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Gacela (2ª parte)Comenzó por un precalentamiento dinámico y pasó después a un calentamiento progresivo de los músculos. Luego hizo unos ejercicios de flexibilidad y se vendó las manos, mientras hacía movimientos aeróbicos de cintura. Frente al espejo, empezó a soltar los brazos a cámara lenta, corrigiendo y perfeccionando el estilo. Descansó unos segundos, y, a continuación hizo unos ejercicios de soltura y respiración. Inmediatamente después se colocó el bocado[1] para habituarse a la respiración nasal, se calzó las manoplas acolchadas y empezó a golpear el saco de arena con energía: directo de izquierda, gancho de derecha, doblete (izquierda-izquierda al rostro), uno–dos (directo de izquierda–directo de derecha al rostro). Extenuado, se sentó de nuevo en el taburete y tomó aire profundamente para aliviar la ventilación pulmonar, que era insuficiente, dado el grado de excitación que padecía y la baja concentración de oxígeno que había en el sótano. Descansó unos segundos. ¾ ¡Vamos, Gacela, no te enfríes! ¾dijo el entrenador¾. ¡Al Punch ball!… ¡Tiempo! Durante un asalto, es decir, tres minutos, pegó a la bola con golpes firmes, precisos y sincronizados, volviendo a caer extenuado en el taburete. ¾ Gacela, ¿hacemos guantes? ¾dijo un grandullón de cuerpo exageradamente desproporcionado. ¾ Vale ¾contestó él, sin darse tiempo siquiera a pensarlo. Poco después, Gacela y el grandullón subían al pequeño cuadrilátero ante una extraordinaria expectación. Goliat, el gigante filisteo, se iba a batir con el joven israelita David. En una esquina del cuadrilátero, Gacela se calzaba los guantes de ocho onzas ( Los dos entrenadores se retiraron hacia la puerta y dialogaron durante unos segundos. Al parecer estuvieron decidiendo quién iba a ser el árbitro. Mientras tanto, los boxeadores flexionaban agarrados a las cuerdas, hacían ejercicios de cintura y lanzaban al aire el uno–dos. Como ocurría casi siempre, le toco arbitrar a Máximo Requena, Kid Máxi, un profesional que había colgado los guantes hacía varios años, pero que acudía todas las tardes al gimnasio para mantenerse en forma y colaborar con los dos entrenadores. Máxi, era, asimismo, masajista, sanitario, cosía el cuero de los guantes y de las manoplas que se rompían, ayudaba a colocar los vendajes de las manos; insertaba los nombres de los boxeadores con unas plantillas que él había diseñado, en camisetas, batas, calzones y botines. Máxi tenía una mujer deslumbrante, por su belleza y constitución, que era muy fiel a su detergente, pero a nada más; y esto le había trastornado, incluso más que todos los golpes recibidos a lo largo de su carrera. Estaba algo sonado y, a veces, perdía el norte de la conversación, aunque era un hombre parco en palabras. Pero, sobre todo, Máxi era el confesor del gimnasio, un amigo al que tú le podías confiar el mayor secreto del mundo, que jamás sería desvelado. Máxi llevaba el boxeo muy adentro, y no dejaría de acudir a aquel sótano hasta los últimos días de su existencia. En torno al ring se habían concentrado todos los boxeadores, que habían abandonado el entrenamiento para no perderse ni un solo detalle del singular combate. Gacela y el grandullón seguían calentando. El grandullón se dejaba caer de espaldas en las cuerdas y volvía a la postura de origen afianzando los pies en la lona y lanzando ganchos al aire, al tiempo que emitía un fuerte sonido al expulsar el aire por la nariz. Gacela, de espaldas a él, y agarrado a la cuerda superior, hacía flexiones. Máxi hizo sonar la campana y los dos púgiles fueron hacia el centro del cuadrilátero, se saludaron con un leve toque del guante izquierdo y comenzó la pelea. Se tantearon, clavándose los ojos el uno al otro como dos puñales, al tiempo que se lanzaban dobletes, ganchos y directos que no lograban alcanzar su objetivo. El grandullón corría tras Gacela con cierta torpeza, dado su exagerado peso, pero él no se dejaba cazar, dando saltos de un lado a otro del ring. Un directo de derecha mandó a Gacela contra las cuerdas, pero antes de que su rival intentara dar un paso hacia delante, él ya estaba en el centro del ring. Sonó la campana y los dos se retiraron hacia sus respectivos rincones. Si hubiera algo que resaltar del primer asalto, es que fue monótono, aburrido y carente de deportividad, ya que Máxi tuvo que intervenir continuamente, llamándoles al orden y reclamándoles juego limpio. La campana marcó el inicio del segundo asalto, y los dos salieron a su encuentro. De repente, una voz que venía del fondo de la habitación gritó: ¾ ¡Dale, Aitor, dale! ¡Tíralo! Era una voz impregnada de un sentimiento consanguíneo; era la voz de su hermano que no pudo contener el impulso emocional. Los dos entrenadores miraron hacia atrás, como desautorizando su actitud, y él agachó la cabeza, turbado y sonrojado. Los golpes se escuchaban secos y con una intermitencia poco frecuente. Gacela se acercaba a su rival, lanzaba una ráfaga de golpes y se volvía a retirar con la rapidez de un auténtico antílope. El grandullón corría tras él desesperadamente y sudaba de una manera anormal. En su inútil persecución se tropezó y estuvo a punto de salirse del ring, lo que provocó la risa de los demás. De pronto se escuchó un golpe rotundo que hizo temblar la tarima del ring. Aquella masa sebácea se había desplomado en la lona, víctima de un fulminante gancho de derecha. El zambo saltó al ring rápidamente, le quitó el bocado, que le impedía respirar con normalidad y se dispuso a darle aire con la toalla. Al momento volvió en sí, y, entre el zambo y Máxi lo levantaron con bastante dificultad, lo llevaron a rastras hasta la esquina y lo sentaron en un taburete. Por la comisura de los labios le corría un hilillo de sangre. El zambo cogió una esponja humedecida, le limpió la sangre y continuó dándole aire con la toalla. Máxi le quitó la chichonera, los guantes y el vendaje de las manos. Unos meses después todos conocían la potente pegada de Gacela, y, hasta la misma elite del gimnasio había besado la lona ante sus pies. Pero a Gacela nadie lo conocía de puertas afuera, y el entrenador pensó que ya era hora de presentarlo a la afición. Una tarde, mientras se colocaba el vendaje, se acercó y le dijo: ¾ Gacela, la semana que viene hay una Velada en Baracaldo. ¿Por qué no peleas? Es una Velada importante. Vienen varios promotores nacionales y habrá periodistas. Te verá mucha gente. ¾ Eso es precisamente lo que me asusta, la gente. ¾ Baracaldo es el mejor trampolín. Si haces una buena pelea, será más fácil abrirte camino. La crítica hace mucho. ¿Qué dices…? ¾ No sé…, tanta gente… A lo mejor me tiemblan las piernas y me caigo antes de subir al ring. ¾ Venga, hombre, tú a lo tuyo. No mires a nadie directamente y ya verás cómo no pasa nada. Cuando lleves tres segundos encima del ring, el miedo desaparece. Le ocurre a todo el mundo… ¿Qué? ¾ Bueno, pues si soy capaz de aguantar esos tres segundos sin desmayarme, pelearé. ¾ ¿Cuánto pesas, Gacela? ¾ No sé, creo que unos sesenta y dos o sesenta y tres. ¾ A ver, súbete a la báscula. El entrenador fue ajustando las pesas hasta que el brazo de la báscula estuvo equilibrado. Luego dijo: ¾ Sesenta y cuatro trescientos. Muy bien, pelearás en los ligeros, pero tendrás que bajar algunos kilos. Mañana irás a ¾ Me parece que es por la plaza Federico Moyúa, ¿no? ¾ Sí, efectivamente, allí es. Te darán unos impresos que tendrás que rellenar y entregar allí mismo, y luego te mandarán al doctor Díaz Hepe para que te haga un reconocimiento. Te hará muchas preguntas mientras te reconoce, pero tú no contestes a ninguna, él mismo les irá aplicando las respuestas estándar. Es una simple rutina. ¾ Creo que mañana no podré ir ¾dijo con la rabia contenida¾. Y tampoco vendré a entrenar. Mi padre llega por la mañana y tengo que colocarle la mercancía. Cada vez que el “Yucatán” arribaba a un puerto próximo, Gacela recorría todos los bares, cafeterías y discotecas de su localidad vendiendo cartones de tabaco rubio y botellas de whisky escocés. Esta actividad llena de riesgos, era para él algo tan natural como vender tomates en el mercado. ¾ Algún día te pillarán, Gacela ¾dijo el entrenador con cierta compasión. Esa misma noche, en la penumbra de su habitación, Gacela tuvo unas reflexiones profundas sobre sí mismo, que lo llevaron a ver las cosas con un optimismo inconcebible. De repente la vida tuvo para él otro sentido muy distinto, o mejor dicho: tuvo sentido. Se sentía dichoso, feliz, y empezó a tener ilusiones y a pensar en el futuro. Se hallaba, por fin, en el camino que su subconsciente siempre estuvo buscando. Pensó en hacerse un campeón para ganar mucho dinero y marcharse a Brasil, donde su abuelo había emprendido una nueva vida con una mujer de color, y los negocios le iban a las mil maravillas. Pensó tanto en esa idea, que terminó por convertirse en una obsesión. Esa noche tuvo también una ambición, un tanto utópica: Quiso ser eterno. Durante la cena, sus padres habían estado hablando sobre la necesidad de contratar un seguro con “El Ocaso”, para cuando ocurriera lo inevitable. Los dos parecían estar de acuerdo en el asunto. Entonces su madre dijo, que lo ideal sería un panteón para estar todos juntos en “el más allá”. Aitor sintió un tremendo escalofrío. La sola idea de tener que soportarlos otra vez, le hizo aferrarse a la vida, a la que, hasta entonces, no le había dado ningún valor, de una manera increíble. La consulta del doctor Díaz Hepe estaba ubicada en un antiguo edificio cerca de la plaza Zabálburu. La puerta del portal, una obra de artesanía, de hierro fundido y macollas de bronce, se encontraba cerrada a cal y canto. En la pared, una reluciente placa de bronce decía: Doctor Díaz Hepe. Medicina General 3º C. Gacela intentó buscar sin éxito un timbre, un llamador manual, algo que hiciera advertir su presencia allí. Miró a través del cristal pero sólo pudo ver su silueta reflejada en él, ya que éste era opaco. Se alisó el pelo, se chascó los dedos y luego zarandeó la puerta. Al instante, un portero uniformado, con cara de pocos amigos, le abrió la puerta. ¾ ¡Tranquilo, chaval, tranquilo! ¿Adónde vas con tanta prisa? ¾ Vengo a ver al doctor Díaz Hepe. Me mandan de Gacela, con paso decidido se dispuso a traspasar el umbral, pero el portero se plantó en medio y le bloqueó la entrada. ¾ ¡Quieto, chaval!… Más despacio. Lo miró de arriba abajo con cara de desconfianza y desprecio, y después de examinarlo detenidamente, hizo un gesto con la cabeza indicándole que le siguiera hacia el mostrador de recepción. ¾ Dame tu nombre. ¾ Aitor. El portero hizo un comentario improcedente y carente de gracia: ¾ ¡Coño!, te llamas como un toro que tenía mi padre: Aitor. ¾y añadió para remate¾ ¿Cómo le pondrán estos nombres a la gente? Por la cabeza de Aitor pasaron cien respuestas cortantes y punzantes, pero no dijo nada y tragó saliva. Al portero, además de impropio, el nombre de Aitor le pareció insuficiente. Volvió a preguntar: ¾ Aitor, qué. ¾ Aitor Ugalde. Anotó el nombre en un libro de control y le franqueó la entrada. Gacela se mordió el labio inferior para descargar el instinto agresivo y se dirigió hacia un antiguo elevador. Cuando estaba a punto de descorrer las persianas de acordeón, él portero lo increpó de nuevo. ¾ ¡Eh! ¡Tú! Por la escalera de servicio. Mientras Gacela se perdía escaleras arriba, el portero volvió a hacer otro comentario improcedente: ¾ Otro que acabará “sonao”. Estos chavales no saben lo que hacen. Llamó varias veces al timbre y nadie contestaba. Pensó, que tal vez el médico estuviera reconociendo a algún paciente y dejó de insistir para no resultar pesado. Unos segundos después volvió a llamar, pero nada. Cuando había tomado la decisión de volver a bajar a la portería, escuchó a lo lejos unos tacones de mujer que iban en su dirección. Gacela la imaginó mayor, de unos 50 ó 55 años, soltera o viuda, o tal vez separada. Por su manera de andar no parecía obesa. La imaginó muy guapa, rubia, con unos grandes ojos, preciosos e irradiantes, en los que se escondía el dolor de alguna herida moral que no terminaba de cicatrizar. «Seguro que tiene un cutis muy mimado, pero, sin embargo, sus piernas serán retorcidas, como las de una armella soportando un precioso cuadro». Gacela había visto muchas enfermeras y todas eran semejantes El taconeo cesó, y entonces, escuchó el ruido metálico de la trampilla de la mirilla. Un ojo enorme, aparentemente joven, chequeaba el otro lado de la puerta. La mujer descorrió el pestillo y abrió la puerta con desconfianza. Gacela pudo comprobar que, efectivamente, se trataba de una mujer guapa, pero joven, de unos veinte o veintidós años, morena, con un uniforme indefinido, que le hizo dudar si se trataba de la asistenta o de la enfermera, hasta que ésta no estuvo sentada junto al médico. ¾ ¿Qué pasa, majo? ¾dijo en un tono agradable. ¾ Vengo a ver al doctor Díaz Hepe. Me mandan de ¾ Por un momento pensé que eras el chico de los recados. Pasa. ¿Por qué vienes por esta puerta? ¾ El portero me mandó. ¾ Este hombre… La enfermera lo hizo pasar a una sala de espera donde había un hombre mayor que tosía continuamente, y tres mujeres de mediana edad, que por su aspecto debían ser hipocondríacas, pues, en sus ojos no había ningún signo de enfermedad, y, además, lucían un bronceado de tierra adentro, presumiblemente de haber veraneado en algún chalecito de Villarcayo. Gacela se sorprendió por el aspecto del médico: bajito, enclenque y muy inquieto, y pensó que tal vez se debiera a un problema de la infancia por no haber tomado leche materna, sino biberón. El doctor Díaz Hepe no parecía médico; más bien parecía un químico de laboratorio ilusionado con su trabajo. ¾ Desnúdate de cintura para arriba y túmbate en la camilla ¾dijo con una amabilidad poco frecuente en un médico. El médico se acercó y empezó a golpearle en el tórax con la punta de los dedos, al tiempo que le decía con una velocidad increíble: estás debilítico, estás debilítico, estás debilítico. Gacela se acordó de lo que le dijo su entrenador: «Te hará muchas preguntas mientras te reconoce, pero tú no contestes a ninguna». Le tomó la tensión y las pulsaciones, primero en estado de reposo; después le hizo correr por una cinta rotativa y volvió a tomar lectura de los valores. Lo pasó por rayos X, le abrió los párpados y le examinó detenidamente los ojos, le hizo soplar en un aparato que medía la capacidad pulmonar y, a continuación volvieron de nuevo al despacho. El médico empezó a hacerle una serie de preguntas que, él mismo iba contestando en un cuestionario: «¿Has padecido alguna enfermedad grave? ¿Fumas? ¿Bebes?» Una vez terminado el absurdo interrogatorio, el médico extendió un certificado, lo plegó con suma delicadeza y se lo entregó a Gacela. Dijo: ¾ Bueno, majo, ya puedes boxear. Siempre que pelees en la provincia, yo estaré a tu lado. Suerte. El médico se levantó de la silla y le extendió su mano, frágil y temblorosa. Gacela la cogió con sumo cuidado, como se coge el cuerpo de un bebé, y se dejó llevar por temor a quebrantarle los huesos. [1] Protección bucal de goma Deja un comentario { Pagina anterior } { Pagina 22 de 59 } { Pagina siguiente } |
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