José Mari y las moñas de las bancas.
JOSÉ MARI Y LAS MOÑAS DE LAS BANCAS
En los años sesenta el mundo vivió una increíble época de transformaciones. En aquella década prodigiosa se llegó a acariciar el sueño de un mundo mejor para todos. Un sueño que desgraciadamente se fue al traste, pero fue bonito mientras duró. Al pueblo también llegaron aquellos aires de cambio y muy pocos se resistieron a las nuevas modas que venían de fuera. Aquella fiebre por lo nuevo trajo cosas buenas, la mayoría, y también algunas malas. Entre las malas estuvo el desprecio y el abandono de los muebles y objetos de uso cotidiano que nos habían acompañado desde muchas generaciones atrás y que ya se habían convertido en nuestras señas de identidad. Muchas de esas señas de identidad fueron arrojadas a la basura sin contemplaciones. Basta darse una vuelta por El Rastro para ver todo tipo de objetos que en su día abandonamos como trastos viejos e inservibles y que ahora se venden allí a precios astronómicos. Puede que nos deshiciéramos de ellos para romper con un pasado espeluznante, quizás esos objetos nos recordaban demasiado la pesadilla del franquismo que a toda costa queríamos olvidar. Pero ellos no tenían la culpa de nuestra desgracia. De aquella época data la extinción masiva de bancas. Las viejas y sólidas bancas de madera construidas por artesanos locales, pasadas de padres a hijos como sagrada reliquia fueron cayendo una a una en manos del tapicero que les arrancó la moña, esa especie de cresta de madera tallada que coronaba el respaldo. Después de ser desmoñadas, fueron rellenadas de espuma y finalmente tapizadas con horrendas telas estampadas o escai barato. Y de esa forma, la noble banca pasó a convertirse en un triste sofá común y corriente. Aquello que entonces se veía como el no va más de la modernidad ahora nos parece un desatino. Era como tener un cuadro de Goya y para no verlo, porque nos hemos cansado de él y porque además sus tonos no hacen juego con las cortinas, no se nos ha ocurrido otra cosa que darle una mano de pintura encima y colocarle un almanaque con cuatro chinchetas.
Con el paso de los años no dimos cuenta que la banca, que dormía largas décadas de injusto confinamiento debajo de una gruesa capa de espuma forrada de escai, era mil veces más bonita que el triste y anodino sofá y nos pusimos a recuperarlas. Los artesanos se aprestaron a rescatarlas y restaurarlas. Entonces se descubrió que algunos tapiceros forasteros habían dado el cambiazo y en vez de la banca que les entregamos allá por los sesenta había un tosco armazón de madera de pino. Muchas desaparecieron para siempre y las que quedaron estaban mutiladas porque les faltaba la moña. Se hicieron pesquisas, pero las moñas nunca aparecieron y el mueble decapitado quedó como un objeto patético que nos señalaba y acusaba permanentemente. Por suerte, ahora no habría nadie tan necio e insensato que cambiara la banca de su casa (un legado de sus antepasados que está obligado moralmente a entregar a sus descendientes tal y como la recibió) por un sofá de saldo.
He dicho que no habría nadie tan insensato para hacer algo semejante, pero si que lo hay y se llama José María Aznar. Este hombre ha entregado la "banca" del Estado a cambio de unos golpecitos en el hombro y la siniestra sonrisa de calavera de la extrema derecha norteamericana, los señores del petróleo y las industrias de armas. La única y verdadera amenaza para el mundo. Ojalá que en las próximas elecciones se le ponga en el sitio que merece por habernos metido con semejante mafia. Pero, aunque José Mari y los suyos pierdan las elecciones, el mal ya está hecho. El gobernante que venga tendrá que restaurar la "banca" del Estado. Pero va a ser imposible dejarla como estaba porque la "moña", es decir, el prestigio, el honor y la reputación que tenía entre la comunidad de naciones se ha perdido. Algún día, José Mari, alguien te pondrá la mano en el hombro y no será tu amigo Bush sino la historia para juzgarte.
Un saludo de mi amigo Alejandro Tello. Gracias por tu visita.