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MatarMATAR, SIEMPRE ES ASESINAR Publicado en Huelva Información el día 3 de febrero de 1996 “No hay nada más injusto que las leyes” Martín Luther King
ecientemente, la premio Nobel de Su padre murió carbonizado en un asalto policial a la Embajada de España y la madre y sus hermanos fueron víctimas de matanzas similares. Poco después de este triste suceso, el Gobierno Nigeriano, a pesar de las peticiones de clemencia y de las numerosas protestas internacionales, ejecutaba a nueve defensores de los derechos humanos. Una semana después de haber sido juzgados y condenados a muerte por un tribunal militar, el escritor Ken Saro-Wiwa, candidato al premio Nobel de la Paz, y otros ocho activistas en pro de la libertad de su etnia, morían en uno de los más bárbaros sistemas de ejecución, la horca. El tribunal los encontró culpables del asesinato de cuatro jefes de su misma tribu, de los que se sospechaba que colaboraban con el Gobierno Nigeriano. Es típico de una sociedad revanchista y vengativa colocar el culpable en la misma condición que su víctima. Estos nos recuerda la sagrada ley de talión, basada en la reciprocidad del mal causado: Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe. Ninguna sociedad escapa a la crueldad del crimen y el asesinato. Por consiguiente, para preservar el bien común es necesario reprimir estas conductas con la mayor severidad, para que sirva de castigo a su autor y al mismo tiempo surta efectos ejemplares ante la comunidad. ¿Es lícito castigar con la pena de muerte aun criminal? Rotundamente, no, pues matar, siempre es asesinar. Tan asesinos son los responsables de la matanza de Guatemala, como los ejecutores de los activistas Nigerianos. Pero ocurre, que cuando surge la ira ciudadana, la justicia se convierte en intolerancia y ésta degenera después en venganza. La opinión pública sobre la pena de muerte es un factor variable. Mientras la vida transcurre con normalidad, o sea, mientras el orden público está asegurado, la sociedad se muestra contraria a su existencia, aunque solo sea como arma intimidativa. En cambio, cuando surge una ola de violencia: actos terroristas, violaciones, crímenes, un sector mayoritariamente conservador puede autorizarla, basándose en el principio de legítima defensa. Algunos Estados que la habían abolido, han vuelto a restaurarla. El caso mas reciente es el de Estados Unido. A los treinta y dos años de su abolición, el Estado de Nueva York, ante la impotencia de la ley para corregir la conducta de los malhechores, ha optado por reimplantar la pena capital. Mal funciona un país cuya respuesta a una matanza es otra matanza. A lo largo de la historia se han utilizado diversos sistemas de ejecución: la lapidación, la espada, la hoguera, la guillotina, la horca, el garrote vil, la cámara de gas, la silla eléctrica, así hasta llegar a la sofisticada inyección letal. Antiguamente el carácter primordial de la pena de muerte era el castigo; la pena capita se ejecutaba mediante aquellos sistemas que mayores suplicios pudieran acarrear al culpable. En los tiempos contemporáneos no se da muerte al reo para hacerlo sufrir, sino porque vergonzosamente es el único medio de que disponen algunas Naciones para defenderse de los criminales. Un filósofo que aparentaba estar algo “zumbado”, como casi todos los filósofos, decía en un programa de televisión, que la pena de muerte no existía como tal pena, puesto que al quitarle la vida al reo desaparece la pena. No le faltaba razón a este hombre. El criminal debe sufrir por su crimen y pagar por ellos a la sociedad. Un muerto no es útil a nadie. La amenaza de la pena de muerte no disuade a los criminales, pues es obvio que estos no se paran a pensar sobre las consecuencias legales del acto que van a cometer. En los países donde se ha abolido no tienen tasas de homicidios notablemente más elevadas que antes. Sin embargo, en Estados Unidos, donde en muchos de sus Estados está en vigor, las tasas de homicidios son las más altas del mundo. No hay que buscar argumentos ni para matar, ni para morir. Es moralmente injusto matar a un ser humano, sea cual sea su crimen. La convivencia humana se basa en el respeto mutuo de los derechos, y de éstos el más fundamental es el derecho a la vida. Nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a atentar contra ella. No hay nada que justifique la muerte, ni la revancha, ni la venganza son motivos lícitos para el más vil de todos los actos. José Antonio Mayo Abargues Deja un comentario { Pagina anterior } { Pagina 49 de 59 } { Pagina siguiente } |
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