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Un tren equivocadoUN TREN EQUIVOCADO Publicado en Huelva Información el día 15 de octubre de 1992
uando salió de casa, no sabía que jamás volvería a ser el mismo, que su vida iba a dar un giro irreversible de desastrosas consecuencias, quizás si lo hubiera sabido… no lo sé. Javier salió de su casa y tropezó con lo peor que el ser humano puede tropezar, la heroína, y desde ese momento su vida fue un calvario. El ya conocía las drogas, las denominadas blandas. Había comenzado por el hachís, fumando porros esporádicamente en fiestas y reuniones de amigos, así se inician generalmente todos los heroinómanos, es el comienzo de la escalada. Y no es el consumo de esta droga en sí lo que incita a pasar a la heroína, sino el ambiente en que se consume. Después pasó de lo esporádico a lo frecuente, llegando a sentir una verdadera pasión que lo dominaba constantemente. El ánimo de buscar nuevas sensaciones fue lo que empujó a Javier a tropezarse con la heroína. Le habían hablado del flasch que se experimenta a los pocos segundos de inyectarse y quiso probarlo. El flasch, que así lo llaman los adictos, consiste en una sensación de placer parecido al del orgasmo, y desaparece a los quince segundos. Pasado este flasch, se viven dos o tres horas de un agradable bienestar: sensación de alegría, de poder y de fantasía. A esta euforia le sigue otra de relajación, un periodo de agotamiento y sueño. Poco tiempo hizo falta para que quedara atrapado en las redes de la heroína. Fueron suficientes tres aplicaciones para que dependiera psíquicamente de la droga y, a las tres semanas la dependencia pasó a ser física. El organismo requería la droga para que su funcionamiento fuera normal. Javier fue dejando a un lado a sus amigos de siempre y se hizo un mundillo de falsos paraísos, donde la droga era su dios. Comenzó a vestir de forma descuidada, se mostraba violento, embrutecido, fue perdiendo el interés por la comida y su aspecto era abatido y desolador. Pronto apareció la tolerancia. El organismo se iba adaptando paulatinamente a la acción de la droga y el efecto producido era menor, por lo que necesitaba mayores dosis, pero ni así conseguía los mismos resultados. Ya no sentía el flasch, ni la posterior sensación de placer, pero la droga era necesaria para aplacar esos efectos tan desagradables que se presentan aproximadamente doce horas después de la última toma (el mono): lagrimeo, bostezos, emanación de líquido acuoso por la nariz y estornudos. Él no estaba ya acostumbrado a soportar molestias físicas, ni siquiera un simple dolor de cabeza, pues se había habituado al poder analgésico de la heroína. Los múltiples abscesos de los brazos, la piel seca, agrietada y grisácea, delataban su enfermedad. Se sentía incapacitado para realizar cualquier actividad que no estuviera relacionada con la droga, lo que le llevó a perder su puesto de trabajo y con ello su fuente de ingresos. Las dosis iban en aumento y los recursos económicos eran nulos. Durante un tiempo vendió todo tipo de drogas para financiar su vicio, para comprar esa felicidad devastadora que lo iba consumiendo día a día. Después optó por el robo, de esa forma el dinero lo conseguía de inmediato. Javier viajaba a gran velocidad en un tren equivocado cuyo destino era la muerte. Llegó un momento en el que la venta de droga y el robo, no le proporcionaban el suficiente dinero para la dosis diaria e hizo presencia el temido síndrome de abstinencia. El síndrome de abstinencia es la otra cara de la moneda: si con la administración de la droga se siente un placer, con la suspensión se origina angustia y ansiedad. Aumentan los síntomas antes mencionados en el mono, las pupilas se dilatan enormemente, la piel está fría y en carne de gallina, al mismo tiempo siente acaloramientos y escalofríos. El cuerpo se ve sacudido por fuertes temblores. Sufre dolores óseos y musculares y la respiración se hace lenta. En este estado el adicto siente una gran inquietud, no puede dormir ni descansar. Se producen diarreas continuas, vómitos teñidos de sangre, dolorosas erecciones y eyaculaciones constantes. En su mente sólo está el deseo de consumir de nuevo la droga. Javier pasó por todo esto, volvió a conseguir la droga, volvió a deambular por las calles, aturdido y sin rumbo, como un vagabundo, y una mañana amaneció sin vida en la cama. Una jeringa colgaba de su vena, en la mesilla su inseparable botella de agua y una cuchara con la parte inferior ennegrecida de disolver la heroína en agua caliente. ¿Sobredosificación por la pureza de la droga, a la que él no estaba acostumbrado y su organismo no pudo soportar? ¿Heroína adulterada con quinina, polvos de talco o arsénico? Cualquier cosa, quién sabe. Incluso, pudo ser sobredosificación intencionada con el propósito de suicidio, porque Javier, a pesar de su corta edad se había hartado de la vida. El médico no pudo determinar con exactitud la causa de la muerte y dijo que se debía a un fallo respiratorio. La heroína fue descubierta en 1898 por el profesor y doctor Heinrich dreser, de la empresa Bayer, y se aplicó con fines terapéuticos para rehabilitar a los adictos a la morfina, eliminar la tos en los enfermos de tuberculosis y suprimir el dolor en general. Seis años después del inicio de estas aplicaciones, Morel Levallée demuestra científicamente que origina hábito, incluso más peligroso que el de la morfina. En 1912, el acuerdo de José Antonio Mayo Abargues Deja un comentario { Pagina anterior } { Pagina 8 de 59 } { Pagina siguiente } |
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