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Campo de minas

20:40, 5/02/2007 .. Publicado en Artículos de Opinión .. 0 comentarios .. Link
   

CAMPO DE MINAS

Publicado en Huelva Información el día 22 de junio de 1994

La paz no hay buscarla, pues está ahí, es la sombra de la guerra que impide verla.

 

  D

e vez en cuando sacaba con mucho misterio aquel librito de pastas azules y escasas hojas, que guardaba como oro en paño entre sábanas y alcanfor. Apenas se podían distinguir las gastadas letras escritas a pluma, pero no importaba mucho porque ella nunca leía. Sabía de memoria el texto, lo había leído tantas veces… Abría el librito, acariciaba las páginas, miraba al cielo y luego suspiraba. Era necesario hacerlo porque sólo con eso se sentía bien. Aquel librito contenía un mensaje que no podía ser más dramático: Hoy a las dos de la tarde me llevan al paredón. El mensaje, firmado en Trubia (Asturias), en octubre de 1937, terminaba con ¡Viva la república! Yo no alcanzaba a comprender muy bien todo aquello porque aún era un niño, pero me daba cuenta por la expresión de sus ojos, de que había sufrido mucho. María la Roja volvía a guardar el librito entre las sábanas y después se sentaba en el porche, dejando que su vista se perdiera en el horizonte de San Juan de la Arena, como queriendo olvidar.

         María la Roja sufrió en sus carnes la crudeza de la guerra. Fue encarcelada por las represalias de unos y la envidia de otros. Durante algunos días dio cobijo en su casa a Dolores Ibarruri “La Pasionaria”, pero no fue eso lo que la llevó entre rejas. Nadie lo pudo demostrar. María la Roja había cometido un grave delito, escuchar una emisora de radio, el medio de comunicación del bando republicano.

         El resto de sus días vivió con un sentimiento de miedo, de persecución, y fue por eso, por lo que unos días antes de morir, cuando ya presentía lo inevitable, quiso deshacerse del librito para no comprometer a los suyos. Y en el fogón de aquella inmensa cocina, justo debajo de un azulejo donde rezaba: Dios bendiga cada rincón de esta casa, María la Roja prendió fuego al librito, y entre las cenizas quedó su secreto, su pecado.

         No es el comienzo de una novela, es una historia tan real como dramática. Es la triste historia de una mujer de la España, de las dos Españas, que habiendo tenido la oportunidad de contar los horrores de la guerra, tuvo que callar porque le habían privado de los derechos más fundamentales.

         Como en todas las guerras, en esta tampoco hubo vencedores, sino vencidos, todo un pueblo arruinado y destruido. Se derramó mucha sangre y muchas lágrimas, y aunque ya se han olvidado los rencores, hoy aún quedan muchos corazones heridos.

         Ha pasado más de medio siglo desde que terminó aquella vergonzosa guerra, de la que ningún español se ha de sentir orgulloso, porque si al menos hubiera servido para que el mundo aprendiera de nuestro error, si aquella hubiera sido la última, habría valido la pena. Pero no, no fue así. Cinco meses después, Alemania se enzarzaba en una fanática guerra mundial en la que se vio complicada el 80% de la población del planeta y que provocó la escalofriante cifra de 55 millones de muertos.

         En la antigua Yugoslavia, un país desintegrado por completo, se vive una situación similar a ambas guerras. Desde hace tres años, servios, croatas y musulmanes, se enfrentan en una encarnizada guerra civil. Este es el primer enfrentamiento bélico que tiene lugar en Europa después de la segunda guerra mundial.

         La agresión Serbia contra Bosnia-Herzegovina no está dirigida únicamente hacia los puntos estratégicos militares. El objetivo Servio es la propia población y todo lo que signifique su historia. Se destruyen monumentos, iglesias, museos, archivos, obras de arte, aquello que simboliza su identidad es salvajemente aniquilado. Este Estado independiente, civilizado y culto, que pretendía vivir en armonía a pesar de sus diferencias étnicas, es ahora víctima del hambre y de la enfermedad. Asediado entre las ruinas, sin agua y sin luz, intenta sobrevivir al genocidio.

         En esta terrible guerra no existen límites, todo vale, nada se respeta. Los francotiradores disparan contra niños, mujeres y ancianos. Se cometen torturas, violaciones, saqueos, crímenes. Algún día, cuando se sepa toda la verdad, quizás nos sorprenda saber que los campos de Menjaka y Bosanti-Novi, no eren muy diferentes a los de Auschwitz y Mauthausen.

         El éxodo hacia otros países obliga a separarse a muchas familias. Algunos padres se desprenden de sus hijos con el fin de salvarlos de las masacres, y tal vez jamás los vuelvan a ver. Los pobres niños son las grandes víctimas de la guerra. Las imágenes que nos llegan de Sarajevo o de Mostar, son espeluznantes, aunque vistas desde el sofá y ante una lata de cerveza, nada tienen que ver con la realidad, aparte de ser un triste contraste por muy solidarios que nos mostremos.

         Debido al avance de la tecnología militar, las guerras son cada vez más terroríficas. En la guerra del Golfo Pérsico se experimentaron nuevas armas, nuevos radares, nuevas estrategias. En todas las guerras se experimenta algo nuevo y siempre con resultados más desastrosos para la humanidad. En tan solo siete meses hubo 100.000 muertos, entre militares y civiles. ¡Qué barbaridad! Si los autores de esta guerra, George Bush y Saldan Hussein se hubieran batido en un duelo personal, el conflicto entre Estados Unidos e Irak, habría quedado zanjado y no hubieran muerto criaturas inocentes.

         Las guerras no tienen presupuesto, ni importa los millones que cueste un arma, lo que importa es la capacidad de destrucción, y la envergadura del daño que provoque, cuantas más víctimas, mejor. Pero lo que es tremendamente peligroso de una guerra, es que la población se acostumbre a vivir entre las balas, porque entonces puede ser interminable. En un estado de guerra, el hombre se vuelve inhumano. Recuerdo con que frialdad describían los pilotos americanos lo excitante que les resultaba derribar un avión iraquí. Increíble.

         La historia demuestra que las guerras no son la solución a ningún conflicto, pero a pesar de ello se siguen sucediendo. El mundo se está convirtiendo, poco a poco, en un campo de minas. Antes de que termine una guerra ya se está gestando otra. En febrero de 1991 finalizaba la guerra del Gofo o la guerra negra, como luego se le llamó por el desastre ecológico que causó, y en octubre de ese mismo año, era invadida Bosnia-Herzegovina. El demonio de la guerra nunca descansa. ¿Serán estas guerras un ensayo para una gran representación? Esperemos que no, y esperemos que algún día no muy lejano, la convivencia se restablezca en los países en conflicto y la paz sea posible en todo el mundo.

         Es evidente que las guerras son para algunos un negocio, un sucio negocio que arruina la vida del hombre. Se construye un túnel para unir dos países, una obra casi inconcebible hace unos años, y paradójicamente, se sustenta una guerra para desunir otros países. Todo es cuestión de intereses. Las guerras son inútiles, absurdas y necesitan una falsa justificación. Es necesario encontrar un culpable: moros o cristianos, republicanos y nacionales, croatas o musulmanes: los buenos y los malos. Es una forma de librar de culpas a la conciencia y de justificarse cada uno ante su Dios. Pero no hay justificación para lo injustificable, nada, absolutamente nada, justifica una muerte; ni una religión, ni un color, ni una ideología. Nada. Las guerras son simplemente el resultado de unas mentes retorcidas y enfermizas, que por contagio terminan en una demencia colectiva.

José Antonio Mayo Abargues

 

 

 


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