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Vivir con identidad propiaVIVIR CON INDENTIDAD PROPIA Publicado en Huelva Información el día 6 de noviembre de 1995
e niño mi ilusión, mi ambición, mis perspectivas de futuro distaban mucho del resto de los niños de mi entorno. Unos querían ser médicos, otros abogados; los menos ambiciosos, mecánicos o camioneros. Yo tenía un sueño poco común, quería ser farero. Pero el inevitable destino, que a veces todo lo estropea, frustró mi ilusión, aunque no consiguió extinguirla. Ese gusanillo todavía hoy roe en mis entrañas, y cada vez que tengo la oportunidad de estar cerca de uno de estos guías ópticos, es como volver a ser niño. Más tarde, cuando empecé a tomar conciencia de lo injusta y desproporcionada que es la vida, mi ambición se desbordó y tuve un deseo un tanto utópico, quería ser chino, si chino, oriental, amarillo. El fenómeno socio- político maoísta me llamaba enormemente la atención. Todos con las mismas ropas, los mismos sombreros, las mismas bicicletas, los mismos derechos… Yo estaba loco por ser chino, pero tampoco pudo ser, la suerte no estaba de mi lado. Al integrarme en el mundo de los adultos asumí mi papel, mi rol social, y afronté con resignación la cruda realidad de la vida, respetando las normas elementales de convivencia que todo ciudadano está obligado a cumplir, pero desde un principio me negué a aceptar el código ético que se me quería imponer, porque ya que no pude ser ni farero, ni chino, quise seguir siendo yo mismo, actuando de acuerdo con mi conciencia, sin importarme un bledo todo lo demás. Podemos no ser médicos, abogados, mecánicos o camioneros, pero no podemos dejar de ser nosotros, porque entonces habremos perdido la libertad. Nuestro comportamiento está regulado desde el comienzo de la vida. Un niño no actúa llevado por el instinto, como le ocurre al perro, al gato, o a cualquier otro animal, actúa dirigido por la inteligencia y la capacidad creativa de sus padres, que lo orientan hacia una vida ordenada y disciplinada. De este modo el niño va labrando su figura como ser humano, para más tarde adquirir una personalidad. Nos dicen cómo tenemos que comportarnos con nuestros semejantes, cómo tenemos que vestir, qué es lo que tenemos que aceptar y adorar, y qué es lo que tenemos que repudiar y detestar; después la propia estructura social establecerá todo lo demás. Estas normas que tutores y sociedad fijan para que la convivencia sea mínimamente soportable condicionan y limitan nuestra libertad. ¿Puede alguien afirmar, sin temor a equivocarse, si un objeto es bonito o feo? Naturalmente que no, esto responde a criterios muy personales. Pues lo mismo ocurre con el bien y el mal, lo que para uno es bueno, para otro puede ser malo; es más, la misma cosa que hoy es buena, tal vez mañana sea mala. Excepto las leyes, nadie, absolutamente nadie, puede afirmar si un acto es bueno o malo. Los hábitos, los actos y las actitudes de la persona, tienen que estar necesariamente sujetos a los patrones éticos que nos han sido proporcionados; ahora bien, esto no nos obliga a ejecutarlos tal cual nos indican, ni tampoco a ceñirnos a un único código. Es necesario crear un código autónomo, basado en el razonamiento de los hechos, que finalmente sea supervisado por el tribunal de la conciencia. No podemos aceptar todo tal como nos lo han impuesto, cumpliendo los dictados éticos al pie de la letra, porque eso equivale a no tener iniciativa respecto a nuestros actos. El hombre para realizarse necesita crear, y qué mejor que empezar creando su propio código, rebelándose contra lo caduco, lo absurdo y lo hipócrita, aunque a veces te tachen con los calificativos más graves, vale la pena, pues si importante es convivir con la sociedad, mucho más importante es convivir con uno mismo. La sociedad avanza y las mentalidades se han de adaptar a los cambios que se producen. Si cambian las ideologías políticas, si cambian las relaciones familiares, si cambian los hábitos eróticos y sexuales, lógicamente han de cambiar los códigos. Es de hipócritas, que ante un mismo acto, se adopte una doble moral, porque nuestro obsoleto código diga que es impropio, intolerante o pecaminoso. José Antonio Mayo Abargues Deja un comentario { Pagina anterior } { Pagina 45 de 59 } { Pagina siguiente } |
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