Goytisolo
"La literatura es el dominio de lo raro"
El autor barcelonés vuelve a la ficción. Y lo hace retomando una novela suya 25 años después para dar un diagnóstico delirante de la actualidad
Las mesas de un café ocupan hoy la terraza de la antigua biblioteca española de Tánger y un azulejo con el escudo franquista vigila a los parroquianos que beben té con menta. A esa biblioteca acudía el protagonista de Don Julián, la novela que Juan Goytisolo publicó en 1970, para perpetrar su particular crítica literaria a la más rancia tradición hispánica. El ejercicio consistía en abrir alguno de los libros del canon nacional, introducir entre sus páginas moscas capturadas ex profeso y cerrar aparatosamente el volumen con los insectos dentro. Cuando el año pasado el Instituto Cervantes de la ciudad bautizó su propia biblioteca con el nombre del novelista, éste repartió moscas (esta vez de plástico) entre los asistentes. Lo cuenta él mismo en esa terraza desde la que, al otro lado del Estrecho, se divisa la costa de Tarifa.
Juan Goytisolo Gay
A FONDO
Nacimiento:
06-01-1931
Lugar:
(Barcelona)
"Quería indagar en el modo en que funcionan los fundamentalismos, pero no lo quería expresar con un discurso sino oyendo los ruidos del tiempo" "Las leyes sobre inmigración terminan siendo anacrónicas. Y el multiculturalismo me parece muy peligroso como modelo"
Juan Goytisolo (Barcelona, 1931) vive desde hace años en Marraquech, pero pasa los veranos en Tánger. En esta ciudad nació, en cierto sentido, el novelista que es hoy. Un día de finales de los años sesenta contempló la costa española desde el mirador de la Hafita, otra de sus atalayas, y dejó atrás al escritor que triunfaba en París con novelas de realismo comprometido para dar paso al autor de una literatura más arriesgada -no le gusta la palabra experimental-, la que se abre en 1966 con Señas de identidad y sigue con la citada Don Julián y Juan sin tierra: "Estaba en un camino sin salida. Fue el descontento el que me llevó a buscar otras cosas. Coincidió con mi homosexualidad pública, con admitir lo que estaba rechazando y, por otro lado, con mi falta de entusiasmo con la Revolución Cubana y con la URSS, con la mala experiencia con el partido comunista tras las depuraciones de Claudín y Semprún. Cuando uno llega al fin del camino hay que dar un salto a lo desconocido. Bergamín decía que más vale pájaro volando que ciento en mano. Tenía razón".
Goytisolo vivió desde entonces entre Marraquech y París, al menos hasta la muerte, en 1996, de su mujer, la escritora Monique Lange. Y al mestizo barrio parisiense del Sentier dedicó en 1982 Paisajes después de la batalla, una novela que retrataba la convivencia de inmigrantes en el corazón de la gran ciudad. A aquella obra le ha surgido ahora una continuación, El exiliado de aquí y allá. La vida póstuma del monstruo del Sentier (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores). El protagonista de Paisajes, muerto en atentado terrorista, cambia el espacio por el ciberespacio para averiguar cuál fue la causa de su muerte con la ayuda de internet. Todo ello a pesar de que el novelista reconoce que sigue escribiendo "a mano con un bolígrafo barato y pegando papelitos con las correcciones". El resultado es un diagnóstico delirante de la actualidad. Putin, Berlusconi, Bush, Bin Laden y Benedicto XVI atraviesan las páginas de una obra zurcida con mil voces sacadas de la publicidad, la prensa, los correos basura, las encíclicas papales y los comunicados terroristas. Algo así como la novela que hubiera hecho Walter Benjamin si hubiera escrito novelas. Y protagonizada por un transformista al que su autor define volterianamente como "una Candide del siglo XXI".
PREGUNTA. Hace cinco años publicó Telón de boca y declaró que con esa novela se despedía de la ficción.
RESPUESTA. Yo lo pensaba así. Después de Telón de boca empecé a escribir monólogos, voces que escuchaba, parodias de discursos. Cuando tenía una docena me di cuenta de que había un vínculo entre ellas, de que no eran islas sino un archipiélago. La cita de Karl Kraus que abre el libro es clave: "Que mi estilo se adueñe de los rumores del tiempo".
P. ¿Y qué dicen esos rumores?
R. Que nuestra sociedad está atrapada entre el consumismo y el terror, y que el terror también se transformaba en mercancía.
P. ¿Y la relación con Paisajes después de la batalla?
R. Surgió después. Allí moría el protagonista, y qué mayor deseo que saber por qué te han matado. Durante la guerra civil de Argelia me impresionó mucho una señora a la que le habían matado el marido y no sabía por qué. Los motivos de una violencia así son siempre nacionalistas, ideológicos, religiosos...
P. Como si la identidad no se pudiese manifestar más que de forma violenta.
R. Quería indagar en el modo en que funcionan los fundamentalismos, pero no lo quería expresar con un discurso sino estando a la escucha de los ruidos del tiempo, de la prensa y de la propaganda. A mi edad, me he vuelto totalmente escéptico sobre el absurdo de nuestra existencia, y en lugar de manifestarlo de forma dramática lo hago de forma cómica, dejando al lector la conclusión.
P. "Si la hipocresía es el homenaje del vicio a la virtud, la provocación será, simétricamente, lo opuesto", se lee en la novela. ¿Existe todavía margen para la provocación?
R. Cuando el desnudo es legal no hay desnudo provocativo. Pero yo no quiero entrar en este juego sino en el del humor corrosivo. No tengo voluntad de provocación.
P. Pero hay gente que se puede sentir provocada por sus retratos de obispos pedófilos e imanes transexuales.
R. Es su problema. Yo no tenía ninguna voluntad provocativa. Es sólo una parodia del mundo tal y como yo lo veo, donde el sistema y antisistema se dan la mano: puesto que hay peligro terrorista hay que poner cámaras en todos lados; para vender agua limpia hay que aumentar el peligro del agua contaminada.
P. No hay respuestas positivas.
R. No, y cuando las hay nacen del delirio del protagonista: regar los campos de golf con agua mineral.
P. ¿No hay límites para el humor?
R. No creo que se vuelva a repetir. Desde Señas de identidad he procurado que cada libro sea una nueva propuesta literaria, no simplemente un cambiar de tema. Normalmente los escritores cambian de tema...
P. Me refería a si hay algún tema sobre el que no se deban hacer bromas.
R. ¿Para no ofender? Nunca he buscado ni la provocación ni el éxito. Ni tener más lectores. Lo que quiero es tener buenos relectores. Un texto literario que obliga al lector a volver sobre él, eso es para mí la literatura. Aunque nunca criticaré a ningún novelista que busque lectores, porque con la novela se puede ganar dinero, en cambio soy muy severo con la poesía. El poeta sabe que no va a ganar dinero y la mala poesía me ofende. Eso sí, cuando oigo que alguien dice que ha escrito una novela que podría adaptarse muy bien al cine veo una falta total de ambición: ¿y por qué no escribe directamente un guión? Luis Buñuel, al que conocía fugazmente, me dijo que le habían propuesto adaptar Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Dijo que era una obra tan genial que cualquier adaptación suya quedaría por debajo. En cambio le gustaba Galdós porque tenía ideas extraordinarias pero era muy chapucero, y eso le daba el margen creativo que él necesitaba.
P. Supongo que ha seguido la polémica que se montó con el artículo de Vicente Verdú sobre cómo ha de ser una novela hoy.
R. El artículo de Verdú era muy interesante. Lo único que no me gustaba era la palabra reglas. No puede haber reglas. Observaciones, sí. Yo no puedo leer una novela actual en la que se diga: contestó, murmuró, encendió un cigarrillo. Ni se me ocurre. Por fortuna hay gente que está escribiendo novelas interesantes, con un lenguaje adaptado a nuestra época.
P. ¿Quién?
R. No quiero decir nombres porque cuando cito a cuatro me salen cien enemigos. Dicen que soy cicatero, y eso que debo de ser el escritor español vivo que más ha escrito sobre otros escritores.
P. Sigue lo que se publica en España.
R. Estoy un poco a la merced de lo que me envían porque vivo en Marraquech y no hay librerías en español. También me llegan manuscritos y a veces me llevo alguna sorpresa. Ya me pasó con La traición de Rita Hayworth, la primera novela de Manuel Puig. Me di cuenta de que allí había un escritor. El título, por cierto, es mío. Puig me había enviado diez o doce títulos que no me gustaban. Se lo dije y él me explicó que el libro era como la traición de Rita Hayworth. Le dije, ahí lo tienes.
P. ¿Y últimamente?
R. Me pasó con Fragmenta, de Javier Pastor.
P. En las nuevas generaciones se ve su huella.
R. Es posible, yo no lo sé. Yo he procurado tener buenos maestros y no me preocupa tener buenos discípulos. Los tenga o no.
P. ¿Y hasta dónde llega la novedad? Las vanguardias tienen ya cien años.
R. Cada cual debe buscar su camino. Desconfío mucho de las clasificaciones de los profesores, de las generaciones. Cada escritor es una anomalía. Alguna vez me han dicho que era un escritor raro y siempre pienso que Cervantes se define a sí mismo como raro inventor. La literatura es el dominio de lo raro. Un creador ha de ser consciente de que hace algo nuevo. Si no, no merece la pena escribir. Aunque te arriesgues a la incomprensión.
P. Una novela como Paisajes después de la batalla no fue bien recibida. Tal vez porque salía Julio Iglesias.
R. Le Monde me llegó a recriminar que hablara de un París mestizo, distinto al del fetichismo literario.
P. La inmigración es de plena actualidad en España.
R. Yo aprendí tanto de mi vida en el Sentier como de la lectura de Cervantes. La diversidad cultural, las mutaciones de una urbe moderna es un fenómeno fascinante. De repente llegaron los turcos y empezó a haber en las paredes pintadas que no comprendías. Cerca de mi casa había una comisaría. Era la época de las redadas y de la guerra de Argelia. En una tapia alguien había escrito en árabe: policía sucio racista. Duró casi un año porque los policías no se enteraban de lo que ponía.
P. Años más tarde estalló la violencia en los barrios.
R. Pero en los periféricos. La convivencia que es posible en el centro de la ciudad es imposible en la periferia. Se pasa del crisol al gueto. En el centro estás continuamente con gente que viene de algún sitio. Para mí fue una experiencia definitiva. Tal vez esto no se entendía en España hace veinte años. Ahora se comprendería a la primera. Cuando yo regresé a Barcelona y Madrid en el año 1976 me parecieron muy deprimentes: ¡sólo veía españoles! La homogeneidad me chocaba. El problema es cuando la presión inmobiliaria hace que se saneen ciertos barrios. Se envía a la gente a la periferia y ahí empiezan los problemas.
P. Ahora han endurecido las leyes europeas sobre inmigración.
R. ¡Y nos lo venden como una medida progresista! Cómo se puede tragar esto. Y esa idea de segregar a los niños dentro de las escuelas... Entre la asimilación imposible y el multiculturalismo hay que encontrar un acuerdo pragmático.
P. ¿Cuál?
R. Es que nunca puede ser fijo porque la sociedad cambia. Hay cosas que no se pueden establecer por ley. Las leyes sobre la inmigración siempre terminan siendo anacrónicas e injustas porque la inmigración no para de cambiar. Y el multiculturalismo me parece muy peligroso como modelo. No se puede tolerar la ablación del clítoris porque forma parte de una cultura.
P. ¿Dónde está el máximo tolerable?
R. Hay que buscarlo, pero siempre cambiará. Si la economía necesita brazos no es lo mismo que si hay crisis. Pero el envejecimiento de la población hace palpable que Europa necesita gente de fuera. Además, el contacto con los demás nos enriquece. Pero lo que nos venden es miedo.
P. ¿La literatura ayuda a explicar esos fenómenos, sirve para algo?
R. Puede explicar, pero no cambia nada.
P. Pero usted no para de escribir artículos, viajó a lugares en guerra.
R. Son cosas distintas. Trato de dar testimonio cívico de cosas que me preocupan. No fui a Sarajevo por razones literarias sino por defender una causa que me parecía justa.
P. Cuando capturaron a Karadzic publicó un artículo muy duro no sólo con él, también con la ONU.
R. La colusión de Unprofor (las Fuerzas de Protección de Naciones Unidas) con los sitiadores de Sarajevo fue vergonzosa. Ir a testimoniar allí era casi un delito. En la base de la OTAN en Aviano, en Italia, te vaciaban la maleta de mala manera. Y retuvieron todo lo posible la información sobre la matanza de Srebrenica, cortaban las comunicaciones. Un negociador japonés llegó a decir que los musulmanes se lo habían buscado.
P. También ha establecido una relación entre la guerra de Bosnia y el 11-S. ¿Tan clara la ve?
R. La pregunta que nadie puede contestar es: ¿hubiera durado el sitio de Sarajevo cuarenta y tantos meses si los sitiadores hubieran sido musulmanes, y los sitiados, cristianos? Ni una semana. Imaginar que esto no iba a tener un precio... Me cruzaba con árabes en Sarajevo, ¿qué hacían allí? Habían ido a defender a sus correligionarios bosnios. Vieron la actitud occidental y se radicalizaron.
10/09/08
Max Weber y el espíritu del capitalismo.
Max Weber y el espíritu del capitalismo.
Francisco Javier Gea Izquierdo
El investigador y erudito alemán Max Weber (1864-1920) es uno de los fundadores de la sociología moderna. De hecho para algunos especialistas se trata del más importante de estos (Auguste Comte, Karl Marx o Émile Durkheim) y de los estudiosos posteriores. Weber realizó extensos estudios de historia, economía, derecho y filosofía, y ha creado una obra inmensa. Entre sus aportaciones para comprender la sociedad y la política destacan sus trabajos sobre la religión, las clases sociales, la importancia de las ideas en la configuración social, los tipos de acción social y de racionalidad, la necesidad de buscar una ciencia libre de valores, la distinción entre la ética de la convicción y la de la responsabilidad, así como el desarrollo del proceso de secularización y la burocratización de las sociedades modernas. Una sola de estas investigaciones es suficiente para convertir a alguien en un destacado científico social.
En un principio se vio influido por el predominio de las teorías de Marx, si bien sus planteamientos derivaron pronto hacia una idea de la sociedad muy distinta. La diferencia fundamental entre ambos radica en que Weber rechaza el materialismo histórico marxiano, según el cual lo que mueve a la sociedad a través de la historia son las condiciones materiales de la existencia humana y no las ideas o creencias. Weber admite desde luego que las condiciones materiales de la existencia influyen en la sociedad así como en las ideas y creencias de la gente, pero también afirma que ocurre lo opuesto, es decir, que estas pueden determinar profundamente los fenómenos sociales. En este sentido su célebre obra 'La ética protestante y el espíritu del capitalismo' constituye una de las contribuciones clave de la sociología moderna. En ella, de cuya publicación se cumple ahora un siglo, su autor muestra, con una contundencia que rara vez se ve en las ciencias sociales, no ya que el protestantismo sea un producto de la sociedad capitalista, como supondría el materialismo histórico, que tanto predicamento ha tenido desde mediados del siglo XIX y durante la mayor parte del siglo XX, sino que por el contrario es el protestantismo el que da lugar al capitalismo.
En efecto este fenómeno aparece en el Norte de Europa y en los Estados Unidos a partir del siglo XVII porque la religión allí predominante es el protestantismo. Según esta trabajar duramente no es un medio para obtener dinero, sino un valor ético-ascético en sí mismo. El hombre protestante tipo no acumula dinero para luego gastárselo y vivir bien, sino porque esa actividad le da verdadero sentido religioso a su vida. El protestantismo profesaba la idea teológica de la predestinación divina, de acuerdo con la cual Dios, en su infinita omnisciencia, sabe quién se va a salvar y quién no, y haga lo que haga uno no puede cambiarlo. Lo único que le cabe al creyente es tener fe y tratar de buscar algún signo de hallarse entre los elegidos por Él. Pues bien los fundadores del protestantismo, sobre todo Calvino, creían que el signo inequívoco de haber sido elegido era tener éxito en el trabajo y en los negocios. Por eso el protestante tipo lo que procura es trabajar mucho y acumular dinero a lo largo de su vida, que invertirá para aumentar sus negocios y no para gastarlo, y eso es lo que da lugar al singular fenómeno del capitalismo.
Un ejemplo paradigmático de la mentalidad capitalista protestante, que ofrece el propio Weber en 'La ética protestante y el espíritu del capitalismo', es el de Benjamín Franklin (1706-1790), el célebre científico y político norteamericano que entre otras cosas redactó junto a Thomas Jefferson y John Adams la Declaración de Independencia de su país. Pues bien, Franklin opinaba respecto al trabajo y el ahorro lo siguiente: «El tiempo es dinero. El que puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y dedica a pasear la mitad del día, o a holgazanear en su cuarto, aun cuando sólo dedique seis peniques para sus diversiones, no ha de contar esto sólo, sino que en realidad ha gastado, o más bien derrochado, cinco chelines más». Desde luego, en otras sociedades y en otras épocas ha habido también gente muy ocupada en enriquecerse, pero su objetivo no era acumular dinero por acumularlo, sino tener más para poder gastarlo. Por así decirlo, llegado el caso, preferirían nacer ricos y morirse pobres antes que nacer pobres y morirse ricos.
Weber también señaló que el capitalismo hacía tiempo que había olvidado su origen religioso y descansaba sobre 'fundamentos mecánicos', y fue muy crítico respecto al mismo. De sus protagonistas pensaba entre otras cosas que eran especialistas sin espíritu y gozadores sin corazón que imaginaban haber llevado a la humanidad a una fase nunca antes alcanzada. Sin embargo, no creía que el comunismo fuese mejor, porque considera al igual que Durkheim que lo único que cabe esperar de él es que empeore las cosas aumentando el nivel de burocratización de la sociedad. Con posterioridad a lo que Weber pudo estudiar, Occidente se ha hecho menos religioso (proceso que viene de largo y que anticipó con clarividencia) y de un ideario y una sociedad de la acumulación del capital se ha pasado a un ideario y una sociedad del consumo. Fenómeno este que es totalmente congruente con las ideas weberianas y cuyo comienzo puede cifrarse tal vez a partir de los años veinte, cuando se inventa en los Estados Unidos de América la compra a plazos.
Max Weber ha tenido menos predicamento fuera de los estrictos círculos intelectuales que otros autores menos decisivos, ya que su obra es muy rigurosa y carece de concesiones, pero eso no significa que sea menos relevante. Como ha señalado el sociólogo británico Anthony Giddens, la teoría weberiana del origen del capitalismo es importante, entre otras razones, por ser capaz de ir más allá de los límites del sentido común sin caer en el absurdo, por explicar un hecho sorprendente y complejo, y porque supone un enfoque capaz de abrir nuevas perspectivas en otros ámbitos de la sociología. Por eso, esta y otras ideas deWeber constituyen aún un punto de partida inestimable para tratar de entender el tiempo que tenemos por delante.
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