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Artículos de Opinión, Relatos y Reflexiones

Gacela (1ª parte)

09:19, 12/12/2006 .. Publicado en Relatos .. 1 comentarios .. Link

  Gacela

A

penas había luz; tres bombillas de escasos vatios alumbraban en precario aquel lugar lleno de éxitos y de fracasos, de glorias y de derrotas, de esperanzas, de frustraciones, de sueños, de ira…, de sangre. Un fuerte olor; mezcla de sudor, humedad y Zotal; suavizado levemente por un ligero aroma de linimento de El Tío del Bigote, te penetraba por los conductos nasales produciendo los efectos del mismo cloroformo. Todas las paredes estaban empapeladas con carteles de los eventos más relevantes de los últimos tiempos, y con fotografías de los ídolos contemporáneos en las poses más sugerentes: Mando Ramos, Legrá, Carrasco; y las figuras autóctonas, dos grandes campeones: Agustín Senín y Luis Aisa. El impacto seco del puño contra el saco de arena, los golpes sincronizados del punch ball, el zigzag  de la comba, la respiración exhausta, casi agonizante de los que llegan al límite, y la voz dirigente del entrenador, unido al característico olor, antes mencionado, constituían el ambiente inconfundible de este espacio deficiente, de escasos medios, al que, generosamente, todos llamaban gimnasio.

         El lugar era miserable, como miserables eran también muchos de los pugilatos que a diario se batían machacándose el cuerpo hasta llegar a echar el hígado por la boca. Todos querían dar lo mejor de sí mismo, que no era mucho, pues, eran mediocres como deportistas, como estudiantes, como trabajadores, como personas. Eran unos simples individuos que querían dejar de serlo.

 Estos individuos ignorados pretendían durante más de dos horas diarias de extremo esfuerzo físico, ser algún día un personaje; dejar de ser los fulanos indeterminados que eran, salir del anonimato cotidiano, de la mediocridad. Y en ese empeño se derramaban cada día lágrimas de impotencia, sudores de cólera, y, como consecuencia de todo ello, se producían derrames nasales, se hinchaban pómulos, se amorataban ojos, se rajaban labios y se abrían cejas en canal, que drenaban sangre con la misma virulencia que un volcán en erupción vomita la lava.

         Situado en los sótanos de un viejo edificio de una de las calles más emblemáticas de la localidad, este gimnasio fue anteriormente, en los tiempos del franquismo, un centro cultural, dependiente de la Organización de Juventudes Españolas OJE. Y hoy, paradójicamente, es la sede local del Partido Nacionalista Vasco PNV. Lo que son las cosas…

         Aitor no llegó allí por “las malas compañías”, como dijo su padre cuando se enteró. Él todo lo atribuía a las malas compañías. Cuando hacía novillos en el colegio, era por las malas compañías. Cuando llegaba tarde a casa, era por las malas compañías. Para él, Aitor no era dueño de sus propios actos; eran los demás quienes tomaban las decisiones por él y dirigían su vida como él quiso dirigirla siempre. Todas las dichas y desdichas relacionadas con su persona, no era él quien las provocaba, sino las malas compañías. El día que se enteró que llevaba más de un mes sin aparecer por el colegio, después de arrearle una soberana paliza con una cuerda marinera, a modo de látigo, que tenía reservada para esos casos, le dijo a su madre, que sólo veía por los ojos de aquel monstruo y callaba siempre que él decía algo: «Mal camino lleva. Y todo por las malas compañías. Pero no te preocupes, que a éste lo enderezo yo. Ya verás». Claro, que ignoraba que su peor compañía fue siempre la de él.

         Él le enseñó a mentir a los carabineros de los muelles, a traficar con tabaco rubio, siendo aún un niño; no tendría más de doce años cuando comenzó a vender tabaco en cantidades industriales por bares cafeterías y discotecas. Le utilizó de tapadera para colocar la mercancía a buen recaudo: un matrimonio joven que pasea con sus ricos niños por delante de los carabineros, está libre de toda sospecha. Él le hizo coger su primera borrachera el día que dejó de ser chiquillo y fue chaval. Hasta entonces, cuando se refería a él, decía siempre, el chiquillo. Aquel día, de repente, dejó de llamarle chiquillo y le llamó chaval. Estaban en un bar que su padre solía frecuentar con bastante asiduidad, regentado por un gallego estúpido y repugnante que siempre estaba de mal humor. Su padre había bebido algo más de la cuenta y tenía la lengua estropajosa, es decir, que no articulaba bien las palabras y decía frases inconexas. En una de esas, le miró muy serio, luego sonrió y le dijo al del bar:

¾ ¡Antón, ponle al chaval un ribeiro! ¾Era la primera vez que Aitor iba a probar el alcohol.

         Antón  puso una taza de porcelana blanca que iba de menor a mayor en sentido ascendente, y echó en ella un líquido amarillento, agrio y asqueroso. Aitor cogió la taza y, después de olfatearla repetidas veces, se la llevó a la boca y bebió aquella cosa repugnante de un trago. El líquido pasó por su esófago como el alcohol por una úlcera, y rápidamente le produjo un cosquilleo en la cabeza. Su padre le miró con una sonrisa ácida, producto del orgullo y la soberbia que lo poseían, y le dijo:

¾ Qué, te gusta, ¿eh?

Él no dijo nada, solamente le miró y le ofreció una sonrisa seca, sin mucho énfasis. Debió entender que sí, que le gustaba, porque, acto seguido, se dirigió a Antón solicitando otro ribeiro para el chaval.

¾ ¡Antón, otro ribeiro para el chaval, que le ha gustado!

Su mujer, una asturiana de San Juan de la Arena, que observaba sin pestañear su ingreso en el club etílico-social, hizo un gesto negativo con la cabeza, como censurando la actitud del padre. Aitor cogió la taza y bebió en varios sorbos, poco a poco. Ya no le resultaba tan desagradable su olor, ni tan agrio su sabor, ¡coño, que le gustaba!

¾ Está bueno, ¿eh? ¾dijo Antón.

¾ ¿Quieres otro? ¾preguntó su padre.

Aitor se encogió de hombros, y su padre entendió perfectamente que sí, que quería otro.

¾ ¡Antón, otro ribeiro!

¾ ¿Otro? ¾dijo extrañado.

Antón le puso el vino con desgana, y poco después su cabeza daba vueltas igual que una noria. Se empezó a sentir mal, muy mal. La mujer de Antón  se debió de asustar, porque salió corriendo de la barra.

¾ El güaje tien la carina blanca[1] ¾dijo, en un asturiano cerrado, al tiempo que le retiraba la taza de las manos. Después lo cogió por el brazo y lo llevó a la calle a echar la pava.

Unos años más tarde, Aitor llegó a casa de aquella manera, y su padre puso el grito en el cielo. Normal.

 

Aitor llegó al gimnasio por propia convicción, en contra de lo que su padre pensaba. Todos los días al salir del trabajo, inevitablemente, tenía que pasar por la puerta, y todos los días, inevitablemente, al llegar allí se detenía a observar los entrenamientos por un ventanillo que servía de respiradero del sótano. Se sentaba en el borde del ventanillo y contemplaba boquiabierto, todos y cada uno de los movimientos de los púgiles. Había dos entrenadores que dirigían cada uno a un grupo diferente. Uno era mayor, bajito y algo zambo. Siempre iba con una chapela y tenía un estilo muy peculiar. Era muy enrollado con los boxeadores, que a simple vista parecían novatos. Les explicaba las cosas mil veces, con gestos parsimoniosos y ejemplos prácticos que llenaban de confianza al pupilo. El otro entrenador era un hombre más joven, de estatura normal y complexión fuerte. No le gustaba explicar las cosas más de una vez. Era serio, de un carácter, más bien agrio, y dirigía los entrenamientos con autoridad y disciplina.

Desde el ventanillo sólo se divisaban dos habitáculos divididos por un tabique. En uno, que estaba todo rodeado de espejos, se encontraba el saco de arena y el puch ball. En el otro estaba el ring, un cuadrilátero de escasas dimensiones que obligaba a la lucha cuerpo a cuerpo. El resto del gimnasio escapaba al ángulo de visión y Aitor no lograba siquiera imaginarlo.

Llevaba meses mirando por aquel ventanillo y respirando los vapores de coraje que fluían del sótano, pero nunca se atrevía a entrar: su timidez es algo que nunca ha podido superar; ni siquiera hoy, con esa edad indefinida que se adquiere superados los cuarenta. Pero uno de esos días que estaba contemplando los entrenamientos, de repente sintió que una mano le oprimía la clavícula. Miró hacia atrás y, cuál fue su sorpresa, cuando vio que aquella mano era la del entrenador, el más joven, el de carácter agrio.

¾ ¿Te gusta el boxeo, chaval? ¾le dijo, mientras hincaba los dedos en su clavícula.

¾ Sí… Me gusta ¾respondió sorprendido.

Desde ese día, Aitor miró por el ventanillo desde un plano inferior.

Poco más le quedaba por ver de este humilde local, que a partir de ahora iba a absorber todo su tiempo libre. Sólo un largo pasillo con dos grupos de barras paralelas, una a cada lado, varias colchonetas de skay, dos grandes anillas que colgaban del techo, una ducha atestada de ladillas, y un armario donde se guardaban: vendas, manoplas, guantes, chichoneras, y un pequeño botiquín.

¾ ¿Fumas? ¾le preguntó el entrenador.

¾ Poco ¾respondió él.

¾ Pues si quieres entrenar con nosotros, no debes fumar nada.

¾ Vale.

¾ ¿Bebes?

¾ Algunas cañas.

¾ Tendrás que dejarlo.

¾ Vale.

¾ Mañana empezamos a las ocho. Ven preparado con ropa adecuada. Después ya te irás haciendo con un equipo.

No tuvo más remedio que renunciar a esos pequeños vicios en los que todavía se estaba iniciando, y se dedicó en cuerpo y alma al deporte de las doce cuerdas.

Al principio, Aitor pensó que sería difícil integrarse en aquel ambiente heterogéneo, donde confluían los seres más pendencieros de las diversas estirpes sociales: jefes de tribus urbanas que querían estar en forma para defender con éxito sus territorios, reconocidos camorristas que alardeaban continuamente de ello, auténticos rufianes que no les importaba meterte diez centímetros de acero en la barriga, con tal de aumentar su palmarés delictivo, y algún que otro chulo barato que no tenía ni media hostia. Pero también había gente sencilla y honrada: algunos estudiantes poco convencidos del futuro que les esperaba, estibadores portuarios, chapistas, soldadores, panaderos; y dos hermanos que se dedicaban a recoger pelotas en el campo de golf. La verdad, no es fácil integrarse en un ambiente de esta naturaleza, pero Aitor no tuvo muchas dificultades. A pesar del escaso diálogo que había entre los púgiles, pues allí sólo hablaban las miradas, los gestos y los puños, enseguida se ganó la confianza de sus colegas. Para ello se prestó de sparring a cualquier púgil que lo solicitaba, incluso, a auténticos gigantes que pesaban treinta kilos más que él, que, cuando lanzaban su puño demoledor, a Aitor le temblaban hasta las uñas de los pies, aunque no era fácil cazarlo, pues tenía una habilidad singular para entrar, castigar y salir zumbando «No hay quien lo coja. Corre como una gacela», dijo un día Sesúmaga, un peso pesado que le había cogido las pelotas a los mejores golfistas de aquella época. Desde ese día, a Aitor lo empezaron a llamar por el sobrenombre de Gacela

 

Conducido por las sabias instrucciones del entrenador joven de carácter agrio, y atendiendo a las indicaciones correctoras y algo celosas, aunque bien disimuladas, del zambo de la chapela, que continuamente lo interrumpía para, así, hacer constar su autoridad en aquel sótano, Gacela fue tomando forma y adquiriendo estilo, perdiendo peso y ganando flexibilidad. Él se había empeñado en tener la nariz retorcida y aplastada como la de Aísa, para tener el aspecto de todo un boxeador. Pero no fue necesario poner mucho interés en ello, pues, casi sin darse cuenta su nariz se fue quedando deforme y achatada, igual que la de un auténtico profesional.

Sin querer, a Gacela le fue picando el gusanillo del boxeo. Digo sin querer porque, cuando miraba por el ventanillo no tenía muy claro que aquella práctica irracional de darse de hostias sin ningún motivo le podía gustar, es más, lo encontraba absurdo. No se explicaba cómo dos individuos se saludaban primero, luego se enzarzaban en un violento combate; de vez en cuando se pedían disculpas mutuas, y después terminaban abrazándose «De locos, es cosa de locos», llegó a pensar en más de una ocasión.

Él no era un rufián, ni un chulo, y ya quedó claro que no fueron las malas compañías las que lo llevaron a entrar por la puerta de aquel gimnasio. Pero, tampoco fue la afición, ni el afán de protagonismo, ni el de superación, ni ninguno de esos afanes materialistas, egoístas y miserables que pierden al hombre. Pues, Gacela nunca quiso ser nada, ni nadie. Carecía de ambiciones, y el futuro era para él algo lejano, que quizás nunca llegaría. Cuando en la escuela le preguntaban qué quería ser de mayor, él, en vez de contestar como el resto de sus compañeros: médico, abogado, mecánico o maestro, sorprendía a todos con una respuesta seca y tajante: «NADA. Yo de mayor no quiero ser nada». A Gacela, lo que le hizo entrar por aquella puerta fue algo, que él mismo desconocía entonces: acumulaba en su interior una agresividad descomunal que necesitaba expulsar de alguna forma. Y qué mejor que partiéndole la cara a alguien de una manera lícita.

 

Era por febrero, y a pesar de que la suave llovizna que no cesaba desde hacía quince días, amortiguaba un poco el intenso frío, éste te calaba hasta los huesos. Gacela llegó al gimnasio algo más tarde de lo habitual, acompañado de un hermano menor que él, que quería ser boxeador. Los dos llevaban el labio superior escarchado y los dedos de las manos entumecidos. El ventanillo permanecía abierto de par en par para facilitar la ventilación y al mismo tiempo para que los espejos no se empañaran con el vaho. Gacela se dispuso a cambiarse de ropa, comenzando por los zapatos, que se desató con bastante dificultad al haber perdido el tacto de los dedos. En eso, se acercó el entrenador con el ceño algo más fruncido de lo normal.

¾ Gacela, si hay algo que no soporto, es la indisciplina. Espero que tengas un motivo lo suficientemente importante para justificar este retraso.

¾ No hay ningún motivo. Lo siento.

¾ Me gusta tu sinceridad, Gacela… Me gusta. Oye, ¿quién es ése? ¾dijo, dirigiendo la mirada hacia su hermano con cierto desprecio.

¾ Es mi hermano. Quiere ver los entrenamientos.

¾ Bien. Siéntate ahí, chaval. Y no molestes a nadie. ¡Venga, Gacela, empieza a calentar ya, que es tarde, coño!



[1] El chaval tiene la cara blanca


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PORQUE EL VIVIR CON AMOR NO FUNCIONA

05:03, 21/09/2008 .. Publicado por Anonymous
ALGUNAS VEZ PIENSO Q LO MAS IMPORTANTE DE LA VIDA ES EL AMOR VERDADERO Y SINSERO EN LA VIDA, HAY HOMBRES Q JUEGAN CON EL VERDADERO Y DESPUES Q LO PIERDEN COMO SUFREN ,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,, ME VOY SOY LA NIÑA Q NO TUVO INFANCIA

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