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los relojes del soldado

Publicado por Donatello el 26/01/2010 a las 19:40 en Samaniego.. 1 comentarios. Permalink.

Lo que dijo y sobre todo en el tiempo en que lo dijo.Puede ser un poco ingénuo, pero...

Sin cobrar derechos de autor ,esparcio la alegría, el buen humor y más..en aquella España triste, gris y sin esperanza.

Es extraño que este escritor por su condición de clérigo ,no fuera a dar con sus huesos en la cárcel. Me alegro por él.

Los relojes del soldado
 
    Dieron alojamiento   
 a un tunante sargento   
 en la casa de cierta labradora,  
 viuda, joven, con humos de señora,  
 cuyo genio intratable     
 en breve con su huésped se hizo amable,  
 habiendo reparado  
 que era rollizo, sano y bien formado;  
 tanto, que dijo para su capote:  
 "¡Vaya!, tendrá un bellísimo virote".     
 Al tiempo que cenaron,  
 mil pullas a los dos se les soltaron;  
 y después el sargento  
 dijo: - Patrona mía, lo que siento  
 es que mi compañía     
 marcha al romper el día,  
 por lo cual tendré que irme tempranito,  
 y quizá no habrá en este lugarcito  
 un reloj de campana  
 que se oigan dar las tres por la mañana.     
 - Aunque no haya ninguno,  
 la viuda respondió, yo tengo uno   
 en mi corral guardado,  
 que es más fijo que el sol por lo arreglado:  
 mi gallo, que no atrasa ni adelanta,     
 porque a la aurora sin falencia canta.  
 - Yo también, respondiola prontamente  
 el sargento, un reloj conmigo tengo  
 que, cuando está corriente,  
 todas las horas da que le prevengo;     
 pero para arreglarle  
 es preciso las péndolas colgarle,  
 dándolas movimiento  
 mientras que el minutero toma asiento,  
 que, en teniéndole a gusto,     
 apunta bien y da las horas justo;  
 mas yo, solo y cansado,  
 no le puedo poner en tal estado.  
 - Lo hará el señor sargento con mi ayuda,  
 le dijo la viuda.
 - Tanto mejor, exclama  
 el tunantón, pero será en la cama.  
 Y no lo dijo en vano,  
 que, tomándola luego de la mano,  
 al lecho la conduce     
 y, halagándola, pronto la reduce  
 a que en forma se ponga:  
 el minutero mete,  
 las péndolas le cuelgan y arremete  
 tan firme a la patrona a troche y moche,     
 que dio todas las horas de la noche.  
 Gustosa la viuda, aunque cansada,  
 vino a dormirse hacia la madrugada;  
 y también el sargento, sin cuidado,  
 en el gallo fiado,     
 cogió el sueño, contento  
 de la repetición del movimiento.  
 Ya bien entrado el día,  
 le despertó la prisa que tenía  
 de marcharse temprano,     
 porque no cantó el gallo o cantó en vano;  
 y viendo que ya había falta hecho,  
 al corral fue derecho,  
 pilló al pobre reloj de carne y pluma,  
 y con presteza suma     
 el pescuezo torciole  
 y en el morral, colérico metiole.  
 Queriendo antes de irse  
 de su amable patrona despedirse,   
 volvió a entrar en la alcoba     
 y encontró a la muy boba  
 destapada y despierta;  
 conque cerró la puerta  
 y, montándola presto,  
 le dijo: Mi reloj se ha descompuesto     
 otra vez y, antes de irme en tal estado,  
 quiero que me lo pongas arreglado.  
 La dócil labradora  
 lo arregló y le hizo dar la última hora;  
 y él, de la compostura agradecido,     
 tomó la puerta habiendo concluido.  
 Mas ya en la calle, díjola en voz alta:  
 - Si su reloj, patrona, le hace falta,  
 no se la dé cuidado.  
 porque andaba también algo atrasado,     
 y yo para ponerlo como nuevo,  
 en mi morral a componer lo llevo.

Samaniego  
     



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