva.

   No conozco Huelva… —dijo, al tiempo que se retiraba.

Esa noche, Iñigo no fue capaz de conciliar el sueño: tenía a aquel hombre clavado en sus retinas. Pensó, que de haber estado allí su madre, se hubiera desmayado en el acto. Excepto el acento gallego y el pelo plateado; tal vez por el imperdonable paso de los años —habían pasado algo más de diez años—, todo lo demás respondía a los rasgos físicos de su padre antes de desaparecer. «Es increíble. Sólo le falta llamarse Raúl ¡Hostia! ¿Cómo se llamará?». Iñigo no dejaba de darle vueltas a la cabeza.

Al día siguiente, la pareja de enamorados volvió a comer en “A Cazola”. La conversación fue un poco más fluida, a pesar de que el restaurante estaba lleno y el dueño entregado en su trabajo. Pero Iñigo aprovechaba cada momento en que éste se acercaba a la mesa, para entablar algún diálogo, que previamente había preparado. En una de esas, Iñigo le preguntó:

   ¿Cómo se llama?

   Juan, Juan Fonseca.

   Ah… —dijo Iñigo con cara de decepción.

Juan Fonseca apreció el gesto, pero estaba demasiado ocupado con su trabajo y no dijo nada.

Después de una sosegada sobremesa, Juan Fonseca se acercó a la mesa y les invitó a una copa. A Iñigo se le antojó un licor que había visto tomar a otros comensales.

— ¿Cómo dijo que se llamaba este veneno? —preguntó con cara de repugnancia al probar el licor.

— Amarguiña.

— Pues sabe a demonios.

— Es sólo al principio, después tiene un paladar excelente.

Con cierto temor a pecar de indiscreto, Iñigo preguntó:

— ¿Cómo es que uno de Pontevedra, viene y monta un restaurante en Lisboa?

—Teníamos un bar en Vigo… Marchaba bien. Pero un día decidimos cambiar de aires… y aquí estamos. Cuando la vida se hace monótona pierde el sentido.

— ¿Le ha sentado mal la Amarguiña? —dijo Juan Fonseca, al ver que su cara cambiaba a un color pálido.

— No, no, qué va. ¿Me puede poner otra copa?

— ¡Claro! Ya le dije que era sólo al principio, después tiene un paladar exquisito.

Iñigo pensó que eran demasiadas casualidades juntas. De repente recordó que su padre tenía una cicatriz en el antebrazo derecho, secuela de un grave accidente de tráfico, sufrido cuando él aún era un niño.

— Dígame una cosa, ¿tiene usted una cicatriz en el brazo derecho?

— ¿Es usted adivino? —dijo, mostrándole la cicatriz.

         La situación que se produjo a continuación fue excesivamente tensa y desagradable. Juan Fonseca, víctima de un inmerecido cúmulo de insultos y acusaciones quedó perplejo. Pensó que aquel hombre se había vuelto loco, y lo invitó a abandonar el local, pero, ante la negativa de éste, decidió llamar a la policía. Cuando se disponía a marcar el número de teléfono, su mujer se adelantó y lo aclaró todo:

         Juan Fonseca y Raúl eran la misma persona. Un petrolero Panameño lo había encontrado en el atlántico, en una balsa a la deriva, y lo desembarcó en el puerto de Vigo con la vida pendiendo de un hilo. En el hospital le diagnosticaron inflamación de los tejidos intracraneales, y  tras varios meses en un estado vegetativo, milagrosamente logró recuperarse. Desde entonces sufre una amnesia lagunar: no recuerda absolutamente nada de lo vivido antes del accidente. De cómo había adoptado esa nueva identidad, la mujer no supo dar explicaciones.

         Iñigo nunca le contó a su madre lo sucedido.

FIN

José Antonio Mayo Abargues

 

 

 

 

 


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