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Nostalgia en la sala dos

06:34, 4/12/2006 .. Publicado en Artículos de Opinión .. 0 comentarios .. Link
   

NOSTALGIA EN LA SALA DOS

 

Publicado en Huelva Información el día 2 de diciembre de 1993

 

E

ra un antiguo anfiteatro de una ciudad industrial, bañada por el Cantábrico, supongo que tendría un nombre, no lo sé, jamás me preocupó, todos le llamábamos “el teatrillo”. Allí pasábamos las tardes de los sábados o de los domingos; a veces de los dos, en un maratón cinematográfico que comenzaba poco después del mediodía para terminar ya entrada la noche.

         Intimidado y sentenciado por las monstruosas construcciones que lo rodeaban, el teatrillo presentaba un aspecto descuidado y abandonado. Para acceder a su interior había que superar la interminable cola, porque en el teatrillo siempre había que guardar cola, y a veces, soportando el incesante sirimiri. Pues una vez superada la cola, apoyabas las manos en la fría piedra de mármol de la humilde taquilla y pedías las entradas: una, dos, tres o las que fuesen, simplemente tenías que especificar si las querías para butaca o general. La entrada, del tamaño de un billete de mil pesetas, amarilla para butaca, verde para general, llevaba insertadas unas enormes letras mayúsculas que decían EN-TRA-DA, que, en caso de pérdida era fácil de localizar.

         Después de que el Generalísimo se paseara por la pantalla inaugurando pantanos y más pantanos, que luego buena falta hicieron, terminaba el obligado NODO y empezaban las películas, porque en el teatrillo el cine era algo más que una película, eran tres. La primera de vaqueros, la segunda de romanos y la tercera una comedia, por supuesto española, o una historia de amor que siempre se estropeaba en el beso y daba lugar a un merecido y ensordecedor pataleo. Entre película y película, un breve descanso para satisfacer las necesidades fisiológicas. Ahora el teatrillo es tan sólo una imagen a la que di cobijo en mi mente y que terminó instalándose en ella para siempre.

         El otro día estuve en el cine y como soy algo nostálgico volví a recordar el teatrillo. Era el día del espectador y la interesante oferta hacía guardar cola a numerosos espectadores. Nadie diría que el cine está en crisis. Se presagiaba lleno total y así fue, pero, claro, ya nada es como antes. En un solo cine tres salas, tres películas, tres pases y, surge un pequeño problema, una vez elegida la película que deseo ver, y me pregunto cómo pedir las entradas: dos para la dos, dos para la sala dos o para la sala dos, dos. Decido pedir dos para la sala dos y cuando pienso que ya todo está resuelto me pregunta la taquillera, ¿para que función? ¿para las seis, para las ocho o para las diez? ¡Qué lío!

         Si hacía referencia al tamaño, color etc., de las entradas de antes, es porque en nada se parecen a las de ahora. Un minúsculo cupón con unas minúsculas letras, números, códigos y no sé que más, que como no andes con cuidado es muy posible que lo pierdas antes de llegar a la puerta. Una vez seccionada por el portero ya no te queda ni una mínima muestra de tu estancia en el cine.

La sala, minúscula también, resultado de la división de un cine en tres, carece de pasillos laterales, por lo que no es nada aconsejable para aquellas personas que sufran claustrofobia. La proximidad a la pared y la dificultad para salir es agobiante. El espacio entre filas es además muy reducido. Dudo dónde sentarme: si me siento al principio de la fila tendré que soportar la incomodidad de facilitar el paso a los demás. Si me siento al final y tengo necesidad de salir, molestaré a toda la fila, así que decido tomar asiento en el medio esperando que quien se ponga hacia la pared no sufra de próstata.

         Acomodado en la butaca pienso en lo diferente que es todo, ni siquiera hay telón. Recuerdo que el único striptease que la censura permitía era el de la pantalla. El telón se iba abriendo lentamente hasta descubrirla por completo. Era una escena muy erótica. Me da pena que desaparezca porque el telón ha sido siempre el estandarte que ha distinguido al cine. El silencio es absoluto, no es propio, más que un cine parece la sala de espera del dentista. Tampoco quisiera el exagerado murmullo del teatrillo, pero tal vez una suave música de fondo hiciera más entretenida la espera. De repente se apagan las luces y se ilumina la desnuda pantalla, pero antes de ofrecernos lo que hemos pagado, la empresa, con la gentileza que le caracteriza, nos obsequia con una de publicidad.

 

José Antonio Mayo Abargues

 


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