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Gacela (1ª parte)Gacela
penas había luz; tres bombillas de escasos vatios alumbraban en precario aquel lugar lleno de éxitos y de fracasos, de glorias y de derrotas, de esperanzas, de frustraciones, de sueños, de ira…, de sangre. Un fuerte olor; mezcla de sudor, humedad y Zotal; suavizado levemente por un ligero aroma de linimento de El Tío del Bigote, te penetraba por los conductos nasales produciendo los efectos del mismo cloroformo. Todas las paredes estaban empapeladas con carteles de los eventos más relevantes de los últimos tiempos, y con fotografías de los ídolos contemporáneos en las poses más sugerentes: Mando Ramos, Legrá, Carrasco; y las figuras autóctonas, dos grandes campeones: Agustín Senín y Luis Aisa. El impacto seco del puño contra el saco de arena, los golpes sincronizados del punch ball, el zigzag de la comba, la respiración exhausta, casi agonizante de los que llegan al límite, y la voz dirigente del entrenador, unido al característico olor, antes mencionado, constituían el ambiente inconfundible de este espacio deficiente, de escasos medios, al que, generosamente, todos llamaban gimnasio. El lugar era miserable, como miserables eran también muchos de los pugilatos que a diario se batían machacándose el cuerpo hasta llegar a echar el hígado por la boca. Todos querían dar lo mejor de sí mismo, que no era mucho, pues, eran mediocres como deportistas, como estudiantes, como trabajadores, como personas. Eran unos simples individuos que querían dejar de serlo. Estos individuos ignorados pretendían durante más de dos horas diarias de extremo esfuerzo físico, ser algún día un personaje; dejar de ser los fulanos indeterminados que eran, salir del anonimato cotidiano, de la mediocridad. Y en ese empeño se derramaban cada día lágrimas de impotencia, sudores de cólera, y, como consecuencia de todo ello, se producían derrames nasales, se hinchaban pómulos, se amorataban ojos, se rajaban labios y se abrían cejas en canal, que drenaban sangre con la misma virulencia que un volcán en erupción vomita la lava. Situado en los sótanos de un viejo edificio de una de las calles más emblemáticas de la localidad, este gimnasio fue anteriormente, en los tiempos del franquismo, un centro cultural, dependiente de Aitor no llegó allí por “las malas compañías”, como dijo su padre cuando se enteró. Él todo lo atribuía a las malas compañías. Cuando hacía novillos en el colegio, era por las malas compañías. Cuando llegaba tarde a casa, era por las malas compañías. Para él, Aitor no era dueño de sus propios actos; eran los demás quienes tomaban las decisiones por él y dirigían su vida como él quiso dirigirla siempre. Todas las dichas y desdichas relacionadas con su persona, no era él quien las provocaba, sino las malas compañías. El día que se enteró que llevaba más de un mes sin aparecer por el colegio, después de arrearle una soberana paliza con una cuerda marinera, a modo de látigo, que tenía reservada para esos casos, le dijo a su madre, que sólo veía por los ojos de aquel monstruo y callaba siempre que él decía algo: «Mal camino lleva. Y todo por las malas compañías. Pero no te preocupes, que a éste lo enderezo yo. Ya verás». Claro, que ignoraba que su peor compañía fue siempre la de él. Él le enseñó a mentir a los carabineros de los muelles, a traficar con tabaco rubio, siendo aún un niño; no tendría más de doce años cuando comenzó a vender tabaco en cantidades industriales por bares cafeterías y discotecas. Le utilizó de tapadera para colocar la mercancía a buen recaudo: un matrimonio joven que pasea con sus ricos niños por delante de los carabineros, está libre de toda sospecha. Él le hizo coger su primera borrachera el día que dejó de ser chiquillo y fue chaval. Hasta entonces, cuando se refería a él, decía siempre, el chiquillo. Aquel día, de repente, dejó de llamarle chiquillo y le llamó chaval. Estaban en un bar que su padre solía frecuentar con bastante asiduidad, regentado por un gallego estúpido y repugnante que siempre estaba de mal humor. Su padre había bebido algo más de la cuenta y tenía la lengua estropajosa, es decir, que no articulaba bien las palabras y decía frases inconexas. En una de esas, le miró muy serio, luego sonrió y le dijo al del bar: ¾ ¡Antón, ponle al chaval un ribeiro! ¾Era la primera vez que Aitor iba a probar el alcohol. Antón puso una taza de porcelana blanca que iba de menor a mayor en sentido ascendente, y echó en ella un líquido amarillento, agrio y asqueroso. Aitor cogió la taza y, después de olfatearla repetidas veces, se la llevó a la boca y bebió aquella cosa repugnante de un trago. El líquido pasó por su esófago como el alcohol por una úlcera, y rápidamente le produjo un cosquilleo en la cabeza. Su padre le miró con una sonrisa ácida, producto del orgullo y la soberbia que lo poseían, y le dijo: ¾ Qué, te gusta, ¿eh? Él no dijo nada, solamente le miró y le ofreció una sonrisa seca, sin mucho énfasis. Debió entender que sí, que le gustaba, porque, acto seguido, se dirigió a Antón solicitando otro ribeiro para el chaval. ¾ ¡Antón, otro ribeiro para el chaval, que le ha gustado! Su mujer, una asturiana de San Juan de ¾ Está bueno, ¿eh? ¾dijo Antón. ¾ ¿Quieres otro? ¾preguntó su padre. Aitor se encogió de hombros, y su padre entendió perfectamente que sí, que quería otro. ¾ ¡Antón, otro ribeiro! ¾ ¿Otro? ¾dijo extrañado. Antón le puso el vino con desgana, y poco después su cabeza daba vueltas igual que una noria. Se empezó a sentir mal, muy mal. La mujer de Antón se debió de asustar, porque salió corriendo de la barra. ¾ El güaje tien la carina blanca[1] ¾dijo, en un asturiano cerrado, al tiempo que le retiraba la taza de las manos. Después lo cogió por el brazo y lo llevó a la calle a echar la pava. Unos años más tarde, Aitor llegó a casa de aquella manera, y su padre puso el grito en el cielo. Normal. Aitor llegó al gimnasio por propia convicción, en contra de lo que su padre pensaba. Todos los días al salir del trabajo, inevitablemente, tenía que pasar por la puerta, y todos los días, inevitablemente, al llegar allí se detenía a observar los entrenamientos por un ventanillo que servía de respiradero del sótano. Se sentaba en el borde del ventanillo y contemplaba boquiabierto, todos y cada uno de los movimientos de los púgiles. Había dos entrenadores que dirigían cada uno a un grupo diferente. Uno era mayor, bajito y algo zambo. Siempre iba con una chapela y tenía un estilo muy peculiar. Era muy enrollado con los boxeadores, que a simple vista parecían novatos. Les explicaba las cosas mil veces, con gestos parsimoniosos y ejemplos prácticos que llenaban de confianza al pupilo. El otro entrenador era un hombre más joven, de estatura normal y complexión fuerte. No le gustaba explicar las cosas más de una vez. Era serio, de un carácter, más bien agrio, y dirigía los entrenamientos con autoridad y disciplina. Desde el ventanillo sólo se divisaban dos habitáculos divididos por un tabique. En uno, que estaba todo rodeado de espejos, se encontraba el saco de arena y el puch ball. En el otro estaba el ring, un cuadrilátero de escasas dimensiones que obligaba a la lucha cuerpo a cuerpo. El resto del gimnasio escapaba al ángulo de visión y Aitor no lograba siquiera imaginarlo. Llevaba meses mirando por aquel ventanillo y respirando los vapores de coraje que fluían del sótano, pero nunca se atrevía a entrar: su timidez es algo que nunca ha podido superar; ni siquiera hoy, con esa edad indefinida que se adquiere superados los cuarenta. Pero uno de esos días que estaba contemplando los entrenamientos, de repente sintió que una mano le oprimía la clavícula. Miró hacia atrás y, cuál fue su sorpresa, cuando vio que aquella mano era la del entrenador, el más joven, el de carácter agrio. ¾ ¿Te gusta el boxeo, chaval? ¾le dijo, mientras hincaba los dedos en su clavícula. ¾ Sí… Me gusta ¾respondió sorprendido. Desde ese día, Aitor miró por el ventanillo desde un plano inferior. Poco más le quedaba por ver de este humilde local, que a partir de ahora iba a absorber todo su tiempo libre. Sólo un largo pasillo con dos grupos de barras paralelas, una a cada lado, varias colchonetas de skay, dos grandes anillas que colgaban del techo, una ducha atestada de ladillas, y un armario donde se guardaban: vendas, manoplas, guantes, chichoneras, y un pequeño botiquín. ¾ ¿Fumas? ¾le preguntó el entrenador. ¾ Poco ¾respondió él. ¾ Pues si quieres entrenar con nosotros, no debes fumar nada. ¾ Vale. ¾ ¿Bebes? ¾ Algunas cañas. ¾ Tendrás que dejarlo. ¾ Vale. ¾ Mañana empezamos a las ocho. Ven preparado con ropa adecuada. Después ya te irás haciendo con un equipo. No tuvo más remedio que renunciar a esos pequeños vicios en los que todavía se estaba iniciando, y se dedicó en cuerpo y alma al deporte de las doce cuerdas. Al principio, Aitor pensó que sería difícil integrarse en aquel ambiente heterogéneo, donde confluían los seres más pendencieros de las diversas estirpes sociales: jefes de tribus urbanas que querían estar en forma para defender con éxito sus territorios, reconocidos camorristas que alardeaban continuamente de ello, auténticos rufianes que no les importaba meterte diez centímetros de acero en la barriga, con tal de aumentar su palmarés delictivo, y algún que otro chulo barato que no tenía ni media hostia. Pero también había gente sencilla y honrada: algunos estudiantes poco convencidos del futuro que les esperaba, estibadores portuarios, chapistas, soldadores, panaderos; y dos hermanos que se dedicaban a recoger pelotas en el campo de golf. La verdad, no es fácil integrarse en un ambiente de esta naturaleza, pero Aitor no tuvo muchas dificultades. A pesar del escaso diálogo que había entre los púgiles, pues allí sólo hablaban las miradas, los gestos y los puños, enseguida se ganó la confianza de sus colegas. Para ello se prestó de sparring a cualquier púgil que lo solicitaba, incluso, a auténticos gigantes que pesaban treinta kilos más que él, que, cuando lanzaban su puño demoledor, a Aitor le temblaban hasta las uñas de los pies, aunque no era fácil cazarlo, pues tenía una habilidad singular para entrar, castigar y salir zumbando «No hay quien lo coja. Corre como una gacela», dijo un día Sesúmaga, un peso pesado que le había cogido las pelotas a los mejores golfistas de aquella época. Desde ese día, a Aitor lo empezaron a llamar por el sobrenombre de “Gacela” Conducido por las sabias instrucciones del entrenador joven de carácter agrio, y atendiendo a las indicaciones correctoras y algo celosas, aunque bien disimuladas, del zambo de la chapela, que continuamente lo interrumpía para, así, hacer constar su autoridad en aquel sótano, Gacela fue tomando forma y adquiriendo estilo, perdiendo peso y ganando flexibilidad. Él se había empeñado en tener la nariz retorcida y aplastada como la de Aísa, para tener el aspecto de todo un boxeador. Pero no fue necesario poner mucho interés en ello, pues, casi sin darse cuenta su nariz se fue quedando deforme y achatada, igual que la de un auténtico profesional. Sin querer, a Gacela le fue picando el gusanillo del boxeo. Digo sin querer porque, cuando miraba por el ventanillo no tenía muy claro que aquella práctica irracional de darse de hostias sin ningún motivo le podía gustar, es más, lo encontraba absurdo. No se explicaba cómo dos individuos se saludaban primero, luego se enzarzaban en un violento combate; de vez en cuando se pedían disculpas mutuas, y después terminaban abrazándose «De locos, es cosa de locos», llegó a pensar en más de una ocasión. Él no era un rufián, ni un chulo, y ya quedó claro que no fueron las malas compañías las que lo llevaron a entrar por la puerta de aquel gimnasio. Pero, tampoco fue la afición, ni el afán de protagonismo, ni el de superación, ni ninguno de esos afanes materialistas, egoístas y miserables que pierden al hombre. Pues, Gacela nunca quiso ser nada, ni nadie. Carecía de ambiciones, y el futuro era para él algo lejano, que quizás nunca llegaría. Cuando en la escuela le preguntaban qué quería ser de mayor, él, en vez de contestar como el resto de sus compañeros: médico, abogado, mecánico o maestro, sorprendía a todos con una respuesta seca y tajante: «NADA. Yo de mayor no quiero ser nada». A Gacela, lo que le hizo entrar por aquella puerta fue algo, que él mismo desconocía entonces: acumulaba en su interior una agresividad descomunal que necesitaba expulsar de alguna forma. Y qué mejor que partiéndole la cara a alguien de una manera lícita. Era por febrero, y a pesar de que la suave llovizna que no cesaba desde hacía quince días, amortiguaba un poco el intenso frío, éste te calaba hasta los huesos. Gacela llegó al gimnasio algo más tarde de lo habitual, acompañado de un hermano menor que él, que quería ser boxeador. Los dos llevaban el labio superior escarchado y los dedos de las manos entumecidos. El ventanillo permanecía abierto de par en par para facilitar la ventilación y al mismo tiempo para que los espejos no se empañaran con el vaho. Gacela se dispuso a cambiarse de ropa, comenzando por los zapatos, que se desató con bastante dificultad al haber perdido el tacto de los dedos. En eso, se acercó el entrenador con el ceño algo más fruncido de lo normal. ¾ Gacela, si hay algo que no soporto, es la indisciplina. Espero que tengas un motivo lo suficientemente importante para justificar este retraso. ¾ No hay ningún motivo. Lo siento. ¾ Me gusta tu sinceridad, Gacela… Me gusta. Oye, ¿quién es ése? ¾dijo, dirigiendo la mirada hacia su hermano con cierto desprecio. ¾ Es mi hermano. Quiere ver los entrenamientos. ¾ Bien. Siéntate ahí, chaval. Y no molestes a nadie. ¡Venga, Gacela, empieza a calentar ya, que es tarde, coño! [1] El chaval tiene la cara blanca Gacela (2ª parte)Comenzó por un precalentamiento dinámico y pasó después a un calentamiento progresivo de los músculos. Luego hizo unos ejercicios de flexibilidad y se vendó las manos, mientras hacía movimientos aeróbicos de cintura. Frente al espejo, empezó a soltar los brazos a cámara lenta, corrigiendo y perfeccionando el estilo. Descansó unos segundos, y, a continuación hizo unos ejercicios de soltura y respiración. Inmediatamente después se colocó el bocado[1] para habituarse a la respiración nasal, se calzó las manoplas acolchadas y empezó a golpear el saco de arena con energía: directo de izquierda, gancho de derecha, doblete (izquierda-izquierda al rostro), uno–dos (directo de izquierda–directo de derecha al rostro). Extenuado, se sentó de nuevo en el taburete y tomó aire profundamente para aliviar la ventilación pulmonar, que era insuficiente, dado el grado de excitación que padecía y la baja concentración de oxígeno que había en el sótano. Descansó unos segundos. ¾ ¡Vamos, Gacela, no te enfríes! ¾dijo el entrenador¾. ¡Al Punch ball!… ¡Tiempo! Durante un asalto, es decir, tres minutos, pegó a la bola con golpes firmes, precisos y sincronizados, volviendo a caer extenuado en el taburete. ¾ Gacela, ¿hacemos guantes? ¾dijo un grandullón de cuerpo exageradamente desproporcionado. ¾ Vale ¾contestó él, sin darse tiempo siquiera a pensarlo. Poco después, Gacela y el grandullón subían al pequeño cuadrilátero ante una extraordinaria expectación. Goliat, el gigante filisteo, se iba a batir con el joven israelita David. En una esquina del cuadrilátero, Gacela se calzaba los guantes de ocho onzas ( Los dos entrenadores se retiraron hacia la puerta y dialogaron durante unos segundos. Al parecer estuvieron decidiendo quién iba a ser el árbitro. Mientras tanto, los boxeadores flexionaban agarrados a las cuerdas, hacían ejercicios de cintura y lanzaban al aire el uno–dos. Como ocurría casi siempre, le toco arbitrar a Máximo Requena, Kid Máxi, un profesional que había colgado los guantes hacía varios años, pero que acudía todas las tardes al gimnasio para mantenerse en forma y colaborar con los dos entrenadores. Máxi, era, asimismo, masajista, sanitario, cosía el cuero de los guantes y de las manoplas que se rompían, ayudaba a colocar los vendajes de las manos; insertaba los nombres de los boxeadores con unas plantillas que él había diseñado, en camisetas, batas, calzones y botines. Máxi tenía una mujer deslumbrante, por su belleza y constitución, que era muy fiel a su detergente, pero a nada más; y esto le había trastornado, incluso más que todos los golpes recibidos a lo largo de su carrera. Estaba algo sonado y, a veces, perdía el norte de la conversación, aunque era un hombre parco en palabras. Pero, sobre todo, Máxi era el confesor del gimnasio, un amigo al que tú le podías confiar el mayor secreto del mundo, que jamás sería desvelado. Máxi llevaba el boxeo muy adentro, y no dejaría de acudir a aquel sótano hasta los últimos días de su existencia. En torno al ring se habían concentrado todos los boxeadores, que habían abandonado el entrenamiento para no perderse ni un solo detalle del singular combate. Gacela y el grandullón seguían calentando. El grandullón se dejaba caer de espaldas en las cuerdas y volvía a la postura de origen afianzando los pies en la lona y lanzando ganchos al aire, al tiempo que emitía un fuerte sonido al expulsar el aire por la nariz. Gacela, de espaldas a él, y agarrado a la cuerda superior, hacía flexiones. Máxi hizo sonar la campana y los dos púgiles fueron hacia el centro del cuadrilátero, se saludaron con un leve toque del guante izquierdo y comenzó la pelea. Se tantearon, clavándose los ojos el uno al otro como dos puñales, al tiempo que se lanzaban dobletes, ganchos y directos que no lograban alcanzar su objetivo. El grandullón corría tras Gacela con cierta torpeza, dado su exagerado peso, pero él no se dejaba cazar, dando saltos de un lado a otro del ring. Un directo de derecha mandó a Gacela contra las cuerdas, pero antes de que su rival intentara dar un paso hacia delante, él ya estaba en el centro del ring. Sonó la campana y los dos se retiraron hacia sus respectivos rincones. Si hubiera algo que resaltar del primer asalto, es que fue monótono, aburrido y carente de deportividad, ya que Máxi tuvo que intervenir continuamente, llamándoles al orden y reclamándoles juego limpio. La campana marcó el inicio del segundo asalto, y los dos salieron a su encuentro. De repente, una voz que venía del fondo de la habitación gritó: ¾ ¡Dale, Aitor, dale! ¡Tíralo! Era una voz impregnada de un sentimiento consanguíneo; era la voz de su hermano que no pudo contener el impulso emocional. Los dos entrenadores miraron hacia atrás, como desautorizando su actitud, y él agachó la cabeza, turbado y sonrojado. Los golpes se escuchaban secos y con una intermitencia poco frecuente. Gacela se acercaba a su rival, lanzaba una ráfaga de golpes y se volvía a retirar con la rapidez de un auténtico antílope. El grandullón corría tras él desesperadamente y sudaba de una manera anormal. En su inútil persecución se tropezó y estuvo a punto de salirse del ring, lo que provocó la risa de los demás. De pronto se escuchó un golpe rotundo que hizo temblar la tarima del ring. Aquella masa sebácea se había desplomado en la lona, víctima de un fulminante gancho de derecha. El zambo saltó al ring rápidamente, le quitó el bocado, que le impedía respirar con normalidad y se dispuso a darle aire con la toalla. Al momento volvió en sí, y, entre el zambo y Máxi lo levantaron con bastante dificultad, lo llevaron a rastras hasta la esquina y lo sentaron en un taburete. Por la comisura de los labios le corría un hilillo de sangre. El zambo cogió una esponja humedecida, le limpió la sangre y continuó dándole aire con la toalla. Máxi le quitó la chichonera, los guantes y el vendaje de las manos. Unos meses después todos conocían la potente pegada de Gacela, y, hasta la misma elite del gimnasio había besado la lona ante sus pies. Pero a Gacela nadie lo conocía de puertas afuera, y el entrenador pensó que ya era hora de presentarlo a la afición. Una tarde, mientras se colocaba el vendaje, se acercó y le dijo: ¾ Gacela, la semana que viene hay una Velada en Baracaldo. ¿Por qué no peleas? Es una Velada importante. Vienen varios promotores nacionales y habrá periodistas. Te verá mucha gente. ¾ Eso es precisamente lo que me asusta, la gente. ¾ Baracaldo es el mejor trampolín. Si haces una buena pelea, será más fácil abrirte camino. La crítica hace mucho. ¿Qué dices…? ¾ No sé…, tanta gente… A lo mejor me tiemblan las piernas y me caigo antes de subir al ring. ¾ Venga, hombre, tú a lo tuyo. No mires a nadie directamente y ya verás cómo no pasa nada. Cuando lleves tres segundos encima del ring, el miedo desaparece. Le ocurre a todo el mundo… ¿Qué? ¾ Bueno, pues si soy capaz de aguantar esos tres segundos sin desmayarme, pelearé. ¾ ¿Cuánto pesas, Gacela? ¾ No sé, creo que unos sesenta y dos o sesenta y tres. ¾ A ver, súbete a la báscula. El entrenador fue ajustando las pesas hasta que el brazo de la báscula estuvo equilibrado. Luego dijo: ¾ Sesenta y cuatro trescientos. Muy bien, pelearás en los ligeros, pero tendrás que bajar algunos kilos. Mañana irás a ¾ Me parece que es por la plaza Federico Moyúa, ¿no? ¾ Sí, efectivamente, allí es. Te darán unos impresos que tendrás que rellenar y entregar allí mismo, y luego te mandarán al doctor Díaz Hepe para que te haga un reconocimiento. Te hará muchas preguntas mientras te reconoce, pero tú no contestes a ninguna, él mismo les irá aplicando las respuestas estándar. Es una simple rutina. ¾ Creo que mañana no podré ir ¾dijo con la rabia contenida¾. Y tampoco vendré a entrenar. Mi padre llega por la mañana y tengo que colocarle la mercancía. Cada vez que el “Yucatán” arribaba a un puerto próximo, Gacela recorría todos los bares, cafeterías y discotecas de su localidad vendiendo cartones de tabaco rubio y botellas de whisky escocés. Esta actividad llena de riesgos, era para él algo tan natural como vender tomates en el mercado. ¾ Algún día te pillarán, Gacela ¾dijo el entrenador con cierta compasión. Esa misma noche, en la penumbra de su habitación, Gacela tuvo unas reflexiones profundas sobre sí mismo, que lo llevaron a ver las cosas con un optimismo inconcebible. De repente la vida tuvo para él otro sentido muy distinto, o mejor dicho: tuvo sentido. Se sentía dichoso, feliz, y empezó a tener ilusiones y a pensar en el futuro. Se hallaba, por fin, en el camino que su subconsciente siempre estuvo buscando. Pensó en hacerse un campeón para ganar mucho dinero y marcharse a Brasil, donde su abuelo había emprendido una nueva vida con una mujer de color, y los negocios le iban a las mil maravillas. Pensó tanto en esa idea, que terminó por convertirse en una obsesión. Esa noche tuvo también una ambición, un tanto utópica: Quiso ser eterno. Durante la cena, sus padres habían estado hablando sobre la necesidad de contratar un seguro con “El Ocaso”, para cuando ocurriera lo inevitable. Los dos parecían estar de acuerdo en el asunto. Entonces su madre dijo, que lo ideal sería un panteón para estar todos juntos en “el más allá”. Aitor sintió un tremendo escalofrío. La sola idea de tener que soportarlos otra vez, le hizo aferrarse a la vida, a la que, hasta entonces, no le había dado ningún valor, de una manera increíble. La consulta del doctor Díaz Hepe estaba ubicada en un antiguo edificio cerca de la plaza Zabálburu. La puerta del portal, una obra de artesanía, de hierro fundido y macollas de bronce, se encontraba cerrada a cal y canto. En la pared, una reluciente placa de bronce decía: Doctor Díaz Hepe. Medicina General 3º C. Gacela intentó buscar sin éxito un timbre, un llamador manual, algo que hiciera advertir su presencia allí. Miró a través del cristal pero sólo pudo ver su silueta reflejada en él, ya que éste era opaco. Se alisó el pelo, se chascó los dedos y luego zarandeó la puerta. Al instante, un portero uniformado, con cara de pocos amigos, le abrió la puerta. ¾ ¡Tranquilo, chaval, tranquilo! ¿Adónde vas con tanta prisa? ¾ Vengo a ver al doctor Díaz Hepe. Me mandan de Gacela, con paso decidido se dispuso a traspasar el umbral, pero el portero se plantó en medio y le bloqueó la entrada. ¾ ¡Quieto, chaval!… Más despacio. Lo miró de arriba abajo con cara de desconfianza y desprecio, y después de examinarlo detenidamente, hizo un gesto con la cabeza indicándole que le siguiera hacia el mostrador de recepción. ¾ Dame tu nombre. ¾ Aitor. El portero hizo un comentario improcedente y carente de gracia: ¾ ¡Coño!, te llamas como un toro que tenía mi padre: Aitor. ¾y añadió para remate¾ ¿Cómo le pondrán estos nombres a la gente? Por la cabeza de Aitor pasaron cien respuestas cortantes y punzantes, pero no dijo nada y tragó saliva. Al portero, además de impropio, el nombre de Aitor le pareció insuficiente. Volvió a preguntar: ¾ Aitor, qué. ¾ Aitor Ugalde. Anotó el nombre en un libro de control y le franqueó la entrada. Gacela se mordió el labio inferior para descargar el instinto agresivo y se dirigió hacia un antiguo elevador. Cuando estaba a punto de descorrer las persianas de acordeón, él portero lo increpó de nuevo. ¾ ¡Eh! ¡Tú! Por la escalera de servicio. Mientras Gacela se perdía escaleras arriba, el portero volvió a hacer otro comentario improcedente: ¾ Otro que acabará “sonao”. Estos chavales no saben lo que hacen. Llamó varias veces al timbre y nadie contestaba. Pensó, que tal vez el médico estuviera reconociendo a algún paciente y dejó de insistir para no resultar pesado. Unos segundos después volvió a llamar, pero nada. Cuando había tomado la decisión de volver a bajar a la portería, escuchó a lo lejos unos tacones de mujer que iban en su dirección. Gacela la imaginó mayor, de unos 50 ó 55 años, soltera o viuda, o tal vez separada. Por su manera de andar no parecía obesa. La imaginó muy guapa, rubia, con unos grandes ojos, preciosos e irradiantes, en los que se escondía el dolor de alguna herida moral que no terminaba de cicatrizar. «Seguro que tiene un cutis muy mimado, pero, sin embargo, sus piernas serán retorcidas, como las de una armella soportando un precioso cuadro». Gacela había visto muchas enfermeras y todas eran semejantes El taconeo cesó, y entonces, escuchó el ruido metálico de la trampilla de la mirilla. Un ojo enorme, aparentemente joven, chequeaba el otro lado de la puerta. La mujer descorrió el pestillo y abrió la puerta con desconfianza. Gacela pudo comprobar que, efectivamente, se trataba de una mujer guapa, pero joven, de unos veinte o veintidós años, morena, con un uniforme indefinido, que le hizo dudar si se trataba de la asistenta o de la enfermera, hasta que ésta no estuvo sentada junto al médico. ¾ ¿Qué pasa, majo? ¾dijo en un tono agradable. ¾ Vengo a ver al doctor Díaz Hepe. Me mandan de ¾ Por un momento pensé que eras el chico de los recados. Pasa. ¿Por qué vienes por esta puerta? ¾ El portero me mandó. ¾ Este hombre… La enfermera lo hizo pasar a una sala de espera donde había un hombre mayor que tosía continuamente, y tres mujeres de mediana edad, que por su aspecto debían ser hipocondríacas, pues, en sus ojos no había ningún signo de enfermedad, y, además, lucían un bronceado de tierra adentro, presumiblemente de haber veraneado en algún chalecito de Villarcayo. Gacela se sorprendió por el aspecto del médico: bajito, enclenque y muy inquieto, y pensó que tal vez se debiera a un problema de la infancia por no haber tomado leche materna, sino biberón. El doctor Díaz Hepe no parecía médico; más bien parecía un químico de laboratorio ilusionado con su trabajo. ¾ Desnúdate de cintura para arriba y túmbate en la camilla ¾dijo con una amabilidad poco frecuente en un médico. El médico se acercó y empezó a golpearle en el tórax con la punta de los dedos, al tiempo que le decía con una velocidad increíble: estás debilítico, estás debilítico, estás debilítico. Gacela se acordó de lo que le dijo su entrenador: «Te hará muchas preguntas mientras te reconoce, pero tú no contestes a ninguna». Le tomó la tensión y las pulsaciones, primero en estado de reposo; después le hizo correr por una cinta rotativa y volvió a tomar lectura de los valores. Lo pasó por rayos X, le abrió los párpados y le examinó detenidamente los ojos, le hizo soplar en un aparato que medía la capacidad pulmonar y, a continuación volvieron de nuevo al despacho. El médico empezó a hacerle una serie de preguntas que, él mismo iba contestando en un cuestionario: «¿Has padecido alguna enfermedad grave? ¿Fumas? ¿Bebes?» Una vez terminado el absurdo interrogatorio, el médico extendió un certificado, lo plegó con suma delicadeza y se lo entregó a Gacela. Dijo: ¾ Bueno, majo, ya puedes boxear. Siempre que pelees en la provincia, yo estaré a tu lado. Suerte. El médico se levantó de la silla y le extendió su mano, frágil y temblorosa. Gacela la cogió con sumo cuidado, como se coge el cuerpo de un bebé, y se dejó llevar por temor a quebrantarle los huesos. [1] Protección bucal de goma Gacela 3ª parte)Gacela abrió la bolsa y empezó a meter en ella todo su equipo: botines, calcetines, calzones, camiseta, el bocado, las vendas, la toalla, y un albornoz con la inscripción de su apodo en la espalda. Su madre, que desde hacía un rato le observaba apoyada en el quicio de la puerta, dijo: ¾ ¿Adónde vas con eso, Aitor? Hoy es sábado, y el gimnasio está cerrado, ¿no? ¾ Voy a Baracaldo. Voy a boxear. ¾dijo él con la sinceridad que le caracterizaba. ¾ ¿A boxear? ¡Tú estás loco, y terminarás más loco todavía! A boxear… No has servido para estudiar, apenas sirves para trabajar. En tan sólo seis meses te han despedido de tres empresas. ¾ Me estaban explotando. Y no aguanto que nadie me explote. ¾ A todos nos explotan y nos tenemos que fastidiar. Pero tú no, tú no aguantas nada. ¿Crees que serás capaz de aguantar más de tres puñetazos seguidos? No sirves para nada. A ver si te parten los morros y escarmientas. Un golpe de angustia lo invadió, y se sintió mal, muy mal. Por un instante se percibió inútil, y su autoestima llegó a los niveles más bajos que un ser humano puede alcanzar. Tuvo ganas de llorar, pero reprimió el impulso para no dar muestras de debilidad, pues, vendría a confirmar la poca capacidad general que su madre le atribuía. De súbito, no quiso ser nada, ni nadie, y perdió las ilusiones que se habían albergado en su interior. Su madre continuaba relatando, reprochando todo lo que Gacela hacía o dejaba de hacer. Se sintió herido en lo más profundo de su sensibilidad. Y, cuando consideró que había llegado el momento de mandar a la mierda a su madre, se contuvo, cogió la bolsa, pegó un fuerte portazo y se marchó lleno de furia. Tomó el autobús, con la actitud de quien va a batirse a muerte en un duelo para resolver un asunto de honor. Ahora tenía los nervios muy templados y una seguridad en sí mismo que jamás había experimentado. Viajó de pie, agarrado a una de las barras que colgaban del techo, a pesar de que había bastantes asientos libres. Tenía la mirada perdida en el horizonte y, por su mente discurrían, a una velocidad supersónica, algunas etapas de su vida, seccionadas en pequeños fragmentos. Aitor deseaba con toda su alma que aquel viaje no tuviera retorno. Al bajar del autobús se topó de frente con el cartel que anunciaba A Gacela le habían prometido que su contrincante sería un principiante con cuatro o cinco peleas a lo sumo. Nino Nuñez era un boxeador consagrado con veinticinco combates a su espalda y sin conocer todavía el sabor amargo de la derrota. Se sintió engañado y le propinó una patada a una papelera para descargar la rabia. Sin embargo, no se desmoralizó en absoluto, pues, durante el trayecto había conseguido recuperar la autoestima y se sentía fuerte. En la plaza de toros portátil, donde iba a tener lugar ¾ Me han engañado, Máxi, me han engañado… No soporto que nadie me engañe. Son unos cabrones. ¡Me cago en la leche! Máxi no hizo ningún comentario al respecto. Puso el maletín encima de las piernas y empezó a buscar algo en su interior. Cuando ya parecía haber dado con el objeto de su búsqueda, dijo: ¾ Venga, Gacela, cámbiate, que te voy a dar un masaje. Al poco llegó el entrenador. Máxi le recibió con una mirada recriminatoria. Gacela, que en ese momento se estaba atando los botines, levantó la cabeza, lo miró con indiferencia y continuó ajustándose los cordones. ¾ Lo siento, Gacela ¾dijo con la voz quebrada¾. Yo no sabía nada. Tienes que creerme, créeme, por favor. Yo he sido el primer sorprendido. Si no quieres pelear, yo lo arreglaré. Diré que ha surgido un contratiempo, no sé, cualquier cosa. Ellos se lo han buscado. Gacela volvió a levantar la cabeza y dijo: ¾ No te preocupes, que ése no se va a comer a nadie. ¾ Ahora estás a tiempo, Gacela. Si quieres yo lo arreglo todo ¾insistió. Gacela no dijo nada. La plaza estaba a rebosar. Gacela caminaba por el pasillo que daba al ring sin mirar directamente a nadie, como le dijo su entrenador, aunque se había instalado en la más absoluta indiferencia. Del rumor ininteligible que predominaba en el coso, se alzó una voz clara y rotunda: ¡Vamos, campeón! Gacela volvió la cabeza pensando que detrás de él venía su adversario, y, entonces pudo comprobar que aquel aliento iba dirigido a él. Fue lo único agradable que le dijeron. El volumen del murmullo fue aumentando a medida que avanzaba hacia el centro del coso. Ya cerca del ring, el pasillo se fue reduciendo progresivamente por dos filas de sillas que formaban un embudo, impidiendo el paso a más de una persona en su parte más estrecha. El primero en pasar fue Gacela, después el entrenador, y detrás, Máxi con el maletín. Cuando subía la escalera del ring se acordó de los consejos del entrenador: «Tú a lo tuyo. No mires a nadie directamente y ya verás cómo no pasa nada. Cuando lleves tres segundos encima del ring, el miedo desaparece». Gacela siempre pensó que aquellos tres segundos serían una eternidad, pero lo cierto es que le sobraron dos, porque subió al ring con una increíble parsimonia y comenzó a saludar al público en todas las direcciones. Éste, sin embargo, respondió con un abucheo general. Gacela hizo un gesto provocativo y se retiró a su rincón. El abucheo fue entonces más intenso. El público echaba sapos y culebras por la boca, luego; la ira fue disminuyendo hasta convertirse en un siseo permanente, que no cesó hasta el momento en que Nino Nuñez apareció por el pasillo. Entonces el público se puso en pie y aplaudió con todas sus fuerzas. Nino Nuñez, “ El árbitro llamó a los dos púgiles al centro del cuadrilátero, les revisó los guantes y comprobó que llevaban puesta la coquilla[1], después cogió a ambos de las manos y los unió junto a él. Dijo: ¾ Ya sabéis las normas: Stop, es la orden de parar la pelea, Box la de reanudarla, y Break la de separarse cuando estéis trabados, ¿de acuerdo? Bien, pues que la pelea sea limpia. Suerte a los dos. El entrenador le introdujo en la boca el protector de goma y le dio una serie de consejos, a los que Gacela respondía afirmativamente con continuos movimientos de cabeza. Al poco, sonó la campana, y los dos púgiles fueron hacia el centro del ring, hicieron una señal de saludo con el guante izquierdo y comenzaron a tantearse, lanzando los puños sin un objetivo preciso. Después de unos segundos de titubeo, Nino tomó la iniciativa y llevó a Gacela contra las cuerdas. ¾ ¡Machácalo, Nino! ¾dijo un aficionado con un grado de euforia desmedido ¾¡Machácalo! Gacela quedó acorralado, manteniendo una guardia, más bien alta, por lo que dejaba al descubierto el abdomen. Nino golpeó sin cesar en esa zona, sobre todo en la parte derecha, buscando la fragilidad del hígado. Nino sabía dónde pegar. De súbito, en la cabeza de Gacela estalló la voz desabrida de su madre: «¿Crees que serás capaz de aguantar más de tres puñetazos seguidos? No sirves para nada. A ver si te parten los morros y escarmientas». Gacela, con una ira incontenible, lanzó un directo al rostro de Nino, que le hizo perder la estabilidad y fue reculando hasta el otro lado del ring. Gacela fue tras él descargando toda su agresividad con ganchos, directos y dobletes. Nino intentó zafarse, pero no pudo y se pegó a él como la lapa a la roca. El árbitro hizo que se separaran a la voz de ¡Break! Nino continuó a la defensiva hasta que sonó la campana, retirándose a su rincón con claros síntomas de impotencia. El segundo asalto fue una copia exacta del primero. El público aplaudía cada vez que Nino tenía la suerte de acertar en alguno de sus golpes, y abucheaba cuando Gacela fallaba. Sin embargo, cuando Nino era acorralado y estaba siendo castigado por Gacela, el silencio era absoluto. En el último minuto del segundo asalto, a Nino se le notaba cansado y torpe en sus movimientos. El pómulo derecho se le estaba empezando a hinchar, y por la nariz le corría un hilillo de sangre. Cuando sonó la campana estaba tocado, pues, en vez de ir hacia su rincón, fue al de su adversario. Cuando sonó la campana del tercer y último asalto, Nino salió tratando de buscar el cuerpo a cuerpo, pero Gacela, haciendo gala de su sobrenombre, no se lo permitió. Nino, en un intento fallido de alcanzar el rostro de Gacela, giró el torso y, entonces, Gacela, instintivamente, le propinó un golpe en la nuca. Pero, antes de que el árbitro le amonestara, Gacela ya había pedido disculpas a su rival con un gesto expresivo. Asimismo pidió disculpas al árbitro. Todo un ejemplo de deportividad que el público no supo valorar. ¾ ¡Txerri! ¡Esnezale![2] ¾dijo en euskara un hombre con chapela. A estas alturas del combate, Nino sólo contaba con el público y la suerte. Sin embargo, Gacela tenía fondo, coraje y las fuerzas suficientes para resolver la pelea de una manera rápida y espectacular. Y así fue. Un rotundo gancho de derecha hizo que, “ El público no fue objetivo, y trató a Gacela injustamente. Hubo algunos aplausos, pero éstos fueron amedrentados enseguida por un abucheo general. Gacela recordó las palabras del entrenador cuando trataba de convencerle para que peleara: «Baracaldo es un buen trampolín» «hacia el infierno», penso él. Sin embargo, esa misma noche, Gacela cenaba en el mejor restaurante de la localidad, rodeado de entrenadores, promotores y, un par de periodistas que lo acosaron a preguntas. El más joven de ellos, se acercó a él con una grabadora y dijo que era de Radio Nacional, que quería hacerle unas preguntas. Y antes de que Gacela tuviera tiempo de reaccionar, el hombre encendió la grabadora y empezó a hacer un prólogo de elogios que, a Gacela le parecieron desmesurados. Después se acercó un poco más con el micrófono y dijo: ¾ Gacela, después de Baracaldo, qué. Por un momento, Gacela se vio sentado en el tren, y pensó, que después de Baracaldo, la próxima estación era Luchana, si iba en dirección a Bilbao; y Sestao, si iba hacia Santurce. Pero era evidente que la pregunta no iba por ahí. Vaciló unos segundos, tratando de buscar la respuesta adecuada, y entonces, el periodista formuló la pregunta de otra manera: ¾ Gacela, ¿dónde tienes puesto tu objetivo? Tu meta. ¿Cuál es tu meta? ¿Hasta dónde piensas llegar? ¾ A Brasil. Quiero ir a Brasil. | |