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¡Qué mala es la envidia!¡QUÉ MALA ES Publicado en Huelva Información el día 23 de enero de 1993
osé, el hijo menor de Jacob, contó a sus hermanos el siguiente sueño: Estábamos atando gavillas en el campo, y en esto que mi gavilla se levanta y se queda derecha, mientras que las vuestras se ponen alrededor y se inclinan ante la mía. Sus hermanos respondieron «¿Es que vas a ser tú rey y señor nuestro?» (En la mentalidad primitiva, los sueños prefiguraban el futuro). Esto, unido a las preferencias de Jacob por José, provoca la envidia de sus hermanos y piensan darle muerte. La intervención de Rubén y de Judá evitan que esto ocurra y es vendido a los ismaelitas por veinte monedas de plata. En nuestros tiempos la envidia no ha evolucionado mucho, es muy similar a la de siglos pasados, aunque hoy se basa más en cosas materiales por el afán de dominio y superioridad del hombre. La envidia (del latín invidia: mirar con malos ojos) es uno de los siete pecados capitales, el sexto en orden. Consiste en una tristeza ante el bien del prójimo, considerado como mal propio en cuanto que se cree que disminuye la propia excelencia o felicidad y afecta a todas las clases sociales. Es, al mismo tiempo, congojosa y roedora, pues hace sentir continuamente la necesidad de aquello que el otro tiene y la impotencia de lograrlo. Según Aristóteles, se aceba en las personas de condiciones parecidas o poco distantes, ya sea en linaje, edad, saber, gloria, o poder. Difícilmente un trabajador puede tener envidia del director general de su empresa, porque la distancia entre ambos hace evidente lo absurdo de la pretensión. Es considerada una enfermedad, y tiene su tratamiento en la psiquiatría, dentro de la rama psicopatológica. La padecen personas que sienten un complejo de inferioridad en algún campo concreto de la vida, los tímidos, los deprimidos, los débiles. Las mujeres son más propensas a esta enfermedad, pero algunos hombres la sufren en mayor medida. Es, sin embargo, inconfesable o difícilmente confesable, incluso en la terapia analítica de un psiquiatra. La forma expresiva se reconoce con facilidad, especialmente en la mirada y se exterioriza en ciertas modalidades de lenguaje. Tiene efectos perniciosos en el orden moral. Conduce a otras faltas, tales como la retractación, la susurración, la difamación, la calumnia, la alegría perversa del mal ajeno, el humor negro, etc. Puede engendrar odio, pero es raro que provoque venganza, salvo excepciones como Caín y Abel, José, o aún más reciente, Generalmente, el envidioso es de acentuado narcisismo, por lo que si fracasa en su objetivo se hará un daño irreparable a sí mismo y terminará odiando a aquel o aquellos que ostentan lo que él había anhelado. Lo paradójico, es que, de alguna manera se identifica con su rival, admira su identidad y al mismo tiempo le odia. Quien padece esta enfermedad, sufre, y mucho. Lo que más le irrita es que el otro destaque en algo: estatus social, prestigio, intelectualidad, etc. Pero también hace sufrir, si no consigue igualarse al envidiado, buscará en él, lo malo, lo negativo, intentará por todos los medios desprestigiarle, si fuera preciso con falsos testimonios, dañando su dignidad, o lo que es peor, la de su familia. Ante la imposibilidad de conseguir un bien material, dirá de su rival que el dinero procedía de un trabajo sucio o ilegal. La imaginación puede llevarle a límites insospechados. En un trabajo de Fernando Díaz Plaja sobre la envidia de los españoles (“El español y los siete pecados capitales”), dice: el español necesita encontrar en el admirado algo que enturbie esa admiración y le quite importancia «Qué listo es el cabrón», o todavía más grave, con una sonrisa afectuosa «Qué bien escribe el hijo de puta». Nadie está libre de ella, esto puede ocurrir aunque se posea más que otro por el afán de tener más, de quererlo todo. Si se careces de las necesidades más elementales para subsistir: vivienda, alimentación, dinero, entonces es más fácil que aparezca la envidia. No podemos evitar que surja, pero tampoco tenemos que provocarla haciendo alarde de una situación de superioridad. A veces solemos fomentarla en nuestros hijos inconscientemente y con ánimo de provecho, o hemos sido víctimas de ello por parte de nuestros padres. Cuántas veces hemos oído «Tienes que ser como fulano, él siempre obtiene sobresaliente» Además, esto empequeñece y ridiculiza al niño. Los efectos fisiológicos que produce, son varios: una acción cardiovascular que se traduce por congojas y desarreglos en la nutrición, dificulta la irrigación sanguínea e impide los cambios de elementos indispensables para una asimilación normal, deseca, carcome y hace tragar bilis. También afecta al cerebro irritándolo, merma la tonicidad general y perturba las funciones del tubo digestivo. Es detectada en la autopsia por lesiones viscerales microscópicas, atrofia del corazón, raquitismo en los vasos y palidez en los músculos. Muy poco se puede hacer para remediarla. En primer lugar, pensar que la primera víctima es el propio enfermo. Distraer el ánimo puede ser una buena solución, y por último, visitar al psiquiatra. José Antonio Mayo Abargues Deja un comentario { Pagina anterior } { Pagina 18 de 59 } { Pagina siguiente } |
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