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El internado (Segunda parte)

Publicado por Sherezade el 13/11/2008 a las 17:27 . 5 comentarios. Permalink.

 

Los días que precedieron mi castigo continuaron su cauce, mi tarea laboriosa, era supervisada desde cerca por la hermana Pilar, todo tenía que estar perfecto, o parecerlo a la vista…Todo, absolutamente todo debía estar en su lugar en el horario acordado y colocado de la manera más inimaginable. Mil veces me pregunté si para dar una misa que por aquella época debía durar una hora, se necesitaba tanto ritual, más que misa, pareciese que el padre Ángel, fuese a practicar un exorcismo a una de nosotras cada Domingo, pero madre Pilar, viendo en ocasiones mi asombro ante tanta diplomacia, me recordaba una y otra vez con su agradable voz; “Ha de estar todo perfecto” “Se os educa para ser señoritas de bien en un futuro” “El día de mañana, tendréis maridos a los que intentaréis agradar de igual modo”…

Ni que decir tiene que las palabras de madre Pilar a una niña de ocho años lo único que podían provocarle era risa, pero mucho me cuidaba yo de reírme de sus responsos, al menos delante suya, podía dejar de mirar de frente y pasar a mirar de lado, como le ocurrió a Magdalena en otra ocasión…

Llegó el momento en que mi ritual, era tan satisfactorio, que madre Pilar junto con madre Isabel, acordaron dejarme sola, es decir, sin supervisión adulta, lo que agradecí a Dios durante algunos días mientras colocaba escrupulosamente los paños sobre el altar de la iglesia, iglesia que se había convertido en mi rincón favorito, en mi refugio…

Allí podía dar rienda suelta a todo cuanto sentía dentro, a mis impulsos infantiles; cantar mientras doblaba la ropa de la sacristía, bailar alrededor del altar mayor, hablar con Dios sin que nadie me viese (Cosa que según madre Pilar, necesitaba yo hacer a diario)…Disfrazarme con la ropa del padre Ángel e intentar dar la misa para un público inexistente, etc.…

Sola, al único acecho de los ojos que adornaban el rostro de aquellas figuras; vírgenes, ángeles y como no, Dios mismo, hice de aquel sagrado refugio, mi hogar.

Ya en las tardes, después del horario lectivo riguroso, encaminaba mis pasos, merienda en mano, a la lavandería. De allí a los aposentos de mi mentor, que por aquel entonces se afanaba en explicarme la Biblia en su contexto más puro y al que yo, no terminaba de darle luz. Siempre había una duda que preguntarle al padre Ángel, alguna explicación interesante por su parte y como no, las reprimendas de madre Pilar por llegar tarde…

La habitación del padre Ángel estaba compuesta por una cama, una mesita de noche, un armario donde sólo había libros y una sillita de nea cerca de la ventana. A través de ésta podían oírse los gritos de mis compañeras, bueno, de las que ya habían terminado su tarea, en el patio de recreo.

Un día, terminada ya mi tarea, más por la prisa que la curiosidad impone e intentando restarle unos minutos al reloj, abrí el armario del padre, ayudándome de la silla para llegar al artillo donde se apilaban cientos de libros. Tomé uno entre tantos y me senté en la sillita para echarle un vistazo. TEOLOGÍA, recuerdo. Objeto, Dios, hombre y finalmente mundo, (nada entendí) pero seguí leyendo por encima aquel ladrillo y cuando me quise dar cuenta, oí los pasos del padre Ángel dirigiéndose hacia la puerta de su habitación donde yo me había quedado clavada en la sillita de nea.

Fueron unos segundos terroríficos en los que tiré el libro al suelo y sin pensarlo dos veces, me metí debajo de la cama. El padre Ángel entró cerrando la puerta con llave, depositó algunas cosas sobre la cama y se mantuvo en silencio unos minutos que a mi me parecieron eternos. Podía verle a través de la colcha de hilo que cubría la cama, su silueta era captada con total exactitud por el espejo del armario, me mantuve así sin querer casi respirar, muy quieta, encogida en posición fetal y expectante. Volví a rogar a Dios para que el padre saliese de la habitación ante algún olvido, el que fuese, pero tenía mucha razón madre Pilar cuando decía aquello de; “A Dios no se le pueden pedir más de dos favores diarios”

La curiosidad adopta multitud de formas, tamaños y edades y a los ocho años, cuando todo es nuevo a ojos y sentidos, también se trasforma en miedo…

 

El padre Ángel comenzó a desnudarse para su ducha diaria, fue depositando una a una sus prendas sobre la silla, sacó de la mesita de noche una especie de neceser y de él a su vez, los utensilios de afeitado. Fue entonces cuando reparó en el libro que yo había tirado al suelo presa del miedo, se agachó para cogerlo y pude verle completamente desnudo, tal y como lo recuerdo, formado, delgado y con gran cantidad de vello oscuro sobre la piel del pecho, ombligo… genitales…

Era la primera vez que contemplaba la desnudez de un hombre, me quedé así, fija en el cuerpo que, desprovisto de su envoltura eclesiástica, no parecía tan omnipotente…

 

 

Continuará…

El internado (Primera parte)

Publicado por Sherezade el 12/11/2008 a las 01:04 . 6 comentarios. Permalink.

 

Corría el año 79 cuando la hermana Isabel, directora del colegio Buen Pastor, entró en el comedor general para darnos la noticia.-Niñas, os presento al padre Ángel, él será el encargado de los cursos que llevaremos a cabo para la iniciación a la comunión de todas vosotras- No había terminado de decir la última de sus palabras cuando con sotana impecablemente negra al igual que sus ojos, el hombre interrumpió en la amplia habitación donde todas estábamos formalmente sentadas a las mesas. Era horario de almuerzo.

El padre Ángel-Como así debíamos llamarle- lucía una mirada triste, seguramente por sus años como abogado de causas perdidas, sus seminarios aburridos y rodeados de fe y su habitual compañía; curas serios de charlas simples y tallas grandes…

Con mirada triste aunque de una gran profundidad se acercó a las mesas, una a una nos fue preguntando el nombre hasta llegar a mí, que quedé muda de un plumazo al darme cuenta de que tenía la boca llena de comida y el rubor, me impedía tragar…

Fueron unos segundos interminables donde sus ojos negros me escrutaban impacientes, gracias a Dios que la hermana Pilar tuvo la feliz idea de golpear mi cabeza para que respondiese al padre pero, en su lugar, todo cuanto salió de mi boca fue el alimento apenas masticado y la risa general, hizo el resto…

Ni que decir tiene que quedé obligada a visitar el despacho de la directora más tarde, de momento, terminado el turno de preguntas y respuestas correspondientes, la hermana Pilar salió del comedor seguida muy de cerca por el padre Ángel, quien me regaló una amplia sonrisa antes de desaparecer por el pasillo que servía de antesala a la capilla.

Como castigo ejemplar tendría que arreglar tanto la habitación como la ropa de capilla del padre durante su estancia en el convento, que equivocada estaba la madre Isabel, en su defecto, me libraría de fregar los platos, planchar los uniformes y doblar la ropa durante mis horas no lectivas. El castigo ejemplar pasó a ser un regalo para mi inquieta cabecita, para la cual, lo cotidiano había dejado de tener sentido…

La sacristía lucía un aspecto fantasmagórico los domingos por la mañana, totalmente desolada y con un olor a desinfectante que odiaba, realmente, todo en aquel colegio olía a desinfectante. Mi misión había sido entendida con total claridad, preparar la ropa del padre Ángel, ponerla fuera del armario en un completo e impecable ritual de orden para ser utilizada antes de la misa. Colocar las sagradas formas en su correspondiente cacharro para facilitar su transporte y como no, el vino, medio vasito cubierto con un pañito de encaje que previamente debía ser planchado con pulcritud.

En las tardes, justo después de la hora de estudio y mientras que mis compañeras se dedicaban a las labores mencionadas anteriormente, yo iría a recoger la ropa del padre a la lavandería y la subiría a su habitación, colocaría sobre los toalleros del baño toallas limpias cada día, revisaría los utensilios de lavado y terminaría colocando sobre la mesita de noche, en este orden ,la Biblia y el rosario...

 

Continuará…

 

Quimera...

Publicado por Sherezade el 6/11/2008 a las 21:50 . 5 comentarios. Permalink.

 

Cuando hablan los sentidos hay que silenciar la voz, observar y dejar paso a la piel…

Necesito sexo, lo sé porque me lo ha dicho mi piel, se ha despertado inquieta, erizándose con cada roce, primero de las sábanas, seguida de la ropa y finalmente del agua templada que caía por el pecho humedeciéndome entera. Pensé que sería positiva la ducha, me equivoqué…

A medio secar me vestí para refrescarla pero de inmediato bebió todo el agua sobrante y volvió a quedarse espectante, necesitada de más…

Ni las ideas, ni los pensamientos, ni tan siquiera el trajín podían hoy quitarme la fijación y el deseo del cuerpo. Mi piel estaba molesta, mi sexo seguía húmedo y el roce de la ropa interior sólo producía más daño…

Pensé en el hombre, en sus manos firmes sobre mis nalgas, en su aliento masculino sobre mi boca y todo se disparó….

Tumbada en el sofá, dejé mi cuerpo al sólo abrigo de mi mente calenturienta y divagué…

Las piernas se me cerraban solas presintiendo la contrariedad del sexo no encontrado. Los pezones endurecidos por el dolor de la boca ausente se tornaron más oscuros y la piel, erizada desde lo más hondo, gritaba…

No sabía si llorar de impotencia o provocarme el tan deseado orgasmo yo misma para terminar con esta quimera que me atormentaba, no reparé en los daños colaterales, no quise que terminase la función, me odié no una, sino mil veces seguidas y en cada una de ellas mi sexo seguía preparado para lo inevitable…

No quise tocarlo a sabiendas de que lo que se comienza debe terminar. Volví a imaginar al hombre, acomodé mi cuerpo al un estado fetal y preferí mil veces la muerte que estar sola, el placer que respirar, tu mano que la mía…

Tu boca húmeda encontrando el camino, peregrina inquieta de senderos difíciles, desafío sutil de acertados movimientos…Ausente y presente al igual que mi locura, mi desatino y mi falta de fe…

Pellizqué mis pezones sabedores de su reacción inmediata, el dolor que me produjo el acto hizo que mis piernas volvieran a abrirse y un lastimero gemido brotase de mi boca, te odié por no estar, por no existir, por no ser…

Seguía faltándome tu sexo ahora que el mío se había engalanado para recibirle, ahora que ya no sentiría su entrada porque la humedad lo había inundado todo, incluso el sofá. Tu enorme sexo marcando mi mitad, la única manera de encontrar mi centro, de volver al norte, de perder el sur…

Me faltaban tus manos agarrando mis nalgas, apretándome contra tu pelvis, mientras el dolor se apoderaba de los sonidos que podía emitir, gemidos incoherentes, indescifrables, innecesarios…

Inevitable deslizar las mías bajo la ropa y buscarme, encontrar mi centro y aparcar en él, suave y lentamente, lastimándome con la yema de los dedos muy despacio, empapándome de la humedad que brotaba de aquella lágrima perdida en algún lugar de la habitación. El olor de mi sexo lo empapó todo y deliré durante unos segundos, pensé en salir a la calle y ofrecerme al primer hombre que fuese capaz de aplacar mi delirio, mi sed de ti y la crueldad del momento.

Fueron unos segundos breves durante los cuales recobré la cordura y odié mis manos, absurdas marionetas movidas por mi intención, intencionada traición que denotaba tu ausencia. Y así, temblorosa y agitada, dolorida herida y frustrada, desperté…

 



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Tema de Roy Tanck adaptado por Bublegum.net