El internado (Segunda parte)
Los días que precedieron mi castigo continuaron su cauce, mi tarea laboriosa, era supervisada desde cerca por la hermana Pilar, todo tenía que estar perfecto, o parecerlo a la vista…Todo, absolutamente todo debía estar en su lugar en el horario acordado y colocado de la manera más inimaginable. Mil veces me pregunté si para dar una misa que por aquella época debía durar una hora, se necesitaba tanto ritual, más que misa, pareciese que el padre Ángel, fuese a practicar un exorcismo a una de nosotras cada Domingo, pero madre Pilar, viendo en ocasiones mi asombro ante tanta diplomacia, me recordaba una y otra vez con su agradable voz; “Ha de estar todo perfecto” “Se os educa para ser señoritas de bien en un futuro” “El día de mañana, tendréis maridos a los que intentaréis agradar de igual modo”…
Ni que decir tiene que las palabras de madre Pilar a una niña de ocho años lo único que podían provocarle era risa, pero mucho me cuidaba yo de reírme de sus responsos, al menos delante suya, podía dejar de mirar de frente y pasar a mirar de lado, como le ocurrió a Magdalena en otra ocasión…
Llegó el momento en que mi ritual, era tan satisfactorio, que madre Pilar junto con madre Isabel, acordaron dejarme sola, es decir, sin supervisión adulta, lo que agradecí a Dios durante algunos días mientras colocaba escrupulosamente los paños sobre el altar de la iglesia, iglesia que se había convertido en mi rincón favorito, en mi refugio…
Allí podía dar rienda suelta a todo cuanto sentía dentro, a mis impulsos infantiles; cantar mientras doblaba la ropa de la sacristía, bailar alrededor del altar mayor, hablar con Dios sin que nadie me viese (Cosa que según madre Pilar, necesitaba yo hacer a diario)…Disfrazarme con la ropa del padre Ángel e intentar dar la misa para un público inexistente, etc.…
Sola, al único acecho de los ojos que adornaban el rostro de aquellas figuras; vírgenes, ángeles y como no, Dios mismo, hice de aquel sagrado refugio, mi hogar.
Ya en las tardes, después del horario lectivo riguroso, encaminaba mis pasos, merienda en mano, a la lavandería. De allí a los aposentos de mi mentor, que por aquel entonces se afanaba en explicarme la Biblia en su contexto más puro y al que yo, no terminaba de darle luz. Siempre había una duda que preguntarle al padre Ángel, alguna explicación interesante por su parte y como no, las reprimendas de madre Pilar por llegar tarde…
La habitación del padre Ángel estaba compuesta por una cama, una mesita de noche, un armario donde sólo había libros y una sillita de nea cerca de la ventana. A través de ésta podían oírse los gritos de mis compañeras, bueno, de las que ya habían terminado su tarea, en el patio de recreo.
Un día, terminada ya mi tarea, más por la prisa que la curiosidad impone e intentando restarle unos minutos al reloj, abrí el armario del padre, ayudándome de la silla para llegar al artillo donde se apilaban cientos de libros. Tomé uno entre tantos y me senté en la sillita para echarle un vistazo. TEOLOGÍA, recuerdo. Objeto, Dios, hombre y finalmente mundo, (nada entendí) pero seguí leyendo por encima aquel ladrillo y cuando me quise dar cuenta, oí los pasos del padre Ángel dirigiéndose hacia la puerta de su habitación donde yo me había quedado clavada en la sillita de nea.
Fueron unos segundos terroríficos en los que tiré el libro al suelo y sin pensarlo dos veces, me metí debajo de la cama. El padre Ángel entró cerrando la puerta con llave, depositó algunas cosas sobre la cama y se mantuvo en silencio unos minutos que a mi me parecieron eternos. Podía verle a través de la colcha de hilo que cubría la cama, su silueta era captada con total exactitud por el espejo del armario, me mantuve así sin querer casi respirar, muy quieta, encogida en posición fetal y expectante. Volví a rogar a Dios para que el padre saliese de la habitación ante algún olvido, el que fuese, pero tenía mucha razón madre Pilar cuando decía aquello de; “A Dios no se le pueden pedir más de dos favores diarios”
La curiosidad adopta multitud de formas, tamaños y edades y a los ocho años, cuando todo es nuevo a ojos y sentidos, también se trasforma en miedo…
El padre Ángel comenzó a desnudarse para su ducha diaria, fue depositando una a una sus prendas sobre la silla, sacó de la mesita de noche una especie de neceser y de él a su vez, los utensilios de afeitado. Fue entonces cuando reparó en el libro que yo había tirado al suelo presa del miedo, se agachó para cogerlo y pude verle completamente desnudo, tal y como lo recuerdo, formado, delgado y con gran cantidad de vello oscuro sobre la piel del pecho, ombligo… genitales…
Era la primera vez que contemplaba la desnudez de un hombre, me quedé así, fija en el cuerpo que, desprovisto de su envoltura eclesiástica, no parecía tan omnipotente…
Continuará…

