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Gacela 3ª parte)Gacela abrió la bolsa y empezó a meter en ella todo su equipo: botines, calcetines, calzones, camiseta, el bocado, las vendas, la toalla, y un albornoz con la inscripción de su apodo en la espalda. Su madre, que desde hacía un rato le observaba apoyada en el quicio de la puerta, dijo: ¾ ¿Adónde vas con eso, Aitor? Hoy es sábado, y el gimnasio está cerrado, ¿no? ¾ Voy a Baracaldo. Voy a boxear. ¾dijo él con la sinceridad que le caracterizaba. ¾ ¿A boxear? ¡Tú estás loco, y terminarás más loco todavía! A boxear… No has servido para estudiar, apenas sirves para trabajar. En tan sólo seis meses te han despedido de tres empresas. ¾ Me estaban explotando. Y no aguanto que nadie me explote. ¾ A todos nos explotan y nos tenemos que fastidiar. Pero tú no, tú no aguantas nada. ¿Crees que serás capaz de aguantar más de tres puñetazos seguidos? No sirves para nada. A ver si te parten los morros y escarmientas. Un golpe de angustia lo invadió, y se sintió mal, muy mal. Por un instante se percibió inútil, y su autoestima llegó a los niveles más bajos que un ser humano puede alcanzar. Tuvo ganas de llorar, pero reprimió el impulso para no dar muestras de debilidad, pues, vendría a confirmar la poca capacidad general que su madre le atribuía. De súbito, no quiso ser nada, ni nadie, y perdió las ilusiones que se habían albergado en su interior. Su madre continuaba relatando, reprochando todo lo que Gacela hacía o dejaba de hacer. Se sintió herido en lo más profundo de su sensibilidad. Y, cuando consideró que había llegado el momento de mandar a la mierda a su madre, se contuvo, cogió la bolsa, pegó un fuerte portazo y se marchó lleno de furia. Tomó el autobús, con la actitud de quien va a batirse a muerte en un duelo para resolver un asunto de honor. Ahora tenía los nervios muy templados y una seguridad en sí mismo que jamás había experimentado. Viajó de pie, agarrado a una de las barras que colgaban del techo, a pesar de que había bastantes asientos libres. Tenía la mirada perdida en el horizonte y, por su mente discurrían, a una velocidad supersónica, algunas etapas de su vida, seccionadas en pequeños fragmentos. Aitor deseaba con toda su alma que aquel viaje no tuviera retorno. Al bajar del autobús se topó de frente con el cartel que anunciaba A Gacela le habían prometido que su contrincante sería un principiante con cuatro o cinco peleas a lo sumo. Nino Nuñez era un boxeador consagrado con veinticinco combates a su espalda y sin conocer todavía el sabor amargo de la derrota. Se sintió engañado y le propinó una patada a una papelera para descargar la rabia. Sin embargo, no se desmoralizó en absoluto, pues, durante el trayecto había conseguido recuperar la autoestima y se sentía fuerte. En la plaza de toros portátil, donde iba a tener lugar ¾ Me han engañado, Máxi, me han engañado… No soporto que nadie me engañe. Son unos cabrones. ¡Me cago en la leche! Máxi no hizo ningún comentario al respecto. Puso el maletín encima de las piernas y empezó a buscar algo en su interior. Cuando ya parecía haber dado con el objeto de su búsqueda, dijo: ¾ Venga, Gacela, cámbiate, que te voy a dar un masaje. Al poco llegó el entrenador. Máxi le recibió con una mirada recriminatoria. Gacela, que en ese momento se estaba atando los botines, levantó la cabeza, lo miró con indiferencia y continuó ajustándose los cordones. ¾ Lo siento, Gacela ¾dijo con la voz quebrada¾. Yo no sabía nada. Tienes que creerme, créeme, por favor. Yo he sido el primer sorprendido. Si no quieres pelear, yo lo arreglaré. Diré que ha surgido un contratiempo, no sé, cualquier cosa. Ellos se lo han buscado. Gacela volvió a levantar la cabeza y dijo: ¾ No te preocupes, que ése no se va a comer a nadie. ¾ Ahora estás a tiempo, Gacela. Si quieres yo lo arreglo todo ¾insistió. Gacela no dijo nada. La plaza estaba a rebosar. Gacela caminaba por el pasillo que daba al ring sin mirar directamente a nadie, como le dijo su entrenador, aunque se había instalado en la más absoluta indiferencia. Del rumor ininteligible que predominaba en el coso, se alzó una voz clara y rotunda: ¡Vamos, campeón! Gacela volvió la cabeza pensando que detrás de él venía su adversario, y, entonces pudo comprobar que aquel aliento iba dirigido a él. Fue lo único agradable que le dijeron. El volumen del murmullo fue aumentando a medida que avanzaba hacia el centro del coso. Ya cerca del ring, el pasillo se fue reduciendo progresivamente por dos filas de sillas que formaban un embudo, impidiendo el paso a más de una persona en su parte más estrecha. El primero en pasar fue Gacela, después el entrenador, y detrás, Máxi con el maletín. Cuando subía la escalera del ring se acordó de los consejos del entrenador: «Tú a lo tuyo. No mires a nadie directamente y ya verás cómo no pasa nada. Cuando lleves tres segundos encima del ring, el miedo desaparece». Gacela siempre pensó que aquellos tres segundos serían una eternidad, pero lo cierto es que le sobraron dos, porque subió al ring con una increíble parsimonia y comenzó a saludar al público en todas las direcciones. Éste, sin embargo, respondió con un abucheo general. Gacela hizo un gesto provocativo y se retiró a su rincón. El abucheo fue entonces más intenso. El público echaba sapos y culebras por la boca, luego; la ira fue disminuyendo hasta convertirse en un siseo permanente, que no cesó hasta el momento en que Nino Nuñez apareció por el pasillo. Entonces el público se puso en pie y aplaudió con todas sus fuerzas. Nino Nuñez, “ El árbitro llamó a los dos púgiles al centro del cuadrilátero, les revisó los guantes y comprobó que llevaban puesta la coquilla[1], después cogió a ambos de las manos y los unió junto a él. Dijo: ¾ Ya sabéis las normas: Stop, es la orden de parar la pelea, Box la de reanudarla, y Break la de separarse cuando estéis trabados, ¿de acuerdo? Bien, pues que la pelea sea limpia. Suerte a los dos. El entrenador le introdujo en la boca el protector de goma y le dio una serie de consejos, a los que Gacela respondía afirmativamente con continuos movimientos de cabeza. Al poco, sonó la campana, y los dos púgiles fueron hacia el centro del ring, hicieron una señal de saludo con el guante izquierdo y comenzaron a tantearse, lanzando los puños sin un objetivo preciso. Después de unos segundos de titubeo, Nino tomó la iniciativa y llevó a Gacela contra las cuerdas. ¾ ¡Machácalo, Nino! ¾dijo un aficionado con un grado de euforia desmedido ¾¡Machácalo! Gacela quedó acorralado, manteniendo una guardia, más bien alta, por lo que dejaba al descubierto el abdomen. Nino golpeó sin cesar en esa zona, sobre todo en la parte derecha, buscando la fragilidad del hígado. Nino sabía dónde pegar. De súbito, en la cabeza de Gacela estalló la voz desabrida de su madre: «¿Crees que serás capaz de aguantar más de tres puñetazos seguidos? No sirves para nada. A ver si te parten los morros y escarmientas». Gacela, con una ira incontenible, lanzó un directo al rostro de Nino, que le hizo perder la estabilidad y fue reculando hasta el otro lado del ring. Gacela fue tras él descargando toda su agresividad con ganchos, directos y dobletes. Nino intentó zafarse, pero no pudo y se pegó a él como la lapa a la roca. El árbitro hizo que se separaran a la voz de ¡Break! Nino continuó a la defensiva hasta que sonó la campana, retirándose a su rincón con claros síntomas de impotencia. El segundo asalto fue una copia exacta del primero. El público aplaudía cada vez que Nino tenía la suerte de acertar en alguno de sus golpes, y abucheaba cuando Gacela fallaba. Sin embargo, cuando Nino era acorralado y estaba siendo castigado por Gacela, el silencio era absoluto. En el último minuto del segundo asalto, a Nino se le notaba cansado y torpe en sus movimientos. El pómulo derecho se le estaba empezando a hinchar, y por la nariz le corría un hilillo de sangre. Cuando sonó la campana estaba tocado, pues, en vez de ir hacia su rincón, fue al de su adversario. Cuando sonó la campana del tercer y último asalto, Nino salió tratando de buscar el cuerpo a cuerpo, pero Gacela, haciendo gala de su sobrenombre, no se lo permitió. Nino, en un intento fallido de alcanzar el rostro de Gacela, giró el torso y, entonces, Gacela, instintivamente, le propinó un golpe en la nuca. Pero, antes de que el árbitro le amonestara, Gacela ya había pedido disculpas a su rival con un gesto expresivo. Asimismo pidió disculpas al árbitro. Todo un ejemplo de deportividad que el público no supo valorar. ¾ ¡Txerri! ¡Esnezale![2] ¾dijo en euskara un hombre con chapela. A estas alturas del combate, Nino sólo contaba con el público y la suerte. Sin embargo, Gacela tenía fondo, coraje y las fuerzas suficientes para resolver la pelea de una manera rápida y espectacular. Y así fue. Un rotundo gancho de derecha hizo que, “ El público no fue objetivo, y trató a Gacela injustamente. Hubo algunos aplausos, pero éstos fueron amedrentados enseguida por un abucheo general. Gacela recordó las palabras del entrenador cuando trataba de convencerle para que peleara: «Baracaldo es un buen trampolín» «hacia el infierno», penso él. Sin embargo, esa misma noche, Gacela cenaba en el mejor restaurante de la localidad, rodeado de entrenadores, promotores y, un par de periodistas que lo acosaron a preguntas. El más joven de ellos, se acercó a él con una grabadora y dijo que era de Radio Nacional, que quería hacerle unas preguntas. Y antes de que Gacela tuviera tiempo de reaccionar, el hombre encendió la grabadora y empezó a hacer un prólogo de elogios que, a Gacela le parecieron desmesurados. Después se acercó un poco más con el micrófono y dijo: ¾ Gacela, después de Baracaldo, qué. Por un momento, Gacela se vio sentado en el tren, y pensó, que después de Baracaldo, la próxima estación era Luchana, si iba en dirección a Bilbao; y Sestao, si iba hacia Santurce. Pero era evidente que la pregunta no iba por ahí. Vaciló unos segundos, tratando de buscar la respuesta adecuada, y entonces, el periodista formuló la pregunta de otra manera: ¾ Gacela, ¿dónde tienes puesto tu objetivo? Tu meta. ¿Cuál es tu meta? ¿Hasta dónde piensas llegar? ¾ A Brasil. Quiero ir a Brasil. ¾¿A Brasil? ¾preguntó extrañado el periodista. ¾ Sí, quiero ganar mucho dinero para ir con mi abuelo que vive en Brasil. El periodista sonrió, se llevó el micrófono a la altura de la boca y dijo: ¾ A Brasil… Ya ven, señores, ya ven cual es la meta de esta joven promesa. ¿Recuerdan a aquel torero que quería comprarle un piso a su madre…? Seguro que Gacela conseguirá llegar a Brasil. Seguro. A los postres, un hombre barrigudo, que llevaba una cachimba en la boca, se acercó a él, le dijo algo al oído y le entregó una tarjeta. Cuando se retiró, su entrenador le preguntó con recelo: ¾ ¿Qué quería ése? ¾ Dice que es un promotor de Zaragoza, y que vaya a verlo al hotel Carlton, que quiere hablar conmigo de algo que me va a interesar. ¾ No te fíes de nadie, Gacela. No te fíes de nadie, que hay mucho sinvergüenza en esto. Gacela cosechó muchos triunfos en su dilatada carrera como amateur: 25 victorias por K.O., Pero, de repente, Gacela desapareció como una estrella fugaz, sin dejar rastro, y nadie supo de él en muchos años. Todos pensaron que ya había ahorrado lo suficiente y que se había ido a Brasil en busca de su abuelo. Sin embargo, la realidad era otra muy distinta. A Gacela lo pillaron con contrabando y fue a dar con sus huesos en “chirona”. La última vez que lo vi, vendía castañas en un puesto ambulante en una esquina de la calle San Francisco. Fue el invierno pasado, por Navidad. Estaba muy demacrado, casi irreconocible. En sus ojos pude ver una tristeza permanente, que quizás en otra persona no hubiera sabido apreciar. Gacela era víctima de la desdicha más indeseable. La tristeza se había vuelto a instalar en él. Me entregó el cartucho de castañas con una mirada ausente. ¾ Gracias, Gacela ¾dije con la intención de ser reconocido. Él, ni siquiera contestó. FIN ©Inscrito en el Registro de [1] Protección de los genitales [2] ¡Cerdo! ¡Mamón! Deja un comentario { Pagina anterior } { Pagina 23 de 59 } { Pagina siguiente } |
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